El contexto de Jesús y las mentiras jerarquicas de hoy


Nietzsche afirmaba que, “la falta de sentido histórico es el pecado original de todos los filósofos”. No estoy seguro de si el “todos” por él utilizado para el enunciado no responde acaso a su conocida radicalidad, de lo que sí estoy persuadido es de que, la falta de sentido histórico es un grave error para la interpretación de cualquier idea. Esto se evidencia en la entrega acrítica que se observa en la recurrencia placentera al simbolismo logrando que los objetos de lo religioso, lo moral o lo estético corresponda a lo meramente superficial. El hombre termina por creer que su idea de estos símbolos toca el corazón mismo de todo conocimiento. Así, el hombre se forja ilusiones porque estas le causan felicidad, eludiendo de este modo la dolorosa confrontación que supondría la confrontación de los distintos contextos con su propia circunstancia.



No es extraño pues que hoy, plácidamente, muchas personas se supongan a sí mismas cristianas, renacentistas, republicanas o bolivarianas porque es fácil adherir los símbolos, particularmente cuando estos se corresponden a otro tiempo y espacio distinto al que protagonizan. Por ejemplo: ¿en qué lugar estarían hoy la inmensa mayoría de estas personas si, colocados en el contexto histórico, les correspondiese elegir entre las propuestas revolucionarias, peligrosas, comprometidas, antiimperialistas, subversivas, turbulentas y revoltosas de aquél oscuro, loco, excéntrico, herético e insólito personajillo, para colmo pobre, sin currículo aceptable e hijo de un carpintero, que proclamaba la falsedad de la jerarquía eclesiástica, el poder económico y las estructuras de opresión?, ¿acaso secundarían las irracionales luchas por la verdad de Galileo, aún en contra de la inquisición, el inmenso poder del estatus y la felicidad de la “verdad” aceptada?, ¿por ventura acompañarían a la chusma en sus luchas a muerte contra la elegancia, la finura, la exquisitez, el poder establecido, la “verdad divina” enunciada por la Iglesia y la fuerza de las costumbres representada por la aristocracia francesa?, ¿O quizás acompañarían al loco y aventurero caraqueño de comienzos del siglo XVIII, enfrentado por la libertad, la justicia, la igualdad y la patria contra el inmenso poder español, la aplastante fuerza de las costumbres y un omnipresente poder eclesiástico, que por cierto, fue excomulgado en dos oportunidades –ver diario de Bucaramanga- por la jerarquía católica y le comentaba a Perú de la Croix al mirar una procesión: “Vea Ud., que tristeza, los esclavos marchando sumisamente en pos de sus verdugos”?. La respuesta a estas interrogantes no la hallaremos nunca en las declaraciones, los actos rituales fuera de contexto y ni siquiera en los más exclusivos espacios reservados al culto conveniente, la respuesta la proporciona el ejercicio del sentido histórico, la circunstancia contextualizada y la comparación crítica. Eso nos dará la respuesta a estas interrogantes: donde están hoy, con quién está hoy, que proclaman hoy y sabremos donde, con quien y qué proclamarían en ese otro tiempo y espacio.



Veamos entonces el tiempo de Jesús y su contexto:

Palestina, habitada por un pueblo arisco, áspero y hosco, se encuentra dominada por el todo poderoso Imperio Romano, el cual, ducho en las artes del dominio y control de sus provincias ha dedicado sus mejores esfuerzos por pacificar un territorio que, por la vía de la fuerza podía fácilmente ser conquistado pero trabajosamente ocupado. A este fin hizo concesiones especiales a las clases dominantes y en forma muy particular a la clase clerical garante de la tranquilidad en el ámbito de las procelosas aguas de las creencias religiosas. A los primeros les permitía comerciar con cierto grado de libertad aún en el corazón mismo del Imperio, -Roma estaba habitada por innumerables comerciantes judíos que prosperaban a la sombra de su entrega apátrida al imperio- y en cuanto a la clase clerical, le permitía la existencia de su culto, -incluso a extremos impensables para los romanos, como abstenerse de pisar la casa de un judío porque la contaminaban- centro y esencia de todo el poder del clero sobre un pueblo que debía asistir, al menos una vez al año, al Templo a ofrecer culto a Dios, siendo éste el único lugar para hacerlo pues allí, bajo la custodia de los sacerdotes, se encontraba el Arca de la Alianza.



En este marco histórico nace Jesús de Nazareth y a la edad de treinta años comienza su prédica del Evangelio de liberación, salvación y vida. Esa sociedad estaba formada por grupos marcadamente diferenciados y con cuotas variadas de influencia y poder.



