Nuevamente el proceso revolucionario abierto en Venezuela
vuelve a centrar la atención del movimiento obrero organizado a nivel internacional.
Los últimos acontecimientos vividos en este país, incluyendo el pronunciamiento
golpista de 14 altos mandos militares este 22 de octubre, han puesto en
evidencia la auténtica disyuntiva existente en este país que se encamina
claramente hacia la revolución o la contrarrevolución. Igualmente estos
acontecimientos demuestran la imperiosa necesidad del movimiento revolucionario
de tomar las riendas del proceso y acabar de una vez por todas con la reacción.
Venezuela está inmersa en un profundo proceso
revolucionario fruto de la crisis orgánica del capitalismo que en América
Latina ofrece una de sus caras más descarnadas. De los 526 millones del
continente, cerca 256 millones de personas viven en la extrema pobreza y, según
datos de la CEPAL, la pobreza alcanza al 77% de los latinoamericanos. Por el
contrario el 20% de la población detenta el 61% de la riqueza. Estas cifras que
reflejan una realidad insostenible para millones de personas donde el hambre,
la malnutrición, el analfabetismo, la falta de asistencia sanitaria, los bajos
salarios y largas jornadas se ceban en condiciones de vida infrahumanas para la
mayoría de los trabajadores y sus familias, son la explicación de fondo no sólo
de lo que ocurre en Venezuela, sino en toda América Latina, especialmente en
Brasil, Ecuador, Perú, Argentina...
América Latina es un continente en revolución que muestra
su expresión más álgida en Venezuela. La elección de Chávez como depositario de
las esperanzas de los trabajadores y pobres de Venezuela en un cambio social
que acabase con la situación de miseria y desigualdad que vive el 60% de la
población, abrió una nueva página en la lucha de clases de este país. Una
página que durante este mes de octubre vuelve a poner en evidencia las
contradicciones internas del proceso revolucionario.
Después del 13 de abril
La magnífica movilización de los trabajadores que dio al
traste con el golpe de estado el 11 de abril, reponiendo a Chávez al frente del
gobierno, supuso un fuerte revés para la oligarquía y el imperialismo, que en
menos de 48 horas vieron como la acción revolucionaria de las masas rompía su
estrategia golpista evitando la consolidación de una dictadura en Venezuela.
Si en ese momento la dirección del movimiento
revolucionario hubiese hecho un llamamiento a la formación de comités en
defensa de la revolución, expropiando las grandes empresas, los medios de
comunicación, la banca y los latifundios bajo el control de los obreros, a la
vez que la formación de comités de soldados para deponer a los oficiales
golpistas, coordinando sus acciones con los trabajadores, la clase obrera
venezolana habría acabado con la reacción de un plumazo, abriendo una nueva
página en la historia no sólo venezolana, sino de toda América Latina.
Desgraciadamente, tras su restitución, Chávez creyó que
era posible conciliar lo irreconciliable. Su primer objetivo fue fundar las
“mesas por el diálogo” con constantes llamamientos al “entendimiento” para
“levantar entre todos la patria”. Aceptó la dimisión de Gastón Parra y su equipo
directivo al frente de PdVSA, restituyendo en la dirección de Petróleos de
Venezuela a reconocidos golpistas; aceptó la apertura de mesas para discutir la
modificación de la Habilitante, entre otras la Ley de Tierras y la Ley de
Hidrocarburos y aceptó los planes económicos presentados por los ministros de
Economía y Planificación que aumentaron el IVA, los impuestos indirectos y la
devaluación del bolivar lo que ha provocado una explosión de la inflación (se
calcula que la tasa interanual ronda ya el 25%) que ha disminuido de manera
dramática el poder adquisitivo de los trabajadores y sectores más pobres de la
sociedad. Estas medidas fueron acompañadas por la emisión de deuda pública a
corto plazo, lo que significa que los banqueros y especuladores ganarán miles
de millones a costa de las arcas del Estado. Analistas y revistas
especializadas en economía saludaron estas medidas como “una vuelta a la
economía ortodoxa”.
