El
pasado 11 de julio, Raúl Castro realizó una intervención en el
parlamento de Cuba, de gran trascendencia, para explicar las medidas de
ajuste económico que el gobierno adoptará para paliar los efectos
negativos de la crisis que atraviesa la economía mundial, especialmente
tras la subida del precio del petróleo y de los alimentos. En su
discursó dejó claro que se acercan momentos difíciles: "Seguiremos
haciendo cuanto esté a nuestro alcance para que esas serias
adversidades afecten lo menos posible a nuestro pueblo, pero es
inevitable que sufriremos cierto impacto en determinados productos y
servicios". A continuación propuso una batería de medidas que, en su
opinión, permitirán relanzar la economía, señalando destacadamente el
fin de la igualdad salarial, la ampliación de la edad de jubilación y
el reparto de tierras en usufructo no sólo a campesinos individuales y
a cooperativas, también a grandes empresas.
Una compleja combinación de factores económicos y políticos
Ciertamente,
la gravedad de la situación es innegable. Derechos básicos de la
población como la vivienda o la alimentación están sufriendo un
deterioro acelerado. En lo que respecta a la vivienda, el Gobierno
reconoció este mismo mes de julio que el 85% de los inmuebles de más de
tres pisos necesitan reparación. La escalada de los precios de los
alimentos en el mercado mundial golpea duramente a la población cubana,
puesto que la isla importa una gran parte de los alimentos que consume.
En concreto, las previsiones oficiales estiman que de los 1.600
millones de dólares gastados en importación de alimentos en 2007 se
pasarán a 1.900 en 2008. Las penurias económicas alcanzan tal
profundidad que dejan ya su huella en las estadísticas demográficas: en
2006, los nacimientos llegaron a su nivel más bajo en seis décadas; y,
por primera vez, la población cubana decreció en más de 4.000
habitantes.
En
los tres últimos años se ha producido una compleja combinación de
factores políticos y económicos. A los ya viejos problemas domésticos,
se suma ahora la situación de inminente recesión de la economía mundial
en el mismo momento en que Fidel Castro es sustituido como máximo
dirigente al frente del Estado cubano. Así pues, cuando sólo falta un
año para celebrar el 50 aniversario de la victoria revolucionaria, el
pueblo trabajador, auténtico sostén material de la revolución,
comprueban como las dificultades lejos de ser superadas se
intensifican. La confluencia de todos estos factores hace que la
percepción de que la revolución cubana se encuentra en una encrucijada
sea generalizada. La utilización del término encrucijada no es casual.
Pretende destacar que existen diferentes caminos entre los que escoger.
La revolución es un proceso vivo, protagonizado por hombres y mujeres,
en el que la voluntad de la dirección política es decisiva.
¿Es China un modelo para Cuba?
La potente irrupción de la economía china en el mercado mundial ha convertido a este país en un foco de atención para
muchos dirigentes del PC cubano. Sus espectaculares cifras de
crecimiento económico, que rozan los dos dígitos durante casi dos
décadas, han convertido la vía china, según se desprende de
muchas intervenciones de cualificados líderes de la revolución y
economistas del Partido Comunista Cubano, en una promesa de un futuro
de abundancia y bienestar, en un ejemplo a seguir.
Sin
embargo, un análisis marxista de lo que ocurre en China revela que tras
las cifras macroeconómicas y las banderas rojas con hoces y martillos
que presiden todavía el parlamento chino, lo que realmente encontramos
es el crecimiento de las desigualdades y la explotación al calor del
triunfo de la contrarrevolución capitalista. El proceso empezó poco a
poco, con las reformas económicas pro-capitalistas iniciadas por Den
Xiaopin hace treinta años que permitieron la creación de zonas
económicas especiales en las que el capital extranjero podía invertir.
Con el tiempo el proceso se empezó a generalizar y extender a nuevas
áreas del país. La baja productividad del trabajo en el campo y la
industria fue estimulada con incentivos económicos de diferente tipo
para aquellos trabajadores que fueran capaces de producir más en menos
tiempo pero, sobre todo, a través de una explotación despiadada de la
fuerza de trabajo, a la que se arranco tasas de plusvalía formidables.
