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De Fuerte Tiuna para Altamira
Por: Nelson Barrios González*
Fecha de publicación: 28/10/02
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Existe la idea generalizada, y no me corresponde ponerla en duda ya que no soy experto en el asunto, de que los elefantes suelen emigrar bastante bien lejos de donde nacen, pero cuando se acerca el momento de morir, vuelven al lugar que los vio nacer.



Lo que toda Venezuela está observando en vivo desde la Plaza Altamira, no es más que un nuevo capítulo copiado del conocido “Manual del perfecto Golpe de Estado”, adaptado para Venezuela por dramaturgos nacionales y extranjeros al servicio de una oposición irracional, que por ciega no se percata que su histerismo cada día le rinde menos frutos, y rendiría aún mucho menos, de no ser, gracias a unos medios de comunicación dedicados desde hace tres años, según reza el libreto, casi exclusivamente a promover el show de turno.



Fracasado el paro “cívico” del día lunes 21 de octubre, seguía el turno, siempre según el libreto, a los militares, los mismos que el 11 de abril ejecutaron un Golpe de Estado y que luego fueron absueltos por el hasta ese entonces, genuflexo (Marta Colomina dixit) Tribunal Supremo de Justicia.



Como es harto conocido, Altamira es el nombre de la cueva prehistórica situada en Cantabria (España), donde fueron descubiertas en 1879, pinturas y grabados rupestres hechas por hombres que vivieron en la era del paleolítico superior, para mayores señas, estamos hablando del momento del conocido hombre de Cro-magnon.



Para muchos venezolanos, era un sueño poder ver algún día en nuestro país, logros que eran cosa cotidiana en otros países, así por ejemplo, se aspiraba que tarde o temprano, la vida militar venezolana es pondría a tono con los adelantos observados en otras sociedades, como por ejemplo, el derecho de los uniformados a sufragar. Así lo pensaron, igualmente quienes conformaron la Asamblea Constituyente del año 1999 y así lo consagraron en el artículo 330 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.



Reza el dicho que “una cosa piensa el burro y otra quién lo va a montar”. Nos pasó exactamente lo mismo, pensábamos que los militares se sentirían felices, de saber que ahora podían votar como muchos de sus colegas allende los mares, que en tiempos de post modernidad, al fin entrarían a la modernidad. Pues no ocurrió así, el derecho a voto los trastornó, y colateralmente han desarrollado una gama de comportamientos –desacato, insubordinación, participación política y conspiración- que nos lleva a concluir que sencillamente, nuestros militares no estaban preparados para asumir tal responsabilidad.



Si la afirmación anterior fuese cierta, y solo a ellos corresponde demostrar lo contrario, imagínese usted lector, ¿ si en vez de José Vicente Rangel, cuyo nombramiento como Ministro de la Defensa, fue suficientemente cuestionado en su momento, se hubiese nombrado a la cabeza de ese Ministerio, a una mujer como ocurre actualmente en Colombia?



Hasta ahora no he oído queja alguna de los militares colombianos, de esos mismos militares “berracos”, -como les gusta decir a ellos- porque una mujer los dirige políticamente. Parece que Bolívar siempre tuvo razón, Colombia, se dice, era la hija predilecta del libertador, por algo sería.



Cada día doy gracias al creador por el hecho de que las fuerzas armadas colombianas están distraídas con la guerra de guerrilla desde hace ya más de treinta años. Doy gracias no porque me alegre ver a un país destruirse en una absurda guerra entre hermanos, sino porque cuando me paseo por el escenario no imposible, de una guerra entre Colombia y Venezuela, me entra la duda sobre la capacidad de los jefes militares venezolanos. Si los jefes a los cuales se les encargaría dirigir la guerra, son esos que hoy se encuentran en la cueva de Altamira, no tengo ninguna duda de que antes de hacer el primer disparo, ya estaríamos derrotados.



Después de observar la conducta de los generales, almirantes, coroneles y sus colegas que le acompañan en esa ridícula aventura paleolítica de un territorio liberado en Altamira y de incitar a la rebelión a sus compañeros institucionalistas, me he interrogado múltiples veces, si no estaría muy bien justificado el episodio de las pantaletas. Finalmente después de tanto reflexionar sobre el asunto, he llegado al convencimiento de que estos militares, en el fondo, añoran los días en que le cargaban las maletas a Blanca Ibáñez.



Salieron del Fuerte Tiuna, uno de los símbolos de la entrada de Venezuela en la modernidad y, cuales elefantes, regresan a morir en la cueva (sótano de la plaza) de Altamira, sin percatarse que hace rato dejamos atrás la era del paleolítico superior.



* Profesor Jubilado de la Universidad del Zulia
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Nelson Barrios González*


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