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LA PESTE EMOCIONAL
Por: Ángel Cristóbal Colmenares E.
Fecha de publicación: 31/10/02
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En trabajo anterior (¿Comunicación Social o Peste Emocional?, rebelion.org * acp.sindominio.net) sosteníamos que los medios de difusión masiva se han dedicado a esparcir un mensaje disgregador y faccioso dentro de un esquema clasista que confiere a una pequeña minoría --llamada por ellos "sociedad civil"-- una especie de jefatura con poder de pensar y decidir lo que a todos conviene. La mayoría, descalificada como tierrúa, horda, escoria o lumpen, debe aceptar en silencio la imposición y continuar desempeñando el anodino papel que por décadas le ha sido asignado: espectador pasivo y sumiso de las decisiones que sobre su propio destino tomen otros.

Para el logro y mantenimiento de tal objetivo la mayoría de la sociedad debe ser sometida a una situación de segregación, atomización y dispersión, tarea en la que confluyen los llamados "aparatos ideológicos del Estado", especialmente los medios de difusión masiva y muy particularmente la televisión por su poder de penetración que va más allá de cualquier límite pues une sonidos e imágenes sembrando ideas e imponiendo criterios, no importa la edad o alfabetismo del receptor.

Mientras esa sea la situación imperante habrá "normalidad democrática" y la incesante máquina de imposición seguirá educando políticamente a los sectores dominados mediante una programación llena de estereotipos que bajo el manto de la libertad de expresión y de otros principios democráticos impone su pensamiento único y remacha sumisión y quietud con culebrones, películas violentas y programas de distracción, por ejemplo:

1. La joven pobre que buscando mejorar sale de su pueblo hacia Caracas, donde consigue trabajo de sirvienta en una mansión. Es embarazada por el hijo de los dueños y expulsada de allí. Aparece luego como costurera y logra levantar a su cría, quien se gradúa de algo, sobresale y en un acto social se encuentra con el padre. Éste le reconoce, llora y todo e inmediatamente le nombra vicepresidente de una de sus empresas. La madre, ajada por los sufrimientos y casi ciega de tanto coser bluyines, sonríe y levanta los ojos al cielo dando gracias por tamaña felicidad.

2. El policía (estadounidense, of course) descubre a la banda, ubica lugares e identifica a los jefes pero la jerarquía no le cree ni le presta apoyo. El heroico funcionario actúa entonces por sus propios medios, extermina a los bandidos, captura a los jefes, se apodera de información clave y rescata al obligatorio rehén, casi siempre una mujer. Y al salir con ella, generalmente envuelta en una cobija, es cuando comienzan a llegar las patrullas.

La lección, más allá de las situaciones inverosímiles que nunca son explicadas, es que las soluciones a los problemas siempre son individuales, jamás colectivas, y que hay una fuerza externa, misteriosa y desconocida, cuyos influjos pueden o no incidir en nuestras vidas, nadie sabe cómo, cuándo ni por qué. Y el ciclo educativo se cierra con el bombardeo publicitario, ante cuyo impacto uno debe sentirse como un miserable si no tiene con qué comprar determinado auto, vestir ropas de marca tal o comer en ciertos restaurantes, por referir solo a tres renglones.

Se trata entonces de inducir a la gente a pensar y actuar de manera determinada mediante un sistemático ataque, tarea en la cual tiene papel preponderante la publicidad. Los propietarios del medio y del mensaje, ínfima minoría dentro del grupo de los "especialistas", determina unilateralmente lo que será impuesto a --y consumido por-- la mayoría pasiva, ese "rebaño desconcertado" constreñido entre el dominio político y la dirección cultural pues las libertades de expresión y de información operan en una sola dirección, la determinada por los dueños de los medios que expresan e informan, convirtiendo al colectivo en objeto-masa mediante uso de los perfiles más irracionales del ser humano: lo instintivo, lo inconsciente. Y en ese terreno hay exigencias de fidelidad suprema sin la mínima posibilidad de disidencia, como debieron aprender los directivos del diario "El Nacional".

Fue por allá en 1961, cuando el Departamento de Estado cocinaba la expulsión de Cuba del seno de la OEA y en el nombrado diario solo eran publicados los cables de las agencias estadounidenses sin aliño alguno, sin asumir posiciones de histeria anticubana, razón por la cual los cárteles de la publicidad comenzaron una guerra y para ello nada mejor que retirarle los avisos, vale decir ahogarlo económicamente. Y es preciso explicar que la oligarquía de la publicidad --estrechamente vinculada con los Estados Unidos-- gozaba de fueros, entre ellos dictar políticas legales o reglamentarias en la materia de comunicaciones y ocupar puestos claves en organismos oficiales, y así como al grupo Mendoza, por ejemplo, 'le tocaba' siempre el Ministerio de Hacienda, a los publicistas le correspondían direcciones ministeriales o de las emisoras estatales.

