Esclavismo, feudalismo y capitalismo
Fuera
de la ideología dominante, que hablaba de la división de la sociedad en
ricos y pobres a partir de la “voluntad divina”, durante la esclavitud
y el feudalismo se practicó una explotación franca, inocultable, sin
metamorfoseo, toda vez que, en estas formaciones socio-económicas, la
forma de reclutar mano de obra se operó como coacción extraeconómica;
es decir, por la fuerza, al grado que, en el primero de estos sistemas,
al explotado se le estimaba parte del patrimonio del explotador (fuera
éste individual o colectivo) y, en el segundo, aunque el oprimido ya no
era considerado propiedad privada, se le sujetaba a la tierra (gleba)
y, por tanto, al dueño de la misma; por ello, al cambiar éste, los siervos de la gleba cambiaban de señor.
¿Se puede sospechar que dominara el sentimiento del amor entre opresores y oprimidos en estas etapas del desarrollo histórico?
En
el sistema capitalista, por el contrario, la opresión, que recurre
sobre todo a la coacción económica, se encubre de mil formas, lo que se
ve, en gran medida, facilitado por la doble “libertad” que el
proletario adquiere en esta sistema social: la individual, dada porque
no se le obliga a trabajar por la fuerza, y la de estar privado de todo
medio de subsistencia, tras haberse visto sometido al violento despojo
practicado en su contra durante lo que Marx denominó proceso de
acumulación primitiva del capital. Por lo demás, allí donde puede y le
conviene, el capitalismo no tiene reparo en combinar sus formas de
explotación con las de los sistemas que le antecedieron.
Pero
la historia no termina acá, porque el capitalismo metamorfosea la
plusvalía (como valor no remunerado de una parte de la jornada laboral)
en ganancia, con lo que se oculta que el dinero multiplicado o
florecido que el capitalista adquiere al final de un proceso de
rotación del invertido inicialmente, no deviene del capital constante
(el invertido en medios de producción), sino del variable (justamente
el que se invierte en fuerza de trabajo).
Hipocresía y medios de comunicación
No
obstante, para preservarse, la explotación, en cualquier etapa de la
historia en que se registre, recurre entre otras cosas a la mentira, la
falsedad, la hipocresía. Sin embargo, es más que probable que, en los
anteriores sistemas sociales clasistas, la hipocresía no haya llegado
jamás a los límites tan profundos y extendidos a que llega ahora, en la
moderna civilización occidental, que predica hasta los tuétanos el amor
al prójimo, pero se apropia de los bienes de los pueblos, de su
biodiversidad, de sus genes; les impone sus leyes a las que da carácter
extraterritorial; patenta lo que la naturaleza y el hombre han creado
(hasta creaciones milenarias de los pueblos como las poses de yoga);
envenena y destruye el medio ambiente; interviene naciones para
arrebatarles sus riquezas y reducirlas a su dominio y, por si fuera
poco, las amenaza con el exterminio atómico.
La
hipocresía que campea en la civilización actual, se ve enormemente
facilitada por los medios de comunicación monopolizados por las grandes
transnacionales, generadores de las más grandes apariencias, medias
verdades, manipulaciones de la información y mentiras que la humanidad
ha conocido. En definitiva, tecnología para mundializar, al nivel en
que hoy se hace, la hipocresía y la mentira, no existía, ni por cerca,
ni en el esclavismo ni en el feudalismo. De esta suerte, hoy la
opresión olímpicamente se vuelve “libertad”, “democracia”, “justicia”,
“oportunidad”, etc. Y viceversa, a la lucha contra la opresión y la
marginación social y contra todo lo que amenace la soberanía y la
autodeterminación de los pueblos, arbitrariamente se le llama
“terrorismo”, se le penaliza, se le amenaza; así como se interviene al
pueblo, nación o territorio que la libra, para luego imponerle un
régimen de ocupación.
Así
se explica que, en la superficie de las cosas, en el plano de lo que se
ve, se oye o se escribe en los medios de comunicación masiva y en la
múltiple producción literaria, cinematográfica o teatral, todo ello
abrumadoramente en manos del capital internacional, con mucha
insistencia se hable, directa o indirectamente, del amor, de la
desinteresada ayuda al desarrollo del Primer al Tercer Mundo, de buena
voluntad, etc. Pareciera entonces que este sentimiento abundara o
cayera como maná del cielo sobre toda la especie humana. Mas lo cierto
es que en la insistencia alrededor del tema hay, infinitamente, mucha
más hipocresía que franqueza.
En una reciente reflexión, titulada “Estados
Unidos, Europa y los Derechos Humanos”, Fidel Castro desenmascara la
hipocresía de la Unión Europea en relación con Cuba y con toda América
Latina: “La
desprestigiada forma de suspender las sanciones a Cuba que acaba de
adoptar la Unión Europea el 19 de junio ha sido abordada por 16
despachos internacionales de prensa. No implica en lo absoluto
consecuencia económica alguna para nuestro país. Por el contrario, las
leyes extraterritoriales de Estados Unidos y, por lo tanto, su bloqueo
económico y financiero continúan plenamente vigentes”. Y
a renglón seguido anota: “Esto se hace aún más evidente cuando coincide
con la brutal medida europea de expulsar a los inmigrantes no
autorizados procedentes de los países latinoamericanos, en algunos de
los cuales la población en su mayoría es de origen europeo. Los
emigrantes son además fruto de la explotación colonial, semicolonial y capitalista”.
¿Se
puede esperar que en nuestra época reine el amor y la concordia entre
los pueblos y sus opresores? Siendo francos, ni siquiera resulta
deseable…
Entremos de lleno al punto del odio y del amor.
