Fin de la vida de Antonio José de Sucre

“La sombra de este nuevo Abel clamará eternamente la justicia de lo Alto, ya que la humana solamente ha conseguido atar a los sacrificadores del héroe inmaculado al poste de la Historia, y de esculpir sobre la frente de cada uno de ellos estas palabras:

Ni el grande Océano de Neptuno alcanzará a lavar esta sangre que tiñe mis manos”

Guillermo Valencia 1


BERRUECOS

El 4 de junio de 1830 cae asesinado en un lúgubre rincón de Berruecos, departamento de Nariño en Colombia, el más noble de los generales que tuvo al mando el Libertador, fueron varios los disparos que le hicieron a Sucre, mas la bala disparada por el coronel Apolinar Morillo hiere al mariscal mortalmente en el corazón. El Abel de América, Antonio José de Sucre pierde así la vida. Pocos años antes toda la América le rindió culto por haber sido el hombre que acabo definitivamente con el yugo español en la famosa batalla de Ayacucho (9/12/1824).Lo asesinan en una emboscada, los verdugos José Erazo, Apolinar Morillo y Andrés Rodríguez, quienes huyeron una vez consumado el hecho por temor de ser descubiertos. El cadáver del mariscal fue dejado boca abajo, un día entero, en un fangal nadie, se atrevía a recogerlo.

Ahora, veremos cómo el asesino de Antonio José de Sucre se vuelve una madeja difícil de desenredar por los hechos siguientes: El primer favorecido con este crimen fue el general Juan José Flores porque si Sucre hubiese retornado a Ecuador jamás Flores hubiese sido el primer presidente de nación, aún cuando Sucre estaba cansado de la actividad pública, quería descansar al lado de su mujer, la marquesa de Solanda y así se lo había hecho saber al Libertador.

Hacia Juan José Flores han apuntado mucho de los indicios de quienes lo acusan de ser el actor intelectual del monstruoso crimen. Otros acusan a Obando, todos lo hechos hacen ver que él es principal actor intelectual de este crimen. Lo dicho y hecho por este general pone muy en duda que sea inocente del asesinato. Apunta el historiador Rumazo González: “Obando, desde la ciudad de Pasto pone en circulación la noticia, pero Obando cae en el error de dar varias versiones. Al prefecto del Departamento le informa que han asesinado al general Sucre “para robarlo”, y los agresores fueron soldados del ejército del Sur que pocos días antes él (Obando) había sabido que habían pasado por la ciudad de Pasto. Mientras a Isidoro Barrigas, comandante general de Quito y futuro esposo de la viuda de Sucre, le escribió diciéndole: “ha sido el inveterado malhechor Noguera”.

Y Obando para comunicarse con el general Juan José Flores utiliza los servicios del sacerdote Juan Ignacio Valdez. Porque requiere la seguridad absoluta. Este clérigo declaró en el proceso:

“Es verdad haber conducido las comunicaciones del general Obando y del coronel del batallón Vargas, dando parte del asesinato; habiendo llegado a la villa de Ibarra supe que el general Flores se había marchado para Guayaquil (...) y tuve bien entregar a señor de la provincia de Imbaraura los pliegos que traía en compañía del segundo ayudante del batallón Vargas, Pedro Frías.”

Continua Rumazo González y escribe: “Acabo de recibir parte de que el general Sucre ha sido asesinado en las montañas de la Venta ayer (4 de junio). Esto me tiene volando, ha sucedido en las peores circunstancias y estando yo al frente del Departamento; todos los indicios están en contra de mi vida, hemos pensado mandar a un oficial y al capitán Vargas para que puedan decir a usted lo que no alcanzaremos”.

Hay otros indicios que señalan como el planificado de crimen a José María Obando; otros al general Juan José Flores y al general Hilario López. Pero ahora pongamos atención al hecho siguiente: sigamos con la narración del escritor Rumazo González : “¿Qué hizo la viuda en Quito? . A los veinticinco años de edad, con solo dos de casada y una hija, Teresita de once meses. El diputado Andrés García fugitivo de Berruecos hubo de darle la lúgubre nueva el día preciso que el mariscal era esperado en su casa. ¿Qué hace la viuda? Busca y hala quienes viajan a Berruecos para que traigan el cadáver. Van en este triste encargo, el mayordomo del Deán Isidoro Arauzy y e fidelísimo negro Caicedo y peones, ye féretro llega, a escondidas, a la hacienda; no viajaban sino de noche, para nos ser descubiertos. ¿Qué temían? Una profanación de esos despojos. Y hasta su robo y destrucción.

