Quién inventó al Mercosur*

El Mercosur se fundó el 26 de marzo de 1991, en la ciudad de Asunción, capital de Paraguay, mediante un Tratado que lleva el nombre de esa antigua ciudad guaraní. Adoptó un Arancel Externo Común (AEC) 4 años después. Este AEC se constituyó el 31 de diciembre de 1994, en la reunión de los cuatro Estados parte en Ouro Preto, un empedrado y bucólico pueblo de las entrañas coloniales de Brasil. Allí, a media mañana del primer día del año 1995, los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, proclamaban entre vítores diplomáticos, copas y regocijos internacionales, la verdadera existencia del Mercosur.

Era la única manera de darle algún sentido al nombre “Mercado Común del Sur” o “Unión Aduanera”, que ya se comenzaban a usar en la prensa. Esta celebración, sin embargo, fue un adelanto sorprendente, porque el plan acordado en 1988 había sido pautado a 10 años plazo. Importantes hechos políticos y económicos internacionales obligaron a mover en más de un lustro las agujas del reloj del Mercosur.

Hasta 1990, la idea de formar un zona comercial con aranceles comunes, corrió por cuenta exclusiva, y excluyente, de los gobiernos de Brasil, presidido por Fernando Collor de Melo, y de Argentina, donde Carlos Menem, aún con gruesas patillas peronistas, había reemplazado a las apuradas a Raúl Alfonsín casi un año antes en la presidencia, abatido éste por huelgas, movilizaciones y una conspiración bancaria implacable.

El primer hito germinal del Mercosur fue el Acta de Iguazú (también conocida como “Acta de Integración”), firmada en noviembre de 1985 por los presidentes de Brasil José Sarney y de Argentina Raúl Alfonsín. Ese acuerdo permitió los primeros arreglos técnicos y jurídicos, negociados aceleradamente entre abril y mayo de 1986.

Ambos países buscaron en el comercio mutuo lo que no encontraban en el aturdido mercado internacional. Desde la muerte de la Ronda Uruguay a comienzos de los años 80, las transacciones comerciales giraban sin criterio fijo, las economías atrasadas se defendían como podían de las desarrolladas, la deuda hacía estragos en Latinoamérica, la crisis mundial de las Bolsas, nacida en Nueva York en 1987, prendió la luz roja de alarma, y mientras eso ocurría, Europa y Asia se acorazaban en bloques proteccionistas.

Brasil y Argentina fueron empujadas por esa pendiente. Lo que hoy se conoce como Mercosur, comenzó entre 1985 y 1988 como un bloque defensivo y proteccionista. Sin proponérselo oficialmente, ambos naciones comenzaron a limar viejas asperezas, conocidas como “hipótesis de guerra”, fricciones fronterizas y recelos diplomáticos. El comercio mutuo los ayudó temporalmente a soportar las crisis de sus economías. El intercambio creció el 24%, pasando de los 1.337 millones de dólares en el período 1980-1985, a 1.656 millones entre 1986-1990. Claro, este pequeño ahorro nacional e ingreso fiscal resultante se fue directamente a la caja negra de la banca internacional en pagos de la deuda externa. No sirvió ni a los trabajadores que lo produjeron, ni a la Nación.

El segundo hito tuvo lugar en Buenos Aires en noviembre de 1988, en medio de los últimos vientos de la primavera austral. Con la firma del Tratado de Buenos Aires, se impusieron el compromiso de establecer una “zona de libre comercio” para todo el universo arancelario en un plazo de 10 años, es decir, para el tramo final de la última década del siglo XX. Esta dilación iba a contramano de las profundas transformaciones y quiebres que vivió el mundo entre 1989 y 1991.

En estos casi tres años, la historia se dio la vuelta a las patadas, como suele hacerlo. Presenciamos la implosión del ex imperio soviético, la crisis China en la Plaza de Tien-An-Men, la extinción de la Europa oriental como entidad separada de Europa occidental, el derrumbe del Muro de Berlín y la reunificación de las Alemanias, el comienzo de la primera guerra europea desde 1945 en los desprendimientos de la ex Yugoslavia, la primera insurrección nacional contra el neoliberalismo en Venezuela (el Caracazo), la derrota final de la “Revolución centroamericana”, la invasión yanqui de Grenada (1987) y Panamá (1989), la primera Guerra de Irak, la Segunda Intifadala.

En medio de ese despelote global, los tres centros imperialistas del planeta, Europa, Estados Unidos y Japón, comenzaron un reacomodo general de sus dominios. Trataban de reestablecer algún orden mundial aunque fuera a pedazos. Europa fortificó su zona ampliando la influencia hacia los nuevos capitalismos del este, lo que le permitió dar el salto de 1992, asumiéndose como un “mercado único”. Estados Unidos formó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) con Canadá en 1989. Japón concentró su comercio y diplomacia en el sudeste asiático “creando un nuevo polo regional de desarrollo”.

