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Mientras a unos les dan pavo de a mentiritas, otros cenan impunidad
La gran hipocresía de la Casa Blanca
Por: Naomi Klein - Traducción: Tania Molina Ramírez
Fecha de publicación: 21/12/03
imprímelo mándaselo a
tus panas
Detrás del cortejo de Washington a los europeos está la intención de comprar
un Irak sin deudas, porque la regla del clan Bush parece ser: si una acción
ayuda a que nuestros amigos se vuelvan más ricos, hazlo.

Fue justo lo que ordenaron los spin doctors: buenas y nítidas imágenes de
Saddam Hussein bien sucio, un fin exitoso a una desastrosa semana de diplomacia.

En los días anteriores a la captura, la Casa Blanca estuvo bajo fuego desde
todos los flancos no sólo por parte de sus habituales críticos, también de sus
más leales porristas en los think tanks neoconservadores de Washington. ¿El
cambio? Una Gran Hipocresía. Justo cuando el ex secretario de Estado, James
Baker, era despachado para cortejar a los gobiernos europeos y convencerlos de que perdonen la deuda externa de Irak, el subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz estaba castigando a esos mismos gobiernos al cerrarles la puerta a los 18.6 mil millones de dólares en contratos de reconstrucción.

"Parece que la mano izquierda no sabe lo que está haciendo la derecha", dijo
Doug Bandow, del Cato Institute, en Washington. Pero Baker no necesitaba a
Wolfowitz para hacer que su misión pareciera hipócrita, uno prácticamente no
puede imaginar un acto más lleno de ironías históricas que el de James Baker
haciendo de Bono. El pueblo iraquí "no debería de ser abrumado con la deuda de un
régimen que estaba más interesado en usar los fondos para construir palacios y
cámaras de tortura", dijo el vocero de la Casa Blanca Scott McClellan.
De acuerdo. Pero cuando oí de la "noble misión" de Baker, como la describió
Bush, no pude más que pensar en una historia que casi no fue cubierta por los
medios. El 4 de diciembre, The Miami Herald publicó extractos de un documento
desclasificado del Departamento de Estado. Es la transcripción de una reunión
que tuvo lugar el 7 de octubre de 1976 entre Henry Kissinger, entonces
secretario de Estado con Gerald Ford, y el ministro del Exterior argentino bajo la
dictadura militar, César Augusto Guzzetti.
Era la cúspide de la "guerra sucia" argentina, una campaña llevada a cabo
científicamente para destruir la "amenaza marxista" mediante la tortura y la
muerte sistemática, no sólo de la guerrilla armada, sino de los pacíficos
sindicalistas, activistas estudiantiles, y sus amigos, familias y simpatizantes. Al
final de la dictadura, unas 30 mil personas habían sido "desaparecidas".
Cuando tuvo lugar la reunión Kissinger-Guzzetti, gran parte de la izquierda
argentina ya había sido borrada del mapa, y noticias de cuerpos que salían del
Río de la Plata despertaban urgentes llamados a sancionar económicamente a la
junta militar. Sin embargo, la transcripción revela que el gobierno
estadunidense no sólo sabía de las desapariciones, además las aprobaba. Guzzetti informa a Kissinger sobre "los muy buenos resultados de los últimos cuatro meses. Las organizaciones terroristas fueron desmanteladas". Tras discutir el reclamo internacional, Kissinger declara: "Quisiéramos que tengan éxito. Los amigos deben ser apoyados. En Estados Unidos no se entiende que están en una guerra civil. Leemos sobre problemas de derechos humanos pero no el contexto. Mientras más rápido tengan éxito, mejor".

