El tiempo y las acciones de los pueblos van a decidir el futuro de los espacios
que, por usos y costumbres de la humanidad, se han abierto para el encuentro
y para hacer de la vida el más noble y perenne acto gregario. Actos en
los que se intercambian los sueños que dan la pauta para hacer la patria.
Sueños que son la bendición y el amor por nuestros semejantes.
Patria que sea la madre del indio, del blanco y del negro. Semejantes por seres
humanos paridos del sagrado vientre materno. Negros, indios y blancos del mundo
unidos por la paz.
Lamentablemente, la crueldad de unos cuantos se ha adueñado de algunos
de esos espacios. De esas plazas públicas que deben ser para contarnos
la buenas nuevas. Algunos hombres hartos de odio son adictos a enseñorearse
con sus malos instintos ante sus inocentes seguidores ocasionales. Quisieran
los crueles y obnubilados retrotraer el tiempo de la exhibición de cerebros
inconexos en esas mismas plazas públicas y regresar a los tiempos de
la guillotina.
Ya en la plaza Mayo de Argentina se vanagloriaron los uniformados nazi-fascistas
de sus actos de barbarie. Allá desaparecieron los cerebros que esas madres
esperaron con el crucifijo en los labios, rogando por la vida de sus hijos.
Acá una madre de la plaza Francia aborreció a una de esas viejecitas
que nos visitó cuando la muerte vino desde Chuao, con epítetos
que jamás deben salir del nido amoroso del corazón de una madre.
Por eso, y por respeto a las abnegadas y valientes mujeres que parieron para
poblar el mundo, no reproducimos lo que exteriorizó esta venezolana desde
la plaza Francia del Municipio Chacao, contra esa mártir argentina a
quien la gran mayoría de venezolanas y venezolanos recibimos con cariño,
respeto y admiración.
Allá en la plaza Mayo se enseñoreó el nazi- fascismo durante
unos cuantos años. Pero no pudieron evitar que el pueblo, con las madres
de los caídos al frente, le devolvieran a los niños, ancianos,
padres y madres ese símbolo que es para los argentinos la plaza Mayo.
En la tierra de los gauchos los hitleristas se vistieron con el respetado uniforme
de la Fuerza Armada. Acá, muchísimos deben recordar, por ser historia
reciente, que en la plaza del obelisco de Altamira surgió, de la noche
a la mañana, un cruzado con la esvástica en la frente. Ya, en
meses anteriores, el emblema nazi lo habían grafitado en unas cuantas
tapias de la zona este de Caracas. El hombre que salió a la palestra
pública, antes que un ideólogo más bien parecía
el mandadero imberbe que, a manera de globo de ensayo, sirvió de carnada
ante una opinión pública contraria a los métodos racistas
como el que se puso en práctica en la Alemania sojuzgada por Adolfo Hitler.
Muchos hombres y mujeres de la clase media, vecinos del este caraqueño,
se horrorizaron entonces por aquellos avisos previos anunciados por la vía
del graffíti.
Sin embargo, la hipótesis de la rubiera juvenil apaciguó preocupaciones,
hasta que saltó la ponzoña con el hombrecito del pelo alzado que
ya mencionamos, acompañado de dos docenas de cabeza rapada que se concentraron
al pie del emblemático obelisco. Los gritos y fanfarronadas atemorizaron
a la tranquila comunidad que fue aquella que buscó la paz en los predios
urbanísticos fundados por el hacedor de casas que fue el margariteño
Juan Bautista Arismendi y el arquitecto Luis Roche.
Las bravuconadas y los gritos desafiantes contra la paz, no pudieron ser silenciados
con la protesta de los residentes. Fue necesaria la espontánea solidaridad
de los hombres y mujeres del fascismo cuando está en el poder; hombres
y mujeres que bajaron de los cerros a espantar de la plaza Francia la peligrosa
avanzada que, aunque mermada en número, representaba al fascismo entonces
agazapado.
Hubo personas, quizá los promotores tras bastidores, que utilizaron los
medios de comunicación para lanzar improperios contra los tierrúos,
por el atrevimiento de dispensar la distinguida poblada que aquellos
individuos, hijos de papá dinero protagonizaron.
Sí, hijos de papá, ociosos que no piensan más que en la
maldad contra los seres humanos. Contra los indios, contra los judíos,
contra la democracia, contra las demás ideologías (mataron veinte
millones de comunistas durante la II Guerra Mundial). ¡Qué decir
de los negros, de mi raza negra barloventeña! De mi raza negra que jamás
deja de luchar por la unidad y la tolerancia de todas la razas. Por la unidad
de la familia con todas las creencias religiosas.
Por toda esa bondad nuestra es que rechazamos al nazi-fascismo en todas sus
formas y en cualquier lugar del mundo, con más fuerza y razón
si insurgen en nuestra patria con el disfraz y lo emblemas de la justicia. Una
justicia que hacia gritar a los hombres y mujeres del pueblo: ¡Nos
están matando! frente a los símbolos del corajudo Tiuna. A un
pueblo que fue el mismo que sacó de la plaza pública de Altamira
a los mandaderos propagandistas de los enemigos de la paz.
Qué dirá hoy ese mismo pueblo que ahora ve parte de sus mismos
vecinos rugiendo en coro tras el estandarte engañoso que antes repudió.
Qué pensarán padres y madres de esa bulla tramposa que indujo
a muchos de sus descendientes a caer en la paila del odio. A participar en un
odio visceral que tiene atrapada la gente de buen corazón residente en
los mismos predios donde se incubó la maldad.
Paisanos y paisanas de buenos sentimientos; madres de la plaza Francia, como
nosotros, ustedes tienen la sangre roja en las venas. La sangre aria y dorada
no existe, y si existiera en algún cuerpo humano es porque está
enfermo. Decía un político de los últimos tiempos, refiriéndose a sus pupilos descarriados: Son unos alborotados cabeza caliente los que se alebrestaron. Desaparecerán. Y desaparecieron.