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Plaza Mayo, plaza Francia
Por: Pedro Méndez
Fecha de publicación: 08/07/02
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El tiempo y las acciones de los pueblos van a decidir el futuro de los espacios que, por usos y costumbres de la humanidad, se han abierto para el encuentro y para hacer de la vida el más noble y perenne acto gregario. Actos en los que se intercambian los sueños que dan la pauta para hacer la patria. Sueños que son la bendición y el amor por nuestros semejantes. Patria que sea la madre del indio, del blanco y del negro. Semejantes por seres humanos paridos del sagrado vientre materno. Negros, indios y blancos del mundo unidos por la paz.

Lamentablemente, la crueldad de unos cuantos se ha adueñado de algunos de esos espacios. De esas plazas públicas que deben ser para contarnos la buenas nuevas. Algunos hombres hartos de odio son adictos a “enseñorearse” con sus malos instintos ante sus inocentes seguidores ocasionales. Quisieran los crueles y obnubilados retrotraer el tiempo de la exhibición de cerebros inconexos en esas mismas plazas públicas y regresar a los tiempos de la guillotina.

Ya en la plaza Mayo de Argentina se vanagloriaron los uniformados nazi-fascistas de sus actos de barbarie. Allá desaparecieron los cerebros que esas madres esperaron con el crucifijo en los labios, rogando por la vida de sus hijos. Acá una madre de la plaza Francia aborreció a una de esas viejecitas que nos visitó cuando la muerte vino desde Chuao, con epítetos que jamás deben salir del nido amoroso del corazón de una madre. Por eso, y por respeto a las abnegadas y valientes mujeres que parieron para poblar el mundo, no reproducimos lo que exteriorizó esta venezolana desde la plaza Francia del Municipio Chacao, contra esa mártir argentina a quien la gran mayoría de venezolanas y venezolanos recibimos con cariño, respeto y admiración.

Allá en la plaza Mayo se enseñoreó el nazi- fascismo durante unos cuantos años. Pero no pudieron evitar que el pueblo, con las madres de los caídos al frente, le devolvieran a los niños, ancianos, padres y madres ese símbolo que es para los argentinos la plaza Mayo.

En la tierra de los gauchos los hitleristas se vistieron con el respetado uniforme de la Fuerza Armada. Acá, muchísimos deben recordar, por ser historia reciente, que en la plaza del obelisco de Altamira surgió, de la noche a la mañana, un cruzado con la esvástica en la frente. Ya, en meses anteriores, el emblema nazi lo habían grafitado en unas cuantas tapias de la zona este de Caracas. El hombre que salió a la palestra pública, antes que un ideólogo más bien parecía el mandadero imberbe que, a manera de globo de ensayo, sirvió de carnada ante una opinión pública contraria a los métodos racistas como el que se puso en práctica en la Alemania sojuzgada por Adolfo Hitler. Muchos hombres y mujeres de la clase media, vecinos del este caraqueño, se horrorizaron entonces por aquellos avisos previos anunciados por la vía del graffíti.

Sin embargo, la hipótesis de la rubiera juvenil apaciguó preocupaciones, hasta que saltó la ponzoña con el hombrecito del pelo alzado que ya mencionamos, acompañado de dos docenas de cabeza rapada que se concentraron al pie del emblemático obelisco. Los gritos y fanfarronadas atemorizaron a la tranquila comunidad que fue aquella que buscó la paz en los predios urbanísticos fundados por el hacedor de casas que fue el margariteño Juan Bautista Arismendi y el arquitecto Luis Roche.

Las bravuconadas y los gritos desafiantes contra la paz, no pudieron ser silenciados con la protesta de los residentes. Fue necesaria la espontánea solidaridad de los hombres y mujeres del fascismo cuando está en el poder; hombres y mujeres que bajaron de los cerros a espantar de la plaza Francia la peligrosa avanzada que, aunque mermada en número, representaba al fascismo entonces agazapado.
Hubo personas, quizá los promotores tras bastidores, que utilizaron los medios de comunicación para lanzar improperios contra los “tierrúos”, por el atrevimiento de dispensar la “distinguida” poblada que aquellos individuos, hijos de papá dinero protagonizaron.

Sí, hijos de papá, ociosos que no piensan más que en la maldad contra los seres humanos. Contra los indios, contra los judíos, contra la democracia, contra las demás ideologías (mataron veinte millones de comunistas durante la II Guerra Mundial). ¡Qué decir de los negros, de mi raza negra barloventeña! De mi raza negra que jamás deja de luchar por la unidad y la tolerancia de todas la razas. Por la unidad de la familia con todas las creencias religiosas.

Por toda esa bondad nuestra es que rechazamos al nazi-fascismo en todas sus formas y en cualquier lugar del mundo, con más fuerza y razón si insurgen en nuestra patria con el disfraz y lo emblemas de la justicia. Una “justicia” que hacia gritar a los hombres y mujeres del pueblo: ¡Nos están matando! frente a los símbolos del corajudo Tiuna. A un pueblo que fue el mismo que sacó de la plaza pública de Altamira a los mandaderos propagandistas de los enemigos de la paz.

Qué dirá hoy ese mismo pueblo que ahora ve parte de sus mismos vecinos rugiendo en coro tras el estandarte engañoso que antes repudió. Qué pensarán padres y madres de esa bulla tramposa que indujo a muchos de sus descendientes a caer en la paila del odio. A participar en un odio visceral que tiene atrapada la gente de buen corazón residente en los mismos predios donde se incubó la maldad.
Paisanos y paisanas de buenos sentimientos; madres de la plaza Francia, como nosotros, ustedes tienen la sangre roja en las venas. La sangre aria y dorada no existe, y si existiera en algún cuerpo humano es porque está enfermo. Decía un político de los últimos tiempos, refiriéndose a sus pupilos descarriados: “Son unos alborotados cabeza caliente los que se alebrestaron. Desaparecerán”. Y desaparecieron.

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La fuente original de este documento es:
Quinto Dia (http://www.quintodia.com.ve/297/pages/lector.htm )

Pedro Méndez


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