Finalmente la cantidad se ha transformado en calidad. Hoy en China la
propiedad privada de los medios de producción se ha generalizado al
tiempo que se ha destruido el monopolio del comercio exterior; de esta
manera se han arruinando las bases de la planificación
económica, que se hace inviable si las empresas decisivas organizan su
producción atendiendo a la competencia en un mercado regulado por la
oferta y la demanda capitalista. En estos momentos, según la propia
Federación de Industria y Comercio de China, el 65% del PIB procede de
la empresa privada.
La
restauración del capitalismo en China se ha traducido en un aumento del
sufrimiento para las masas y la aparición de una nueva clase de
capitalistas chinos, muchos de los cuales llevan el carné del PCCh en
su cartera. En un artículo publicado en El Militante en abril
del pasado año explicábamos el significado de algunas decisiones
adoptadas por la dirección del Partido Comunista Chino y que tuvieron
un impacto mundial: "La legitimación de la propiedad privada, bendecida
por 2.799 diputados de los 3.000 que integran la Asamblea Popular
Nacional china el pasado marzo, no es más que el reflejo, en la esfera
del derecho, de la culminación de la restauración capitalista. ... Los
efectos de la restauración capitalista en China han sido devastadores.
Según datos del Banco Mundial, el cociente 20/20 (entre la parte de la
renta nacional del 20% más rico de los hogares y la parte del 20% más
pobre) ha aumentado de 6,5 en 1990 a 10,6 en 2001. China es la sociedad
más desigual de Asia: el cociente es de aproximadamente 5 en India o
Indonesia y es inferior a 10 en Filipinas (...) Vivir en el campo es
prácticamente sinónimo de pobreza: los casi 900 millones de chinos que
viven en zonas rurales, aproximadamente el 60% de la población,
ingresan una tercera parte de los que habitan zonas urbanas. Pero este
dato no debería llevarnos a pensar que la población urbana disfruta de
una situación de bienestar. Si bien es cierto que se está desarrollando
una clase media en las ciudades, base social de la contrarrevolución
capitalista, la mayoría de los trabajadores urbanos vive en condiciones
extremadamente difíciles (...) millones de trabajadores han sido
contratados en miles de industrias privadas creadas al calor de las
inversiones de las multinacionales extranjeras en condiciones de máxima
explotación: jornadas interminables de hasta 12 horas son habituales en
la industria juguetera o textil, acompañadas de salarios miserables y
ausencia de cualquier tipo de derecho sindical (...) El
desmantelamiento de la sanidad pública, una de las conquistas más
importantes de la revolución de 1949, ha supuesto que acudir a un
médico o un hospital en caso de enfermar sea un privilegio sólo
asequible para aquellos que puedan pagarlo. Algunos periódicos chinos
han hecho público que sólo el 25% de la población urbana y el 10% de la
rural dispone de algún tipo de seguro médico, lo que sitúa a China en
el cuarto puesto mundial, por la cola, en equidad en el acceso a la
sanidad solo superado por Brasil, Birmania y Sierra Leona."[1]
¿De cada cual según su capacidad, a cada uno según su trabajo?
A la
experiencia china se suma la de la extinta URSS, en la que, a pesar de
los diferentes ritmos y particularidades, la restauración del
capitalismo ha sido plenamente completada con el consiguiente horror
para las masas.
Estos
procesos nos muestran que no es la primera vez que una economía como la
cubana, donde los medios decisivos de producción están nacionalizados y
la actividad económica se organizan a través de la planificación,
atraviesa serias dificultades. Pero lo realmente importante de las
experiencias de la URSS y de China es que de las medidas concretas que
los dirigentes adopten tendrán una influencia determinante, no sólo en
la resolución de la crisis económica coyuntural, sino en la
supervivencia misma de las conquistas de la revolución.