Chávez, probablemente asesorado por ministros como
Nóbrega, creía que de esta manera los empresarios y el imperialismo
norteamericano cejarían en su empeño de acabar con el gobierno, ya que quedaba
patente su intención de no ir más allá de los límites del capitalismo.
Sin embargo, los efectos de estas medidas fueron
exactamente los contrarios a los que pretendía el gobierno: envalentonaron a la
reacción que tomaron como una muestra de debilidad estas concesiones. Las masas
habían echado atrás el golpe para defender las conquistas de la revolución
bolivariana (entre ellas la Habilitante),
pero el gobierno estaba dispuesto a retroceder y aceptar “las reglas del
juego”. Los golpistas se encontraron que, a pesar de su fracaso, seguían
disponiendo de sus posiciones, recursos y medios para seguir preparando un
nuevo golpe.
El TSJ absuelve a los golpistas
En efecto, mientras los trabajadores miraban con
preocupación lo que estaba ocurriendo y la libertad y descaro con el que se
movían los golpistas, desde el gobierno
se multiplicaban llamamientos a la calma, se dejaba en libertad bajo arresto
domiciliario a los participantes y dirigentes del golpe "lo que permitió la huida de Carmona a Colombia y desde
allí a Miami"; se planteaba que muchos
de los militares que participaron en el golpe “lo hicieron engañados”
manteniéndolos en sus puestos y el propio Chávez hizo reiterados llamamientos
al desarme de los trabajadores; se dejó en libertad a la camarilla mafiosa y
corrupta de la CTV encabezada por Carlos Ortega, y se apeló a respetar la
“legalidad vigente” asegurando que la conspiración golpista había sido
desmantelada.
Durante todo este tiempo, los medios de comunicación
siguieron publicando editoriales golpistas, organizando una campaña de prensa
internacional contra Chávez, a la vez que manifestaciones y caceroladas contra
el gobierno; los empresarios -mientras participan en las diferentes mesas abiertas por
el gobierno-intensificaban el boicot
económico a través de la fuga de capitales y la caida de la inversión -según datos de Bradynet.com, en el último año y
medio se calcula que han salido de Venezuela 7.800 millones de dólares y el PIB
ha caído un 9,9% en el segundo trimestre de este año, El País, 22.10.02,
debido a la huelga de inversiones, lo
que ha provocado un aumento del paro al 16,4%.-; la
reacción afianzaba sus privilegios en el aparato del Estado y los militares
golpistas seguían manteniendo sus posiciones en los cuarteles.
Como demuestra la experiencia, todos los estamentos del
aparato del Estado burgués tienen como único objetivo la defensa de la
propiedad privada y el mantenimiento de la burguesía como clase dominante. Si
bien en tiempos “normales” esto pasa desapercibido para las masas, no ocurre
así en época de crisis revolucionaria cuando todos los llamados poderes
fácticos actúan sin tapujos y a cara descubierta. La sentencia del TSJ absolviendo a los militares golpistas y
declarando que en Venezuela no había habido golpe de estado sino “vacío de
poder” demostró en la práctica qué intereses y a qué clase sirve la justicia
burguesa.
Como ha venido ocurriendo cada vez que la reacción ha dado
un paso, la respuesta de los
trabajadores ante esta nueva provocación no se hizo esperar, rodeando el
edificio del TSJ. Sin embargo, el gobierno, asustado por la acción de las masas en la calle, hizo
llamamientos para abandonar la zona y envió a la Guardia Nacional a reprimir a
los trabajadores.
La actitud del gobierno ante esta sentencia fue un nuevo
jarro de agua fría para el movimiento revolucionario.
Desde el 13 de abril la justicia burguesa ha intensificado
sus acciones contra el movimiento revolucionario: se han sucedido los
encarcelamientos de activistas bolivarianos; se han allanado casas y locales;
se ha dejado en libertad a los latifundistas responsables de asesinatos de
dirigentes campesinos en diferentes zonas del país, especialmente en el estado
de Zulia; se han cerrado medios de comunicación alternativos; se ha juzgado a
dirigentes de los Círculos... y para más inri no tuvieron ninguna vergüenza en
declarar que ¡el 11-A no hubo golpe de Estado!
