José Tomás Boves

José Tomás Boves. Siempre me pregunté cómo era posible que un capitán de bandoleros, como me enseñaron en la escuela, haya sido capaz de desatar una hecatombe semejante. Por lo qué, nos adentraremos en la historia del más fiero arquetipo que haya tenido nuestra América desde Bering a la Patagonia, pues la tragedia de José Tomás Boves, más que la historia de un hombre, es el arrebato de todo un pueblo buscando su síntesis. Boves es fermento y estallido de un hontanar profundo. Es héroe y antihéroe, villano o adalid, según la conseja de los historiadores oficiales o en las consejas del pueblo.

Hasta hace muy poco, en el mes de su muerte, se celebraba en el Alto Llano la misa de Boves, los nietos y los hijos de sus lanceros susurraban su nombre como si fuera un espíritu milagroso; mientras la historiografía oficial tronaba contra aquella réplica tropical de Atila, ese caudillo capaz de hacer bailar el cure del burlesco Pitirique (actual Alma Llanera) a quienes iba a victimar.

La historia oficial de este capitán de “bandoleros” está salpicada de anécdotas donde se dan la mano el humor negro y el odio feral, y contrasta con el recuerdo de un hombre a quien los suyos apodaban el Taita, denominativo propio de pueblos huérfanos para sus caudillos y sus protectores.

¿Cuál de estas dos versiones es la verdadera? Tan cierta es la una como la otra. Boves fue un hombre despiadado. “Fue la cólera de Dios”, como lo denominó Bolívar, pero fue también el primer caudillo de la Democracia en Venezuela, como lo afirmó Juan Vicente González.

Fue detestado y temido, pero también amado y reverenciado como lo son, entre los pueblos las deidades, pues tan sólo aquel capaz de ser temido merece ser amado, ya que sin odio no puede haber amor, como es sinceridad, para el que ha sido engañado muchas veces, la brutal felonía.

Pero volvamos por los momentos al juicio diagnóstico que merece este singular asturiano que, a los quince años, como pilotín de una compañía naviera se vino a Venezuela “a hacer” la América. El hecho de que se haya hecho contrabandista o pirata, confirma la hipótesis de que tenía prisa por hacer dinero, lo que lo llevó a ser condenado a ocho años de presidio cuando apenas tenía veinte años de edad. El Dr. Juan Germán Roscio, el célebre ideólogo, asume su defensa y logra que se le transfiera la pena de presidio a confinamiento en Calabozo, a donde llega a comienzos de 1805. Cuando estalla la revolución de 1810 es uno de los comerciantes más prósperos de los llanos centrales.

Boves, quedó bruscamente descompensado cuando fue víctima de aquella afrenta en que se le azotó en la plaza mayor de Calabozo, luego de hacérsele victima de un proceso Falaz. El hecho de haber sido azotado en la plaza pública, pena reservada sólo para villanos y gente de baja extracción, señala el afán que tuvo la oligarquía calaboceña de expulsarlo de su seno y mostrar claramente que no era miembro de su grupo, acto que, sin duda resultó más dolorosa para José Tomás Boves que los mismos vergajazos que dejó caer sobre su espalda el verdugo Sebastián. La particular saña con que trató después a los calaboceños muestra la huella de su sufrimiento y de su resentimiento. Es el momento en que rompe definitivamente con la oligarquía e insurge sistemático y destructivo contra todo aquello que se lo recuerde. Y así, de aldea en aldea y de pueblo en pueblo, va destruyendo sistemáticamente todo cuanto se encuentra a su paso. En la guerra encontró la oportunidad de dar rienda suelta a su naturaleza atormentada. Numerosos hombres de su tiempo, como Sucre y Páez, no respondieron a la agresión de que fueron victimas. No justifica a Boves el que una infinidad de caudillos como Arismendi, Bermúdez y Campo Elías, lo aventajasen en ferocidad.

Boves: es justiciero, generoso y magnánimo con sus incondicionales, alegre y trabajador. Así era Boves inicialmente: un hombre de rasgos fuertes y definidos, con sus singularidades, su parte positiva y sus oquedades, donde dormitaba la tragedia. Pedro Miguel Candelas, exclama cuando estalló la Guerra Federal: Ahora es que comprendo quien soy y para que he nacido.

Odia al sistema social en que ha nacido y los valores que lo rodean. Todo llega a parecerle falso e injusto. Cuando lo vemos entrar a saco en la Iglesia y matar y violar en los altares. Para un español del siglo XIX es cosa grave una profanación semejante. Si Boves lo hizo fue con el fin de proclamar su total irrespeto por un sistema de valores que justificaba su imperio. Se advierte la voluntad de invertir los valores, el afán de destruir un sistema, la obsesión por exterminar a los que lo humillaron y, a los que merecen castigo. Por eso se burla del rey, del clero, del linaje, de la civilización greco-latina y de todo que recuerde la cultura que lo alimentó. Y acentúa el contraste sumergiéndose en la masa parda o negra de las multitudes harapientas conducidas por él. Y duerme con ellos, y marcha por los caminos con el torso desnudo, como andan sus hombres, y come del mismo tasajo, y se embriaga en medio de ellos.

