¿Qué dijo —y qué nos quiso decir— Bolívar con su Discurso de Angostura?

El discurso pronunciado por Simón Bolívar durante el Congreso de Angostura constituye un acto político vital para el presente y el futuro de Venezuela. Es también un texto revelador de la complexión como estadista y como líder visionario que tuvo Bolívar. En este texto y ese contexto el Libertador restituye al Congreso los Plenos Poderes a él cedidos por el pueblo soberano de Venezuela por intermedio del Congreso para que lo ejerciere como representante de la voluntad soberana y como árbitro del destino de la nación. Bolívar inicia su Discurso de Angostura con estas palabras:

“Señor. ¡Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando ha convocado la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta! Yo, pues, me cuento entre los seres más favorecidos de la Divina Providencia, ya que he tenido el honor de reunir a los representantes del pueblo de Venezuela en este augusto Congreso, fuente de la autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana y árbitro del destino de la nación.”

Pero Bolívar no restituye el poder gratuitamente. Lo repone pero condicionado a un conjunto de condiciones emanadas todas de su brillantez como militar y como estadista y de su ilustración geo-política. Por ello Bolívar entrega el poder pero supeditado a que el Congreso honre lo que él considera el sagrado mandato popular. Bolívar transfiere el poder pero condicionando la validez de dicho mando al cumplimiento de un complejo conjunto de condiciones sin cuya observancia la libertad ganada con tanto sacrificio pudiera quedar como una cáscara vacía, ajena a los más altos deseos y necesidades del pueblo y de la patria. Por ello Bolívar apela constantemente al juicio legitimador y mandante de lo que llama unas “futuras generaciones” que “todo lo esperan de vuestra sabiduría, rectitud y prudencia.” Unos ciudadanos del hoy y del mañana que habrán de juzgar en el futuro lo que dicho cuerpo de legisladores en definitiva va a hacer con dicho poder:

“Al trasmitir a los representantes del pueblo el Poder Supremo que se me había confiado, colmo los votos de mi corazón, los de mis conciudadanos y los de nuestras futuras generaciones, que todo lo esperan de vuestra sabiduría, rectitud y prudencia. Cuando cumplo con este dulce deber, me liberto de la inmensa autoridad que me agobiaba, como de la responsabilidad ilimitada que pesaba sobre mis débiles fuerzas.”

Bolívar deja en claro la excepcionalidad que ha forzado la necesidad de imponerlo de la grave responsabilidad de ejercer el “Poder Supremo” pero en un marco de máxima inestabilidad y agitación:

“Solamente una necesidad forzosa, unida a la voluntad imperiosa del pueblo, me habría sometido al terrible y peligroso encargo de Dictador Jefe Supremo de la República. ¡Pero ya respiro devolviéndoos esta autoridad, que con tanto riesgo, dificultad y pena he logrado mantener en medio de las tribulaciones más horrorosas que pueden afligir a un cuerpo social!”

Bolívar insiste en dejar en claro las condiciones históricas que exigieron de él asumir el encargo de un poder que él asume no como privilegio cuanto como responsabilidad capital. Como grave responsabilidad hacia todos los ciudadanos del país:

“No ha sido la época de la República, que he presidido, una mera tempestad política, ni una guerra sangrienta, ni una anarquía popular, ha sido, sí, el desarrollo de todos los elementos desorganizadores; ha sido la inundación de un torrente infernal que ha sumergido la tierra de Venezuela. Un hombre, ¡y un hombre como yo!, ¿qué diques podría oponer al ímpetu de estas devastaciones? En medio de este piélago de angustias no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebataba como una débil paja.”

Anticipando de alguna forma el pensamiento de Marx según el cual la historia no es la resulta de la titánica acción de superhombres sino, más bien, la historia cómo cada sujeto humano acompaña una lucha mayor. Una lucha en la que a duras apenas Bolívar se inscribe de manera siempre táctica, provisoriamente. Bolívar prefigura la noción marxista de historia en tanto que “historia de la lucha de clases”. Por ello hace referencia a las complejas condiciones objetivas históricas, a las formas concretas de producción y a la institucionalidad colonial cuya materialidad ha zurcido una madeja de opresión que no podía arrastrar sino a una encrucijada de cruenta guerra anticolonial:

“Yo no he podido hacer ni bien ni mal; fuerzas irresistibles han dirigido la marcha de nuestros sucesos; atribuírmelos no sería justo y sería darme una importancia que no merezco. ¿Queréis conocer los autores de los acontecimientos pasados y del orden actual? Consultad los anales de España, de América, de Venezuela; examinad las Leyes de Indias, el régimen de los antiguos mandatarios, la influencia de la religión y del dominio extranjero; observad los primeros actos del gobierno republicano, la ferocidad de nuestros enemigos y el carácter nacional. No me preguntéis sobre los efectos de estos trastornos para siempre lamentables; apenas se me puede suponer simple instrumento de los grandes móviles que han obrado sobre Venezuela…”

Bolívar deja sin embargo los nortes desde los que debe entenderse su inscripción como poder ejecutivo en la historia de Venezuela:

“(…) sin embargo, mi vida, mi conducta, todas mis acciones públicas y privadas están sujetas a la censura del pueblo. ¡Representantes! Vosotros debéis juzgarlas. Yo someto la historia de mi mando a vuestra imparcial decisión; nada añadiré para excusarla; ya he dicho cuanto puede hacer mi apología. Si merezco vuestra aprobación, habré alcanzado el sublime título de buen ciudadano, preferible para mí al de Libertador que me dio Venezuela, al de Pacificador que me dio Cundinamarca, y a los que el mundo entero puede dar.”