Más adelante dice Rumazo González: “La viuda escondió los restos para llorar en silencio su dolor”. Fueron escondidos en la Iglesia del Carmen Bajo. Pero, ¿Mariana Carcelén, marquesa de Solanda y esposa del mariscal Sucre adoró a su esposo con tanta pasión como él a ella. Mariana de Carcelén, no tenía mucho tiempo de ser viuda de Sucre cuando contrajo segundas nupcias con el general Isidoro Barrigas. Por otro lado, apunta el tradicionalista ecuatoriano Rafael María de Guzmán: “No supo conservar con fervor que merecía los objetos pertenecientes al Vencedor de Pichincha, una cierta vez, una sirvienta de la marquesa de Solanda golpeó con una piedra la espada que el Congreso del Perú le había obsequiado al Gran Mariscal de Ayacucho. Esta vulgar acción era con el objeto de extraer las piedras preciosas de la espada para incrustarlos en en aretes y anillos de mujer...Pero por otra parte, en el Museo de los Libertadores en Lima se encuentra una cama de campaña que perteneció a Sucre que la viuda del héroe vendió al Gobierno del Perú”.

Como podemos ver ese fue el cariño que le profesó la marquesa de Solanda a su esposo Antonio José De Sucre. Entonces ¿qué le hizo esconder los restos de Sucre por setenta años? Desde 1830 hasta 1900, cuando un familiar de la marquesa de Solanda al sentirse muy cerca de su muerte revela donde estaban enterrados. No parece ser cierto que los escondió de los enemigos de el Libertador, porque si así hubiese sido los del Libertador que permanecieron mucho tiempo en Colombia los hubieran destruidos. Y para enredar más las cosas ¿qué pretendió Mariana Carcelén al hacerle la carta a Obando? :


“Estos fúnebres vestidos, este pecho rasgado, el pálido rostro y desgreñado cabello, están indicando tristemente los sentimientos dolorosos que abruman mi alma. Ayer esposa envidiable de un héroe, hoy objeto lastimero de conmiseración, nunca existió un mortal más desdichado que yo. No lo dudes, hombre execrable; la que te habla es la viuda desafortunada del Gran Mariscal de Ayacucho.

Heredero de la infamia y de los delitos aunque te complazca el crimen , aunque el sea el hechicero dime, descordado, para saciar esa sed de sangre ¿era menester inmolar una victima ilustre, una victima tan inocente? ¿Ninguna otra podía aplacar su saña infernal? Yo te lo juro he invoco por testigo al alto cielo, un hombre más recto que el de Sucre nunca palpito en pecho humano. Unida a él por lazo que tu bárbaro, fuiste capaz de desatar: unida a su memoria por vínculos que tu poder maléfico no alcanza a romper no conocí en mi esposo sino carácter bondadoso, una lama llena de benevolencia y generosidad.

Mas no pretendo hacer aquí la apología del general Sucre. Ella está escrita en los fastos gloriosos de la Patria. No reclamo su vida: esa pudisteis arrebatársela, pero no restituirla. Tampoco busco la represalia: Mal pudiera dirigir el acero vengador la trémula mano de una mujer. Además el Ser Supremo, cuya sabiduría quiso que sus fines inescrutables consentir en tu delito sabrá exigirte un día cuanta más severa. Mucho menos imploro tu compasión: ella me servirá de un cruel suplicio. Solo ,pido que me des las cenizas de tu victima. Si dejas que ella se alejen de esas hórridas montañas, lúgubre guarida del crimen y de la muerte y del pestífero influjo de su presencia, más terrífica todavía que la muerte y el crimen. Tus atrocidades. Inhumana, no necesitan nuevos testimonios. En tu frente feroz impresa con carácter indeleble la reproducción la reprobación del Eterno. Tu mirada siniestra, es testigo de la virtud, tu nombre horrendo. El epígrafe de la inquietud y la sangre que enrojece tus manos patricidas, el trofeo del delito. ¿Aspiras a más? Cédeme, pues, los despojos mortales las tristes reliquias del héroe, del padre del padre del esposo y toma en retorno las tremendas imprecaciones de su Patria, de su huérfana viuda.

