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EE.UU. ha dado varios pasos que pueden empeorar seriamente las relaciones con Rusia y con el resto del mundo e impulsar la carrera de los armamentos nucleares.
El primer paso radica en que el presidente George Bush firmó un documento que autoriza asignar con cargo al presupuesto de 2004 medios financieros para desarrollar nuevos tipos de armas nucleares, concretamente para crear bombas atómicas pequeñas de alta precisión y de potencia disminuida, capaces de provocar oscilaciones sísmicas de la corteza terrestre para destruir totalmente las instalaciones militares fortificadas: puestos de mando, silos de misiles y arsenales de misiles, armas nucleares y medios técnicos.
Segundo paso: la Casa Blanca le concedió al Pentágono y al Ministerio de Energía de EE.UU. 24,9 millones de dólares para modernizar el campo de pruebas nucleares en el estado de Nevada que debe estar preparado para efectuar pruebas nucleares subterráneas.
Tercer paso: unos días después, la Secretaría de Defensa norteamericana efectuó una prueba del sistema marino de defensa antimisiles que logró interceptar un misil balístico pocos minutos después de lanzado y batió el objetivo con un impacto exacto contra su ojiva.
Esta serie de sucesos tiene preocupada la comunidad de expertos militares de Rusia. 'Todo ello representa un fuerte peligro para nuestro país' -, expresó el coronel general Varfolomei Korobushin, primer vicepresidente de la Academia de Ciencias Militares de Rusia, quien fue jefe del Centro de Estudios Operativo-Estratégicos en el Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas de la URSS en los años 1985-1990. ' El caso es -, explicó -, pronto la marina de Guerra estadounidense podrá obtener la posibilidad de acercarse a las costas de
Rusia, derribar misiles estratégicos lanzados por nuestros submarinos en el tramo de aceleración de su trayectoria, lo que equivale convertirlos en un arma absolutamente inútil e incapaz de cumplir su misión fundamental: la de parar una agresión eventual'.
Más tajante aún ha sido lo señalado por el coronel general Andrei Nikolaev, presidente del Comité de Defensa de la Duma de Estado de la tercera legislatura.
'Este paso dado por Washington significa de hecho -, dijo el general -, que EE.UU. abre una nueva vuelta de la carrera de armamentos nucleares'.
Las relaciones entre Rusia y EE.UU., dice el presidente del comité, siempre han descansado estos últimos años sobre un determinado sistema de tratados mutuamente obligatorios que no permitan a ninguna de las partes obtener ventaja estratégica a raíz del primer ataque desarmante. El abandono unilateral de Washington del Tratado ABM de 1972 ha alterado mucho este equilibrio de seguridad pese a toda clase de aseveraciones hechas por EE.UU. y al Tratado de Reducción de Armamentos Ofensivos Estratégicos suscrito el año pasado. Los
militares nunca aprecian las posturas políticas de las partes, que pueden cambiar en función de las circunstancias, sino las posibilidades reales.
La realidad de hoy es tal que si los norteamericanos crean cabezas nucleares de una
potencia no superior a cinco kilotones pero con alta precisión del tiro y elevada penetración en espacios protegidos al máximo (es justamente este objetivo que tienen las investigaciones aprobadas por la Casa Blanca) todos los acuerdos entre nuestros países pierden todo sentido.
Primero, estas cabezas no se catalogan como 'estratégicas' y, por ende, estarán al margen del Tratado de Reducción de Armamentos Ofensivos Estratégicos.
Segundo, EE.UU. obtendrá la posibilidad de emplazar estas cargas a bordo de submarinos con misiles estratégicos, acercarse a nuestras costas en el área de los mares de Noruega y de Norte y dirigirle al Kremlin un ultimátum, casi igual que a Saddam Hussein. El tiempo de aproximación de estos misiles es de siete-ocho minutos, y desde el punto de vista técnico ese lapso no alcanza para tomar una decisión de dirigir un ataque de respuesta y menos para dirigir la orden a los lanzadores rusos. Las ojivas nucleares de alta precisión penetrarán bastante hondo en la corteza terrestre para provocar oscilaciones sísmicas que
destruirán al instante los puestos de mando y silos de misiles con misiles emplazados.