Hecha la precisión de que todo mando proviene y debe supeditarse al juicio del poder popular —del que en este caso es depositario el Congreso—, Bolívar pasa de inmediato a la médula de su discurso. El discurso se centra ahora en la altísima responsabilidad que transfiere a los representantes del Congreso de un país ya emancipado del yugo colonial, aunque en demasiados aspectos corroído por la anarquía y la miseria social. Y la tarea que transfiere Bolívar al congreso de la republica de Venezuela no es otra que responsabilizarse por alcanzar la máxima felicidad posible para el pueblo. Bolívar entrega el mando, esto es, se des-inviste del Poder Supremo, pero no sin dejar muy clara su advertencia de que este acto no es en modo alguno una capitulación. Bolívar entrega el mando pero condicionándolo por así decirlo a que el congreso y cualquier otro poder estatuido utilicen dicho mando en beneficio de la patria y no de subalternos intereses particulares y, mucho menos, de objetivos de potencias extranjeras:

“¡Legisladores!

Yo deposito en vuestras manos el mando supremo de Venezuela. Vuestro es ahora el augusto deber de consagraros a la felicidad de la República; en vuestras manos está la balanza de nuestros destinos, la medida de nuestra gloria, ellas sellarán los decretos que fijen nuestra libertad. En este momento el Jefe Supremo de la República no es más que un simple ciudadano; y tal quiere quedar hasta la muerte. Serviré, sin embargo, en la carrera de las armas mientras haya enemigos en Venezuela.”

Bolívar hace entrega del poder al congreso, pero transfiriendo asimismo la magna responsabilidad que ésta conlleva. No obstante, no entrega ni condesciende nunca en permitir torcer el sentido por el cual una parte importante del pueblo ha ofrendado su vida por alcanzar la independencia. Bolívar sabe que la independencia alcanzada vive amenazada por un sinfín de peligros. Entonces, en mi opinión, el Discurso de Angostura que el Libertador meticulosamente redacta lo formula como una suerte de constitución moral de la república.

Bolívar cree que en la Venezuela del siglo XIX había una vasta reunión de hijos de la patria, insignes y capaces para conducir los destinos de la republica con rectitud. Notemos bien los rasgos con que Bolívar describe un digno representante de todos los venezolanos. Debe ser primero un hijo de la patria, esto es, un patriota. Debe ser un hombre de méritos, lo que él llama un “benemérito”. Debe ser un hombre con experiencia, talento y valor. Y debe tener también capacidad para gobernarse a sí mismo, y para gobernar a otros. Puede ser un miembro del mismo Congreso, pero Bolívar prefiere apuntar a un hombre fuera de éste, probablemente porque tiene en mente alguno de los numerosos próceres, autores, junto con él, de la independencia:

“Multitud de beneméritos hijos tiene la patria capaces de dirigirla, talentos, virtudes, experiencia y cuanto se requiere para mandar a hombres libres, son el patrimonio de muchos de los que aquí representan el pueblo; y fuera de este Soberano Cuerpo se encuentran ciudadanos que en todas épocas han mostrado valor para arrostrar los peligros, prudencia para evitarlos, y el arte, en fin, de gobernarse y de gobernar a otros. Estos ilustres varones merecerán, sin duda, los sufragios del Congreso y a ellos se encargará del gobierno, que tan cordial y sinceramente acabo de renunciar para siempre.”

Como bien puede apreciarse en el texto, Bolívar no sugiere nombres sino que ofrece el perfil de los rasgos que debería cumplir este magistrado. Naturalmente Bolívar pudo “sugerir” un candidato pero no era ese su propósito al redactar su Discurso. Y aquí cabe preguntarse: ¿por qué el Padre de la Patria no insinúa un nombre? Creo que no lo hace pues lo que buscaba Bolívar era dejar un documento a las futuras generaciones de venezolanos. Un documento guía que resumiera los altos requisitos que debía cumplir un ciudadano venezolano para calzar los zapatos de una república alcanzada con sangre y necesitada de la máxima sabiduría, habilidad y probidad.

No obstante, Bolívar prevé los riesgos de dejar al arbitrio de un Congreso no electo popularmente, la potestad para designar a un presidente de la naciente república en un contexto de raquitismo extremo de institucionalidad.

