No se puede descuidar la formación ideológica y la coherencia

Tareas junto a la enmienda

El capitalismo responde a las aspiraciones instintivas y salvajes del ser humano como no lo ha hecho ningún otro sistema de vida. Para que el hombre, convertido en lobo del hombre, se sienta aún más cómodo, el capitalismo ha pervertido una religión (la cristiana) a la que ha podido eliminar todo posible pesar de conciencia. Calvino le permitió este acto de prestidigitación mediante el cual depredar al prójimo es signo del amor de Dios por el depredador y su desprecio y reprobación por la víctima.

El egoísmo, la competencia y en general la ley del más fuerte forma parte del esquema de valores inhumanos perfectamente adaptados para no producir cargo de conciencia alguno. La sociedad es así convertida en una suma infinita de egoísmos “deseables”. El capitalismo impide que el hombre anide sentimientos sociales y cuando lo agrupa lo hace sólo para que saquee en colectivo. Todo alrededor del hombre se vuelve conquista, igual da si este “todo” es otro hombre, la tierra o el mismo universo.

De acuerdo con los más sonados “maestros” de la ideología capitalista el ser humano no necesita siquiera de formación ideológica para actuar de esta manera: el capitalismo –según estos “pensadores”- le es tan natural como el aire o el agua, de donde se podría deducir que estas expresiones “naturales” de egoísmo extremo deberían encontrarse naturalmente presente en los grupos humanos menos condicionados por el aparato ideológico del capitalismo. Con toda firmeza debemos decir que esta afirmación es un sofisma en cuanto nos acercamos a la vida social de los pueblos humildes, obreros o campesinos, por ejemplo.

Acabamos de pasar un buen tiempo en el corazón mismo de algunas comunidades humildes andinas. Es cierto que no es oro todo lo que brilla y hora aquí y luego allá se encuentran expresiones de insolidaridad y egoísmo, pero por lo general lo que prevalece es una altísima presencia de conciencia social. Los fundamentos del socialismo se encuentran presentes como norma antes que como excepción. La fuerza constructora del gesto solidario es mucho más común que el rasgo egoísta. El sentido del bien común prevalece por sobre cualquier otro instinto.

Es mucho más común entre ese pueblo humilde y sencillo que las fuerzas que lo une, las energías que los motoriza y agrupa tengan mucho más que ver con los logros colectivos que con los objetivos personales. Esa carrera enloquecida hacia el infierno que propone y sustenta el modo de vida capitalista es mucho más ajeno a sus querencias que el gesto solidario. Cierto que no les resulta fácil resistir al aparato propagandístico –eso que Ludovico llamaba “la plusvalía ideológica”- del capitalismo que actúa entre ellos –especialmente entre los más jóvenes- con fuerza y efectos demoledores, pero no es menos cierto que hacen una natural y heroica resistencia.

Todo ello nos hace abrigar esperanzas acerca de las posibilidades que una correcta ortodoxia socialista junto a una rigurosa coherencia en la praxis tiene en la siembra de una sociedad auténticamente humana y por tanto socialista. Tiene mucha más fuerza el buen ejemplo, por limitado que este sea, que la acción destructora de la incoherencia. El pueblo es muy capaz de sobreponerse al desencanto o la conseja pesimista que lo invita a suponer la filosofía capitalista como la única salida cuando recibe así sean limitadas cuotas de solidaridad activa.

Todo no es luz pero mucho menos es oscuridad, frente al oportunismo grosero de algunos representantes del liderazgo revolucionario ese pueblo es capaz de emprender tareas heroicas en la búsqueda de su propio destino en cuanto recibe gestos de autenticidad socialista. Puede mucho más la luz que la oscuridad y ésta solo se impone cuando la luz recula. Misioneros socialistas capaces de consustanciarse con ellos en sus luchas pronto descubrirían la fuerza invencible de esta luz en el alma del pueblo. La llamada al socialismo sin ambigüedades ni caretas activarán la esperanza, la resistencia social se abrirá camino irresistible mostrando con fuerza de cuanto es capaz el espíritu social del pueblo.

El socialismo es no sólo viable sino profunda querencia del pueblo sencillo. Hacerse conciencia social desde el ejemplo debe ser la urgente e impostergable tarea de cuantos aspiren a llamarse revolucionarios socialistas. No hacerlo sería suicida y hacerlo ganarle esta batalla a la muerte segura de la humanidad y el planeta a consecuencia del capitalismo. Es bueno que junto a la batalla política –por la Enmienda Constitucional en este caso- se profundice en esta tarea de emulación socialista. Reiteramos que no hacerlo sería más que suicida una imperdonable estupidez que colocaría la revolución bolivariana al borde del fracaso y con ella –no lo decimos por concesiones megalomaníacas sino en la justa proporción- a la humanidad entera.

¡CONCIENCIA Y COHERENCIA RADICAL!
Nuestras primeras necesidades.
¡VENCEREMOS!

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Martín Guédez


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