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Pareciera que la disociación y la desvergüenza van tomadas de la mano en la mayoría de los "altos dirigentes" de la Coordinadora Democrática. Estos seudo-líderes de una cada vez más anquilosada oposición, desde diciembre de 2001, un poco antes si se quiere, no se cansaban de repetir, furibundamente y a voz en cuello, que el chavismo estaba conformado, desde sus bases, por la chusma, el lumpen, los marginales, las hordas, los negros, los indios, los mestizos, con verrugas, sin verrugas, los descamisados, losa patas en el suelo, los sudados, con violín, con sobaquera, con pecueca, con mal aliento, en fin, con todos aquellos epítetos, símiles y adjetivos descalificativos que permitieran señalar y/o insinuar a la delincuencia, al malandro, al guerrillero, al comunista.
El efecto mediático, desde luego, no se hizo esperar. A cada rato y por cualquier "quítame esta pajita", los mass-media pregonaban estruendosamente las continúas "agresiones" de las dichas hordas furibundas, malencaradas y olorosas a amoniaco. Cuanto sucedía en el país, era la chusma chavista que estaba destrozando a Venezuela. Pero resulta que a la fulana chusma chavista no se le ha ocurrido invadir los espacios de cualquier embajada establecida en el territorio nacional, puesto que ello significa, a todas luces y desde cualquier mirada, una absurda y estúpida agresión a cualquier país con el cual se mantenga relaciones, por ello sus incitadores, como delincuentes que son, deben ser condenados severamente por la ley.
Asimismo, la chusma chavista tampocó inventó las llamadas guarimbas, ni llamó a un funesto paro que trajo consigo el hambre y la miseria para los venezolanos, en nombre de una supuesta libertad que escondía, detrás de los espejos, resentimientos y ambiciones estrictamente personales, sociales y políticas. No fueron, por cierto, las hordas chavistas, las que masacraron a unos muchachos militares en Altamira, ni las que se dedicaron a poner bombas en distintas embajadas, para luego salir huyendo cobardemente y declarar, por esos mismos medios de comunicación social, que eran perseguidos políticos de la "dictadura chavista".
El colmo de la desvergüenza se plantea en el instante mismo en que, desde los cogollos cuartarrepublicanos que dirigen a la llamada Coordinadora Democrática, se propone la búsqueda del voto chavista, es decir, convencer al pueblo venezolano para que el 15 de agosto vote por el sí. ¡Qué desvergüenza! Como decía Alí Primera en una de sus canciones: ¡Qué dirá Bárbaro Rivas! La disociación es tan grande que, luego de tantas agresiones e insultos, como la pareja que está en franca decadencia, consideran, ahora sí, oportuno acercarse al pueblo humilde, a esos que antes olían mal, a esa chusma que pulula en nuestras ciudades tercermundistas, y exigirles, por el bien de Venezuela - ¿No será más bien por el bien del bolsillo de ellos? - que no deben volver a votar por Chávez. El maluco es Chávez, no el hermoso y glorioso pueblo que lo llevó hasta Miraflores.
Por cierto, si nos detenemos un momento en sus distintos discursos y arengas, descubriremos que, prácticamente todos, son ampulosos y huecos como el de Secundino Becerro, el personaje aquel de Don Secundino en París, novela del insigne escritor costumbrista venezolano Francisco Tosta García. Y es que en su interior no hay nada verdaderamente que permita o lleve a la reflexión. Hay sí, una enfermiza denunciadera, y una mal disimulada ambición por recuperar los espacios perdidos, generadores de infinitas, dudosas y vergonzosas riquezas para unos pocos, y del hambre y la miseria para los más.
Mientras la fulana oposición se "taladraba" el cerebro para ver cómo salían de Chávez; el lumpen chavista se dedicó a discutir las bases pragmáticas e ideológicas que permitieran reconfigurar una noción de patria, de soberanía y de independencia. Mientras la "gloriosa" y "meritocrática" oposición se las ingeniaba para quitarle "el discreto encanto" al arte de conspirar, haciéndolo de tan burda y atroz manera, las hordas chavistas comenzaban a resemantizar el proceso cultural latinoamericano, resignificando y revalorizando la cultura, la religión, la educación, la salud y la política venezolana, demostrando que sí es posible una patria distinta.
Estamos pues, ante el momento histórico más importante de Latinoamérica. Y esto no es casual. A comienzos del siglo XIX, los venezolanos llevaron por toda América la voz de la libertad y la independencia; el acto de liberación del yugo opresor, monárquico e imperialista. A comienzos del siglo XX, Venezuela estuvo a punto de ser invadida por las grandes potencias mundiales de entonces, aprestándose los venezolanos para enfrentar tan grave situación. Y ahora, en este comienzo de siglo, Venezuela, una vez más, lidera el proceso de transformación continental, traza las pautas que permitan establecer el reconocimiento de los sujetos subalternos, que se les respete su condición periférica y se escuche su voz en el concierto de naciones que conforman el mundo libre y democrático.
Por ello, por que ésta ha sido la prédica y el trabajo de estos años duros y difíciles, a la oposición se le hace cuesta arriba ganar un referéndum que, por otra parte, los tienes, a su interior, seriamente divididos. No pueden cambiar, en unos pocos días, el daño y las agresiones que, durante unos cuantos meses y continuamente, estuvieron vomitando contra venezolanos humildes, contra venezolanos que venían siendo discriminados por el color de su piel, por su religión o por su condición social. Por ello el discurso opositor seguirá siendo hueco, vacío; un discurso de la nadería y del desencanto.
De nada vale que, de la noche a la mañana, semánticamente, la chusma se convierta en gente. Igual iremos todos a votar, contundentemente, por un NO vigoroso, esperanzador. Por un No que establece el distanciamiento con un pasado vergonzoso, con un pasado humillante que nos dejó la época del SÍ lusinchista, con aquellos terribles años adecos-copeyanos que permitieron la masacre de un pueblo noble en febrero y marzo de 1989.
No es sólo al Presidente Chávez a quien nos estamos jugando este agosto. Es a la esperanza, al futuro de un país que no resiste y no puede permitir el regreso de los Tartufos. Estamos con el NO porque resulta la única posibilidad real que tenemos los venezolanos de irrumpir hacia un destino mayor, hacia la consolidación de una patria libre, soberana y lejos de toda genuflexión. ¡NO al pasado!
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