"El Nacional" fue víctima de acoso hasta su completa rendición, anunciada el 15 de marzo de 1963 en una mancheta cuyo texto rezaba: "caminito amigo, yo también me voy". El diario fue comprado por un grupo estrechamente unido al clan Rockefeller y su dirección fue asumida por un hombre de confianza tanto de ese clan como del gobierno adecopeyano de Betancourt. Y como dato anecdótico digamos que una de las firmas que retiraron sus pautas publicitarias fue "Sears Roebuck de Venezuela", y después de ser doblegado el diario esa misma empresa volvió como cliente; y su primer aviso fue publicado el "Día de la Madre", detalle que muchos interpretamos en su momento como un delicado mensaje subliminal.

Pero volvamos al tema central, la inducción de pensamientos y acciones mediante una permanente campaña de incitación al odio que a estas alturas no deja lugar a dudas en cuanto a su realidad e intenciones, lo cual refuerza la tesis de que los medios no solo mienten y tratan de ocultar la realidad sino que se han convertido en difusores de la peste emocional, ese morbo que obviamente invadió el 11 de abril y en días subsiguientes a militares, policías, alcaldes, sindicaleros y maleantes de alta alcurnia, a quienes vimos persiguiendo, reprimiendo y allanando como no se había visto en mucho tiempo. Y la locura del odio llegó al extremo de violentar elementales normas del derecho internacional agrediendo al personal de la embajada de Cuba, luego que una "veedora" (¡ahora entendemos por qué lo es!) dijo que de allí estaban sacando armas en unos maletines negros.

Pero los síntomas de esa peste no solo eran evidentes en los rostros de los perseguidores; también se mostraba en la ferocidad de grupos aparentemente civiles, quienes vociferaban y gesticulaban no contra los agresores, no contra la cobardía de los "cayaperos" sino precisamente contra las víctimas. Era el público de Roma celebrando el exterminio de los cristianos por los leones; eran los habitantes de cualquier burgo medieval festejando el descoyuntamiento de un prisionero o de la quema de un hereje; era el público, consumidor de espectáculos crueles e inhumanos como golpizas, ahorcamientos, fusilamientos, decapitaciones o muerte por garrote vil.

Solo que tales manifestaciones de sadismo colectivo no se circunscribían a una localidad sino que eran transmitidos en vivo y en directo a toda la "aldea global" con activa participación de locutores celebrando y justificando las acciones de una supuesta "sociedad civil vigilante", en labor dirigida minuciosa y conscientemente a que el morbo se extendiera, se multiplicara, se potenciara.

Agreguemos a ello la política de silencio informativo que adoptaron los medios de difusión cuando sectores populares ("rebaño" no tan desconcertado como se suponía) tomaron las calles sin armas de fuego pero con una inmensa fortaleza moral para restaurar la vigencia de la Constitución y del gobierno que cuarenta y siete horas antes habían sido derrocados.

Pero, ¿qué es la "peste emocional"? Según el siquiatra y militante antifascista Wilhelm Reich ("ANÁLISIS DEL CARÁCTER", Editorial "Paidós", España, 1981), es una biopatía crónica del organismo y su aparición es señalada como efecto de la primera supresión en masa de la vida amorosa genital, a partir de lo cual se ha convertido en epidemia y tormento de los pueblos de la tierra durante millares de años. Reich aclara que el término excluye a malignidad conciente, a degeneración moral o biológica o a inmoralidad, y explica que un organismo impedido desde su nacimiento de las formas naturales de locomoción desarrolla formas artificiales: cojea o se mueve con muletas; y análogamente un individuo se mueve en la vida con los medios de la plaga emocional si desde el nacimiento se suprimieron sus manifestaciones vitales naturales, autorregulatorias. E indicaba que ese mal --de manifestación esencial en el vivir social-- se había convertido en epidemia que, como cualquier otra plaga, en ocasiones alcanza dimensiones de pandemia y asume forma de gigantesca irrupción de sadismo y criminalidad como han sido y son la Inquisición y el fascismo.