“De este modo, a comienzos de los ´90 se percibía que las relaciones económicas internacionales (comerciales, financieras y de inversiones) tendrían a lo largo de la década un fuerte componente de relaciones interbloque e intrabloques, debilitándose así, el tradicional vínculo país a país... fueron creando un escenario global en el que la integración regional aparecía casi como una necesidad para los países de América del sur. Ahí sonaron las trompetas del Mercosur.

En 1989, en la capital estadounidense, ocurrió una reunión tan clave como discreta, entre estrategas y autoridades del Estado yanqui y la mayoría de sus dependencias latinoamericanas. El documento resultante se conoció como el “Consenso de Washington”, un programa para rediseñar la relación EE.UU-Latinoamérica en la nueva realidad mundial. El objetivo era remodelar las economías y los Estados del hemisferio según los criterios del neoliberalismo y las pautas de dominación conocida como “globalización”. Esta cadena de sucesos y transformaciones aceleraron el nacimiento del Mercosur.

Los palacios gubernamentales de Argentina y Brasil fueron virtualmente asaltados por consultoras, expertos y enviados especiales de la Oficina Comercial de los Estados Unidos, del Banco Mundial, del BID, de la Subsecretaría de Asuntos Hemisféricos del Pentágono y de conspicuos gerentes de las empresas multinacionales más grandes. Entraban y salían en visitas recurrentes y sigilosas cargadas de carpetas. Así, en menos de dos años de trabajo intenso, ataron los nudos y pusieron a andar el Mercosur.

Uno de los símbolos alegóricos de ese momento, máxima expresión biográfica de la transformación que se vivió, fue el rostro del presidente Menem. Asumió a mediados de 1989 alzando banderas nacionalistas tradicionales, prometiendo una “revolución productiva” y un “salariazo” a favor de la clase obrera peronista.

El primer año de gobierno, Menem, un ex gobernador de la alejada, árida y somnolienta Provincia de La Rioja, aparecía en la TV ataviado con unas enormes patillas campechanas, recordatorias del caudillo regionalista Güemes, un héroe popular del siglo XIX. Las frondosas patillas de Menem desaparecieron junto con su programa de gobierno entre 1989 1990. La mutación fue tan sorprendente como los chistes y las caricaturas que mostraban la paulatina desaparición de los desaliñados pelos de su cara. Fue como si su rostro se hubiera mimetizado con los rostros sobrios, adustos y bien engominados de los expertos del “Consenso de Washington”.

A la invención del Mercosur, le siguieron la integración de México al TLCAN, la recreación del la Comunidad del Caribe (CARICOM), del Mercado Común Centroamericano (MCCA) y el primer paso del proyecto ALCA. La Comunidad Andina ni advirtió lo que pasaba.

En el caso del Mercado Común del Sur, lo que se había planificado para 10 años de gestación, terminó en parto prematuro entre 1991 y 1994.

Uno de los efectos inmediatos fue la ampliación del proyecto integrador a los dos pequeños países vecinos, Uruguay y Paraguay. Para mala suerte de ambos, además de tener economías y poblaciones excesivamente desiguales, están en el camino entre Sao Paulo y Buenos Aires. No podían quedarse afuera. 1988 a 1990, fueron años cruciales para el Cono sur y para el mundo al mismo tiempo. Lo que comenzó como un sinuoso acercamiento de los gobiernos de Uruguay y Paraguay, terminó en el matrimonio comercial y diplomático del Tratado de Asunción de 1991.

El primero en percibir el peligro de quedarse aislado fue el gobierno de Montevideo, que desde enero de 1990 comenzó las gestiones para integrarse a las furibundas negociaciones argentino-brasileñas. “A través de una activa gestión política, el gobierno uruguayo solicitó y logró participación plena en las instancias del tratado y quedó formalmente integrado al mismo, junto con Paraguay, a partir de la reunión de agosto de 1990 en Brasilia”, la capital de Brasil.

Nada de esto ocurría de gratis. El intercambio comercial promedio anual entre los cuatro países, se duplicó entre los períodos 1988-1990 y 1991-1993. En plata sonante, pasó de 3.800 millones de dólares, a 7.900 millones del mismo signo. La medida porcentual anualizada del incremento fue así: 16,5% entre 1987 y 1990 y 34,7% entre 1991 y 1993.