¿Qué intranquiliza realmente a Bolívar? Le inquietan tres cosas: 1) que un magistrado electo por el Congreso (no por vía popular, pues para entonces no existía el voto directo, ni universal, ni secreto) decida los destinos de todo el país; 2) que este magistrado se entronice en dicha alta posición, plegándose para lograrlo a los intereses de la clase mantuana de la época, de la que seguramente provendría (y que es la que de hecho elige al magistrado para el cargo mediante elecciones de segundo grado), y 3) que dicho magistrado se quede en el poder “perpetuamente”, esto es, sin posibilidad ninguna de que el pueblo soberano lo pueda remover por elección. De allí nace eso que Bolívar caracteriza como: “la usurpación y la tiranía”:

“La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente.”

Cabe preguntarse entonces, para Bolívar ¿de dónde proviene la legitimidad? Como lo pone en evidencia en repetidas ocasiones, para él la legitimidad de un mandato —y de un gobierno— solamente se deriva de la libre voluntad colectiva: “La aclamación libre de los ciudadanos —escribe— es la única fuente legítima de todo poder humano”.

La aclamación libre, esto es, mediante acuerdo mayoritario —y, por lo demás, clamorosa— constituye para Bolívar el mecanismo no sólo ideal sino único, capaz de conceder legitimidad a cualquier poder en el terreno de lo humano. Por el contrario, cabe preguntarse ¿qué significa entonces para Bolívar un gobierno que ejercite la “tiranía”?. Veamos: “Aunque la guerra —escribe Bolívar— es el compendio de todos los males, la tiranía es el compendio de todas las guerras”.

Para Bolívar, la tiranía no deriva del simple ejercicio personalista de un mandato sobre los asuntos públicos cuanto que de un estado sistemático e ignominioso de acorralamiento civilizatorio. La tiranía deriva de un estado de vasallaje colectivo hacia un Estado extranjero. Un Estado que sojuzga ilegítimamente a otro pueblo, apelando para ello a una lógica de la fuerza amparada en una institucionalidad colonial/ imperial. La tiranía supone entonces para Bolívar un estado de opresión metódica, sistemática, espuria que es la raíz y la justificación misma de toda guerra contra el ordenamiento colonial. La tiranía deriva entonces de un estado latente de guerra que no declara pero opera cotidianamente una potencia extranjera en contra de todo un pueblo reduciéndolo así a una condición persistente de vasallaje. Bolívar justifica en este caso la guerra de independencia. Incluso pese a estar plenamente conciente de que la guerra es el compendio, el epítome de todos los males.

La emancipación de las potencias extranjeras es así para Bolívar condición forzosa para poder realizar y ganar a la postre otras batallas. Otras batallas que permitan al pueblo acceder a mejores y superiores condiciones para consumar una vida colectiva emancipada, ética, satisfactoria, plena. Una vida con la mayor suma de felicidad posible, como repite el Libertador en diversas coyunturas. Tal ideario de Bolívar puede condensarse en la frase de José Martí: “Debe hacerse en cada momento, lo que en cada momento es necesario”. Una idea martiana que en buena medida es también equivalente a la de Mahatma Gandhi cuando este propugna desplegar la guerra anticolonial mediante el uso conciente de la no violencia. Pero Gandhi aclara asimismo que, en caso de que algún patriota no consiga librar la lucha anticolonial por la modalidad no violenta, debe y está autorizado a apelar a todas las vías violentas a su alcance, ya que la máxima y peor violencia radica en consentir que se eternice y se haga “natural” el estado de yugo colonial.

Bolívar, más como político que como militar en funciones ve claro que el clima reinante y el futuro previsible posterior al Discurso de Angostura no apuntaba precisamente a la designación de un gobierno estable que garantizara gobernar en beneficio de las mayorías que habían pagado con sangre la lucha por la emancipación. Precisamente por ello apela a su bien ganado estatuto simbólico de Libertador y de ciudadano eximio de la república naciente de Venezuela para delinear lo que considera el norte de una Constitución progresista pero vernácula. Una Constitución hecha sobre la base de lo mejor del legado constitucional europeo, pero enclavando también en ella innovaciones institucionales que facilitaran aclimatar la dimensión jurídica a las excepcionalidad histórica de cuyo magma de fuerzas, contrafuerzas y contradicciones brota Venezuela:

“Ya, pues, que por este acto de mi adhesión a la libertad de Venezuela puedo aspirar a la gloria de ser contado entre sus más fieles amantes, permitidme, señor, que exponga con la franqueza de un verdadero republicano mi respetuoso dictamen en este Proyecto de Constitución que me tomo la libertad de ofreceros en testimonio de la sinceridad y del candor de mis sentimientos. Como se trata de la salud de todos, me atrevo a creer que tengo derecho para ser oído por los representantes del pueblo.”

Bolívar describe así la situación histórica con la que es preciso interactuar, jurídica e institucionalmente para delinear lo que debería ser el marco jurídico idóneo a un ejercicio de gobierno honorable e institucionalmente descolonizado. El Libertador parte de nuestra compleja condición identitaria y de las hondas asimetrías presentes en al manejo del poder económico y político de la Venezuela de la época. Bolívar aspira a cumplir por ello un papel de bisagra entre el poder económico, encarnado por la floreciente burguesía criolla ahora con poder político, y la pardocracia, el poder de los pardos:

“Nosotros ni aun conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición de los invasores; así nuestro caso es el más extraordinario y complicado.”