No
parece por tanto demás considerar las medidas propuestas en el
Parlamento cubano por Raúl Castro a la luz de estas experiencias. Si
observamos el plan en su conjunto, se hace evidente que el objetivo
fundamental es aumentar la productividad, el rendimiento del trabajo
humano. Desde el marxismo siempre se ha defendido que la superioridad
material del socialismo frente al capitalismo consiste precisamente en
su capacidad de desarrollar las fuerzas productivas e incrementar la
productividad del trabajo y, por tanto, la producción de bienes y
servicios para garantizar el máximo bienestar social. Esta es la
precondición material necesaria para eliminar
progresivamente la desigualdad económica heredada del capitalismo, una
vez que la producción no tiene como objetivo la obtención del máximo
beneficio para un puñado de grandes monopolios y capitalistas.
Ahora
bien, la base material para la superioridad económica del socialismo
surge de la propiedad nacionalizada de los medios de producción, la
planificación de la economía y la participación consciente y
democrática de la clase obrera en la dirección de la economía y la
sociedad. La democracia obrera se convierte en un factor político
decisivo para el funcionamiento eficiente de la economía planificada.
Solo así se puede acabar con la anarquía dominante en la
producción capitalista y la propiedad privada, permitiendo que la clase
trabajadora deje de ser sujeto pasivo de la explotación para
convertirse en la dirección de la sociedad. No podemos perder de vista
en ningún momento esta cuestión, ya que el capitalismo también es capaz
de incrementar la productividad del trabajo, no sólo con la
introducción de la tecnología y la maquinaria, sino con la
intensificación de la explotación de la mano de obra a través del
aumento de los ritmos de producción. Atendiendo a estos fundamentos
teóricos, los estímulos para incrementar la productividad del trabajo
propuestos por Raúl Castro son más característicos de una economía de
mercado que de una sociedad en transición al socialismo. En el debate
abierto en las filas de los comunistas cubanos las voces que justifican
estas reformas no son pocas. Por ejemplo, las declaraciones del
viceministro de trabajo, Carlos Mateu, publicadas en Granma son
bastante elocuentes: "El trabajador ganará lo que sea capaz de
producir... Este sistema de pago debe verse como una herramienta que
ayude a obtener mejores resultados productivos". Pero esta es
precisamente la base del taylorismo que actuó como palanca
del floreciente capitalismo estadounidense y también, porqué no
decirlo, del movimiento Stajanovista impulsado por Stalin en los años
treinta del pasado siglo.
De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad
En un trabajo titulado Sistema "Científico" de estrujar el sudor[2],
Lenin describe el modelo desarrollado por el ingeniero norteamericano
Fredrerick Taylor de la siguiente forma: "El resultado es que en las
mismas 9 ó 10 horas de la jornada laboral se le estruja al obrero tres
veces más trabajo ... se absorbe con triplicada rapidez cada gota de
energía nerviosa y muscular del esclavo asalariado ... Al comienzo, al
obrero le aumentan el salario." Respecto al estajanovismo, impulsado
por la burocracia estalinista rusa como un ejemplo de disciplina
laboral propia de una sociedad socialista, Trotsky afirma: "Cuando el
ritmo del trabajo está determinado por la caza del rublo, las gentes no
trabajan según sus capacidades, sino que se ejercen violencia a sí
mismos. En rigor este método no puede justificarse más que invocando la
dura necesidad; erigirlo en "principio fundamental del socialismo" es
arrojar al suelo las ideas de una cultura nueva y más elevada, con
objeto de hundirla en el acostumbrado lodazal del capitalismo."[3]
No
se trata de un dilema moral, sino de un aspecto decisivo para la
edificación de una sociedad socialista. La lucha por incrementar la
productividad del trabajo como parte indispensable de la construcción
del socialismo, rechaza los métodos y estímulos propios del
capitalismo, porque precisa liberar a la clase obrera de las jornadas
extenuantes, de la lucha individual por la subsistencia, de la
autoexplotación como medio para acceder a un mejor salario. Bajo esas
circunstancias materiales difícilmente los hombres y mujeres de la