Amor y odio como sentimientos inseparables
El
mundo en que vivimos está cargado de conflictos y antagonismos; hay
explotados y explotadores; ricos y pobres; privilegiados y marginados;
invasores e invadidos; saqueadores y saqueados; victimarios y víctimas.
Y ello basta o es razón suficiente para admitir que, a la par del amor,
junto con él y hasta de la mano con él, existe el odio.
El
segundo de estos sentimientos es tan legítimo como el primero. No
hablamos del odio visceral o irracional, tan despreciable como el amor
profesado falsamente. Por el contrario, hablamos de uno tan sagrado
como el amor verdadero: el odio racional*; ése que provoca, como el
amor, el desborde de energías populares contra la opresión, las
mentiras, amenazas, invasiones, ocupaciones; así como contra la
ideología del individualismo, la competitividad y el mercado como
valores supremos, aún y cuando estas cosas inmundas tengan ropaje
científico, académico o espiritual; se enmascaren con la visión
“estrictamente” técnica o aparentemente profesional; con supuestos
éticos y transparentes; con el pretendido apoyo a los pueblos por parte
de los ONG financiados por la CIA y otras agencias semejantes; ya no se
diga, con las intervenciones “humanitarias” de la ONU o de la OTAN.
De
esta forma, el amor de los de abajo no actúa separado del odio, sino
combinado, bajo una misma estrategia y un mismo objetivo final: la
plena realización de las aspiraciones ancestrales de la humanidad en su
conjunto. En efecto, el que ama en verdad a la
humanidad, a los pueblos, al prójimo en toda su profundidad, odia con
todo su ser todo lo que les haga daño, oprima, saquee, engañe, prive de
libertad o de bienes, liquide o amenace de muerte.
Con
la claridad, precisión y franqueza que lo han caracterizado siempre,
Fidel expresó una vez que los revolucionarios no albergan en su
interior odios personales, sino hacia estructuras perversas como las
capitalistas.
Expresando diáfanamente su amor por los pobres y su odio hacia los opresores e invasores, Sandino acotó ideas como ésta “¡el
pueblo sabe lo que es justicia, y cuando se le niega se la toma!”.
Lógico era pues que viera como algo muy natural que quien violara la
soberanía de una nación estuviera “expuesto a morir en la forma que
haya lugar”, porque “tal es el derecho que le asiste al verdadero
patriota al defender su Patria”.
Jesús
mismo, preguntémonos: ¿Que sintió hacia los profanadores del templo al
darles de latigazos y al derribar sus mesas, monedas y asientos? Y el Viejo Testamento: ¿No establece acaso en uno de sus salmos que "Yahvé ama a los que odian el mal"?
Veámoslo
ahora de otro modo: ¿Era amor acaso el que practicó la Inquisición con
los que torturó y condenó a la hoguera? ¿Fue amor lo que movió al
Vaticano a declararle la guerra a muerte los “impíos” musulmanes?
Expresiones de lucha de clases
Esa
mezcla de amor y odio, ese ímpetu arrollador que ha impulsado e impulsa
a los pueblos a enfrentar a sus opresores, a resistirles, a rebelarse
en armas contra su dominio; esos procesos que implican enfrentamientos
de mayor o menor magnitud entre mayorías y minorías; esa lucha que se
extiende más y más por todo el planeta por un mundo mejor; la lucha
contra las trasnacionales y sus medios; el repudio a la guerras que
éstas desatan contra los pueblos; la batalla de las ideas que impulsan
las auténticas fuerzas de izquierda en todo el orbe; la lucha por unir
a los pueblos del mundo en proyectos como el del ALBA; el cierre de
filas con los procesos libertarios e integradores que hoy se
desenvuelven en Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y otros
países de América Latina; la lucha de las FARC en Colombia, la
resistencia heroica de los pueblos iraquí, afgano y palestino contra
las fuerzas interventoras; la del pueblo iraní por mantener su
soberanía e integridad territorial y evitar una intervención contra su
país, todo esto y mucho más: ¿No es acaso parte integrante de la lucha
de clases, lucha que, por cierto, no es ni invento, ni descubrimiento
del marxismo, la más clara concepción científica del mundo?
Ciertamente,
en este mundo, hoy por hoy, el odio y el amor, por un lado, se excluyen
(cuando están en aceras opuestas); por el otro, se incluyen (cuando
están a favor de una misma causa). En este caso, hablamos de los más
caros anhelos de la humanidad por vivir en un mundo en el que el amor,
la solidaridad, la hermandad dominen los corazones de todos los seres
humanos y la prédica del amor se vuelva sobrancera por innecesaria. Al respecto, adviértase que es el futuro de la especie humana y no un simple deseo humanista lo que impone la necesidad de luchar con más fuerza que nunca en
favor de ello. Y nuevamente es Fidel el que advierte las cosas: “O cambia el curso de los acontecimientos o no podría sobrevivir nuestra especie”.
*
Gustavo Ortiz-Millán, del Instituto de Investigaciones Filosóficas de
la Universidad Nacional Autónoma de México, sostiene al respecto de
emociones como el odio lo siguiente: “Las emociones son parte de
nuestro pensamiento reflexivo porque son razones para actuar y para
juzgar tanto como son las creencias, los deseos y las intenciones. De
hecho, están entre las razones comunes que tenemos para actuar. Sin
ellas, probablemente habría pocas razones para actuar”. Por ello: “más que perturbar la racionalidad, ciertas emociones pueden de hecho ayudarnos a desarrollar formas racionales
de pensamiento”. (Ortiz-Millán, Gustavo. “Los enemigos y los efectos racionales del odio. Variaciones sobre temas de Plutarco”. http://dianoia.filosoficas.unam.mx/info/2004/53-Ortiz.pdf)
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