Contra
todo pronóstico, el único esquema de integración que verdaderamente
se ha propuesto adoptar medidas conjuntas para enfrentar los eventuales
efectos que acarrearía la crisis económica internacional sobre sus
países miembros, ha sido la Alternativa Bolivariana para los Pueblos
de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP). Y
decimos contra todo pronóstico, porque en la inmensidad analítica
regional nunca se ha menospreciado e ignorado tanto a un ensayo integracionista
como a éste, simplemente porque rompió radicalmente con todos los
formatos emanados de la teoría clásica que siempre fundamentó el
pensamiento en esta materia, pero que nunca pudo orientar de manera
adecuada los esfuerzos emprendidos en procura de la integración desde
finales de la década de los años 50 y, menos aún, explicar los fracasos
que se han verificado hasta el presente en la consecución de esos objetivos.
Sin
embargo, el modesto esquema que surgiera de un acuerdo bilateral entre
Cuba y Venezuela como respuesta al avasallamiento que, en su momento,
representaba la conformación del ALCA, gradualmente ha venido sumando
voluntades y comenzado proponer soluciones a problemas concretos que
son comunes a sus países signatarios. En esa línea se inscribieron
los resultados alcanzados la semana pasada durante la III Cumbre Extraordinaria
de Presidentes y Jefes de Estado celebrada en Caracas, entre los cuales
figuran aquellos relacionados con la coyuntura que atraviesa actualmente
la economía mundial.
Además
del apoyo brindado al Gobierno de Ecuador -que participara en calidad
de observador en la Cumbre- en el tratamiento que le está concediendo
a la deuda externa, destacan dos decisiones que, de ser llevadas a la
práctica, se constituirían en un significativo aporte a la integración
regional. La primera se refiere a la conformación de un fondo para
atender eventuales desequilibrios de balanzas de pagos tema que justificara
en 1978 la creación del Fondo Andino de Reservas hoy Latinoamericano
(FLAR); mientras que la segunda está relacionada con los pagos del
intercambio comercial, mediante la creación del Sistema Unitario de
Compensación Regional (SUCRE), cuya instrumentación podría concretarse
en el futuro cercano.
La
conformación del fondo requerirá de un plazo mayor, no solo para poder
consensuar los textos que regirán su operatividad, sino por los compromisos
que conllevaría el mismo en sí mismo, especialmente, por tratarse
de una institución financiera que, entre otros aspectos, deberá abocarse
a administrar, por lo menos, parte de las reservas internacionales de
los países participantes. De igual manera, sería deseable que esta
entidad cuente desde sus inicios con la participación de países cuyo
peso económico le conceda una mayor fortaleza política y financiera,
con lo cual se podría eludir el sendero que ha transitado el FLAR que
a pesar del empeño de sus estados fundadores, entre otros, el haber
dado el primer paso para establecer una unidad de cuenta al emitir
el Peso Andino, no ha hecho aporte alguno a la estructuración de una
arquitectura financiera propia de la región como parte de su integración.
Caso
contrario al que enfrenta el fondo, es posible que ocurra con el SUCRE,
tema sobre el cual prima entre los primeros mandatarios una inmensa
voluntad política para ponerlo en práctica, aunque deben reconocerse
los obstáculos que deberán salvarse para alcanzar la meta propuesta.
De la Declaración emanada de la Cumbre se desprende que el Sistema
tendría como propósito inmediato la generación de una unidad de cuenta
como paso inicial para disponer de una moneda común. Concretar esos
objetivos exige, entre otros elementos, contar con un profundo nivel
de interrelaciones entre los países participantes; adicionalmente,
deberá tenerse en cuenta la contradicción derivada del impedimento
de Cuba de utilizar el dólar americano en su comercio exterior -en
virtud del bloqueo impuesto por los Estados Unidos- y que Ecuador utiliza
ese medio circulante como moneda corriente en su circuito económico.
Lógicamente
que ambos obstáculos son técnicamente salvables, sobre todo, cuando
se impone la aspiración política, pero los cambios reales requieren
de un proceso para su consolidación. Una unidad de cuenta se estructura
a partir una canasta de monedas como medio para establecer las correspondientes
correlaciones a los efectos de la compensación de pagos generados al
amparo del comercio realizado entre los países. Su conformación requiere,
igualmente, de un mínimo de coordinación de políticas que ante los
precarios niveles de las interrelaciones entre los países participantes,
no pareciera vislumbrarse como factible en el corto plazo. Igual escenario
enfrentaría la creación de una moneda única, lo cual exigiría compromisos
más profundos en materia de convergencia de políticas económicas.
Ahora
bien, mantener los propósitos del SUCRE nunca luciría descabellado
si el tema es abordado por etapas. En el seno de la Cumbre, el proponente
del Sistema, el Presidente ecuatoriano Rafael Correa, se refirió inicialmente
al establecimiento de un esquema de pagos con base en el dólar americano,
similar al Convenio de Pagos y Créditos Recíprocos (CCR) vigente en
la ALADI desde 1966, pero contemplando compensaciones anuales y no cuatrimestrales.
Concebido así, Cuba no podría vincularse a un Sistema fundamentado
en esa unidad monetaria.
Ante
las dificultades que subyacen, cuya atención requeriría de un lapso
mayor al propuesto por los Jefes de Estado para la instrumentación
del SUCRE, surge la opción de establecer, en una primera fase, un sistema
de pagos fundamentado en las monedas nacionales, cuya puesta en práctica
agilizaría la aplicación de medidas conjuntas para enfrentar problemas
comunes. Recientemente, Argentina y Brasil comenzaron a transitar esta
vía como mecanismo alternativo de pagos al CCR en su comercio bilateral
y el esquema de administración bien podría ser extrapolado al ordenamiento
jurídico de los países del ALBA que conjuntamente con Ecuador actuarían
en el marco del SUCRE. En este caso, es viable que el sistema se amplíe
incorporando mecanismos de financiamiento al comercio, incluyendo el
seguro de crédito a las exportaciones.
Dado
que el comercio intra-ALBA, con excepción del petróleo y derivados
incluyendo los petroquímicos, es realizado por pequeñas y medianas
unidades productivas, este sistema de pagos se adecuaría cabalmente
a los requerimientos del intercambio existente en la actualidad y el
que podría esperarse para el futuro inmediato. Luego de establecida
esta etapa inicial se encaminarían los pasos hacia la instauración
de la unidad de cuenta, para lo cual sería conveniente contar con la
participación de otros países latinoamericanos y caribeños que contribuyan
a ampliar y fortalecer los niveles de interrelación existente hasta
ahora.
Por
último, es importante destacar que durante los primeros 50 años de
ensayos integracionistas en la región, la experiencia indica que la
voluntad política es condición necesaria pero no suficiente para avanzar
hacia la profundización y consolidación de los esquemas estructurados,
independientemente del juicio de valor que nos amerite cada uno de ellos.
Por tanto, sería conveniente establecer bases sólidas en esta materia
que es particularmente sensible para determinar la viabilidad futura
del proceso de integración de la región. La historia nunca absolvió
errores derivados de la impronta voluntarista y frente a la coyuntura
actual incurrir en ellos sería imperdonable.
jfrojas@rg-biz.com