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El Espejo

Atracción fatal

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La atracción que ejerce la aventura y la pantalla -en todo sentido- sobre la oposición es de carácter fatal, orgánico. No hay evento en el que no esté presente tal inclinación. Generada, sin duda, por la desesperación que provoca en ese sector la reiterada frustración como consecuencia de actuaciones sin soporte en la realidad. Lamentablemente la oposición ha demostrado absoluta incapacidad para cuajar una pospuesta seria, conectada al colectivo nacional. Hasta ahora no ha podido liderizar políticas que representen una alternativa confiable, y no hacerlo revierte en su contra.

Dispara, a lo interno, dinámicas que fatalmente la conducen a la derrota.

En la oposición el lastre de abril de 2002 -y otros episodios similares- pesa mucho. Su liderazgo nada ha hecho para lanzarlo por la borda. Al contrario, su simbolismo conserva un atractivo alucinante. Para muchos constituyó la acción perfecta que acababa con Chávez, con el proyecto bolivariano y con todo cuanto encarna un proceso satanizado con argumentos de tipo racial y desprecio social. Además del golpe del 11A, lo que quizá tenga mayor peso en el subconsciente de la derecha fascista criolla, y de los que se pliegan a ella por oportunismo, es Plaza Altamira. Sitio icónico, convertido en motivo de adoración perpetua por quienes conciben la violencia como única vía para desalojar al chavismo de Miraflores. Por ese motivo, prácticamente no existe acto opositor donde no esté presente la impronta de aquella alianza espúrea, que se dio en ese escenario, entre grupos militares y civiles. Que contó con el apoyo, tácito o expreso, de toda la oposición. Si uno analiza las movilizaciones de calle y los mensajes del sector opositor, encontrará siempre la huella, difuminada en el tiempo, del inefable episodio. Se trata de una herencia maldita que arrastra la oposición por culpa de un liderazgo incapaz de deslindar con el pasado y borrar la mancha de tanta insensatez. Escudado tras la fragilidad de la memoria, o la dinámica de los acontecimientos, ese pasado sigue marcando la pauta.

No quiero irme muy atrás: tan solo mencionaré lo que acaba de ocurrir con la huelga de un grupo de estudiantes. No los voy a escarnecer ni a desconocer que como jóvenes tienen derecho a la protesta. Pero a lo que no tienen derecho es a dejarse manipular por aquellos que representan la negación de la política que, por contraste, ellos dicen representar: los mismos que desde los medios dirigieron la aventura golpista que derogó la Constitución, secuestró a un presidente legítimo y arrasó, en pocas horas, con todo vestigio de democracia. Los mismos que aclamaron, eufóricos, a los militares traidores que llamaban a la insurrección de los cuarteles a través de las pantallas de televisión.

Menos aún tienen derecho a hacer el ridículo por respeto a la tradición de lucha del estudiantado de este país. Una huelga de hambre es algo serio que puede conducir, como pasó con muchos jóvenes venezolanos que estuvieron al borde de la muerte al recurrir en el pasado a esa práctica, o con el irlandés Bobby Sands, que falleció luego de 66 días sin probar alimentos, quien luchaba contra el implacable régimen neoliberal de Margaret Thatcher. Una huelga de hambre no es espectáculo de circo. Ni teatro para rotar personajes y dar rienda suelta al exhibicionismo mediático. En el fondo de esta última demostración pública de la oposición lo que funciona es el "síndrome de Plaza Altamira", su copia chapucera, con la pretensión de extrapolar. Vale decir, una imitación deplorable del controversial "foquismo", asumido tiempo atrás por jóvenes valerosos e idealistas, cuando estaba en juego la vida -de verdad verdad- en defensa de una causa justa.

¿Hasta cuándo la oposición permanecerá atada al pasado, instrumentada por liderazgos agotados, por paracaidistas de la política y por la chatarra puntofijista? La pregunta es pertinente y en la respuesta está la clave de una oposición auténtica.

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