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Madrid, la capital moral de Europa
Por: José Saramago *
Fecha de publicación: 26/03/04
imprímelo mándaselo a
tus panas

¡No a la guerra! ¡Sí a la paz! ¡No a la ocupación! ¡Sí al derecho de vivir
libres! Hoy por hoy, Madrid es la capital moral de Europa; por supuesto
que no es la capital política de los europeos ni la capital económica ni
mucho menos la capital militar. Pero sí es, clara y rotundamente, la capital
moral de esa Europa a la que osaron llamar "vieja" algunos que de Europa
sabían y saben muy poco, y que de su supuesta juventud presumían demasiado. Los 200 muertos del infame atentado del 11 de marzo van a quedar para siempre
en la memoria y en el corazón de Madrid. Cada uno de ellos será en esta
ciudad una imagen que encontraremos por las calles. Cada uno de ellos, una mirada que nos interrogará al pasado. Cada uno de ellos, una exigencia y un
compromiso.

Al día siguiente, con los ojos llorosos y el dolor pegado al alma, Madrid
salió en masa a la calle. Y con Madrid salió España entera de sus casas. Por
España salieron Europa y el mundo. En muchas ciudades y pueblos al otro
lado de las fronteras sonaron las campanas de las iglesias y las sirenas en
las fábricas. Y todos los minutos de silencio cumplidos se hicieron muchas
horas de duelo. Madrid no estaba sola. España no estaba sola. Una onda de
solidaridad empapada de lágrimas enseñó a todos en un clamor unánime
contra la barbarie terrorista. Un clamor general contra el terrorismo interno y
externo y también, como consecuencia de un crimen tal, contra todos los
demás terrorismos de todos los colores y facciones: los del negro y los
del azul, los del verde y los del marrón; nadie ignora que esos colores
nefastos se tiñeron en nefastas camisas en el pasado.

Nadie puede ignorar que hoy, bajo la capa de los mejores propósitos y
las más protectoras intenciones, nuevos autoritarismos están amenazando el
mundo. Llevan las camisas debajo de la piel, pero la sed de poder es
idéntica. Los procesos han cambiado, sin embargo, los objetivos son los
mismos.

Hace un año, millones de personas bajaron a la calle para gritar "¡No a la
guerra!" e intentar así cortar el camino a aquellos que se empeñaron a
entrar en nombre de la guerra preventiva a lo que simplemente es
terrorismo de Estado. Muchos de nosotros estuvimos aquí y levantamos pancartas de paz y gritos de esperanza, pero la guerra no se detuvo. Para el señor George
W. Bush, y sus dos acólitos principales, los señores Tony Blair y José María
Aznar, nosotros, en el mejor de los casos, éramos unos pobres ingenuos,
mentalmente incapaces para comprender la sublime majestad de la gesta
bélica que se preparaba. Y en el peor de los casos, unos miserables traidores
a la civilización occidental que no nos merecíamos el pan que comíamos. No
importaba que la famosa gesta bélica fuera sólo un entramado de groseras
manipulaciones y falsedades. No importaba que de cada tres palabras que
ellos proferían, dos fueran mentirosas y la tercera dudosa. No importaba que
los motivos ofrecidos para desencadenar la guerra se derrumbaran hechos
añicos a los pocos días. Empecinados en la estrategia del engaño
sistemático como instrumento de maniobra política, Bush, Blair y Aznar dedicaron sus oficios y quehaceres y a pasear por el mundo sus impagables narices de
Pinocho. El año que ha pasado entrará seguramente en la historia como el
tiempo en el que más mentiras han sido dichas en el mundo.

Y vosotros, y nosotros, los miles y miles que habéis salido a la calle hace
un año, a primera vista, terminadas las manifestaciones, no habéis hecho
nada más que volver a casa como si, vencidos y humillados por las mañas
y la mentira organizadas, de repente os hubiera faltado la propia conciencia
de vuestras razones. Hoy, aquí, podemos afirmar que no fue así. Las
movilizaciones de protesta y de reivindicación de la paz, reunidas en Madrid
y en toda España, se fueron convirtiendo sin que os diérais cuenta en el río
Guadiana que deja la superficie de la tierra para conseguir su camino
debajo del suelo. Y a la manera del Guadiana, en otrorío oculto en el que os
habéis transformado, ascendió de súbito y cuando nadie se lo esperaba a la
superficie. Sucedió eso en el día 14 de marzo del año 2004. Que no tiene que
ver una cosa con la otra, dirán algunos. Pero sí tiene que ver, que sacudidos por el dolor, ahogados por las lágrimas, la palabra paz volvió a encontrar el camino de nuestras gargantas y el "¡No a la guerra!" retomó su primera fuerza para luego doblarla y hasta multiplicarla.

Lo que parecía dormido despertó y a partir de ahora nada ni nadie os podrá
callar. ¡No a la guerra! ¡No, no, no, no y no!

* Texto íntegro del discurso leído en Madrid en la manifestación contra la guerra.
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José Saramago *


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