Traducción de Guillermo Crux, especial para Panorama
Internacional
Un artículo en el periodico Guardian de Inglaterra informa que el ícono de la
izquierda estadounidense Noam Chomsky ha dado su "apoyo renuente al candidato
presidencial del Partido Demócrata, John Kerry".
El apoyo de
Chomsky a Kerry está lejos de ser entusiasta. Describe la opción entre Bush y
Kerry como una elección "entre dos facciones del partido de las corporaciones" y
a Kerry como "Bush-light", apenas "una fracción" mejor que su rival republicano.
Pero Chomsky plantea que la actual administración es
excepcionalmente "cruel y salvaje" y "profundamente comprometida con el
desmantelamiento de las conquistas de la lucha popular del último siglo sin
importar los costos para la población en general". Concluye que "a pesar de lo
limitado de las diferencias [entre Bush y Kerry] tanto a nivel de política
interna como internacional, hay diferencias. En un sistema de inmenso poder, las
pequeñas diferencias pueden traducirse en grandes resultados."
La aceptación de Chomsky de la lógica del "cualquier cosa antes que Bush"
seguramente será influyente, pero en esta ocasión los argumentos que esgrime
representan tan sólo una expresión de deseos en lugar del lúcido análisis
político que lo hizo famoso. No hay ninguna duda que las políticas de la
administración Bush son "crueles y salvajes", pero John Kerry (junto con la
mayoría de los demócratas en el Senado) apoyó la mayoría de ellas, incluyendo la
guerra en Afganistán, la "Ley Patriótica", la guerra en Irak, y la ley educativa
"Ningún Niño Afuera". Como señaló recientemente Marjorie Williams en el
Washington Post, "Kerry votó tantas de las principales iniciativas de Bush que
para repudiarlas ahora sólo puede argumentar que estuvieron mal o
deshonestamente 'implementadas' Esto se suma a una confesión de que su opositor
lo transformó en un zoquete durante los últimos tres años. De hecho, alguien
podría decir que Kerry es un pobre ingenuo por todas las formas en las que los
congresistas demócratas se han dejado usar por la administración Bush."
La administración Bush ha empujado la política norteamericana fuertemente
hacia la derecha, pero esto no representa una ruptura cualitativo con lo que
vino antes sino una extensión y una continuación de las políticas "crueles y
salvajes" llevadas a cabo por otras administraciones durante los últimos 25
años, tanto demócratas como republicanas. Los ataques de Bush contra
laslibertades civiles se apoyan en los de su anteecesor Bill Clinton, incluyendo
la Ley de Pena de Muerte Efectiva de 1996 y la Ley Anti-terrorista (a propósito,
apoyada por Kerry). Y mientras Bush por cierto se compromete a "desmantelar las
conquistas de la lucha popular del último siglo sin importar los costos para la
población en general", nada de lo que hizo hasta ahora en términos de política
social puede compararse con la brutalidad con la que Clinton destripó el sistema
de bienestar federal (otra vez apoyado por Kerry).
En términos de política exterior, las diferencias son aún menores. Las
críticas de Kerry a Bush son completamente tácticas, como queda claro por demás
en una reciente entrevista en la revista Time:
"Mire, estoy preparado para tomar toda acción que sea necesaria para proteger
el país, y estoy preparado para actuar unilateralmente si hay que hacerlo,"
insiste Kerry, haciendo notar que él apoyó el uso de la fuerza en Granada,
Panamá, Kosovo y Afganistán. "Pero hay una forma de hacerlo que fortalece la
mano de Estados Unidos. George Bush ha debilitado la mano de Estados Unidos."
De hecho, Kerry quiere enviar 40.000 tropas adicionales a Irak, pregona un
"internacionalismo muscular" en la tradición de los presidentes demócratas del
siglo XX (cuyo historial de política exterior fue por lejos mucho más sangriento
que el de sus colegas republicanos) e incluso se niega a descartar las guerras
"preventivas". Chomsky tiene razón al decir que "las pequeñas diferencias pueden
traducirse en grandes resultados", pero esto opera en ambos sentidos. Kerry, por
ejemplo, puede estar en una mejor posición que Bush para presionar por la
reintroducción del servicio militar, de la misma forma que a un demócrata le fue
más fácil llevar a cabo la "reforma" del sistema de seguridad social, porque la
izquierda sería menos proclive a movilzar gente para oponersele.
Tomar decisiones sobre una elección presidencial en base a las diferencias
insignificantes entre los dos candidatos de los grandes partidos termina siendo
cosa de tontos. Quien sea que gane en noviembre, necesitaremos movimientos
sociales más grandes y más combativos en las calles para luchar contra sus
políticas, pero cuando los activistas terminan siendo cooptados en el apoyo a
los demócratas los movimientos se debilitan y a veces se destruyen. En 1964,
cuando los republicanos nombraron al fanático anticomunista Barry Goldwater como
su candidato, los activistas anti-guerra pensaron que podían lograr algunos
avances con Lyndon B. Johnson. Pero, como comentó el difunto Hal Draper en un
artículo clásico sobre la política del "mal menor": (...) conocemos muy bien a
todos aquellos que se convencieron de que Lyndon Johnson era el mal menor frente
a Goldwater, que iba a hacer cosas horribles en Vietnam, como por ejemplo
defoliar las selvas. Muchos de ellos han comprendido desde entonces que la bota
militar estaba en el otro pie; y ahora se dan golpes de pecho pensando que el
hombre por el cual votaron "en realidad terminó llevando a cabo la política de
Goldwater". (En honor a la verdad, esto es injusto para con Goldwater: él nunca
planteó la escalada sostenida de la guerra que Johnson sí llevo a cabo; y más
ciertamente, probablemente hubiera sido incapaz de llevarla a cabo con tan poca
oposición como el hombre que podía hipnotizar simultáneamente a los liberales
con la retórica de la "Gran Sociedad".)
"¿Así que quién fue realmente el mal menor en 1964?" se preguntaba Draper.
"El punto es que lo desastroso es la pregunta, no la respuesta. En
circunstancias donde la opción es entre un político capitalista y otro, la
derrota la conlleva aceptar la limitación a esta opción". Lo mismo es cierto en
2004. La administración más liberal de los últimos 35 años fue la del
republicano Richard Nixon, quien se vio obligado a responder a las rebeliones de
los ghettos, huelgas salvajes y movimientos sociales radicales. Pero el papel
histórico de los demócratas ha sido el de amordazar esos movimientos.
Si elegimos a Kerry en vez de Bush, dificultamos más la tarea de hacer la
única cosa que puede representar una diferencia para nuestro lado: construir un
verdadero activismo en las calles.
Piénsalo de nuevo, Noam.
Phil Gasper es profesor de filosofía en la Universidad de Notre Dame de
Namur en California. Es miembro del sindicato nacional de escritores (NWU) y
contribuye frecuentemente en el periódico Socialist Worker y la revista International Socialist
Review.