Hay también otro aspecto del problema. Misiles antimisiles norteamericanos podrán estar dotados de ojivas 'de baja potencia' de este tipo. Si hoy día el Pentágono puede, según las recientes pruebas han mostrado, batir un misil atacante al dar en su ojiva con una carga cinética (convencional), será imposible parar, y menos aún batir, un ataque de misiles en grupo. Esto es lo que puede lograr únicamente una explosión nuclear contraria en lo que, dicho sea de paso, durante mucho tiempo se basaba la defensa antimisiles de Moscú. Mas,
por otra parte, una explosión nuclear contraria, aún cuando se produzca en el espacio extraatmosférico, al proteger una megápolis como, por ejemplo, un gran centro industrial y capitalino, siempre supone un riesgo de causar daño a otras zonas.
Las cargas nucleares de poca potencia, aún cuando accionadas sobre un territorio propio, no podrán causar este perjuicio. De ahí que el sistema norteamericano de defensa antimisiles adquiere una garantía alta al máximo. Si bien no al 100 por ciento, por lo menos al 90-95 por ciento. Esta impunidad puede hacer perder la chaveta a algunos 'halcones' de la Administración de la Casa Blanca y les hará sentirse invulnerables dueños del mundo con todas las consecuencias que puedan emanar. Lo cual, sin duda, hará muy peligroso e imprevisible el futuro del planeta Tierra.
Esta política dirigida a crear cargas nucleares de poca potencia puede tener otras consecuencias no menos tristes, dicen los expertos militares. No pueden ser creadas sin antes realizar pruebas nucleares subterráneas. Pero en cuanto en el polígono de Nevada se efectúa al menos una explosión, nadie podrá contener el deseo de, por ejemplo, Irán ni de otros países, concretamente, Argentina, Brasil, Africa del Sur y una decena de otros Estados en trance de obtener armas nucleares, de poseer estas armas para defender su independencia y soberanía. En tal caso se podrá poner punto final al 'club nuclear' formado oficialmente por EE.UU., Francia, Gran Bretaña, China y Rusia y, extraoficialmente, por India, Pakistán e Israel.
Los 'halcones' de Rusia no ven la hora de que EE.UU. viole su moratoria a las pruebas nucleares. Los investigadores atómicos rusos también tienen qué ensayar.
Pero el polígono nuclear permanecía ocioso mientras estaba en vigor el Tratado sobre la Prohibición Total de Pruebas Nucleares que Moscú ha ratificado pero Washington no lo ha hecho. En cuanto se produzca una explosión en Nevada el Kremlin no podrá reprimir el deseo de su Ministerio de Defensa de seguir este 'ejemplo negativo'. Ya han esperado bastante durante el tiempo transcurrido después de terminar la 'guerra fría'.
Aparte de renovar pruebas nucleares en Nueva Zembla, ¿qué respuesta podrán dar a los norteamericanos los 'halcones' rusos (que no faltan en la Duma de Estado de la cuarta legislatura, basta mencionar sólo al general Albert Makashov)? Pues con unas presiones fuertes y sistemáticas sobre el presidente Putin y sobre el Gobierno a fin de lograr mayores asignaciones para desarrollar un sistema capaz de combatir la defensa antimisiles; ojivas de reentrada múltiple y de guiado individual de poca potencia mas de alta precisión; para la construcción de nuevos misiles estratégicos móviles difíciles de detectar y, por consiguiente,
de batir hasta con armas nucleares de alta precisión; para la construcción de nuevos submarinos y lanzar al espacio nuevos satélites de reconocimiento, navegación y de indicación de blancos... Es decir, para desarrollar una nueva vuelta de la carrera armamentista, aunque sea en perjuicio del desarrollo económico. La seguridad nacional siempre ha estado en el primer plano de la política de Rusia. La respuesta oficial a la decisión del presidente Bush de asignar fondos para crear nuevas armas nucleares quizás pueda escucharse de la boca del ministro de Defensa de Rusia, Serguei Ivanov, a fines de esta semana.
En el pueblo de Tatischevo, cerca de Saratov, se pondrá en estado de alerta el regimiento de misiles 'Topol-M' (o SS-27, según la clasificación occidental) que pronto tendremos cerca de cuatro decenas y media. Hoy día esta cantidad basta para ser instrumento de disuasión nuclear de una eventual agresión. En lo que pase mañana tendrán que pensar bien tanto en el Kremlin como en la Casa Blanca.
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