Esta compradera y vendedera desbocada entre los cuatro países, no condujo al desarrollo de ninguno de ellos. El “secreto” de este defecto ingénito, o sea, tanto crecimiento comercial sin desarrollo orgánico de las economías nacionales, lo encontraremos en el dominio que mantuvieron los monopolios imperialistas sobre el Mercosur.

Un estudio del economista Gilberto Dupas, coordinador del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de San Pablo, determinó que el 60% del comercio entre los socios del Mercosur, que desde 1990 a 1998 aumentó de 4 mil a 20 mil millones de dólares, es explicado por las compras dentro de cadenas industriales que pertenecen a corporaciones multinacionales.

La consultora Delloite&Touche/Simonsen calculó en 1994 que sobre 300 empresas que tuvieron “iniciativas cross-border” (apertura de negocios e inversiones en otro país del bloque) el 40% corresponden a multinacionales, 36% a empresas nacionales grandes y 24% a PyMes. El resultado es superior al que estudió Gilberto Dupas. Todas las empresas “nacionales grandes” son parte orgánica de multinacionales o dependen de bancos internacionales, ejemplo, Techint, Pérez Companc y ARCOR, de Argentina.

Estas firmas distribuyen su producción en el bloque, beneficiándose con el fin o la reducción de las barreras comerciales, las elusiones impositivas, las reglamentaciones flexibles para el ingreso, la salida de capitales, las privatizaciones y las “mojadas e mano” a funcionarios.

Nadie ni nada les impidió sumirse en la pavorosa crisis del Tequila, desembarcada en los bancos del Cono sur en enero de 1995, apenas guardadas las plumas con las que firmaron el Tratado de Ouro Preto. Era como un asalto a la buena fe neoliberal. La culpa se la echaron a los mexicanos, que por segunda vez en diez años, aguaron la fiesta comercial latinoamericana. En 1999, la condena se la llevaron los brasileños, acusados por la súper devaluación de su moneda. En el 2001 el reproche le tocó a Argentina, porque dislocó el bloque, en lo que se llamó “el efecto vecindario” de su crisis terminal.

A comienzos del 2002, nadie daba una moneda por el Mercosur.
El Mercosur podría ser dividido en etapas, para ayudar a comprender su accidentada y paradojal historia. La primera comienza en 1990 a caballo del crecimiento de las exportaciones y acercamientos en todos los órdenes y termina en 1994 con la adopción del Arancel Externo Común y la destructora crisis del tequila.

En 1995 comienza una nueva etapa, signada por un entrabamiento ascendente del comercio intrazona, atascado en más de 50 enfrentamientos por aranceles, medidas paraarancelarias, peleas fitosanitarias y competencia por las pocas inversiones internacionales que decidieron quedarse. Esa pelea por cuotas de mercado se transformó en pequeñas “guerras comerciales”. La del azúcar porque no estaba desgravado, la de los zapatos, las bicicletas, el pollo, los textiles y confecciones, los juguetes, y unos 20 items más.

Fueron años marcados por controversias que nunca encontraron solución en las instituciones del Mercosur, sino en la cruda realidad del mercado. Comenzaron a llamarlo “unión aduanera imperfecta” para justificar un poco la vergüenza propia. El comercio siguió creciendo en este período, pero el bloque como tal, ya estaba condenado. Esta segunda etapa dura hasta 1999. La cerró la explosión del socio más grande, Brasil. Pero previamente, el Mercosur fue atravesado severamente por la crisis asiática y la rusa.

Desde entonces, el Mercosur se sobrevive a si mismo. Fue impactado mortalmente por el quiebre económico y la insurrección política en Argentina, de 2001 y 2002 y la subsecuente quiebra financiera de Uruguay. Esta fue su tercera etapa. Se alarga hasta el año 2003, cuando comienza a dar nuevas señales de vida, sobre todo con la designación de una Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur.

Esta suerte de Comité Ejecutivo, comandado por el expresidente argentino Eduardo Duhalde, representa una contradicción en sí misma. Duhalde fue uno de los que más se peleó contra Brasil por las cuotas del mercado entre 1995 y 1999. Pero por esa misma razón, él se ha convertido en un factotum en la redimensión o relanzamiento del bloque sureño.

Al representar al sector más sólido de la poca burguesía interna que sigue en pie en Argentina, terminó empalmando con intereses similares en Brasil. Esa burguesía acorralada y defensiva tiene expresiones gubernamentales en los gobiernos de Lula (2002) y de Kirchner (2003) y en el Frente Amplio, que es favorito para gobernar Uruguay desde 2005.

* Este texto es el primer capítulo del libro “Vida y Muerte del Mercosur”, próximo a editar en Venezuela por la Universidad de los Llanos.

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