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Comienzo a escribir estas líneas justo cuando la manecilla grande de mi reloj de pulsera marca que restan quince minutos para las seis de la tarde de hoy, veintiuno de octubre. A esta hora ya son públicos los balances que otorgan la victoria al paro opositor, convocado por la patronal y la central sindical. No faltan en el coro de la presunta victoria, las voces de la “sociedad civil”, recalcando el carácter cívico de la jornada. Tampoco los juicios de los directivos de los medios de comunicación - trocados en cabecillas de partidos -, ni los de los curas metidos a políticos, ni la intolerante mueca de los exaltados de camisa negra que moran en los alrededores de Altamira, clamando una curiosa “libertad” cimentada sobre la base de la aniquilación del otro... Pero en esta oportunidad los obcecados detractores del Presidente también terminarán creyéndose sus propias mentiras.
Se me viene, para ser justos, tasar el alcance real de la suspensión: se trata de una paralización importante de las actividades en algunas partes de Caracas, y de contados focos de inactividad en igualmente escasas ciudades del interior. El resto del país se encuentra tal como se le ve al principio de toda semana, al frente de sus actividades rutinarias.
Pero no subestimemos la fuerza de la oposición. Demos por hecho que mucha gente no traspasó el umbral de sus casas por puro rechazo a la figura y la gestión pública del Presidente Chávez. Pero vale la pena pensar en el carácter de la convocatoria, a ver hasta que punto lo sucedido este lunes se ajusta a las definiciones y propósitos voceadas por sus prosélitos.
Pongamos por caso: digamos que usted labora como personal no calificado de una embotelladora de refrescos. Y un buen día, el dueño de la embotelladora, decide darle un día libre. El mismo patrón que escasa vez consiente un descanso para sus trabajadores. Ese que ordena que los días que usted ha enfermado, se los descuenten de la nómina si su reposo médico no ostenta el sello del Seguro Social. El que pasa revista a las tarjetas de entrada o a las carpetas donde firma el personal, a ver si le amonesta o le descuenta el día por “retraso injustificado”, modalidad de escarmiento que para nada figura en ninguna legislación laboral. El mismo que pavonea orondo sus renombrados asesores jurídicos en plan de amedrentar al obrero que se le ocurra visitar la inspectoría del trabajo en procura de mejoras salariales jamás honradas por la empresa. Ese cuyo nombre figura en cientos de demandas arrumadas en el Ministerio del Trabajo por despidos injustificados o por no cancelar a tiempo las prestaciones sociales. Ese maula que ladea sus compromisos fiscales so pretexto de contribuir con obras de caridad. O por el contrario – para no ser maniqueos – ese honesto y bien intencionado hombre de empresa al que incumbe legítima y primordialmente las razones del rendimiento de los negocios y la maximización de las utilidades, y que cumple puntualmente con sus obligaciones contractuales, se le ocurre una inusual mañana que usted debe tomarse un día libre. Que no importa, que no asista al trabajo por una víspera. Que tome un descanso y que, además, él le cancela el monto correspondiente a la jornada no laborada. Y el día que escoge el patrón para su obligado sosiego es un día lunes, así como para un fin de semana largo. Dígame, ¿usted iría al trabajo? Yo le aseguro que no, por más chavista que usted sea.
Porque es de considerar que los paros surgieron al calor de la lucha sindical como último recurso a ser implementado por los trabajadores organizados, en procura de reivindicaciones salariales a ser conquistadas contra el erario del patrono. Desde la famosa gesta de Chicago - que logró la jornada laboral de 8 horas diarias - las huelgas han sido la amenaza más grande que contra el dueño de fábrica puedan hacer los asalariados. Curioso paro este, promovido por el público amancebamiento entre la supuesta representación de los trabajadores y su adversario natural. Quienes debieran contraponer sus posturas, a favor de un escenario en el que cada cual cumpla su papel, protagonizan hoy un absurdo libreto que ni Ionesco en el que los voceros de los trabajadores lo son pero de los patronos. La relación íntima entre la corrupta corporación sindical y el consorcio patronal no es otra cosa que un vínculo contra natura, siempre sabido pero nunca tan descarado en la historia venezolana.
De tal forma que lo que tuvo lugar hoy no fue un paro. Sería más apropiado denominarle “suspensión patronal de actividades”. El cognomento “paro” entrevera un profundo contenido de lucha y reivindicación social, ausente de esta retreta.
Según reza el Diccionario de la Real Academia Española, el vocablo espejismo se refiere a una ilusión óptica resultante de la reflexión total de la luz, que hace ver una imagen invertida de los objetos. O por mejor decir, la entidad de los fenómenos es inversa a la que perciben nuestros sentidos. Lo que hoy vivimos fue un espejismo de paro. Y un espejismo de oposición también.
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