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Alguien me preguntaba un día por qué me había dedicado, nada más y nada
menos que durante treinta y siete años, a la Educación Superior, a enseñar
Derecho en la Universidad de La Habana, y le respondí: sencillamente,
siempre he sido revolucionario.
Y podía haber agregado: y no hay revolución posible sin una verdadera,
profunda y popular educación.
Los que hemos vivido desde dentro este ardoroso proceso revolucionario
sabemos con qué pasión Fidel ha sostenido, desde la toma del poder político,
la imperiosa necesidad de extender la educación. La campaña de
alfabetización fue el primer hito de ese complejo camino por alcanzar los
más altos niveles de educación del pueblo. Después la extensión de los
estudios primarios a todos los rincones del país; la formación de los
maestros requeridos para ese empeño y las inversiones necesarias. Más tarde
la avalancha de estudiantes en el nivel medio y medio superior y nuevos
desafíos y, finalmente, la universalización de la Universidad.
Y en estos días de homenaje a los educadores no he podido menos que hacer
algunas reflexiones sobre ese empeño a que estamos convocados: universalizar
la Universidad; llevarla a todo el país, sacar la Academia de los claustros
y viejos muros y llenar con ella las calles, los caminos, las fábricas,
todos los municipios y rincones de nuestra geografía física y espiritual.
Algunos miran desconcertados y no faltan los que sostengan, muy preocupados,
que eso es una locura y puede ser la catástrofe de la educación superior, de
la vieja, augusta e intangible Universidad. Son los que se dicen martianos
pero olvidan que el maestro señaló: "El pueblo más feliz es el que tenga
mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento, y en la
dirección de los sentimientos. Un pueblo virtuoso vivirá más feliz y más
rico que otro lleno de vicios, y se defenderá mejor de todo ataque."
El pueblo feliz y libre que queremos solo será alcanzado con la plena
educación de todos sus hijos, cuando consigamos que cada hombre del pueblo
esté a la altura de los esenciales elementos de la cultura actual. Y eso no
basta: instruir no es lo mismo que educar. Fue el mismo Martí quien dijo
bien claro que: "Instrucción no es lo mismo que educación: aquella se
refiere al pensamiento, y ésta principalmente a los sentimientos. Sin
embargo, no hay buena educación sin instrucción. Las cualidades morales
suben de precio cuando están realzadas por las cualidades inteligentes".
Cuando pretendemos universalizar la Universidad y extender su savia de
inteligencia y cultura a todos los que quieran y puedan acceder a ella,
estamos haciendo la verdadera, fundamental e imperecedera transformación
revolucionaria: estamos sembrando y fundando la patria nueva enriquecida
material y espiritualmente.
Cuando además, al instruir educamos, estamos amasando la nueva moral, la
nueva espiritualidad, el catálogo de valores imperecederos sobre los que se
levantará el futuro de paz, amor, trabajo y justicia social.
La tarea es difícil y pasa por iniciales desconciertos, inseguridades,
búsquedas, tanteos y, probablemente, errores. Pero su objetivo es
inequívoco: si queremos perpetuar la obra revolucionaria y alcanzar la
virtud y el hombre nuevo de que nos hablara el Che y que tanto hemos
proclamado, solo hay un camino, llevar la educación, la cultura y la ciencia
a todos, a las grandes masas, a todos los espacios de nuestro archipiélago.
Muchas veces he escuchado que en la Universidad ya no hay que educar, sino
solo instruir, que nuestros alumnos llegan ya educados o deformados. Y
siempre me he preguntado cómo es posible que ideas tan peregrinas y ajenas a
la verdad puedan anidar en la mente de algunos. Bastaría señalar que, en
todo caso, nuestros alumnos universitarios requieren que se forme su
personalidad profesional, es decir, sean educados según esas exigencias
morales y sociales. Pero hay algo más contundente. La educación de cada
hombre no termina nunca, es inagotable, constante y en crecimiento
indetenible. Los que afirman que llega un momento en que ya no hay que
educar, revelan que ellos mismos han dejado de avanzar en la ascendente
lucha del ser humano por su perfección.
Por eso quería terminar estas reflexiones recordando las hermosas líneas del
gran pedagogo brasileño Paulo Freire, en su Pedagogía del Oprimido, de 1984,
titulada La Escuela. Al recordar esas sabias y hermosas palabras hago votos
porque nuestros educadores, todos, estén guiados por esos principios y que
la universalización de la Universidad ande por esos caminos. "La Escuela es
un lugar donde se hacen amigos. No se trata de edificios, salas, lugares,
programas, horarios, conceptos... Escuela es, sobre todo, gente; gente que
trabaja, que estudia, que se alegra, se conoce se estima. El Director es
gente, el coordinador es gente, el profesor es gente. Y la escuela será cada
vez mejor en la medida en que cada uno se comporte como colega, amigo,
hermano. ...Importante en la Escuela es no solo estudiar, no solo trabajar,
es también crear lazos de amistad, es crear ambiente de camaradería, es
convivir... Ahora, es lógico, en una escuela así va a ser fácil estudiar,
trabajar, crecer, hacer amigos, educarse, ser feliz."
*Profesor de Mérito de la Universidad de La Habana.
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