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Cuento de Marcha
Por: Irving Manuel Vierma
Fecha de publicación: 27/01/04
imprímelo mándaselo a
tus panas
Salimos del pueblo de Borburata como a las diez. Era veintitres de enero; llovía torrencialmente y los pocos que esperaban, corrieron para subir al transporte.

Comentabamos en el viaje hacia Caracas que cuando había gente, no había
bus y cuando había bus, la gente faltaba: unos ocupados, otros preocupados, etc.

En efecto, curiosamente en mucho tiempo a nuestra pequeña parroquia la tomaron en cuenta y nos asignaron el primer bus en llegar... el más grande. Lo
único negativo fue que llegó dos horas y media tarde y algunos se cansaron de esperar.

Llegamos a Caracas, a puente Llaguno; caminamos hasta el TSJ y nos unimos a marchar. Paramos otra vez bajo el puente, esta vez para rendir homenaje a los caidos, a los asesinados. Cantaron y aplaudimos. Gritamos con fuerza las consignas que iban y venian. Todo era vibrante y contagiador. Seguimos por la Baralt y pasamos por la plaza Miranda. Saludamos las cámaras de VTV con entusiasmo. Caminamos y llegamos al CNE. Nos instalamos bien cerca de la tarima y escuchamos a los oradores. Escuchamos la lectura del documento y con mucha alegría lo celebramos. Aplaudimos mucho. Una mandarina, una
botellita de agua pasaba...

Eran las cuatro y media de la tarde. Decidimos dejar la concentración frente al CNE, para salir temprano de Caracas (como lo había pedido el mismo chofer del bus). Las diez personas que conformabamos el único grupo representante de
nuestra pequeña parroquia, nos vinimos caminando con tranquilidad y satisfacción e haber participado en la marcha desde el TSJ, pasando por llaguno y haber llegado a unos cincuenta metros de la tarima.

Escuchamos a todos: Rondón, Barreto, Bernal, Jose Vicente, Tarek... No queriamos venirnos, pero los pocos que vinimos, lo hicimos porque era importante representar a todos los que por lluvia, trabajo, responsabilidades, etc. no pudieron
asistir.

Caminamos hasta la Av. Bolívar. Recorrimos todo el paseo Vargas y vimos todos... TODOS los autobuses, menos el nuestro. No nos preocupamos, sabiamos que por lo poco que veniamos hablando con el chofer, él era del proceso, era de
los nuestros. Nos dividimos en tres grupos y otros se quedaron en el sitio convenido a ver si "llegaba" el bus. Un grupo se fue por la Av. Universidad, otro por el nuevo Circo y alrededores y yo me monte en una moto-taxi a recorrer el
resto de la Baralt y alrededores del CNE. Nos encontramos al cabo de media hora y nada. Ni rastros del bendito autobus.

Los mayores empezaron a preocuparse. Decidimos darle otra media hora a ver si aparecía. Ya eran las siete de la noche y todos teniamos frio, hambre y cansancio. Llamamos por teléfono a unos dirigentes del partido para que nos orientaran.

Fuimos a Miraflores. Caminando. Los viejitos atrás, se quedaban. Los más jóvenes esperaban. Al final de cuentas, como a un cuarto para las ocho, llegamos a
Miraflores. Otros compatriotas corrieron con la misma suerte: mujeres, hombres y niños de Bolívar, Tachira, Zulia... todos en condiciones similares: los dejaron. La
diferencia es que nuestro grande y blanco bus, espacioso y potente nos dejó a todos sus ocupantes. Ni siquiera el número de teléfono que nos dejó el chofer era válido.

