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Cuando hace algunos años, en tiempos de la cuarta, presencié por televisión y leí en la prensa la valiente actitud asumida por un jovencito, creo que periodista, cuya apariencia revelaba su origen humilde y despertaba gran simpatía entre quienes como yo comenzamos a admirarlo por la manera en que se enfrentó a los grandes señores de la justicia, quienes lo condenaron y lo confinaron en prisión por haberse atrevido a publicar un libro cuyo título: “Cuánto vale un Juez” es ya de por sí, una denuncia al país de la mayor de todas las corrupciones que hemos padecido y padecemos los venezolanos, la de los jueces que subastaban y subastan al mejor postor sus sentencias y decisiones de culpabilidad o inocencia, confieso que mi confianza y mis esperanzas por el advenimiento de tiempos de una mejor administración de justicia tomaron vuelo y llegué a pensar que esta acción sería tomada como un símbolo de la lucha por quienes se esfuerzan en construir una justicia honesta para nuestra patria.
Para corroborar mi impresión inicial basta la escena televisada que muestra el encuentro de este joven con su madre al salir de la cárcel tras haber cumplido el castigo que le fue impuesto por los honorables que se sintieron ofendidos por su publicación.
Su incursión en la política despertó en él esa ambición que subyace en la mente de muchos hombres; el ejercicio del poder, y es así como lo vemos postulado como precandidato a la alcaldía del municipio Sucre del estado Miranda por uno de los partidos afectos al presidente Chávez y luego de ser derrotada su nominación al cargo por José Vicente Rangel Ávalos, comenzamos a contemplar, con profunda tristeza, el derrumbe de la imagen que de este muchacho nos habíamos formado, porque no supo aceptar la derrota y comenzó a asumir una posición contradictoria con los principios que había mostrado hasta ese entonces y se alió con los partidos y grupos que quieren regresarnos al pasado funesto de los tiempos de la cuarta república. Este brinco o salto de talanquera no es lo que queremos resaltar en este artículo, ya que entre los diputados a la Asamblea Nacional encontramos varios casos de este triste ejemplo de inconsistencia de principios, sino más bien la continuidad de actos de cursilería de los que sólo creíamos capaz a nuestra cantante Lila Morillo y que llevaron a William, a pesar de que reconocemos todo el derecho que le asistió a hacerlo, a avergonzar el gentilicio en Moscú, en La Habana y aquí en nuestro país, creyéndose “Profesor de Democracia”, sin darse cuenta que el papel que jugó en esta bufonada fue el de graduado suma cum laude en una especie de cursilería sólo comparable a las que nos tiene acostumbrados nuestra cantante, ahora despojada de la corona que ciñó en esta materia hasta el momento de la aparición de William en escena.
Nos cuesta creer que una persona que apuntaba tan bien en el futuro político del país haya sido incapaz de hacer un ejercicio de honestidad personal para valorar adecuadamente el peso que sus acciones tendrían entre los ciudadanos que una vez le expresamos solidaridad y admiración sin la necesaria carga de adulación y oportunismo que generalmente demuestran quienes hoy le celebran gracias como esas de insertarse en una congregación chavista, con los brazos en alto, buscando los objetivos previamente trazados: la agresión por parte de los contrarios y la intervención de la cámara que estaba preparada para cubrir el evento. Por estos actos de cursilería in extremis conoceremos a William Ojeda, en lo adelante, como el “Lilo” de Venezuela, quien una piedra tiró a un cocotero, tero, tero y al instante ésta le cayó en la cabeza.
Para terminar al más puro estilo cervantino y parafraseando al de Lepanto diremos como el quijote; ¡Cosas veredes Sancho…!, con lo que damos fin a nuestro Réquiem por Lilo.
nechavez@telcel.net.ve
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