M. S De Solanda

La marquesa de Solanda sabía exactamente donde estaban los restos de su marido, ¿de quién se protegía? escondiéndolos si por si solos no podían delatar al criminal. Por estas razones hay quienes pensamos que el asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho fue un crimen político con tinte pasional.

Esta carta fue una “cortina de humo” de la Marquesa de Solanda para disimular que ella tuvo escondido el cadáver de su marido, todo el tiempo, y tan solo setenta años después del monstruoso asesinato, una tía suya develó donde lo tenía secretamente enterrado.



Los asesinos materiales del Gran Mariscal de Ayacucho, a los que se les comprobó el crimen, la gran mayoría fueron cayendo uno a uno. Los ejecutores del crimen fueron condenados a ser pasados por las armas; así fueron muertos Apolinar Morillo, Juan Gregorio Sarría, Fidel Torres. Pero, Antonio María Alvarez había fallecido cuando los sentenciaron a muerte. En cuanto a José Erazo fue condenado a larga prisión y remitido a Cartagena. Hubo tres ejecutores más, Juan Cuzco, Andrés y Juan Gregorio Rodríguez a los cuales Obando los mandó a envenenar por temor de ser delatado.


JOSÉ MARÍA OBANDO

El principal acusado del asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho; fue Ministro de Guerra entre 1830 y 1831; luego cayó preso en 1839, en Popayán, para ser juzgado por el asesinato de Berruecos. Se alzó en armas en enero de 1840. Fue a juicio, se fugó de la cárcel, y se vuelve a sublevar en Timbo. Luego es derrotado y huye a al Perú. Mediante un decreto fue indultado, regresó a Bogotá en 1849, cuando se hace Gobernador de Cartagena, luego Presidente de la Cámara de Diputados; sirve de ejecutor en la orden del Presidente José Hilario López, su amigo, de la expulsión de los jesuitas en 1850. Tres años más tarde llega a ser Presidente de la República, fue derrocado al año justo de su gobierno; el Senado lo destituyó. Murió el 29 de abril de 1861 en la guerra civil que comenzó en 1860. Obando, huía derrotado, en el combate del Rosadal y cayó asesinado en el sitio de Cruz Verde, cuando lo alcanzaron tres persecutores y lo alancearon. Tenía una cortada profunda en la nariz y cinco heridas mortales de lanza, de las cuales una le atravesó un pulmón y el hígado.2 Obando, que se sentía morir y tenía muchas cuentas pendientes, llamó a un sacerdote. No había ninguno de su bando, entonces le llaman a un cura del ejército contrario quien lo confesó muy bien, y le dijo:

“José María Obando, yo te absuelvo en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo...”

Obando admirado por la gentileza del sacerdote agarrándole las manos, le preguntó ¿como te llamas, hijo? El cura le contestó: Antonio José de Sucre y allí Obando enmudeció para siempre. Había muerto en las manos de Antonio José de Sucre, sobrino del Gran Mariscal de Ayacucho quien llevaba su mismo nombre y apellidos porque también era de Sucre Alcalá.3. Esta bella historia circuló en 1861, pero el propio padre Antonio José de Sucre Alcalá Alacalá la desmintió, más tarde, relatando que cuando él llegó al lado de Obando, ya estaba muerto.4

Dice Tulio Febres Cordero que el Dr. Antonio José de Sucre Alcalá Alcalá, era un hombre de armas a tomar y no fue soldado porque le habían asignado la tarea de cuidar al propio Obando a la cual se negó.

Otras dos anécdotas del padre Sucre: Una sucedió en el Senado colombiano: ahí tuvo un altercado con un parlamentario, este le dijo ”Yo no peleo con hombres que llevan sotana”, el padre Antonio José de Sucre Alcalá y Alacalá se quitó el hábito y le dio de golpes al legislador. La otra anécdota, en la fecha del centenario del nacimiento del Gran Mariscal de Ayacucho se alteró muchísimo porque en lugar de tener galardonada la Plaza Mayor para festejar el natalicio de Antonio José de Sucre, la tenían de luto con trapos y banderas negras. Rompió todas las que pudo y no dejó que nadie entrara a la plaza hasta que no quitaran el último trapo negro.