Bolívar se preocupa de una condición nacional históricamente padecida. La condición de un país por centurias sustraído de las complejidades y laberintos de la conducción del poder político. España se cuidó siempre de que el poder político de las colonias estuviera siempre en manos de un representante del imperio peninsular. Interesante que Bolívar reflexiona sobre el problema de la insuficiencia de cuadros políticos y técnico-políticos suficientes y adecuados para constituir un buen gobierno, déficit, por cierto, que sigue de una u otra forma presente:

“Todavía hay más; nuestra suerte ha sido siempre puramente pasiva, nuestra existencia política ha sido siempre nula y nos hallamos en tanta más dificultad para alcanzar la libertad, cuanto que estábamos colocados en un grado inferior al de la servidumbre; porque no solamente se nos había robado la libertad, sino también la tiranía activa y doméstica.”

Bolívar condena cualquier prototipo de gobierno que se coloque al margen de los pesos y contrapesos que demarcan una constitución y sus instituciones, tachándolo de “tiranía doméstica”. Por ello condena especialmente la tiranía colonial, una tiranía ejercida por una ponencia extranjera que no sólo sojuzga sino que obstruye el aprendizaje colectivo producto de la política:

“Permítaseme explicar esta paradoja. En el régimen absoluto, el poder autorizado no admite límites. La voluntad del déspota, es la ley suprema ejecutada arbitrariamente por los subalternos que participan de la opresión organizada en razón de la autoridad de que gozan. Ellos están encargados de las funciones civiles, políticas, militares y religiosas, pero al fin son persas los sátrapas de Persia, son turcos los bajáes del gran señor, son tártaros los sultanes de la Tartaria. China no envía a buscar mandarines a la cuna de Gengis Kan que la conquistó. Por el contrario, América, todo lo recibía de España que realmente la había privado del goce y ejercicio de la tiranía activa; no permitiéndonos sus funciones en nuestros asuntos domésticos y administración interior. Esta abnegación nos había puesto en la imposibilidad de conocer el curso de los negocios públicos; tampoco gozábamos de la consideración personal que inspira el brillo del poder a los ojos de la multitud, y que es de tanta importancia en las grandes revoluciones. Lo diré de una vez, estábamos abstraídos, ausentes del universo, en cuanto era relativo a la ciencia del gobierno.”

Preocupado por la dificultad de conquistar la más completa emancipación en los complejos planos de la estabilidad política, social y de la sustentabilidad económica de la patria, Bolívar reflexiona sobre un aspecto que años más tarde habría de preocupar a Marx quien lo postuló como elementos constitutivos de la falsa conciencia. Una conciencia falseada de lo real, como se sabe, objetivo cardinal para la preservación del poder por parte de todo grupo dominante. Veamos:

“Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir, ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos de tan perniciosos maestros las lecciones que hemos recibido, y los ejemplos que hemos estudiado, son los más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la superstición. La esclavitud es la hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia, de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones (SIC); toman la licencia por la libertad; la traición por el patriotismo; la venganza por la justicia. Semejante a un robusto ciego que, instigado por el sentimiento de sus fuerzas, marcha con la seguridad del hombre más perspicaz, y dando en todos los escollos no puede rectificar sus pasos. Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud; que el imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor; que las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes; que el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad.”

El alto encargo que pone Bolívar así sobre los hombros de los congresistas venezolanos de la época no es cosa sencilla ni puede ser alcanzado en el plazo de una vida. Es la tarea de constituir un Estado, una sociedad civil y las condiciones para que un gobierno futuro fuere capaz de emancipar a los ciudadanos de las cadenas de la ignorancia, el vicio, la superstición (la alienación) y la colonialidad sin cuya victoria Bolívar juzga improbable que sea duradera la libertad. De la ignorancia de nuestra identidad nacional y del escamoteo de nuestra zarandeada historia emanarían, según Bolívar la ambición, la intriga y una peligrosa credulidad ciudadana de lo que se siguen la traición a la patria, esto es la condición de ciudadanos lacayos, de ciudadanos alienados de patria, alienados de su condición histórica emancipatoria, lo que los haría así ciudadanos realistas, esto es, piezas orgullosas de conducirse al servicio de un gobierno extranjero.

Contrario a la leyenda negra mediante la cual sus detractores de siempre ansiaron erigir la imagen de un Bolívar megalómano, pro-mantuano y enteramente enceguecido por el poder, la actitud que exhibe Bolívar hacia distintos problemas y espinosas cuestiones de gobierno, y del ejercicio mismo de la libertad por una ciudadanía educada en los valores y practicas sociales hijas de las instituciones coloniales revela en él la lucidez y madurez de un estadista. Discernimiento que se traduce en reconocimiento de que las condiciones objetivas, la identidad colectiva y la historia deben tenerse siempre en cuenta para el ejercicio estratégico pero también táctico, pleno pero también responsable de gran parte si no de todas y cada una de las libertades recién conquistadas pero precariamente comenzadas a ensayar:

“Así, legisladores, vuestra empresa es tanto más ímproba cuanto que tenéis que constituir a hombres pervertidos por las ilusiones del error, y por incentivos nocivos. «La libertad-dice Rousseau es un alimento suculento, pero de difícil digestión». Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho antes de que logren digerir el saludable nutritivo de la libertad. Entumidos sus miembros por las cadenas, debilitada su vista en las sombras de las mazmorras, y aniquilados por las pestilencias serviles, ¿eran capaces de marchar con pasos firmes hacia el augusto templo de la libertad? ¿Serán capaces de admirar de cerca sus espléndidos rayos y respirar sin opresión el éter puro que allí reina?”

