Monumento de humildad y sabiduría

El sabio José Francisco Torrealba, ejemplar médico socialista

Un monumento de humildad y sabiduría, sencillez y humanismo, es lo que respira toda la vida y obra del sabio José Francisco Torrealba, un científico del que debe aprender la generación que se está formando en Medicina Integral actualmente. Torrealba fue un verdadero médico de los pobres en Venezuela, y en el más sentido de la palabra un profundo médico socialista. El escritor José Alberto Medina Molero nos recuerda de él dos anécdotas que en parte muestran la noble personalidad del doctor Torrealba, descubridor de la causa del mal de Chagas: una de ellas refiere que en una oportunidad se le esperaba en una sala de la Universidad Central de Venezuela, donde iba a dictar una conferencia. Don José Francisco solía vestir casi siempre de kaki, y llegó algo tarde a la cita. Cuando el vigilante le miró, no le permitió la entrada al recinto. Sin perder la calma, el sabio se sentó en la acera, lugar desde donde fue rescatado por uno de los galenos, quien impaciente había salido a la puerta a indagar por la tardanza del conferencista. En otra ocasión, se le vio en San Juan de Los Morros, usando un zapato en un pie y, una alpargata en el otro, y a quién le preguntaba él le decía: “Voy andando con lo propio y con la importado”. Seguramente pocos le entendían. El sabio Torrealba fue también antiimperialista. En 1958, el Partido Comunista de Venezuela lo postuló en sus planchas como candidato a Senador por el Estado Guárico. Obtuvo muy pocos votos.

José Francisco Torrealba nació el día 16 de junio de 1896, en el hato San Roque, cercano a Santa María de Ipire. En 1916 se gradúa de Bachiller en Zaraza. Con enormes esfuerzos pudo Torrealba irse a Caracas a estudiar Medicina. Esto de por sí, para un hombre de tan escasos recursos económicos, constituía un milagro. Entre sus maestros se pueden mencionar a José Gregorio Hernández, Francisco Antonio Rísquez, Jesús Rafael Rísquez, Luis Razetti, Vicente Peña, E. Meier Flegel, José Izquierdo, Beltrán

Perdomo Hurtado, David Lobo y Domingo Luciani.

Torrealba culminó su carrera en 1922, pero, recibió su título Summa Cum Laude el 23 enero de 1923. Esta promoción estuvo integrada además por: Delfín Arcila, Simón Arocha, Alfredo Borjas, Alfonso Bortone Raván, Pedro Briceño Cols, Federico Lizarraga, Pastor Oropeza, José Quintini, Pablo Quintana Llamozas, Carlos Rojas, Servio Tulio Rojas, Agustín Zubillaga y Miguel Zúñiga Cisneros, Borjas, Oropeza y Zúñiga, y el único de este grupo que no tenía dónde caerse muerto era Torrealba.

Cuando llegó el momento de pagar el impuesto que exigía la UCV para todos los graduandos, Torrealba acudió a pedir ayuda al hombre más rico del Guárico, Nicolás Felizola. Éste, con su típica prepotencia le dijo que en su pueblo no hacían falta médicos. Entonces, David Gimón Pérez que estaba allí presente, viendo el requerimiento que le hacía a Felizola, le dijo que pasara por su casa que él le iba a ayudar. Años después, encontrándose Torrealba como médico en Zaraza, le fueron a buscar urgentemente, porque Felizola se estaba muriendo muy grave en uno de sus hatos. Torrealba pidió que le llevaran en una hamaca porque necesitaba ir leyendo, su afición más grande. Así se hizo, y un grupo de peones se iban turnando mientras trasladaban vario kilómetros al sabio hasta gran acaudalado, bastante grave. Cuando entró a la habitación del enfermo, allí estaba Nicolás dando alaridos de que lo salvara porque no se quería morir. Torrealba sencillamente le dijo: “Cálmate Nicolás, que ahora estás en mi manos”. Nicolás tenía los ojos fijos en aquel hombre que era capaz de hacer grandes milagros.

Torrealba fue a Alemania en 1928, para estudiar Medicina Tropical en la Escuela de

Hamburgo. Luego de 7 años de haber iniciado sus investigaciones sobre la enfermedad de Chagas, en los Estados Guárico y Anzoátegui publica en la Gaceta Médica de Caracas sus investigaciones con el título de “Algo más sobre la tripanosomiasis de la enfermedad de Chagas en Zaraza.

Hay otra anécdota que casi nadie sabe y que el doctor Joaquín Mármol Luzardo le refirió personalmente a Sant Roz. En una ocasión, un grupo de rectores se trasladaron a San Juan de los Morros para hacerle una visita de carácter académico al gran sabio. Llegaron a la quinta donde vivía, en la avenida Los Puentes. Observaban los rectores que en todos los lugares a los que ellos acudían para conversar con Torrealba, se colocaba de manera muy silenciosa una “india” que no decía ni pío. Intrigado sobremanera, por la presencia de esta señora que estaba allí como petrificada escuchando todo y nada decía, el doctor José Domingo Leonardo (también médico), rector de la Universidad del Zulia, se le acercó a Torrealba y en voz muy baja le pregunto: “¿Oiga doctor, y esa señora qué pito toca?”, a lo que Torrealba sin inmutarse le respondió: “Éste”, mostrándose la entrepierna. Don José Domingo se turbó, y quedó sin habla por el resto del día. La señora era nada menos que la esposa de Torrealba, Doña Rosa Tovar y quien tuvo del sabio más de una docena de muchachos.

