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Cerrar filas

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“La amargura del guarao no la quita ni lo dulce del agua del morichal”.
Alí Primera.

“ Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Mt 5, 21-24.

A veces me encuentro envuelto en reflexiones tan desconcertantes, que no sé a dónde se me va la humildad, y de pronto estoy ubicándome, en el más puro igualadismo, a nivel de personas que ostentan jerarquías de indudable importancia como es el caso del Presidente de la República; entonces llego a sentirme también una brizna de paja en el viento.

Y desde esa insignificancia me atrevo a decir lo que pienso; no con la liviandad del hombre impoluto, orgulloso, digno; sino con mi lastre de pequeñeces; con cincuenta años de atropellos y enmiendas como rezaba el título de un libro de bolsillo de Salvador Garmendia (el estimado autor de Los pequeños seres). Y para ser más específico: con el precario estandarte de mi estropeada autoridad moral. Suelo sentirme como el blanco perfecto para el dardo de amor que representa la siguiente frase de Cristo: “Venid a mi los que estén fatigados y cansados que yo los haré descansar, acepten el yugo que les pongo y aprendan de mí que soy paciente y de corazón humilde”.

Sobrevivo en este mundo en un gran espacio laberíntico, donde sólo muy esporádicamente se divisa una que otra puerta, para atisbar asomos de alegría. Nunca he logrado asirla totalmente; de lo que sé de ella atesoro un contacto resbaladizo de guabina tornasol, juguetona y cruel; hermosa damisela del reino de las ondinas.

Pudiera hacer una canción como aquella donde Nicola Di Bari enumera descarnadamente sus vicios y defectos, en un elocuente arrebato de honestidad: “Se que fumo, se que bebo, se que juego y hasta en el amor; se que soy un inconsciente, un egoísta, prepotente y en la vida como en el amor”.

El sino de minoría excluida pesa sobre mis hombros; primero porque me pueblan gérmenes de muchas de las condiciones necesarias para ser considerado tal, y segundo porque, quizás por mi condición de cristiano tiendo a identificarme con el desplazado, el marginado social, el pecador; el que no cuadra en la velada del fascista, de aquellos que siembre andan buscando una bruja que cazar; a veces para quemarla viva en una hoguera; otras para burlarse de ella; agarrarla por ambos pies e ir a la vanguardia de cualquier impensada lucha mediática abatiendo con aquel cuerpo dolido a modo de sangriento ventilador, adversarios, al paso de su ambición; y después, teniéndola ya bastante humillada y maltratada, convocarla a cerrar filas; contra los enemigos más terribles.

No garantizo nada, pero me cuido afanosamente de la levadura de los fariseos; aquellos que no actúan según lo que predican, como bien dice la canción sobre el Che: “los que te utilizan como tema de sermón y hacen todo lo contrario”. Sólo obligado cerraría filas con un ejército de esa calaña, aun cuando el enemigo fuese el mismo diablo.

Y para esa batalla, por cierto, ya tengo mi buen pastor: le llaman Jesús.


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