Todos estamos expuestos a esa plaga y --sostenía Reich-- ella reside y se reproduce en el misticismo, en el impulso activo y pasivo por la autoridad, en el moralismo, en la política partidaria, en los métodos sádicos de la educación, en la burocracia autoritaria, en la antisocialidad criminal, en la pornografía, en la usura y en el odio racial. Y por cuanto su génesis está en la frustración genital, su curación sólo es posible mediante el establecimiento de la capacidad natural de amar.

Pero nuestro interés no está centrado en el aspecto clínico del planteamiento reicheano sino en lo que éste tiene de incidente en el ámbito social, a cuyo abono citamos textualmente parte del contenido de las páginas 261 y 262 de la obra referida:

"Vemos pues que el ámbito de la plaga emocional es aproximadamente el mismo que el de todos los males sociales contra los cuales ha combatido desde tiempo inmemorial todo movimiento de libertad social. No sería del todo incorrecto equiparar el dominio de la plaga emocional con el de la 'reacción política', o incluso con el principio de la política en general. A fin de hacerlo de manera correcta, debemos aplicar el principio básico de toda la política, a saber, la codicia por el poder y la ventaja, a las diversas esferas de la vida en las cuales no hablamos de política en el sentido ordinario del término. Una madre, por ejemplo, que emplea este método de la política en un intento de apartar al hijo de su marido, caería dentro de este concepto de la plaga emocional política; también entraría el hombre de ciencia que logra una elevada posición social no por sus conquistas científicas sino por métodos de intriga, una posición que no corresponde en manera alguna a sus realizaciones.

(...) Comprendemos ahora por qué la honestidad y la sinceridad son rasgos tan raros en el carácter humano; más aún, por qué tal conducta, cuando predomina ocasionalmente, despierta siempre sorpresa y admiración. Desde el punto de vista de nuestros ideales 'culturales', cabría esperar que la honestidad y la franqueza fuesen actitudes cotidianas y naturales. El hecho de que no lo son sino que, por el contrario, provocan asombro; que las personas sinceras y francas se consideran como algo raro; que, además, ser honesto y sincero implica tan a menudo un peligro social a la vida; todo esto no puede comprenderse de manera alguna sobre la base de la ideología cultural gobernante, sino solo con un conocimiento de la plaga emocional organizada. Sólo este conocimiento permitirá comprender el hecho de que, siglo tras siglo, fuese imposible que prevalecieran las fuerzas de ningún movimiento de libertad, sinceridad y objetividad. Debemos suponer, entonces, que ningún movimiento libertario tiene probabilidades de éxito a menos de oponerse con veracidad, claridad y vigor, a la plaga emocional organizada."

Ahora bien, las conductas inscritas en el marco de la peste emocional tienen formas de expresarse pero, ¿qué resortes --y cómo-- se liberan para exasperarnos y colocar al mando de nuestra conducta lo peor que en el cerebro aparentemente reposa hasta que algo lo despierta?

Citemos algunas características que de la peste emocional reseñó Reich, cuyo análisis puede ayudarnos a entender, criticar y combatir al impacto que significa para nuestra estructura caracterológica la propaganda en los medios.

a) La acción y la razón nunca son congruentes. El verdadero motivo siempre se encubre y reemplaza por motivo aparente.

b) El aquejado de peste impone por la fuerza su manera de vivir.

c) La conclusión siempre está hecha antes del proceso pensante; el pensamiento no sirve, como en el dominio racional, para llegar a una conclusión correcta; por el contrario, sirve para confirmar una conclusión irracional preexistente, así como para racionalizarla.

d) Es intolerante, no admite el pensamiento racional que podría eliminarlo; por ello es inaccesible a los argumentos. Tiene su propia técnica dentro de su dominio, su propia "lógica", así que presume de una racionalidad que no tiene.

e) Odia al trabajo, lo considera una carga, elude toda responsabilidad y en especial toda tarea que implique paciente persistencia. Puede fijarse un propósito pero como evita el desarrollo orgánico, paso a paso, inherente a todo proceso de labor, se inclina hacia las actividades que no lo requieren. Pero se considera con el derecho de indicar a los demás cómo trabajar.

Esos rasgos significan peligro para las personas que rodean al aquejado por la plaga emocional. Imaginemos entonces la carga letal de una política de medios difusores cuyos perfiles presentan rasgos de obsesión, mentira compulsiva, manipulación de hechos, conclusiones prefabricadas y --entre otras-- irresponsabilidad social por la salud mental del colectivo receptor de ese incesante bombardeo.

Ángel Cristóbal Colmenares E.
catirecolmenares@hotmail.com

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Ángel Cristóbal Colmenares E.


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