ALGUNOS ASPECTOS DEL DISCURSO PRONUNCIADO POR EL ILTMO Y RVMO MONS FEDERICO GONZÁLEZ SUAREZ, OBISPO DE IBARRA, EL 4 DE JUNIO DE 1900 EN LA CATEDRAL DE QUITO CON MOTIVO DE LA TRASLACIÓN DE LOS RESTOS DEL GRAN MARISCAL SUCRE 5

En este capítulo, por ser tan extenso el discurso del Monseñor Federico González Suárez, tan sólo, copiaré los aspectos que a mi parecer son los más relevantes.

“Los grandes hombres suelen tener entre sus virtudes una especial, que descuella sobre todos los demás por lo cual se acentúa los rasgos de la fisonomía moral: La virtud característica de Sucre fue la modestia. Una modestia magnánima, que realzaba y abrillantaba el mérito extraordinario de tan excelso varón verdaderamente nacido para ser el príncipe de sus hermanos “Princeps fratrum”.

Como soldado se distinguió por la obediencia, por su subordinación.

En los congresos, Sucre se manifestó siempre moderado en sus opiniones, dueño de si mismo, lleno de benevolencia para con todos. Sorprende asombra, una moderación tan grande con méritos tan eminentes, en un joven militar, gente de suyo mas expuesta al envilecimiento. ¡Oh, señores! Sucre para mí fue un gran hombre un gran héroe; sabéis por qué Sucre me inspira tanta admiración?... Porque fue modesto; porque poseyó la virtud de los varones dotados de un gran corazón; la modestia, ese velo tan hermoso que el verdadero mérito suele echar por sobre su propia grandeza.

Como militar, como ciudadano, como magistrado, Sucre fue siempre modesto: Sin ambición, sin codicia (ese orín de almas ruines), elegido Presidente vitalicio de Bolivia, declaró y con el corazón en la mano, que no regiría los destinos de la Nueva República sino por dos años, dejó puesta en manos del Consejo de Estado su renuncia, y se ausentó del país. Inteligente discreto, generoso, “

“Llevaba el verdadero carácter de la semejanza divina”.6

Era bueno: el carácter de Dios, ¿no acaso, la bondad la suma de la bondad? Cuando el Todopoderoso quiso crear al hombre tomó un poco de barro, modeló el cuerpo del hombre y sobre su faz sopló soplo de vida, haciendo al hombre a imagen y semejanza suya.



Sucre, limpio y honesto en sus costumbres culto en lenguaje, urbano en sus palabras era una maravilla viviente de moralidad en medio de la vida libre de los campamentos: La guerra había endurecido su cuerpo, al parecer endeble y nada gallardo, pero había dejado intacta la delicadeza de su alma verdaderamente cristiana. Sucre practicó más de una vez una virtud evangélica, la más ardua, la más difícil, la más sobre humana de cuantas virtudes enseña y predica el Cristianismo: Sucre supo perdonar a sus enemigos!!

Sucre sabía rematar hermosamente la guerra, tan hermosamente como para honrar a América toda, supo rematarla después de su espléndida victoria en Ayacucho, que terminó con abrazo de hermanos entre vencidos y vencedores.....

II El Libertador, en su Mensaje al Congreso de Colombia reunida en 1830, decía: “La Independencia es el único bien que nos ha quedado; pero a precio de todo lo demás. “ En boca del Libertador estas palabras son más que significativas: las pronunció en el Congreso que presidía Sucre, ante el congreso llamado Admirable por el mismo Bolívar.- ¿Conque, el año 1830, en que Sucre fue asesinado no había más bien que la independencia? ¿Conque, todos los demás bienes se habían perdido? ¿Tan pronto? ¿Apenas fundada la República? Bolívar tal vez exageraba? Su alma angustiada por tantos desengaños ¿ponderaba, acaso, el mal o lo creía mayor de lo que era en realidad?


El asesinato de Sucre coincidió, señores, con la formación de los partidos políticos en la Gran República de Colombia: Formación, aparecimiento de los partidos políticos, es decir, principios de odio de unos ciudadanos contra otros, comienzo del aborrecimiento mutuo de los hijos de una misma patria!