Nuevamente vemos aquí la importancia de la dirección. En
lugar de desenmascarar los intereses de clase que se ocultan tras la fachada de
la llamada justicia, apoyando el movimiento instintivo de la clase obrera, se
aceptó la sentencia, reconociendo de hecho la autoridad de los jueces pro
golpistas del TSJ, aunque dijeron que recurrirían a instancias internacionales
contra la misma.
Esta actitud creó más confusión y desorientación en las
masas. El movimiento revolucionario había demostrado su ímpetu y fortaleza, pero
su dirección vacilaba y cedía terreno ante la reacción.
El movimiento revolucionario
La derrota del golpe demostró en los hechos, el enorme
poder de la clase obrera, generando una ola de confianza en el movimiento de
masas y en sus propias fuerzas. Los trabajadores, los oprimidos, habían parado
el golpe dejando claro que la correlacción de fuerzas estaba claramente a su
favor.
La experiencia vivida durante el 11 y 13 de abril sirvió
para hacer reflexionar al sector más avanzado de la clase sobre las tareas que
debía afrontar el movimiento revolucionario. La actitud y las medidas tomadas
por el gobierno despertaron vivas críticas, especialmente entre los activistas
que participaban en primera línea del proceso, como demuestra el documento
hecho público tras el 11 de abril, por la Alianza Popular Boliviariana,
criticando “la posición conciliadora asumida por el gobierno, que por momentos
llega a una franca entrega del proceso de cambios” y destacando la necesidad de
establecer “estructuras de coordinación de las organizaciones populares de base
(...) Estas estructuras deben definir un claro programa político de
transformación social” así como “... crear instancias de representación popular
mediante las asambleas de ciudadanos como una forma de poder alternativo...”
Durante este tiempo, los debates, los manifiestos y las
declaraciones se suceden. Intelectuales de izquierda, como el Grupo 13 de
Abril, abogan clara e inequívocamente por la transformación socialista de la
sociedad y diferentes organizaciones de base, entre ellas, junto a la
mencionada Alianza Popular Boliviariana,
un número importante de Círculos Boliviarianos, la Asamblea Popular
Revolucionaria, el Bloque Clasista y Democrático de trabajadores de Carabobo y
diferentes asambleas populares y de trabajadores de todo el país, son
conscientes de la necesidad de profundizar y defender los logros conquistados
por la revolución bolivariana.
Se llega así al primer encuentro de organizaciones
populares en Caracas el 28 y 29 de septiembre que deja un sabor agridulce en
muchos de sus participantes porque de las 18 mesas de trabajo sólo 5 pueden
presentar a votación en el plenario sus conclusiones, con lo que se llega al
acuerdo de volver a organizar un nuevo encuentro nacional donde vuelvan a
discutirse y votarse las propuestas de todas las comisiones que serán
presentadas a Chávez que asiste a la clausura y conmina al plenario a presentar
todas las propuestas una vez aprobadas ya que así “serán una exigencia del
poder popular para el gobierno”, pero la realidad es que no se toma ninguna
decisión sobre lo qué hacer hasta que no vuelva a darse este segundo encuentro.
En la práctica se vive la contradicción que ha llevado al
fracaso de muchos procesos revolucionarios. El movimiento revolucionario se
siente fuerte y vivo, y aunque mira con desconfianza la actitud vacilante de su
dirección, sigue dejando en sus manos el desarrollo del proceso. Por otro lado,
a través del desarrollo y la experiencia acumulada, los sectores más avanzados
y conscientes llegan a la conclusión de que el auténtico obstáculo es la
existencia del capitalismo
Crece la polarización social
Durante este mes de octubre los acontecimientos se han
sucedido a una velocidad de vértigo.
A pesar de que los sectores más inteligentes de la burguesía
son conscientes de su debilidad y de que el movimiento revolucionario mantiene
toda su fuerza y apoyo entre los trabajadores, tanto la revolución como la
contrarrevolución tienen su propia dinámica interna y hay hechos que escapan a
su control.
La burguesía y el imperialismo quieren acabar con el
proceso abierto en Venezuela. En ese punto todos están de acuerdo -de hecho, el 18 de noviembre un comando intentó asesinar a
Chávez a su vuelta de Europa-.