Le anima un afán terrible por identificarse con el grupo que lo ha acogido. No conduce, es conducido. Por eso no vacila en ser más bárbaro y cruel que sus mismos hombres. Por eso profana las iglesias, como si sospechase que los dioses tutelares de África y América, humillados por los curas, exigiesen desagravio. Boves no frena a sus hombres, por el contrario, los estimula en sus desvaríos. Todo es para los pardos. Todo es para los negros. Hay que matar a todos los blancos, como tratando de hacerse perdonar que tiene los ojos color de tigre y el pelo amarillo rojizo parecido al trigo en sazón en sus tierras de Asturias. Boves, en su soledad de resentido, hace una violenta introyección en un mundo al que, por formación y prejuicios, desprecia hasta lo más profundo y pretende tragárselo. Y ordena la muerte de los cincuenta soldados blancos que quedaban en sus filas. Con este bautizo de sangra, Boves, el asturiano, pretendió ser pardo, mestizo o venezolano.

De simple resentido contra los mantuanos de Calabozo se convierte en efector de una revolución social que hace tiempo está a punto de estallar. Los caudillos no surgen por su libre decisión, sino por el asentimiento de todos para dejarse conducir. Si Boves resultó el caudillo de las masas desvalidas de Venezuela, fue porque esas masas le otorgaron sus favores. Tenía maná o prestigio, aura personal o carisma. No era, pues, un simple capitán de bandoleros como cuentan irreverentes historiadores, y digo irreverentes porque no merece otro calificativo quien así juzgue a un hombre que por diversas circunstancias, se convirtió en el depositario y conductor de los ideales de un pueblo. Boves fue el hombre que, en un momento determinado, despertó a las masas explotadas del país y aceleró un proceso igualitario que, en otros países hermanos, no ha comenzado todavía.

Boves fue uno de los seres más carismáticos que ha tenido Venezuela. ¿De que otra forma se explica que una colectividad de apenas ochocientas mil almas, a su reclamo, levante en tres ocasiones ejércitos de siete mil hombres? Y a su pedido los pueblos y aldeas se despoblaban buscando su luz, como si en el Alto Llano hubiese aparecido el esperado Gran Vengador.

De no haber muerto Boves en Úrica, es probable que Páez no hubiese salido de la anonimia, pues Páez no hace otra cosa que recoger el legado de Boves.

Hay un detalle muy poco conocido sobre las Sabanas de Barinas, donde se refiere que, en los tiempos de Boves, los lanceros patriotas llevaban banderolas blancas en sus lanzas, en tanto que la gente de Boves llevaba banderolas negras con una calavera; luego de la muerte del Urogallo, los colores se invierten, son negras las banderolas con la calavera de la gente de Páez y blancas las de Morillo, como si quisiesen atestiguar que el Catire Páez era el continuador del Catire Boves. De haber sido tan distinto el uno del otro, Páez no hubiese sido capaz de conducir aquellas montoneras feroces que tornaron posible la Independencia, después de que las conformó el resentido pulpero de Calabozo.

En un país como el nuestro, que no ama la historia, cuando suceden fenómenos como éste, estamos realmente ante algo extraordinario. No puede caber otra explicación que la del impacto con que Boves golpeó a sus coetáneos, hasta el punto de que ciento noventa y cinco años de nuestra agitada vida histórica, no han sido capaces de borrar su huella, pese a que su intervención en nuestra vida pública se redujo apenas a dieciocho meses. En abril de 1813, es un desconocido segundón que llama a Cajigal viejo pendejo, y pasa a hacer la guerra por su cuenta. En diciembre de 1814, yace sepultado en la iglesia de Úrica.

Nadie se ufana de haber matado a Boves. Ni el mismo Zaraza, que le tenía un miedo atroz, fue capaz de afirmarlo. Hay muchas versiones sobre los que ultimaron a Boves, pero más que afirmaciones jactanciosas, son acusaciones solapadas que revelan miedo a la venganza, pues si Boves encarnó un arquetipo, como se cree, su muerte, exige el sacrificio cruento del victimario y de su familia. Porque Boves fue sin duda un arquetipo o se dejó penetrar por el arquetipo del héroe.

Boves, en un instante determinado, siendo blanco, rubio y acaudalado comerciante, se pone al frente de las masas pardas e insurge contra el régimen de casta que lo favorece.

Boves, como todos los héroes, puso fin a su vida en el momento de su máximo esplendor y por eso vive y pervive en nuestra historia como un luminoso arquetipo a quien los historiadores oficiales no lograron arrebatar sus laureles.

Salud Camaradas.

Hasta la Victoria Siempre.

Patria. Socialismo o Muerte.

¡Venceremos!

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