clase obrera contarán con las condiciones necesarias para dirigir todas
las esferas de la vida social: la economía, la política, la cultura...y
desarrollar todo su potencial creador. Engels era muy claro al
respecto: "Añadamos con esta ocasión que todas las contraposiciones
históricas conocidas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes
y dominadas, encuentran su explicación en esa productividad
relativamente subdesarrollada del trabajo humano. Mientras la población
que realmente trabaja está tan absorbida por su trabajo necesario que
carece de tiempo para la gestión de los asuntos comunes de la sociedad
-dirección del trabajo, asuntos de estado, cuestiones jurídicas, arte,
ciencia, etc.-, tiene que haber una clase especial liberada del trabajo real que resuelva esas cuestiones, y
esa clase no dejó nunca de cargar sobre las espaldas de las masas
trabajadoras cada vez más trabajo en beneficio propio. El gigantesco
aumento de las fuerzas productivas alcanzado por la gran industria
permite finalmente dividir el trabajo entre todos los miembros de la
sociedad sin excepción, limitando así el tiempo de trabajo de cada
cual, de tal modo que todos se encuentren con tiempo libre para
participar en los comunes asuntos de la sociedad, los teoréticos igual
que los prácticos."[4]
La
lucha individual y desesperada por alcanzar un oasis particular y
privado de bienestar en competencia con otros trabajadores, el estímulo
de la desigualdad y competitividad entre ellos siguiendo el modelo
imperante bajo el capitalismo, nada tienen que ver con el socialismo ni
nos acerca a él. Por eso, la bandera del comunismo que Marx y Engels
levantaron y Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky y otros grandes
revolucionarios enarbolaron, lleva inscrita la leyenda: de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad.
En defensa de la revolución y de la clase trabajadora de Cuba
El
asedio al que el capitalismo somete a la sociedad cubana no sólo se
libra en el terreno económico; también en el ideológico hay una
terrible presión. Por ello es tan importante delimitar firme y
tajantemente la diferencia irreconciliable entre los métodos
capitalistas y socialistas para estimular el rendimiento económico.
La experiencia de la Perestroika
con Gorbachov fue muy aleccionadora. Tras constatar la profunda crisis
y estancamiento que atravesaba la economía soviética desde finales de
los años setenta, la nomenclatura dirigente del PCUS apostó por una
batería de reformas económicas destinadas a estimular la
productividad, a combatir el absentismo laboral, a mejorar la
eficiencia y acabar con la corrupción y el caos. La desigualdad
salarial, el fin de los subsidios a los precios de los productos
básicos o la asignación de más recursos a las empresas más productivas,
estaban entre ellas. Finalmente, el problema real y acuciante del
estancamiento económico no se resolvió: los obreros no se sentían
identificados con las apelaciones que desde la cúpula dirigente del
PCUS se les reiteraba a favor de su implicación en la producción. En
realidad, para una inmensa mayoría de trabajadores soviéticos, más allá
de la fachada propagandística, la Perestroika siguió
sancionando los mismos privilegios y la misma corrupción de la
burocracia dirigente del Estado. En definitiva, todo para el pueblo
pero sin el pueblo.
Para sorpresa de aquellos que consideraban la Perestroika
una forma de "perfeccionar" el socialismo, las reformas de Gorbachov
supusieron el inicio de la liquidación de la propiedad nacionalizada de
los medios de producción y de la destrucción de la planificación
económica, que finalizó con la restauración capitalista.
La
cuestión decisiva en aquel momento en la URSS, y hoy en Cuba, no es que
las masas no estuvieran dispuestas a luchar con empeño por la igualdad,
la justicia social y la desaparición de cualquier tipo de privilegio de
clase o casta. ¿Quién puede dudar o poner en tela de juicio la actitud
revolucionaria del pueblo cubano, que durante casi cuatro décadas ha
resistido un cruel embargo económico, agresiones militares y todo tipo
de privaciones? Hombres y mujeres llenos de creatividad y capacidad de
trabajo, capaces de levantar en su pequeña isla un sistema sanitario y
educativo con el que sólo pueden soñar los millones de desposeídos en
América, Asia y África.