SACERDOTES

El grupo más poderoso dada las características teocéntricas y teocráticas del pueblo de Israel. Comandaba una especie de Asamblea Nacional llamada el Sanedrín, lugar donde se ventilaban las cosas más importantes para la vida común. Poseían, en forma absoluta, el control sobre el Templo lugar al que, como se ha dicho, debía concurrir todo judío a rendir culto a Dios y ofrecer sus dones y sacrificios. Para estos fines poseían un eficaz sistema de mercaderes y cambistas colocados allí para, en un caso vender los animales que serían sacrificados por los sacerdotes y en el otro servir como casas de cambio de las monedas que traían desde todos los lugares del mundo los judíos en su peregrinación, por las monedas exclusivamente aceptadas por los sacerdotes. En ambos casos las ganancias eran escandalosas y groseras. Es a estos mercaderes a quienes Jesús saca del Templo con un látigo en el momento en el cual, -escribió su sentencia de muerte según recoge el mismo Evangelio- cuando destrozó el negocio de los sacerdotes y los denunció llamándolos “raza de víboras, que habéis convertido la casa de mi Padre, casa de oración, en cueva de ladrones”. Es evidente que el peligro de este Jesús, con el cual habían convivido hasta por tres años, se hace insoportable cuando amenaza su negocio, incluso cuando denuncia el pecado de una intermediación usurpada y deciden su muerte con estas palabras: “Es preferible que muera un solo hombre a que se pierda la nación”. Dos cosas interesantes: el disparador de la conspiración está asociado directamente con el negocio amenazado y éste, -el negocio- es para ellos “la nación”. ¿No guarda cierto parecido con la “peligrosidad” de Bolívar al decretar la liberación de los esclavos y la repartición de la tierra mediante el Decreto de Confiscaciones?, ¿No guarda cierto parecido con las prisas por “salir” de Chávez, justamente al instante en que éste aprueba las 49 leyes habilitantes?.



FARISEOS

Estos son los más estrictos cumplidores de la Ley de Dios. Algo así como los mejores ciudadanos de una nación. La gente de bien. Los chéveres. Los finos y cultos. Al grado de que, sectorizados internamente en distintos grupos o niveles, eran encabezados por los “Irreprensibles”, un grupo que se jactaba de no merecer la reprensión de nadie, a tal punto alardeaban del cumplimiento de la Ley. Sólo que, como Jesús les enrostrará, habían convertido la Ley sencilla de Dios, que cabe en dos Mandamientos: “Amarás al Señor tu Dios con todas las fuerzas de tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo” en un complicado amasijo de preceptos, absolutamente obligatorios para “demostrar” ese amor a Dios, que llegó a alcanzar hasta 635. Siendo, como es de suponer, más difícil conocerlos que cumplirlos, pero que, desde luego, lograban su objetivo: Echar un manto oscuro sobre la fuerza vital de los dos mandamientos verdaderos hasta hacerlos invisibles en medio de aquel artilugio de preceptos anodinos. Con ellos es particularmente duro Jesús, pues no se cansa de llamarlos hipócritas, criminales, cínicos y sepulcros blanqueados, con la misma fuerza que llamó al grupo de sacerdotes, ladrones, bandidos y salteadores.



SADUCEOS

Estos estaban formados por los pudientes, hacendados y banqueros. Como es de esperarse las exigencias farisaicas les resultaban incómodas. De modo que, amén de otras diferencias doctrinales, se caracterizaban por una visión más “abierta” del mundo y los negocios, siendo por ello menos influyentes en el ámbito religioso pero más poderosos en el mundo mercantil.



ZELOTES

Este grupo lo conformaba el brazo armado y rebelde de la resistencia contra el imperio. A este grupo pertenecía precisamente aquél a quién el pueblo prefirió a Jesús: Barrabás. Un grupo que, aunque desde luego muy incómodo e indeseable para el imperio, era penosamente controlado por las fuerzas de ocupación romanas que se veían agredidas y diezmadas por las técnicas de guerrillas utilizadas por ellos.



SÁTRAPAS

La culta y eficaz Roma había descubierto desde tiempo atrás que, la mejor forma de sostener la conquista de una nación no era la fuerza, muy útil para la conquista pero infructífera la ocupación de largo tiempo, sino la perfección estratégica consistente en horadar la cultura, costumbre e idiosincrasia del dominado, en lograr que el dominado llegue a admirar al dominador al punto de aceptarlo y hasta desear con todas sus fuerzas parecerse a él. Esa estrategia que hemos visto después aplicada en distintos escenarios de dominación y exterminio en el mundo, como los indígenas vestidos como hombres blancos y trabajando contra su propio pueblo para ellos, estaba hermosamente representada en Herodes y su corte. Allí se le enseñaba al pueblo judío como se vivía a la romana. Cuantos adelantos, exquisiteces y comodidades podrían tener si adoptaban el modo de vida romano. No muy distante, por cierto, de los pitiyankis que darían la vida por alcanzar las bondades del “american way of life” aún a costa de la esclavitud de su propio pueblo.



EL IMPERIO



Como todo Imperio estaba presente con un fin predeterminado: El cobro de los impuestos para Roma, la garantía del control geopolítico y la conservación de sus estructuras imperiales. Para ello se valía del mismo argumento que todos los de su naturaleza: La fuerza representada en sus legiones pero a las que prefería no recurrir, dejando el menester cotidiano a los sectores sociales del espacio bajo tutela que, ayer como hoy, estaban siempre prestos a pedir el auxilio imperial ante cualquier peligro de conmoción. Véase que la ejecución de Jesús es urdida por los poderosos vernáculos pero ejecutada por los romanos. Ninguna novedad en el frente, las cosas, en su esencia, cambian poco.



Bien, quedan otra serie de aspectos que no se tocarán dado el carácter de este trabajito. Pero, invito a regresar a las preguntas que han originado esta explicación: ¿Dónde habrían estado y con quién los distintos sectores y personajes de nuestra Venezuela actual?, ¿Quién es quién hoy?, ¿Quiénes son cada uno de ellos y quienes eran?, creo que la respuesta no debo darla yo porque ha de surgir, como la luz al amanecer del ejercicio de reflexión que se ha propuesto.





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Martín Guédez


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