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En muchas ocasiones he considerado que no vale la pena escribir con afán
de convencer a nadie para que se una a la causa aquella en la cual de
corazón militamos. Sin embargo, al analizar las razones profundas que
justifican tal afirmación se da uno cuenta de inmediato de que no se trata
más que de una especie de “las uvas están verdes”, surgida de la
desesperanza que acompaña a la percepción del hecho de que es sumamente
difícil que nosotros los humanos podamos cambiar de opinión una vez que
ciertos prejuicios se han instalado en nuestra máquina de razonar. Y es
que cuando uno trata de sentarse a meditar con honestidad acerca de su
situación le van asaltando una serie de dilemas que por otra parte son
bastante antiguos, como aquel de “to be or not to be” (chavista) que se
planteara Shakespeare por boca de Hamlet en los albores del siglo XVII, y
que después de muchas dudas razonables resolviera Descartes tres décadas
después con su “Cogito, ergo sum”. Por cierto que no hace mucho estuve
leyendo un par de libros de un tal Antonio Damasio, famoso neurólogo
americano cuyas ideas representan la vanguardia de una rama de la
filosofía que decidió tomar en cuenta los aportes modernos de la
neurobiología para desentrañar los enigmas de la conciencia. Uno de los
libros se titula”El Error de Descartes”, mientras que el otro va un poco
más allá en eso de corregirle la plana al francés, porque su autor decidió
llamarlo “Siento, luego existo”. Lo que jamás se imaginaron Renato y
Antonio es que la oposición venezolana tuviese tamaña vocación filosófica
como para demostrar que la afirmación correcta debería ser “Firmo, luego
existo”. Aunque el último ya se debe haber enterado por la CNN de que
dicha expresión ha llegado a alcanzar en Venezuela un “status” de tan
poderoso mantra que ha despertado hasta a los muertos para que inicien la
transición y ejerzan sus derechos constitucionales a la existencia,
mientras que muchos vivos han demostrado la suya dos, tres y hasta más
veces en este nuestro mundo físico bolivariano. Menos mal que el tal
reafirmazo no se dio el primero de noviembre o la noche de Walpurgis.
Pareciera que me burlo, cuando lo que estoy es tratando de iniciar una
cierta reflexión acerca del valor de la verdad. No de la verdad filosófica
o científica, sino de esa verdad que como valor ético aceptamos en
nuestras vidas y nos conmina a no mentir, a no engañar deliberadamente a
nadie incluyéndonos a nosotros mismos. Toda civilización ha desarrollado y
se ha destacado por el culto particular a algún valor que para unos ha
sido el honor, para otros la amistad, para los de aquí la lealtad, para
los de más allá el valor en la guerra, o la actitud positiva frente al
trabajo, o la honradez y paremos de contar. El antiguo pueblo persa parece
haber sido uno de los principales cultores de la verdad y los
introductores, a través del pensamiento de Zoroastro o Zaratustra, de las
nociones de bien y mal. Según Nietzsche esas nociones de bien y mal son
erróneas o equivocadas, pero no mentirosas, y reconociendo el valor del
pueblo persa como cultor de lo veraz decide resucitar y poner a hablar a
Zaratustra para que honestamente corrija sus errores, y al hacerlo nos
deja un libro sin parangón en la historia del pensamiento humano.
No es que vaya escandalizado a rasgarme las vestiduras ante la mentira,
porque soy humano y nada de lo humano me es ajeno, como ya dijera alguien.
El ser plenamente veraz es un ideal apetecible tanto desde el punto de
vista de nuestra auto-estima personal como desde el punto de vista de la
sociedad en general. Hacia ese ideal tendemos, y su consecución personal
por parte de cada uno de nosotros nos garantiza a todos la confianza
mutua, condición indispensable para vivir gregariamente.
