Llegar a la administración educacional en tiempos de cambios y sostener con vehemencia los mismos vicios de la cultura política que se debe superar, es una burla al colectivo que espera de los designados su máxima activación para lograr el desarrollo integral de la comunidad en referencia. La opción del cambio, no será posible sí quienes representan los organismos se niegan aceptar los nuevos requerimientos.
Lograr un proceso de cambio no es un mero ejercicio de remodelar oficinas, sustituir cuadros decorativos por figuras políticas, o cambiar los colores del uniforme del personal por los que identifican la tendencia dominante, se requiere ajustar la estructura social con los valores propuestos, es imperativo modificar los valores personales. La tarea del cambio será eficiente, productiva y exitosa cuando las personas saben qué es lo que esperan de ellos.
La transformación universitaria ha sido la constante en los últimos diez años de la UNELLEZ, si bien es cierto, todo cambio toma su tiempo, también lo es que la estructura administrativa se mantiene intacta, al igual que las creencias y valores personales no han sido alterados en lo más mínimo. La cultura del grupo, del clan y del atropello al que fue se conserva incólume.
Permanecer indiferente es contribuir a la muerte de la constante, es llevar la opción de la transformación universitaria al campo de la imaginación, al terreno de las utopías. El tiempo necesario tiende a expirar. Los convocados no dan muestra de absorber el cambio y sentirse parte del mismo, por el contrario, parecieran ser partidarios de sostener las viejas estructuras que producen satisfacción a las personas relacionadas con los grupos que están en el “poder” antes que asumir la opción del cambio, el cual proyectan como estados o momentos de ansiedad, confusión y angustia.
Esto ha producido en algunos personajes comportamientos extraños, irritables, resistencia, falta de entusiasmo, que finalmente influirán en la necesidad de “algunos” de sostener las viejas estructuras.
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