Las
dificultades económicas que atraviesa la revolución, descritas por los
dirigentes del PC cubano, son una realidad cruel para las masas cubanas
que las padecen día tras día, año tras año. Nadie debería extrañarse
que tantos años de esfuerzos y privaciones sumados a la perspectiva de
nuevos sacrificios produzcan cierto cansancio y abran interrogantes
respecto al futuro entre sectores de la población, incluso entre
aquellos firmemente comprometidos con la revolución. La aspiración a
una vida mejor no sólo es legítima, sino que es precisamente el motor
de la lucha por la transformación social, la esperanza de los
explotados y oprimidos. Ese no es el problema. La cuestión central y
decisiva es encontrar el camino, la estrategia, enumerar las tareas y
objetivos que saquen a Cuba de esta encrucijada y eviten la
restauración capitalista como en la URSS y en China.
Puesto
que las masas cubanas han sido y son la base de la revolución, su
auténtico sostén, y el escudo protector frente a todos los ataques de
la contrarrevolución, ellas deben ser las protagonistas de las
decisiones a tomar. Los revolucionarios rechazamos la impostura de la
democracia formal, es decir, de la democracia burguesa, que tras
consultar al pueblo una vez cada cuatro o seis años toma las decisiones
verdaderamente importantes en sus despachos y consejos de
administración a espaldas de ese mismo pueblo. Frente a ella, los
marxistas leninistas defendemos la democracia obrera, que no se limita
a consultar a las masas, sino que pone en mano de éstas la toma de
decisiones y dirección de la sociedad. Profundizar y desarrollar la
democracia obrera y defender una política realmente internacionalista,
fortalecerá extraordinariamente la revolución, permitiendo que quienes
cargan a sus espaldas los esfuerzos y sacrificios que la ofensiva
imperialista impone, sientan también su papel protagonista y dirigente
en la resolución de los problemas. En palabras del marxista cubano
Franck Josué Solar: "... La única solución para Cuba es, por un lado,
incentivar, profundizar mecanismo de control obrero, que en
determinados momentos han sido coyunturales, hacerlos sistemáticos,
institucionales en la economía y la política económica y, por supuesto,
la extensión de la revolución en América Latina, la mayor confluencia y
la integración hacia una Federación Socialista entre Cuba y Venezuela
como lo pidió Chávez en su última visita a nuestro país."[5]
El socialismo en un solo país es una utopía reaccionaria. Por la Federación socialista de América Latina
La
experiencia histórica ha demostrado que es imposible construir el
socialismo dentro de las fronteras de un solo país. La poderosa URSS,
que llegó a desafiar el poderío tecnológico espacial de los EEUU, y la
inmensa República Popular China, no pudieron evitar la enorme presión
del mercado mundial que, junto a los errores de sus dirigencia,
propició la restauración capitalista.
A
pesar de toda la fuerza creadora del pueblo de Cuba, de todo su
heroísmo y abnegación, la revolución cubana no podrá superar, por si
sola y de forma exitosa y definitiva, sus dificultades: la economía
cubana sigue siendo una pequeña isla sitiada por un mundo capitalista
hostil. Hay períodos en los que una correlación de fuerzas mundial
desfavorable a la revolución hace que la resistencia sea la única forma
de supervivencia. Los bolcheviques tuvieron que enfrentarse a un
período de esas características tras el fracaso de la revolución
alemana y europea en 1919-1920, que impidió el auxilio de la clase
obrera de los países económicamente más desarrollados. El aislamiento
de la revolución fue una de las causas objetivas de su degeneración.
En
este sentido, la revolución cubana cuenta hoy con una extraordinaria
ventaja. Su lucha ejemplar por afirmarse y mantener las conquistas
revolucionarias después del colapso de la URSS, en condiciones
extremas, le ha permitido enlazar con un nuevo período histórico
sumamente favorable a la revolución socialista. Las masas oprimidas de
América Latina están dando una lección: la lucha por la transformación
socialista de la sociedad vuelve a estar en el orden del día. Venezuela
y su revolución se encuentran a la cabeza, pero tras su estela se
sitúan los trabajadores y campesinos bolivianos, ecuatorianos,
peruanos, chilenos, mexicanos... La victoria socialista en Venezuela
abriría no sólo la puerta al triunfo revolucionario en el Cono Sur,
sino que proveería de la ayuda material y la inspiración política que
Cuba necesita.
Ahora
más que nunca, el triunfo de la revolución socialista en Venezuela y el
futuro de la revolución cubana están indisolublemente unidos.