Y aquí es donde adquiere relevancia la misión de Baker. Kissinger pasa al
tema de los préstamos, conminando a Guzzetti a pedir mayor asistencia extranjera, y rápido, antes de que el "problema de derechos humanos" ate las manos de la administración estadunidense. "Hay dos préstamos en el banco", dice Kissinger, refiriéndose al BID. "No tenemos intención de votar en contra de ellos".
También instruye al ministro a "proceder con los pedidos del Banco de
Exportación-Importación. Quisiéramos que su programa económico triunfe y haremos lo posible por ayudarlo". El Banco Mundial calcula que unos 10 mil millones de dólares prestados a los generales se destinaron a adquisiciones militares, a construir campos de concentración y para comprar equipo para la guerra de las Malvinas. También transfirió a cuentas de banco suizas una suma imposible de rastrear, porque, ya de salida, los generales destruyeron los registros relacionados con los préstamos.

Bajo la dictadura, la deuda externa de Argentina se incrementó de 7.7 mil
millones de dólares en 1975 a 46 mil millones en 1982. Desde entonces, el país ha
pedido prestado miles de millones para pagar intereses de aquella deuda
original, ilegítima, que hoy es sólo ligeramente más grande que la de los
extranjeros que otorgaron créditos a Irak: 141 mil millones de dólares.

La transcripción de Kissinger prueba que Estados Unidos, conscientemente, dio
dinero y aliento político de alto nivel a la campaña genocida de los
generales. Pero, a pesar de su obvia complicidad en la tragedia argentina, Washington siempre se ha opuesto a todos los intentos de cancelar la deuda.

Argentina no es la excepción. Durante décadas, el gobierno estadunidense ha
usado su poder en el FMI y el Banco Mundial para bloquear campañas que intentan
cancelar las deudas acumuladas bajo el Apartheid en Sudáfrica, la
cleptocracia de Marcos en Filipinas, el corrupto régimen de Duvalier en Haití, la
dictadura militar que llevó la deuda de Brasil de 5.7 mil millones de dólares en 1964 a 104 mil millones en 1985. Y la lista sigue.

Para Estados Unidos, acabar con esas deudas sentaría peligrosos precedentes
(y, claro, eliminaría la influencia que Washington necesita para empujar las
reformas económicas a favor de los inversionistas). Así que, ¿por qué Bush está
tan preocupado en que "el futuro de los iraquíes no debe ser hipotecado por el
enorme peso de la deuda"? Porque quita dinero de la "reconstrucción", dinero
que podría ser destinado a Halliburton, Bechtel, Exxon y Boeing.
Muchos declaran que la Casa Blanca fue secuestrada por los ideólogos
neoconservadores, hombres tan enamorados del dogma del libre mercado que no pueden ver razón ni pragmatismo. No me convence. Los encontrones diplomáticos de la semana pasada mostraron que la ideología subyacente de la Casa Blanca de Bush no es el neoconservadurismo, sino el tradicional egoísmo. Si bien los
neoconservadores adoran las reglas abstractas del libre mercado, en realidad la única regla que parece importar al clan Bush es: si ayuda a que nuestros amigos se vuelvan aún más ricos, hazlo.

Así, el comportamiento de Washington, a primera vista errático, cobra
sentido. Sí, el acaparamiento de Wolfowitz de los contratos desdeña abiertamente los principios de libre mercado de competencia y no intervención gubernamental.

Pero sí tiene un beneficio inmediato para las firmas más cercanas a la
administración de Bush. No sólo están comprando un Irak sin deudas, además no tendrán que competir por los contratos con sus rivales europeos.

El proyecto de reconstrucción desafía más doctrinas neoconservadoras: dispara
el déficit estadunidense de este año a un monto caricaturesco de 500 mil
millones de dólares. Mucho de este dinero fue entregado mediante contratos sin
licitar, creando el tipo de monopolio que permitió a Halliburton cobrar más cara
la gasolina importada de Irak: un cálculo de 61 millones de dólares.
Aquellos que buscan ideología en la Casa Blanca, tomen en cuenta esto: los
hombres que dominan el mundo consideran que las reglas son para otros. Los
verdaderamente poderosos alimentan de ideología a las masas, como si fuera comida rápida (o pavos de Thanksgiving de a mentiritas), mientras cenan el más
refinado manjar de todos: la impunidad.

(Traducción: Tania Molina Ramírez. Copyright 2003 Naomi Klein.)

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Naomi Klein - Traducción: Tania Molina Ramírez


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