También todos están de acuerdo en que la única solución es una dictadura que
aplaste y doblegue el movimiento obrero, acabando con sus organizaciones, como
la única garantía de acabar con el peligro revolucionario. La única diferencia
que existe entre los diferentes sectores de la burguesía es la forma y el momento
más adecuado para llevar adelante estos planes.
Un sector había apostado por esperar el desgaste de
Chávez, -combinando una campaña
interna y externa de acoso al gobierno- sabiendo que los trabajadores, acuciados por
la situación económica, el paro, la pobreza y la necesidad de “buscarse las
habichuelas”, si no ven una alternativa que realmente cambie sus condiciones de
vida, tarde o temprano abandonan la primera línea de batalla. Ese sería el
mejor momento para dar el golpe.
Pero es evidente que otro sector estaba impaciente por
aplastar el movimiento de masas. Lo más probable es que este sector se sintiese
envalentonado por los pasos atrás y las concesiones hechas por el gobierno, a
la vez que sentía la presión de su base de apoyo, una pequeña burguesía
histérica y desesperada por “acabar de una vez con el caos” y reimplantar “el
orden”.
En la organización de la “toma de Caracas” convocada para
el jueves 10 de octubre no había ningún desacuerdo, pero las vacilaciones sobre
el camino a seguir quedaron patentes en los oradores. La mayoría de los
asistentes, que lograron una de las manifestaciones más masivas contra el
gobierno, esperaban que ese mismo día se convocara un cierre patronal
indefinido contra el gobierno y el pronunciamiento de los militares. Sin
embargo, en lugar de hacer esto, sus dirigentes plantearon un ultimátum a
Chávez para que dimitiera y el paro patronal fue convocado para el 21 de
octubre.
La respuesta de la clase obrera
La reacción popular ante este ataque de la reacción no se
hizo esperar. Apenas con dos días para organizar el acto, el domingo 13 de
octubre, cientos de miles de trabajadores desbordaron la Av. Bolivar en apoyo
al gobierno y al proceso revolucionario. A pesar de la manipulación de los
medios de comunicación (el “progresista” diario El País publicó en
portada una foto de la manifestación golpista mientras que el 14 de octubre se
limitó a dar la noticia de la manifestación bolivariana en las páginas
internacionales con la foto de un solo manifestante) a la burguesía
internacional no le quedó más remedio que reconocer que la manifestación del
día 13 había sido superior a la del día 10. Nuevamente la clase obrera
respondía a la reacción movilizándose y demostrando su fuerza en la calle.
La clase obrera aprende de su experiencia. Las masas
recordaban perfectamente como el 9 de abril fue convocada una manifestación
donde los golpistas dispararon para crear el caos; recordaban el cierre
patronal previo al golpe de estado; recordaban los detenidos y muertos
provocados durante apenas las 48 horas que se mantuvo la junta golpista... y
salieron a la calle para demostrar que “si hay un nuevo 11 habrá un nuevo 13”.
La fortaleza del movimiento revolucionario dividió aún más
a la reacción. El tan anunciado cierre patronal para el día 21, que en un
principio iba a ser “indefinido” se quedó en un cierre de doce horas. Esta vez
quedó en evidencia el fracaso del mismo. A pesar de que nuevamente los
funcionarios administrativos de PdVSA siguieron el llamamiento de la patronal,
los trabajadores de los pozos petrolíferos, de las refinerías y la distribución
garantizaron el normal funcionamiento de la empresa. Trabajadores en Valencia y
otras ciudades venezonalas obligaron a los empresarios a abrir las fábricas,
montando cordones y manifestaciones ante las puertas de las mismas. La consigna
“si los empresarios cierran las fábricas los trabajadores las expropiaremos
bajo nuestro control” caló entre amplios sectores del movimiento obrero y
asustó a muchos empresarios que prefirieron abrir a enfrentarse con la
ocupación de sus empresas. Después de la experiencia acumulada en las jornadas
previas al 11 de abril, la clase obrera no estaba dispuesta a permitir a los
golpistas repetir el esquema. Los trabajadores de los transportes garantizaron su
funcionamiento; se organizaron comités que patrullaron las calles en diferentes
zonas de las ciudades y al final de la tarde se concentraron miles de
trabajadores en diferentes ciudades de toda Venezuela para celebrar el fracaso
del “paro de los ricos”.
