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Tiempo A: En un vagón del metro, cuando me desplazaba de Chacaito a Capitolio, tres personas llamaron mi atención; dos muchachas y un militar. Las chicas jugueteaban como solo ellas lo pueden hacer; el militar, con rostro risueño, las miraba con el rabillo del ojo; la escena era digna de gracia. Al mismo tiempo pensaba, mientras buceaba a las chicas, qué pensarían los miles de soldados que a esta hora cumplían con sus tareas mínimas de cuidar la patria, su constitución y la gente; este soldado, quién competía conmigo en la tarea de llamar la atención de la chicas, irradiaba, con sus rasgos mestizos y la dignidad de su inmaculado uniforme del ejercito (el mismo que visten los desaforados y manipulados milicos que pernoctan en el Hotel cercano a la plaza Benito Mussolini, o sea, Francia de Altamira) aires de tranquilidad y sosiego interior, pero a su vez, inquietud porque no era mirado con televisivo esmero; ¿será que tengo que salir en televisión hablando peste del gobierno junto al libreto que le designa la Coordinadora Demoníaca y así salir del anonimato y del ostracismo social?; ¿será que debo ser una vedette famosa por cinco minutos para que estas chicas me miren atractivo ?. La gente y sobre todo las chicas, no respondían a esas legitimas preguntas del militar, pero ¡oh sorpresa!, al llegar a Capitolio, junto a la avalancha de personas que salían precipitadamente del vagón, las chicas con su antiguo donaire, devolvieron la mirada hacía el interior del vagón donde se había quedado el incomprendido militar, para propinarle desde cierta distancia y a través del vidrio del vagón una coquetona mirada de despedida. Por el contrario, yo que también salía, y por estar pendiente de la reacción del soldado, perdí de vista a las juguetonas chicas. La reacción del soldado fue única: se le notaba satisfecho y a su vez (pensaba con la mano en su mentón), equivocado, pues su humildad, subordinación a sus mandos naturales y disciplina, eran la llave para abrir la atención de las bellas chicas y el respeto de los hombres buceadores, como yo.
Tiempo B: En el trayecto que va de la estación El Silencio-Caricuao, sin querer queriendo, escuché una singular conversación. Se trataba de dos personas, una muchacha como de veinte años y un señor cincuentón, ambos de estirpe y rasgos portugueses, pero el señor mucho más porque obviamente, su locución era tal. Se trataba de un abnegado papá y su libérrima hija (a juzgar por los libros de medicina que llevaba entre sus piernas) universitaria. El padre le decía: ¿cómo puedes apoyar a ese degenerado, a ese traidor, a ese fanfarrón que nos ha mentido a todos y arruinó al país y a mi negocio, ese negocio que te ha dado lo que tienes y lo que eres ?; la muchacha, que tenía por nombre Lucia (a juzgar por el brazalete que llevaba en la muñeca), lo oía con interés y respeto; ¿cómo puedes apoyar a ese señor que no respeta la constitución, insulta a toda la gente trabajadora cada vez que abre la jeta y no hay nadie que lo frene?; la chica lo seguía oyendo con estoico interés y respeto?. ¿Cómo puedes creer que ese señor pueda solucionar algo si fue él quien lo echó todo a perder, o si no mira el desempleo, la delincuencia, los salarios bajos y la comida cara, no hay libertad de expresión, a los periodistas los golpean, no le paga a los médicos, es un ladrón y encima de eso, no quiere ir a elecciones y tampoco quiere renunciar... La hija lo seguía oyendo con interés, sin inmutarse. Hubo un silencio expectante, como si se acercara algo inusitado. Pero no era yo él único que escuchaba, también algunas personas con rostro cansado por la diaria jornada, esperaban expectantes. Papi -al fin habló ella, después del insoportable silencio- ¿te puedo hacer una pregunta?, el papá afirmó con gesto fatigoso; ¿has visto todos los noticieros en la televisión hoy?; si, afirmó severamente el señor. ¿Por qué?, le increpó seguidamente. Cuando dejes de ver la televisión, aunque sea por un día, te responderé. Pero el papá no entendió esta observación y siguió con el mismo rosario de insultos al señor en cuestión. Al llegar a la estación la Paz, tanto ella, como él se levantaron. Las personas (un vigilante bancario, una señorita ejecutiva, un señor mayor con atuendo francés, un señor con una caja de herramientas de plomería o sea, plomero) que escuchaban la particular charla entre padre e hija, nos miramos con la extraña complicidad de gente que no se conoce pero que los embarga un mismo sentimiento, después que los susodichos cruzaron la salida del vagón: el señor, cosa que no habíamos o no había percatado, llevaba en el bolsillo trasero de su pantalón una cinta roja con letras negras donde se leía esta frase: soy escual...; por su parte, la chica que llevaba una raida chaqueta Levi’s, exhibía en su espalda una frase en colores suaves de los sesenta, pero amoldada al presente. SI QUIERES LA PAZ, NO VEAS TELEVISIÓN. Interesante, ¿verdad?.
Tiempo C: Antes de llegar a mi casa, me encuentro con Aixa, una vieja amiga que tenía tiempo sin ver. Nos saludamos y la vi excesivamente feliz ; no era para menos porque en sus manos tenía el suiche de su recién adquirido carrito Toyota Four Runner, el mismo que está en la calle del frente. Hace una semana, me dijo, había estrenado junto a su querido un apartamento en una zona residencial de mucho caché en el Paraíso, aquí en Caracas. La visita que me hacía era para por dos motivos: pagarme un dinero que ya había olvidado y para invitarme al cumpleaños de su hijo. Creo recordar que en una oportunidad me habló del padre de la criatura, o sea, el mismo tipo que la había engatusado, no solo porque era casado, sino porque era militar y ellos siempre están ocupados, según ella. Me entregó una tarjetita amarilla con lacitos multicolores, típica de esos eventos de un niño de dos años. Me gustaría que fueras, habrá mucha papa, curda o sea güisqui del que te gusta a ti y si quieres puedes llevar tu salsa pa’que echemos un pie. Realmente no sé qué fascinó más, si el entusiasmo con que decía las cosas (hace un año era una triste tortolita con un infortunado tortolito en sus brazos) o el nuevo riquismo que la dominaba. Pero, qué te ha pasado -le pregunté- cómo es eso que ahora tienes apartamento, carro... Ella me miró con ironía y dijo: ¿No te acuerdas de Samuel ?. Bueno...no, le respondí. Me contó que Samuel era el militar de la marina con quien tuvo un juju, pero que ese no era el papá del niño, sino otro militar y ambos la estaban ayudando: uno le regaló la camioneta y otro el apartamento. Parece que a los dos, me susurró al oído, les han pagado buenos melones por trabajos que están haciendo en yo no sé donde. Acto seguido me mostró dos fotografías de los galanes con atuendo militar. Ahh...!, fue lo único que pude decir. Nos despedimos no sin antes jurarme que si no iba al cumpleaños de su hijo, no lo vería nunca. Esto último me pareció extraño y me puso pensativo y nostálgico. Pero esta nostalgia se volvió desconcierto cuando al encender la televisión, la acostumbraba cadena de los medios privados estaba exhibiendo un desfile de militares que se revelaban contra el régimen, tal como le llaman ellos; no obstante, esto no era lo descorcentante, sino que rodeados de micrófonos, cámaras, luces, etc. de los periodistas, estaban como protagonistas de novela, las dos fotos, o sea, los militares amantes de Aixa. ¿Qué tal?.
Hassam
fatihave@yahoo.com
Caracas, 30 de octubre de 2002.
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