El mar de fondo en las palabras de Chávez

Chávez nunca ha sido visto con simpatía por la clase política chilena, que lo ha observado con distancia, displicencia y un dejo de desprecio. A no pocos les resulta incómoda hasta su condición de mestizo.
Fecha edición: 04-12-2003


Las palabras del Presidente Hugo Chávez, respaldando la reivindicación marítima boliviana y las reacciones que las mismas han suscitado, están conduciendo las relaciones entre Chile y Venezuela por el camino de la tensión y la eventual ruptura. A los llamados a informar de los respectivos representantes diplomáticos, les han sucedido una serie de destempladas declaraciones de dirigentes políticos y parlamentarios chilenos, quienes, lejos de intentar aplacar la crisis, parecen en verdad interesados en profundizarla y hacerla irreversible.

Ya se ha dicho que la posición venezolana a este respecto responde a una política de Estado, sostenida desde hace por lo menos tres décadas, y no a un capricho de Chávez. De todos modos, hay que convenir que en este caso el lenguaje y el tono utilizados han contribuido decisivamente al ambiente de exasperación que se ha creado en torno a estas expresiones.

Sin embargo, es forzoso señalar que el mal ambiente en las relaciones bilaterales con la administración de Chávez tiene su historia y sus misterios. En verdad, Chávez nunca ha sido visto con simpatía por la clase política chilena, que lo ha observado con distancia, displicencia y un dejo de desprecio inocultable. Como ha quedado demostrado recientemente, a Chávez se le reprocha su origen militar y su pasado golpista, su verborrea y su populismo. Además, a no pocos les resulta incómoda hasta su condición de mestizo, cuestión que, como es costumbre por estos lares, jamás alguien se atrevería a admitir en público. En el fondo, lo que inquieta a nuestra clase política y a nuestra diplomacia, acostumbrada a tratar única y exclusivamente con líderes salidos de las familias patricias latinoamericanas, es la abierta incapacidad para comprender el perfil del mandatario y las interioridades del proceso político de su país. El dato relevante lo constituye el derrumbe de su sistema tradicional de partidos, arrastrado a la bancarrota total en una vorágine de corrupción e ineficacia insoportable, lo cual no parece ser obstáculo para que los mismos señores ayer desplazados del poder y de los privilegios por la ira popular, pretendan hoy erigirse como adalides de la democracia, la libertad y el buen gobierno.

Sobre esta base, y a propósito de los reclamos de intervencionismo venezolano en un asunto bilateral, no es posible pasar por alto las numerosas ocasiones en que dirigentes políticos chilenos han violado de modo flagrante el sagrado principio de la no injerencia en los asuntos internos venezolanos. El último de estos episodios ocurrió muy recientemente en la propia Caracas con motivo de la reunión de la Organización Demócrata Cristiana de América (Odca), evento que, a juzgar por las informaciones, derivó en auténtico mitin opositor al gobierno venezolano.

Esto no tendría nada de raro en un país como Venezuela, donde prevalece la libertad de prensa y reunión, si no fuera porque la Odca es actualmente presidida por Gutenberg Martínez, prohombre de la DC chilena y esposo de Soledad Alvear, y si la delegación chilena no hubiese estado formada por Andrés Palma, ministro en ejercicio del Presidente Lagos, el ex Presidente Eduardo Frei y el actual embajador chileno en Costa Rica (en comisión de servicio), Guillermo Yunge, y Tomás Jocelyn-Holt.

No se puede negar que este episodio constituye una provocación y una imprudencia. Tal como en 2002 lo fuera la reacción del gobierno de Chile frente al fallido golpe de Estado, ocasión en que, como siempre, el hilo se cortó por lo más delgado, en ese caso el entonces embajador Alvarez. También constituyó una imprudencia llenar nuestra embajada con dirigentes opositores a Chávez con motivo de la fiestas patrias, entre los que brillaron personajes con escasas credenciales democráticas. Sin embargo, este hecho no hizo sino coronar el abierto favoritismo que nuestra representación diplomática exhibe en cuanto a los privilegiados y cotidianos contactos con los líderes opositores, en contraste con el nulo interés que demuestra por el diálogo político constructivo con las autoridades venezolanas legalmente constituidas.

A la luz de los últimos acontecimientos, que tienen en un difícil trance nuestras relaciones con Venezuela, se podría pensar que Chávez nos está pasando la factura por el trato poco comedido, cuando no abiertamente hostil, que le hemos dispensado desde su elección, e incluso desde antes. Seguro que no estaba en la mente de Chávez que sus declaraciones habrían de proporcionar la excusa perfecta a quienes desde este lado venían desde hace tiempo empeñándose en poner las relaciones en el más bajo nivel posible. Al final, nadie sabe para quién trabaja y la Odca, con los líderes de la DC chilena a la cabeza, podrán decir a sus hermanos del empequeñecido y desprestigiado Copei que la misión encomendada ha sido un éxito.

Falta establecer si en este caso la DC chilena actúa por cuenta propia o por mandato o insinuación gubernamental. Sería grave concluir una maquinación partidaria detrás de todo este asunto, que, al final de cuentas, hiere la relación entre dos naciones tradicionalmente amigas, más allá de los gobiernos de turno.

Pero no puede ser casual que, coincidentemente, todos los involucrados, incluido el embajador chileno en Caracas, Fabio Vio, militen en las filas de la falange. Un observador atento no puede hacer caso omiso de este dato esencial. Tampoco puede dejar de esperar que en esta comedia de equivocaciones e intrigas, el presidente de la DC, Adolfo Zaldívar, diga lo que tiene que decir. A Zaldívar le conocemos como un dirigente prudente y responsable, con proyecciones presidenciales, que no debiera estar disponible para que su colectividad se vea involucrada en operaciones políticas internacionales poco claras

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