Después de rogarle al oficial de guardia, y de sortear las innumerables veces que nos sugería fuésemos a otro lugar por allí "no había nadie, todos se han ido", nos indicó que el COORDINADOR DE ATENCIÓN SOCIAL fue informado de la situación
y que vendría en unos cinco minutos. Realmente llegó a la media hora. Risueño y con un radio portatil en una mano y su impecable chaleco con letras bordadas en amarillo "COORDINADOR ATENCIÓN SOCIAL MIRAFLORES" lo abordé al
momento de llegar al portón del palacio. Se identificó como Julio Esqueda. Le relaté nuestra situación, similar al resto de otros que frente al portalón debian apartarse a cada minuto porque entraban y salían personas de todo rango y
presencia. Ante nuestro planteamiento el señor Esqueda, se queda perplejo y nos manifiesta que NO PUEDE HACER NADA. NADA DE NADA porque su supervisor no está. No podía llamar a nadie. No podía hacer nada por unos señores con una niña de brazos que aprovecharon ir a la marcha para llevar a la niña al hospital y que por ser tan "sinvergüenzas" los dejó el bus. Y le pregunté que si no podía llamar a Bernal o alguien del partido para ver como solucionaba al menos el problema
de esa pobre gente que andaba con lo que llevaban puesto y pasando mucho frío. Indolentes, los guardias de la puerta solo se limitaban a decir que nos fueramos para otro lado porque ahí era poco probable que nos ayudaran. Llamé por
teléfono a un luchador social de Caracas, amigo mio. Le conté todo, me dice -¡Vete pa´Miraflores que esa gente te ayuda, mira que la otra vez le dieron alojamiento en una cuadra y al día siguiente los mandaron pa´ su casa! Yo le
dije que estaba en Miraflores, que ese señor que no podía hacer nada no hizo nada.

En efecto, ni usó el radio ni mandó a averiguar alguna pequeña posibilidad. La gente, nuestra gente se cansó; dijeron "vámonos que ese es un escuálido". A lo mejor eso es falso. Lo más probable es que dentro de la estructura funcional de esa COORDINACION DE ATENCIÓN SOCIAL sea más importante una autorización a mover un dedo que ATENDER a los excluidos SOCIALES.

Mi gente, nuestra gente, se indignó. La viejita del grupo se puso a discutir con el oficial. Cuando este se cansó de las verdades que cantaba la viejita, mandó a otro de menor rango para que la "escuchara". Más allá, los pobres de Ciudad Bolívar, sin una locha en el bolsillo y con el estomago pegado al espinazo, repetían foribundos que "cuando Chávez se entere de lo que nos están haciendo pasar, se las verán feas" y cosas por el estilo. En fin, risueños todos de aquel lado y angustiados los de este lado sin saber que hacer en una ciudad desconocida, sin dinero, con hambre y muchos problemas más.

Al final decidimos irnos hasta La Bandera y llegar hasta donde nos llegara la plata. Suerte que tenía cuarenta mil bolos que me quedaban en el bolsillo. Si no hubiera decidido ir con ellos y quedarme a trabajar porque prefería ir a la marcha del cuatro de febrero, no se que hubiera sido de todos ellos. Me nos mal, que con eso pudimos embarcarnos en un bus con destino a Valencia como a eso de las nueve de la noche. Eso era todo. Llegabamos a Valencia y veríamos qué hacer. Sin plata no es mucho, pero la fe mueve montañas.

Llegamos a Valencia como a las once y media. El hambre la habíamos olvidado en Caracas y el sueño en el autobus, ahora todas esas personas eran mi responsabilidad. -¿Qué hago, mi Dios? me repetía a cada paso hacia el torniquete de entrada al terminal. Bueno, Dios es sabio y grande. Me topé con un viejo compañero del liceo. Era chofer de plaza y viajaba en la ruta de nuestro pueblo. Le dije la verdad y le pedí que tomara mi palabra como compromiso de pago. Aceptó. Nos trajeron en dos carros a los diez aventureros, llegando como a la una de la madrugada a nuestras casas. Todos quedaron con el mal gusto que deja haber pasado por todas esas angustias, al punto de decirme que "me fuera sólo el cuatro, que me llevara mi carro porque ellos no irán, no quieren volver a pasar por algo similar"

Comandante: nosotros, los que creemos y hacemos la revolución todos los días, queremos evitar que estas situaciones se generen, porque no solo perjudican al
proceso, sino que nos impide continuar trabajando con la misma intensidad de respuesta del pueblo. Si frente a una coordinación tan importante hay personas sin sensibilidad social, que olvidan la esencia del proceso y se concentran en lo superfluo, en lo menos importante, entonces es momento de ponernos alertas. No permitiremos que nos vuelvan a someter a las angustias que vivimos en 2001, 2002 y 2003.

Los infiltrados serán derrotados, los arribistas serán desplazados y Usted seguirá siendo nuestro líder.

¡Viva la patria soberana de Bolívar y su pueblo soberano! ¡Abajo los apatridas traidores y contra-revolucionarios!

NO PASARAN, NO VOLVERÁN


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Irving Manuel Vierma


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