“A partir de José Francisco Torrealba, todo estudio sobre el Mal de Chagas, debe partir de sus investigaciones científicas”, esto lo dijo una de las autoridades científicas más notable del Brasil, el Doctor Magharino. Torrealba siempre se consideraba a sí mismo, como un humilde obrero en la labor de la investigación científica. Sus trabajos fueron altamente apreciados en los Institutos de Parasitología de Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Argentina, Alemania y Brasil.

En diciembre de 1956, el periodista Luis Buitrago Segura le hizo una entrevista para la revista “Momento”, de la cual vamos a tomar algunos datos bibliográficos de este gran científico. Para Buitrago, Torrealba era como una especie de Trotsky cartujo-, maneras de vivir de filósofo espartano o de guerrero tibetano. Se distinguió Torrealba por ser un médico de la gente de chozas; él, hijo de la llanura ilimite quien nació y fue criado en choza; en sus primeros años tuvo que ser vendedor de jabones y velas por las calles de Santa María de Ipire, becerrero de Aribí, leñador y aguador en San diego de Cabrutica y más tarde estudiante y profesor de lo que iba aprendiendo, para mejorar un poco su exigua pensión. Ese muchacho taciturno, magro y enjuto, descendiente de llaneros bragados y nacido en el hato de “San Roque”, en Santa María de Ipire, tenía de los suyos la reciedumbre del carácter y la inclinación a los estudios.

Su padre fue cuidador de ganado ajeno, y su madre montaba, día a día, vigilia al pie del humeante fogón y del desagradable olor de los calderos en los que fabricaban jabones

En la Escuela de Medicina entra en contacto con José Gregorio Hernández, quien le impresiona hondamente. Torrealba ya convertido en médico, regresa a su pueblo natal, a su medio y junto a su pueblo; como pudo calarlo el eminente científico brasilero Enmanuel Díaz: “ su espíritu altruista y su capacidad de sentir los males que afligen a las gentes miserables de los campos, mantienen permanentemente animada el ansia de velar por los infelices y protegerlos”.

El percibe que las enfermedades del campesino venezolano no representan entidades patológicas de ocurrencia ocasional, sino complejos problemas de salud, unos desconocidos por nuestro mundo médico, los más ignorados voluntaria o involuntariadamente por las autoridades sanitarias. Entonces Venezuela era un país insalubre, con un millón de casos de paludismo. Los campesinos no recibían ninguna atención médica, “y como yo era campesino, no podía negarme a los míos. Conté con la colaboración de un antiguo discípulo y condiscípulo, Guillermo Pérez Gil, quien me instalo un pequeño laboratorio en Zaraza.”

Joven y animoso se mezcla entre sus gentes, comparte con ellas sus problemas, dudas, necesidades y preocupaciones. Es además el educador, el consejero y el amigo. Observa con gran preocupación el alto índice de mortalidad ocasionada por cardiopatías y ello lo induce a pensar que además de paludismo y anquilostomiasis debe haber otra endemia responsable de esas miocarditis. Por su manera de ser campesino, de compenetrarse profundamente con el medio rural, de no menospreciar la inteligencia intuitiva de quienes le rodeaban, tomó muy seriamente la afirmación que le hicieron en el sentido de que los Chupones, Pitos o Chine-Montes, les producían anemia y cansancio, los debilitaban para trabajar. Es decir, que en cada choza había una fuente de contagio, un criadero de enfermedades.

EL REFORMADOR SOCIAL

El sabio Torrealba jamás ha desligado el problema de sanidad del ambiente social. Eso explica el por qué al comenzar sus investigaciones clamaba por una política sanitaría, por una política social, por una política educacional en el medio rural. Sus palabras sonaron fuertes a todo lo largo y ancho del país, al advertir que, en algunos lugares. “Todo presenta allí no a la pobreza, sino la miseria. Ningún alimento ni ninguna ropa se guardan en las casas. La gente no tiene hamacas ni camas. Algunos duermen en trojas, otros en esteras y petates. En ninguna de las chozas se observó una silla, aunque fuera de cuero crudo”.

EL AMBIENTE ACTUAL

Después de 33 años de servicio a la humanidad, el sabio Torrealba no tenía otra cosa que agregar a su inventario, fuera de sus 12 hijos que siguieron estudios universitarios, y aparte del inmenso tesoro científico que constituye sus investigaciones, una modesta casa de campesino medio, un pequeño automóvil de empleado subalterno -tuvo necesidad de comprarlo porque su salud no es completa- bastante dolores de cabeza con el mísero sueldo de 33 bolívares diarios para educar y mantener la crecida familia, y eso sí: una inmensa clientela campesina pobre que no puede pagar consultas y a quienes se debe obsequiar las medicinas.

-Menos mal -advierte- que trabajo mucho y que tengo también clientela que puede pagar por los que están imposibilitados para hacerlo.

Muchos ciudadanos lo toman por una mezcla de taumaturgo-brujo, pero él no lo advierte, o no le importa. Mientras le quede la camisa del hombre feliz, su laboratorio y ese inmenso fuego de amor hacia la humanidad en el que se consume y renueva, los brazos vigorosos abrirán más la tierra para plantar la semilla que para cavar sepulturas.

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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 @jsantroz

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