Bolívar advierte que, de no ser sancionadas por el Congreso unas formas de gobierno perspicaces y ajustadas a las complejas y apremiantes condiciones sociales y económicas prevalecientes en la época, el previsible riesgo iba a ser volver a caer una y otra vez, como Sísifo, en las nuevas pero acaso peores garras de la esclavitud. Esto es, una nueva postración ahora neo-colonial de la república venezolana frente de otras potencias extranjeras. Por eso Bolívar imprime gravedad y sentido de compromiso a su discurso. Bolívar no escribe su Discurso de Angostura para los miembros del Congreso de la época cuanto para las futuras generaciones que habrían de releerlo y re-usarlo a futuro:

“Meditad bien vuestra elección, legisladores. No olvidéis que vais a echar los fundamentos a un pueblo naciente que podrá elevarse a la grandeza que la naturaleza le ha señalado, si vosotros proporcionáis su base al eminente rango que le espera. Si vuestra elección no está presidida por el genio tutelar de Venezuela que debe inspiraros el acierto de escoger la naturaleza y la forma de gobierno que vais a adoptar para la felicidad del pueblo; si no acertáis, repito, la esclavitud será el término de nuestra transformación.”

La advertencia sobre el riesgo inminente de echar por a borda todo el espléndido esfuerzo emancipador frente a nuevas formas de sojuzgamiento colonial queda de manifiesto en este fragmento de su Discurso:

“Muchas naciones antiguas y modernas han sacudido la opresión; pero son rarísimas las que han sabido gozar de algunos preciosos momentos de libertad; muy luego han recaído en sus antiguos vicios políticos; porque son los pueblos, más bien que los gobiernos, los que arrastran tras sí la tiranía. El hábito de la dominación, los hace insensibles a los encantos del honor y de la prosperidad nacional; y miran con indolencia la gloria de vivir en el movimiento de la libertad, bajo la tutela de leyes dictadas por su propia voluntad. Los fastos del universo proclaman esta espantosa verdad.”

Bolívar nos advierte una y otra vez sobre lo que llama “el hábito de la dominación”. Una práctica social tan larga y eficazmente impuesta sobre nuestras conciencias que es el verdadero enemigo a vencer. Esa es su preocupación vertebral: evitar la involución de la naciente república en una suerte de república política y económicamente subalterna frente a los centros imperiales. Por ello Bolívar, quien fue un defensor incuestionable de la libertad se pregunta si no sería la monarquía un mejor sistema de gobierno para una república naciente, en extremo convulsa e inmadura como la de Venezuela. Y no porque Bolívar prefiriera un sistema de gobierno contra el cual peleó toda su vida sino porque se pasea por la prueba empírica de que las monarquías, esto es, formas centralizadas y fuertes de gobierno han históricamente alcanzado garantizar mayor estabilidad a una república que da sus primeros pasos democráticos:

“Sólo la democracia, en mi concepto, es susceptible de una absoluta libertad; pero ¿cuál es el gobierno democrático que ha reunido a un tiempo, poder, prosperidad y permanencia? ¿Y no se ha visto por el contrario la aristocracia, la monarquía cimentar grandes y poderosos imperios por siglos y siglos? ¿Qué gobierno más antiguo que el de China? ¿Qué República ha excedido en duración a la de Esparta, a la de Venecia? ¿El Imperio Romano no conquistó la tierra? ¿No tiene Francia catorce siglos de monarquía? ¿Quién es más grande que Inglaterra? Estas naciones, sin embargo, han sido o son aristocracias y monarquías.”

Bolívar sopesa esta crítica y valora de inmediato el heroísmo del pueblo de Venezuela, resaltando las conquistas y censurando las instituciones reaccionarias contra las que se ha rebelado:

“A pesar de tan crueles reflexiones, yo me siento arrebatado de gozo por los grandes pasos que ha dado nuestra República al entrar en su noble carrera. Amando lo más útil, animada de lo más justo, y aspirando a lo más perfecto al separarse Venezuela de la nación española, ha recobrado su independencia, su libertad, su igualdad, su soberanía nacional. Constituyéndose en una República democrática, proscribió la monarquía, las distinciones, la nobleza, los fueros, los privilegios; declaró los derechos del hombre, la libertad de obrar, de pensar, de hablar y de escribir. Estos actos eminentemente liberales jamás serán demasiado admirados por la pureza que los ha dictado. El primer Congreso de Venezuela ha estampado en los anales de nuestra legislación con caracteres indelebles, la majestad del pueblo dignamente expresada, al sellar el acto social más capaz de formar la dicha de una nación.”