Pero, cuando comienza el odio en una nación; entonces comienza necesariamente su decadencia: si, señores sí: el odio de unos señores contra otros, es el origen de la causa de la decadencia, el retroceso, de la ruina del pueblo. ¿Queréis que se lo demuestre? ¿Seréis tan tolerante conmigo, que me escuchéis serenos lo que os voy a decir?

El asesinato de Sucre, cometido tan a sangre fría en la montaña de BERRUECOS, el 4 de junio de 1830; el asesinato de Sucre previsto y sabido por todos y anunciado públicamente con anticipación, coincide con el aparecimiento de los partidos políticos, es decir, del odio de La Gran Colombia, en la gran Colombia, habían desaparecido todos los bienes, y nos quedaba el de la independencia!.... Santo Dios!... Habían nacidos los partidos políticos y el odio también había nacido en ellos.

Detengámonos un momento; respiraré estoy fatigado.


Si estudiamos detenidamente la historia del crimen de BERRUECOS en la persona del General Sucre, nos convenceríamos fácilmente, de que ese crimen fue el resultado de cálculos políticos. El General Sucre fue asesinado con premeditación y a sangre fría.

Los crímenes a sangre fría, no pueden explicarse, sino reconociendo que la verdad se ha ofuscado en la mente de los criminales, y que, consecuencia de la ofuscación de la verdad, el egoísmo ha ocupado el corazón en lugar de las virtudes. El egoísmo engendrador fecundador del odio. El espíritu de partido en los países regidos por instituciones democráticas priva a los ciudadanos del dominio sobre sí mismo y mata en el corazón de ellos todas las afecciones benévolas: el espíritu de partido no hace solamente eso, daña a los mejores contagiándolos con la roña y la envidia. Sucre fue víctima de la envidia.

El espíritu de partido no vacila en echar mano de la denigración y de la calumnia; y Sucre fue calumniado y denigrado, atroz e infamante.

La verdadera noción de la libertad se había alterado, y Colombia comenzaba a ser presa del error. ¡El orden! ¡La libertad! ...Mas , ¿qué es el orden? ¿Cuál es la verdadera noción de la libertad política? ¿Quién nos dará una definición exacta de la autoridad?----San Agustín, que tantas verdades luminosas ha esparcido en el mundo, ha dado de la paz una admirable definición: la paz, dice el gran San Agustín, es la tranquilidad del orden. Pax tranquillas ordinis: el orden da a cada cosa su lugar y la paz pública hace que, magistrado y ciudadanos nos guardan el orden en mandar y en obedecer.

La libertad no es la licencia ni mucho menos el libertinaje: La libertad es el poder de hacer todo lo que debemos hacer, sin que la libertad sea constreñida de ninguna manera a hacer lo que no es licito querer. Porque sin moral no hay libertad; y la moral no es invención humana, ni el Estado tiene poder alguno sobre la moral: el Estado, como órgano del derecho, es un poder meramente directivo, y no puede trastornar a su antojo la naturaleza de los deberes morales.

Estas sencillas nociones del orden, de la libertad y de la autoridad, se habían alterado grandemente en la Gran Colombia el año 1830; y de ahí el odio de los partidos políticos, y de ahí el crimen de Berruecos. Sucre era el más firme apoyo al orden, y era necesario eliminarlo, quitarlo del medio, darle muerte, y antes calumniarlo, hacerlo sospechoso y entregarlo a la furia desesperada de los partidos; y Sucre fue calumniado y la prensa periódica lo denigró, y sus enemigos denunciaron como criminales hasta las secretas intenciones del héroe de Pichincha y de Ayacucho. El crimen de Berruecos coincidió con el nacimiento de los partidos políticos, en Colombia; y el nacimiento de los partidos políticos en los pueblos regidos por instituciones democráticas, es el comienzo del odio ciego, intransigente de unos ciudadanos contra otros; es el principio de las divisiones y la causa de la ruina de los pueblos. El crimen de Berruecos fue la primera piedra miliaria puesta en el camino del odio: desde entonces acá cuántas llevamos puestas!...