¿Qué va a ocurrir en Venezuela?
A la hora de cerrar este artículo muchas incógnitas pesan
sobre Venezuela, aunque por las informaciones que nos llegan desde Venezuela,
el intento golpista ha fracasado.
A los 14 militares
-muchos de ellos
implicados en el golpe del 11 de abril- que han exigido la renuncia inmediata de
Chávez, se han sumado varios generales y altos mandos del ejército, según Cadena
Global son ya más de 100, aunque varios generales han dado su apoyo
incondicional a Chávez y al proceso revolucionario, como el caso de Raul Isaías
Baduel, al que quieren enjuiciar porque día 16 de octubre hizo un llamado a los
trabajadores y habitantes de la zona oeste de Caracas a defender la revolución.
¡Nuevamente vemos a quiénes sirven los tribunales burgueses! Los golpistas se
concetran en la plaza Francia Altamira con absoluta impunidad, mientras se
admiten a trámite denuncias contra los militares que apoyan el proceso
revolucionario.
Parece evidente que este sector del ejército que se ha pronunciado
contra el gobierno y se ha concentrado permanentemente en la Plaza Francia se
ha adelantado a los planes del otro sector que prefería esperar. Por supuesto,
ante los hechos consumados, han
recibido también el apoyo de Fedecamaras (la agrupación de empresarios) y todas
las huestes de la reacción. Sectores de la clase media del este de la ciudad
les apoyan con su presencia.
Este mismo 26 de octubre, Chávez ha denunciado que en la
plaza “se está cocinando un golpe de estado” y ha advertido que el gobierno
responderá por la “vía armada si pretenden dar otro golpe”. Varios generales y
divisiones han reiterado su apoyo al gobierno.
Es obvio, como no podía ser de otra manera, que la
división en líneas de clase también afecta al ejército. Parece bastante fiable
que la mayoría de la tropa sigue apoyando al gobierno y el proceso
revolucionario. Esto es importante, pero no suficiente. La clase obrera lo ha
entendido así y desde que se inició el pronunciamiento golpista han tomado las
calles de las diferentes ciudades de Venezuela.
El mismo día 25 decenas de miles de trabajadores y
soldados organizaron un “gaitazo anti golpista”. Caravanas de coches han recorrido los barrios oeste de Caracas
llamando a los trabajadores a movilizarse contra el golpismo. También en Caracas, en La Bandera, Plaza
Sucre y Plaza Venezuela, se han realizado
Asambleas Populares que han debatido y votado las acciones a tomar, que serán
entregadas a Chávez. Varios miles de personas -que
celebraron con júbilo la victoria de Lula este domingo-se mantienen concentradas en los alrededores del palacio
de Miraflores como muestra de apoyo al proceso revolucionario. En Maracaibo
(Estado de Zulia) la segunda ciudad más importante de Venezuela, decenas de
miles salieron el sábado a mostrar su oposición al golpismo. Manifestaciones y asambleas se están
produciendo en todas las ciudades del país.
A nadie se le escapa que en estos momentos un intento
serio de golpe de estado provocaría una respuesta que podría desembocar en una
guerra civil con un resultado incierto para la burguesía.
Romper con el capitalismo
Está claro que la correlacción de fuerzas es claramente
favorable a la clase obrera. El problema aquí es que el movimiento
revolucionario carece de una dirección consecuente para llevar el proceso hasta
el final. Eso provoca un impasse entre las clases que, tarde o temprano,
tendrá que decantarse a favor de una u otra.
Chávez tiene el apoyo mayoritario de la clase obrera y los
sectores más oprimidos, como se ha demostrado una y otra vez a lo largo del
proceso. Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones y los avances hechos
por su gobierno en materia social durante estos años, la reacción sigue
manteniendo intactas sus posiciones y la pobreza sigue aumentando en Venezuela.