Pocas líneas después Bolívar ofrece el Discurso de Angostura evidencia de que no tiene reparo alguno en otorgar, cuando lo juzga necesario, un poder indefinido en duración aunque no vitalicio. Es el caso de su valoración del poder judicial:

“El poder judicial en Venezuela es semejante al americano, indefinido en duración, temporal y no vitalicio, goza de toda la independencia que le corresponde.”

Por ello mismo Bolívar hace una exhortación a los señores legisladores en el sentido de romper con el fetiche de la pasada constitución y obligarse a repensar el marco jurídico en atención al momento y a las posibles nuevas instituciones que podrían salvar a Venezuela de su regresión emancipatoria:

“¡Representantes del Pueblo! Vosotros estáis llamados para consagrar, o suprimir cuanto os parezca digno de ser conservado, reformado, o desechado en nuestro pacto social. A vosotros pertenece el corregir la obra de nuestros primeros legisladores; yo querría decir, que a vosotros toca cubrir una parte de la belleza que contiene nuestro Código político; porque no todos los corazones están formados para amar a todas las beldades; ni todos los ojos, son capaces de soportar la luz celestial de la perfección.”

En perfecto rastreo del legado robinsoniano según el cual “O inventamos o erramos” Bolívar reconviene al Congreso señalándoles la necesidad de ajustar en cada contexto y en cada caso todo aquello que haya que ajustar para adecuarse y dar respuesta a la coyuntura histórica:

“Séame permitido llamar la atención del Congreso sobre una materia que puede ser de una importancia vital. Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte, que más bien es un compuesto de África y de América, (…) por sus instituciones y por su carácter.”

Bolívar hace una importante reflexión sobre la conveniencia de restringir la “libertad negativa” (o libertad meramente jurídica pero apenas propagada) para garantizar y aumentar la “libertad positiva” (aquella que la mayor parte de la población puede efectivamente disfrutar). Frente al escenario de un conjunto de derechos jurídicamente consagrados pero irrealizables (fetiche jurídico), Bolívar propone que el criterio de un estadista debe ser siempre intervenir en cada cuestión para velar que los derechos sean efectivamente alcanzados, ejercidos y ampliamente democratizados en beneficio de las grandes mayorías. En especial cuando dicha cuestión atañe al objeto máximo de preservar las libertades efectivamente alcanzadas y practicadas que la a secas la libertad como concepto vacío aunque haya ésta sido jurídicamente establecida:

“Mi opinión es, legisladores, que el principio fundamental de nuestro sistema, depende inmediata y exclusivamente de la igualdad establecida y practicada en Venezuela. Que los hombres nacen todos con derechos iguales a los bienes de la sociedad, está sancionado por la pluralidad de los sabios; como también lo está que no todos los hombres nacen igualmente aptos a la obtención de todos los rangos; pues todos deben practicar la virtud y no todos la practican; todos deben ser valerosos, y todos no lo son; todos deben poseer talentos, y todos no lo poseen. De aquí viene la distinción efectiva que se observa entre los individuos de la sociedad más liberalmente establecida. Si el principio de la igualdad política es generalmente reconocido, no lo es menos el de la desigualdad física y moral. La naturaleza hace a los hombres desiguales, en genio, temperamento, fuerzas y caracteres. Las leyes corrigen esta diferencia porque colocan al individuo en la sociedad para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den una igualdad ficticia, propiamente llamada política y social.”

La preeminencia de la estabilidad por sobre la diversidad política y étnica en la conformación del Estado hace que Bolívar se incline por una forma de gobierno de los mejores, los ciudadanos ya probados en su amor y altos servicios prestados a la patria durante el huracán de la independencia:

“Es una inspiración eminentemente benéfica, la reunión de todas las clases en un estado, en que la diversidad se multiplicaba en razón de la propagación de la especie. Por este solo paso se ha arrancado de raíz la cruel discordia. ¡Cuántos celos, rivalidades y odios se han evitado!”

“Habiendo ya cumplido con la justicia, con la humanidad, cumplamos ahora con la política, con la sociedad, allanando las dificultades que opone un sistema tan sencillo y natural, mas tan débil que el menor tropiezo lo trastorna, lo arruina. La diversidad de origen requiere un pulso infinitamente firme, un tacto infinitamente delicado para manejar esta sociedad heterogénea cuyo complicado artificio se disloca, se divide, se disuelve con la más ligera alteración.”

De allí deriva que:

“El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política.”

La aprehensión que tiene Bolívar hacia una democracia plena no es así producto de su rechazo a la praxis misma de las libertades democráticas. Más bien obedece a la certeza de que antes es preciso encauzar un proceso que conduzca al ejercicio maduro a mediato y largo plazo de este complejo marco de derechos. Cabe preguntarse ¿por qué? Bolívar responde el asunto de esta forma:

“Las reliquias de la dominación española permanecerán largo tiempo antes de que lleguemos a anonadarlas; el contagio del despotismo ha impregnado nuestra atmósfera, y ni el fuego de la guerra, ni el específico de nuestras saludables leyes han purificado el aire que respiramos. Nuestras manos ya están libres, y todavía nuestros corazones padecen de las dolencias de la servidumbre. El hombre, al perder la libertad, decía Homero, pierde la mitad de su espíritu.”