III. He dicho señores que la muerte de Sucre en la montaña de Berruecos, fue un crimen social, y lo fue, porque de la responsabilidad de aquel crimen participaron más o menos, en aquella época todas las clases o jerarquía de la sociedad caridad cristiana...Yo no odio a nadie, absolutamente a nadie, señores yo amo a todos, aunque de muchos soy cruelmente odiado.



Sucre había recibido avisos repetidos de que iba a ser asesinado; pero no lo creía, era tan moderado; no tenía ambición ninguna; su conciencia recta y honrada, estaba tranquila; confiado en su inocencia y aguijoneado por el cariño de esposo y el amor de padre, venía a Quito, llevando contadas todas las jornadas, para llegar a esta capital en un día dado y celebrar aquí la fiesta doméstica de su cumpleaños, el primer cumpleaños que el Gran Mariscal debía festejar en medio de los suyos, en la paz de su hogar, sentado a la mesa de la familia y regalado por música que había de empapar en placido regocijo de su alma. ¿Queréis saber que música era esa, señores?...!Esa música era la infantil de su tierna hija, esa niña su primera y la única hija, en quien Sucre idolatraba con amor de padre!...Mas el crimen le salteó en medio del camino y los anhelados festejos de familia se troncaron en sangriento duelo!...¡Oh! Ceguera cruel del odio. ¡Oh! Ceguera del odio de los partidos políticos!...

El alma delicada de Sucre, herida por la calumnia, amargada por la ingratitud, marchita por la traición, suspiraba por la paz del hogar doméstico: allí el Vencedor de Ayacucho esperaba encontrar reposo, dejando caer su cabeza coronada de gloria, no hubo sino el fango inmundo de un camino público en Berruecoss, ya allí cayó, rota por la bala fratricida!...

La hora del crimen señores no pensais, señores que es la hora del triunfo de la inequidad, no es; no lo es. Dios permite el mal; el hombre abusa de su libre albedrío, pero la Providencia queda glorificada porque el mal sirve para que las almas generosas practiquen virtudes heroicas. El corazón del hombre es un tesoro de Jesucristo, y ciertas virtudes acaudaladas en ese tesoro, han de menester de la mano del mal para brillar a lo exterior. “Cor hominis thesaurus” ¿Cómo se practica la paciencia, sin tribulaciones? ¿Como la magnanimidad sin enemigos? !Ah! ¡ Los enemigos !... ¿Ellos son quienes construyen el pedestal de la gloria para los grandes hombres!.

Las persecuciones arruinan a los débiles y engrandecen a los fuertes.

Sus enemigos lo asesinaron: la Providencia convirtió el crimen en ocasión de engrandecimiento para la víctima. La hora de la reparación llegó: Es la hora de la Providencia: estamos en ella.

Por la venas de Sucre circulaba la generosa sangre castellana , mezclada con la no menos generosa sangre francesa: fundó su hogar en Quito, desposándose con una joven quiteña, de alcurnia, no menos ilustre,. Doña Mariana Carcelén y Larrea, heredera del Marquesado de Solanda, cuando el crimen de Berruecos desató el lazo conyugal que la unía con Sucre, volvió a encender su antorcha nupcial en el altar de Dios, como la viuda de Belén, Ruth, la de la Biblia; pero conservó para con su sacrificado esposo un amor constante, convertido por la piedad en uno como un culto religioso. Hizo desenterrar a ocultas los restos mortales de Sucre, y, asimismo, a ocultas, los mandó a traer a Quito: aquí buscó un lugar sagrado y allí acudía de continuo para desahogar su corazón afligido, llorando en silencio.

La dignificada Marquesa de Solanda lloraba callada, cumpliendo como Ezequiel, la orden de Dios de gemir en silencio: por su esposa, le dijo Dios al Profeta, lloraras pero en silencio. Ingemise tacens”.

Tomó los restos mortales de Sucre, y, a ocultas los escondió donde la mano airada de las pasiones políticas no pudieron tocarlos. Jornade historiador de los Godos, cuenta que, cuando murió Alarico, sus soldados secaron el río que une los muros de Concenza: cavaron en su alveo un hoyo profundo, y allí enterraron el cadáver de su rey: luego volvieron a echar al río por su antiguo cauce, escondiendo de ese modo los restos de Alarico para siempre a la venganza de sus enemigos. Cuando la viuda de Sucre depositó los de su esposo bajo el altar de Dios, intentó que sobre ellos, se derramase la sombra del secreto, y la sombra del secreto se tendió sobre el sepulcro de Sucre, hasta que sonó la hora de la reparación. “Et ossa ipsius visitata sunt”.


