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Uno, en su triste condición de plebeyo, siempre ha estimado que a la derecha española eso de las elecciones le da cierto gato. Desde la muerte de Franco, la derecha siempre ha tenido algún "sí, pero" que oponer a los muy escasos avances reales hacia la democracia experimentados en estos años. Escasos porque, como me decía mi padre (un honesto votante del PP, pero entonces inequívocamente antifranquista) al principio de la Transición, la democracia es, antes que nada, una cultura. Nada menos.
Como buenos sufragistas censitarios, los dirigentes y periodistas de la derecha española desprecian a esa extraña entelequia tan fácilmente manipulable que es la "opinión pública". El buen pueblo español es, para ellos, el sereno, el abnegado, el callado, el sumiso. Sumisión es, para ellos, equivalente a sensatez. Esta es su curiosa concepción de un sistema, el democrático, que al menos en teoría nació para la insumisión.
Los ejemplos de los últimos días son más que notables. El día 11 de marzo, el pueblo español fue solidario, sensato, colaborador. Y es cierto que lo fue. El día 12, en la manifestación convocada por Aznar (marcándose un órdago electoralista con el lema de la pancarta, 'Por la Constitución', que nada tenía que ver con el atentado), once millones de españoles mostraron su solidaridad, su entereza, su sensatez. Todos invocaban a la participación en las elecciones, todos pedían que se tumbara al terrorismo con el voto. Lo que no se atrevieron a decir sus ideólogos de cámara es que, además, debían votar al Partido Popular. No les pareció necesario.
Y hete aquí que de repente, el 14 de marzo de 2004, el pueblo traicionó su papel de claqué de los intereses creados a que le había reducido su querido Partido Popular.
Entonces, las proporciones y las cantidades se volvieron en contra. Los once millones de sensatos se conviertieron en "borregos". La participación en las elecciones se convirtió en una "victoria del terrorismo". El "grupito de fanáticos" bastó para derribar a un gobierno que controlaba medios de comunicación y en el que, como pocas veces en la historia de España (que ya es decir), los poderes fácticos y los "legales" se daban de la mano en una simbiosis casi perfecta.
Por respetar, los mentores de la derecha ni siquiera respetaron la autoridad moral de las víctimas y de sus allegados y convecinos, como los habitantes de Alcalá de Henares, especialmente afectados por los atentados de Madrid y que literalmente mandaron al PP a la mierda.
A uno, que hace mucho que desconfía de la democracia representativa, y que lo sigue haciendo, lo del domingo le ha dado que pensar. De entrada, recordé que, por muy adulterado que esté, el sufragio universal y el multipartidismo fue resultado de la lucha de la izquierda a finales del siglo XIX y principios del XX. Que por muy superado que esté por la realidad (para ser más exactos, por el abismo que existe entre la desigualdad política y social concretas del capitalismo y la igualdad y la libertad abstractas de la democracia burguesa), este sistema sigue siendo una forma de encuesta vinculante que, si se ve acompañada de las debidas movilizaciones, puede dar resultados muy sorprendentes. En todo caso, nos permite asistir al espectáculo de ver cómo los autodenominados "demócratas" desprecian la voluntad del pueblo cuando ésta les es esquiva.
La democracia radical, la real, es mucho más que esto. Para que exista, debe haber una libertad y una igualdad concretas, reales, y las decisiones deben ser, en consecuencia, verdaderamente representantivas de la relación de fuerzas sociales y de las divergencias ideológicas planteadas en unas condiciones de auténtica igualdad. En definitiva, la auténtica democracia sería la realización diaria y práctica de la historia por parte de sus auténticos creadores, los trabajadores, en su sentido más amplio de hacedores de la realidad humana. La auténtica democracia será socialista o no será.
Pero la actual democracia representativa, mediática, partitocrática, "vendedora" de sí misma, tapadera de los verdaderos poderes que atenazan a la sociedad, con todas sus limitaciones, podría ser un buen punto de partida si no nos lo dejásemos robar. A mí siempre me ha resultado interesante comprobar cómo las libertades llamadas "burguesas" (histórica y filosóficamente lo son, sin duda) son las primeras víctimas de la alta burguesía cuando ésta ve en peligro su preeminencia.
Por ello, lo del pasado domingo no deja de desconcertar, tanto a los críticos del sistema como, acaso aún más, a los ilustres "demócratas" del poder. La lección más interesante es que, en ciertas circunstancias, aún es posible liberar a la democracia de sus encorsetamientos, que la sociedad actúe en ocasiones como tal sociedad y no como mera "espectadora" de su propia realidad. Ocurre pocas veces, y no olvidemos que el PSOE es el PSOE, con lo que ello representa en cuanto a tibieza y abandono de sus principios más elementales.
Pero el hecho de que un pueblo ponga en solfa toda la trama de poder mediático, político y de intereses creados del PP mediante su simple voto, que actúe como verdadero pueblo siquiera sea una vez en su historia, es una noticia de lo más interesante. Y el hecho de que la derecha se cabree y nos muestre sin maquillajes su auténtica vocación oligárquica y dictatorial tras varias décadas de "paladín de la democracia"; o la simple posibilidad de ver a Aznar con rostro humillado y con ojos de haber llorado, es un éxito seguramente modesto, pero con un sabor a venganza de lo más agradable. Aún me duele el antebrazo. Imagínense de qué.
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