Es posible que Chávez, de manera honesta y sincera, quiera
evitar un enfrentamiento directo entre las clases. De ahí su interés en
convencer a un sector de la burguesía y el imperialismo, haciendo concesiones
en la esperanza de que “comprendan” y “acepten” las reformas. El problema que
Chávez no ha entendido es que los intereses de la burguesía y el imperialismo
son absolutamente irreconciliables con los intereses generales de la clase
obrera, el campesinado y los pobres de Venezuela. Chávez todavía no ha
entendido que la burguesía nunca permitirá una situación como la actual que
pone en peligro sus intereses de clase y que, ahora o más tarde, volverá a
intentar acabar con el proceso de modo violento y brutal.
La revolución bolivariana prometió mejorar las condiciones
de vida de las masas; prometió sacar a los niños de la calle; prometió sanidad
para todos; educación; viviendas dignas; salarios decentes... Pues bien,
cumplir todas esas promesas requiere acabar con la propiedad privada de los
medios de producción, la tierra y la banca, poniendo todos recursos bajo el
control de los trabajadores. Venezuela es un país rico saqueado por una
oligarquía parásita al servicio del imperialismo estadounidense. Romper con ese
sistema es la única alternativa para garantizar una vida digna a la clase
obrera y sectores oprimidos de la sociedad, que son la inmensa mayoría.
Esta intentona golpista ha fracaso, pero eso no significa
que el peligro de la contrarrevolución haya desaparecido. Mientras la burguesía
mantenga sus recursos financieros, sus posiciones en el aparato del Estado, sus
medios de comunicación, sus empresas... seguirá conspirando hasta acabar con el
proceso revolucionario. No tenemos que olvidar que muchos de los oficiales que
hoy se han pronunciado contra el gobierno, antes se proclamaban “leales” al
gobierno, igual que muchos jueces juraron la constitución bolivariana y hoy
dejan en libertad a los golpistas que pretenden acabar con esa misma
constitución.
La clase obrera ha demostrado que tiene la suficiente
fuerza para construir una nueva sociedad que ponga al servicio de la mayoría la
riqueza y los medios de producción del país garantizando un aumento del
bienestar para la mayoría de la población y cumpliendo las promesas por las que
Chávez fue elegido. Un cambio que es apoyado por la inmensa mayoría de los
venezolanos y que apenas encontraría resistencia real en la reacción. Si desde
el gobierno Chávez hiciera un llamamiento a los trabajadores, a los campesinos,
a los soldados, a tomar las fábricas, la tierra, la banca y los cuarteles, no
habría fuerza capaz de oponerse a ese movimiento.
En el último año, la dirección del movimiento
revolucionario ha estado a la defensiva. En lugar de tomar la iniciativa y
profundizar el proceso revolucionario, se ha contentado con movilizar el enorme
apoyo que tiene ante las acciones de la reacción, que a pesar de su debilidad
objetiva es mucho más consecuente con sus objetivos. De mantenerse esta
actitud, a la larga es inevitable un desgaste del movimiento de masas. Las
vacilaciones y la debilidad invitan a la agresión y crean confusión y dudas
entre los trabajadores.
Es necesario, pues, dotar al movimiento revolucionario de
un programa de transformación socialista de la sociedad para acabar de una vez
por todas con la pobreza y la amenaza golpista. Es necesario y urgente
conformar una auténtica dirección revolucionaria que ponga ante el movimiento
obrero las tareas de la revolución, tareas que solo la clase obrera con su
participación y control consciente, puede llevar a cabo.
Una Venezuela socialista, que hiciera un llamamiento a las
masas oprimidas de Latinoamérica a luchar por la revolución y planificar y
desarrollar la economía del continente en beneficio de los trabajadores y los
oprimidos, contaría con el apoyo entusiasta y activo de las masas en Brasil,
Ecuador, Argentina, Bolivia... y abriría una ola revolucionaria y de
solidaridad en la clase obrera internacional que impediría la actuación
golpista de la reacción no sólo en Venezuela sino en todos los países,
incluyendo EE.UU.
Emilia Lucena
El Militante. www.elmilitante.org/
28-10-02