“Un gobierno republicano ha sido, es, y debe ser el de Venezuela; sus bases deben ser la soberanía del pueblo, la división de los poderes, la libertad civil, la proscripción de la esclavitud, la abolición de la monarquía y de los privilegios. Necesitamos de la igualdad para refundir, digámoslo así, en un todo, la especie de los hombres, las opiniones políticas y las costumbres públicas. Luego, extendiendo la vista sobre el vasto campo que nos falta por recorrer, fijemos la atención sobre los peligros que debemos evitar. Que la historia nos sirva de guía en esta carrera. Atenas, la primera, nos da el ejemplo más brillante de una democracia absoluta, y al instante, la misma Atenas, nos ofrece el ejemplo más melancólico de la extrema debilidad de esta especie de gobierno. El más sabio legislador de Grecia no vio conservar su República diez años, y sufrió la humillación de reconocer la insuficiencia de la democracia absoluta (…).”

Pero Bolívar no se obnubila con la experiencia que lega el pasado europeo en términos de instituciones “eficaces”. Bolívar reconoce que en oportunidades los hombres son tan o más importantes en nuestro contexto que las mismas instituciones:

“(…) porque a veces son los hombres, no únicamente los principios, los que forman los gobiernos. Los códigos, los sistemas, los estatutos por sabios que sean son obras muertas que poco influyen sobre las sociedades: ¡hombres virtuosos, hombres patriotas, hombres ilustrados constituyen las repúblicas!”

Contrario a lo que repiten hoy algunos historiadores, Bolívar llega incluso a valorar la experiencia de la Constitución Romana que permitió alcanzar una gran estabilidad al Imperio Romano aun pese a la circunstancia de no contemplar de separación de poderes y contemplar la existencia de dos individuos con atribuciones de monarcas en un mismo reino. La pertinencia, la utilidad, la capacidad de aprender del libro de la historia más que la sola obcecación conceptual es la línea de pensamiento político —y la praxis diríamos hoy— que guía a Bolívar:

“Que no se pierdan, pues, las lecciones de la experiencia; y que las secuelas de Grecia, de Roma, de Francia, de Inglaterra y de América nos instruyan en la difícil ciencia de crear y conservar las naciones con leyes propias, justas, legítimas, y sobre todo útiles. No olvidando jamás que la excelencia de un gobierno no consiste en su teórica, en su forma, ni en su mecanismo, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la nación para quien se instituye.”

Siguiendo esta línea de pensamiento Bolívar llega incluso a postular la idea de un Senado no electivo y hereditario:

“Si el Senado en lugar de ser electivo fuese hereditario, sería en mi concepto la base, el lazo, el alma de nuestra República. Este Cuerpo en las tempestades políticas pararía los rayos del gobierno, y rechazaría las olas populares. Adicto al gobierno por el justo interés de su propia conservación, se opondría siempre a las invasiones que el pueblo intenta contra la jurisdicción y la autoridad de sus magistrados.”

Bolívar esta al tanto de que Venezuela se encontraba partida por una guerra independentista que iría derivando fatalmente hacia una guerra civil intestina. Una guerra intestina avivada desde el choque de fracciones regionales, autoridades provisionales, residuos de mantuanismo y diferentes estratos de clase y de diferentes grupos que avivaban el sentimiento de resentimiento de una pardo-cracia que no había sido resarcida de su aporte decisivo durante la lucha de independencia. Este complejo contexto post-independentista del imperio ibérico es lo que Bolívar distingue como fuerza con tendencia a la disolución de la República. En esta coyuntura específica Bolívar imagina la necesidad de crear un nuevo poder. Un poder lo más ajeno a este ajetreo de intereses que pueda servir de balance a los heterogéneos movimientos desestabilizadores y secesionistas:

“Debemos confesarlo: los más de los hombres desconocen sus verdaderos intereses y constantemente procuran asaltarlos en las manos de sus depositarios; el individuo pugna contra la masa, y la masa contra la autoridad. Por tanto, es preciso que en todos los gobiernos exista un cuerpo neutro que se ponga siempre de parte del ofendido y desarme al ofensor. Este cuerpo neutro, para que pueda ser tal, no ha de deber su origen a la elección del gobierno, ni a la del pueblo; de modo que goce de una plenitud de independencia que ni tema, ni espere nada de estas dos fuentes de autoridad. El Senado hereditario como parte del pueblo, participa de sus intereses, de sus sentimientos y de su espíritu. Por esta causa no se debe presumir que un Senado hereditario se desprenda de los intereses populares, ni olvide sus deberes legislativos. Los senadores en Roma, y los lores en Londres, han sido las columnas más firmes sobre que se ha fundado el edificio de la libertad política y civil.”