Sé que me van a tildar de mentiroso por esa mi afirmación de que hasta los
muertos firman. Bueno, la verdad fututa es que yo no vi a ninguno de mis
difuntos congéneres haciéndolo, porque de haberlo hecho estaría tan
contento de haber logrado al fin la definitiva prueba de la existencia de
ultratumba, que no estaría perdiendo el tiempo tratando de convencer a los
vivos de que se miren en el espejo de la verdad. Pero para sustentar mi
afirmación segunda, acerca de que el tal reafirmazo fue para muchos de
verdad un refirmazo porque lo hicieron varias veces, tengo evidencias tan
íntimas y sólidas que me atrevo con la conciencia tranquila a comentarlo
públicamente en esta red. No precisamente para denunciar a nadie, porque a
quien me refiero ya se denunció a sí mismo al hacerlo (si el CNE hace su
trabajo), sino por razones muy particulares que no tengo necesidad de
exponer ya que quedarán claras cuando terminen de leer. Una de mis hijas,
la menor, tiene diez años y asiste por supuesto al colegio, en donde el
martes pasado una de sus amiguitas, cuyos padres están convencidos, al
igual que muchos serios profesores universitarios, de que Chávez es la
encarnación de Belcebú y que lo de la verruga no es más que un truco para
ocultar el 666 que lleva tatuado en la frente y con el cual nació, y que
le predestina como la bestia antítesis de Cristo, le comentó jocosamente
que el Presidente se iba pronto y que ella estaba muy contenta porque su
papi había firmado tres veces: en Mérida, Maracaibo y Caracas. El inocente
comentario me dejó algo boquiabierto, pero me abstuve de darle a mi hija
ninguna lección moral inmediata para no dejar ante sus ojos malparada a la
amiguita, quien sólo inocentemente había hecho el comentario y por
supuesto no tiene ninguna responsabilidad en el asunto.
Lo que quiero resaltar aquí es que en nuestra sociedad, en líneas
generales, el amor por la verdad es tan escaso que nadie se inmuta de que
le llamen mentiroso, ni nuestra autoestima sufre demasiado cuando
descubrimos que lo somos, porque el engaño y la mentira son algo así como
pecadillos demasiado veniales y sin trascendencia alguna. Le pasamos por
alto, e incluso le aprobamos a nuestros hijos, por ejemplo, que si no
rinden en los estudios echen mano a cualquier recurso de engaño como el
copiarse en los exámenes o el robar o comprar exámenes robados. Por
supuesto que todos en mayor o menor grado fallamos, y por supuesto también
que existen distintos tipos de mentiras algunas más justificables que
otras. Están aquellas, por ejemplo, destinadas a eludir situaciones que de
alguna manera para nosotros comporten un castigo, y esas otras que
persiguen como objetivo el obtener ventajas atropellando los derechos de
los demás. A mi modo de ver las primeras se justifican en los niños, pero
ninguna en un adulto que haya alcanzado un grado suficiente de madurez.
Total que para no hacer tan largo el asunto lo que quiero decir es que
nosotros los profesores universitarios deberíamos procurar ajustarnos en
la medida de lo posible a la verdad, e intentar no mentir ni mentirnos a
nosotros mismos por nada del mundo. Por supuesto que sería ideal que la
humanidad entera no mintiera, lo que pasa es que la humanidad entera no
dice pertenecer a una comunidad cuyo objetivo primario es la búsqueda de
la verdad. Señores, la verdad es la verdad, solamente la verdad, nada más
que la verdad pero toda la verdad. Mal puedo llamarme su buscador y
enamorado cuando vivo diciendo mentiras y creyendo mentiras tan obvias
como las que a diario nos presentan los medios de comunicación y ese
componente de nuestra sociedad que lideriza el movimiento de oposición
contra Chávez. No voy a empezar a discutir que si Chávez miente o no
miente, o cosas por el estilo. No soy idiota, y mis afirmaciones surgen
después de haber considerado y hecho un balance comparativo entre el
Presidente y algunos miembros del otro bando. Chávez es evidentemente más
honesto y veraz. No ha engañado a nadie con respecto a lo que pensaba
hacer con el poder. Yo estoy plenamente satisfecho y admirado de que
exista alguien que haya mantenido su palabra sin doblegarse ante la fuerza
y la presión, ni ante el engaño y la lisonja iniciales de los grupos de
poder. ¿Pueden ustedes decir lo mismo de los líderes a los que siguen?
¿Son ellos veraces y confiables? De ser sí su respuesta es evidente que no
satisfacen ustedes el perfil de profesor universitario estipulado en la
Ley de Universidades. ¡Qué desesperanza! Que nuestras universidades estén
pobladas, y muchas veces dirigidas, por profesores que caminando con la
cabeza y pensando con los pies se empeñen en imitar a María Antonia, quien
invertía el uso de los implementos adecuados para el barrer y el escribir.
Se descubrirán el fraude, la mentira y el engaño, pero estoy casi seguro
de que muchos de mis colegas profesores universitarios continuarán en su
parafrenia negando realidad tan ostensible.
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