Bolívar resume así la empresa de necesaria refundación continua de la república en un modo que especula original y nuestro, autóctono. Un modo venezolano, producto de sus mejores cavilaciones, estudio minucioso de las consultas a la historia política universal y posiblemente también, de consultas a sus secretarios:

“Abandonemos las formas federales que no nos convienen; abandonemos el triunvirato del Poder Ejecutivo; y concentrándolo en un presidente, confiémosle la autoridad suficiente para que logre mantenerse luchando contra los inconvenientes anexos a nuestra reciente situación, al estado de guerra que sufrimos, y a la especie de los enemigos externos y domésticos, contra quienes tendremos largo tiempo que combatir. Que el Poder Legislativo se desprenda de las atribuciones que corresponden al Ejecutivo; y adquiera no obstante nueva consistencia, nueva influencia en el equilibrio de las autoridades. Que los tribunales sean reforzados por la estabilidad, y la independencia de los jueces; por el establecimiento de jurados; de códigos civiles y criminales que no sean dictados por la antigüedad, ni por reyes conquistadores, sino por la voz de la naturaleza, por el grito de la justicia y por el genio de la sabiduría.”

“Cuando deseo atribuir al Ejecutivo una suma de facultades superior a la que antes gozaba, no he deseado autorizar un déspota para que tiranice la República, sino impedir que el despotismo deliberante no sea la causa inmediata de un círculo de vicisitudes despóticas en que alternativamente la anarquía sea reemplazada por la oligarquía y por la monocracia. Al pedir la estabilidad de los jueces, la creación de jurados y un nuevo código, he pedido al Congreso la garantía de la libertad civil, la más preciosa, la más justa, la más necesaria. En una palabra, la única libertad, pues que sin ella las demás son nulas.”

Aunque Bolívar cede a este Congreso la potestad de modificar todos los términos de la Constitución anterior, cabe notar que sólo implora por conservar de esta al menos una previsión. No es una previsión cualquiera sino central en términos de concreción de la lucha de clases d e la época: la garantía de libertad a los esclavos.

El Libertador concluye el Discurso de Angostura con estas palabras la exhortación de adoptar sus recomendaciones para dar una nueva y original complexión a nuestra Carta Magna:

“Dignaos conceder a Venezuela un Gobierno eminentemente popular, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene la opresión, la anarquía y la culpa. Un Gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz. Un Gobierno que haga triunfar bajo el imperio de leyes inexorables, la igualdad y la libertad.

Señor, empezad vuestras funciones; yo he terminado las mías.”

Conclusión:

Como creemos haber mostrado mediante acaso excesivas citas textuales extractadas del Discurso de Angostura, sin dudas Bolívar habría estado de acuerdo con que el pueblo ejerza en el contexto presente su soberanía “a su libre modo” y que decida libremente sobre las mejores formas para dar sentido a sus instituciones y su destino colectivo: “según la voluntad de su conciencia”.

Más claro no pudo hablarnos. Se desprende de esta su línea de pensamiento —y de acción— que él habría apoyado el voto universal, directo y secreto, el voto de la mujer, los referenda consultivos presidenciales y de otros cargos de elección a mitad de periodo, así como habría estado de acuerdo con que el pueblo votara y decidiera soberanamente sobre si en el contexto presente juzga conveniente o no la moción de reelección continua del presidente de la república y de otros cargos de libre elección.

Bolívar nos dejó un legado que es a la vez un mandato de atrevimiento. El de ser y de hacernos libremente como ciudadanos “a nuestro libre modo”. Invocando la conseja de su maestro y preceptor Don Simón Rodríguez según la cual “O inventamos o erramos”, Bolívar se asumió siempre como un inventor, un forjador de sí mismo, de sus contemporáneos y de la historia. Incansablemente arrojado, se forjó a sí mismo como un hombre de mentalidad abierta, permeable, un sujeto siempre dispuesto a re-fundar la política desde nuestro particular modo y desde nuestras peculiares condiciones históricas, asumiendo como único norte el libre y clamoroso arbitrio de la decisión ciudadana. Incansablemente innovador e irreverente en el re-pensamiento de las instituciones y de las prácticas sociales, Bolívar se cuidó de ser un fetichista de experiencias ya probadas pese a que las revisaba y sopesaba sin predisposición a ultranza. Su objetivo: construir un nuevo continente hecho de un pasado, un presente y un futuro nuestro e inédito en todos los talantes. Bolívar fue un hacedor y un pensador de un presente esperanzado y siempre épico, con potencia de realizar un futuro patriótico, rebelde, siempre disconforme. Bolívar estaba seguro de que tal empresa sólo se realizaría asumiendo un modo de ser y de hacer colectivo profundamente democrático e innovativo. Destino épico. Destino colectivo. Destino creativo. Destino libertario. Son estos precisamente los ingredientes que nos lega Bolívar para forjar un mundo presente más humano, más digno y sobre todo, más nuestro. Un mundo más feliz, más fértil y mejor:

“¡Felices aquellos —insistía— que creen en un mundo mejor! Para mí, este es muy árido”.


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Luis Delgado Arria


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