EL DÍA QUE BOLÍVAR SUPO DEL ASESINATO DE SUCRE

Esta historia le encontré por internet y la escribió Luis Enrique Bottaro Lupi: “El extraordinario escritor colombiano Alvaro Mutis, nos cuenta acerca del hallazgo de los manuscritos de un Coronel de origen polaco llamado Miecislaw Napierski, vendidos en la subasta de un librero de Londres pocos años después de terminada la segunda guerra mundial.

Napierski viajó a Colombia para ofrecer sus servicios en los ejércitos libertadores, habiéndose embarcado en Kingston, Jamaica, en la fragata inglesa Shanon que se dirigía a Cartagena.

El 29 de junio de 1830, el polaco conoció al Libertador quien venía desde Bogotá cumpliendo su periplo final que eventualmente lo conduciría hasta el sepulcro el 17 de diciembre de ese mismo año, en la localidad cercana de Santa Marta.

Es impresionante la animada recolección que hace Napierski de las conversaciones que sostuvo durante varios días con el Libertador, quien ya se hallaba en estado de evidente postración, debido a lo avanzado de su enfermedad física y lo que es peor, de su enfermedad moral, por el desencanto, frustración, tristeza y dolor, producto de las traiciones, inconsecuencias y deslealtades de sus propios compañeros de armas.

Particularmente desgarradora y patética resulta la escena que nos narra Napierski, cuando el Libertador recibió la noticia del asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre en la selva de Berruecos. Esta noticia le produjo una recaída en su enfermedad, la cual al decir del médico que lo atendía, agravaría aun más las condiciones de salud ya bastante precarias del héroe.

El portador de la infausta nueva fue el Capitán Vicente Arrazola, un antiguo ayudante del General Santander y quien había puesto en conocimiento inmediatamente después de su arribo a Cartagena al edecán del Libertador, Andrés Ibarra, sobre tan terrible acontecimiento.

- Siéntese Arrazola, le invitó Bolívar sin quitarle la vista de encima. Arrazola siguió en píe rígido. - ¿Qué noticias nos trae de Bogotá ? ¿Cómo están las cosas por allá?

* Muy agitadas, Excelencia, y le traigo nuevas que me temo van a herirle en forma que me siento culpable de ser quien tenga que dárselas.



- Ya hay pocas cosas que puedan herirme Arrazola, serénese y dígame de que se trata.

El Capitán dudó un instante, intentó hablar, se arrepintió y sacando una carta del portafolio con el escudo de Colombia que traía bajo el brazo, se la alcanzó al Libertador. Este rasgó el sobre y comenzó a leer unos breves renglones que se veían escritos apresuradamente. En ese momento entró en punta de píe el General Montilla quien se acercó con los ojos irritados y el rostro pálido. Un gemido de bestia herida partió del catre de campaña sobrecogiendo a todos los presentes.

Bolívar saltó del lecho como un felino y tomando por las solapas al oficial le gritó con voz terrible:

- ¡Miserables! ¿Quienes fueron los miserables que hicieron esto? ¿Quiénes?

Dígamelo, se lo ordeno Arrazola y sacudía al oficial con una fuerza inusitada

¿¡Quién pudo cometer tan estúpido crimen!?

Ibarra y Montilla acudieron a separarlo de Arrazola, quien lo miraba espantado y dolorido. De un manotón logró soltarse de los brazos que lo retenían y se fue tambaleándose hacía la silla donde se derrumbó dándole la espalda a los demás.

Montilla invitó a los presentes a salir del cuarto y dejar solo al Libertador.

Al abandonar la habitación, Napierski pareció ver que sus hombros bajaban y subían al impulso de un llanto secreto y desolado.

Napierski preguntó a los demás presentes acerca del por qué de la reacción tan violenta del Libertador, a lo que el General José Laurencio Silva le contestó que ello se debía al hecho de haberse enterado el gran hombre, en forma tan repentina, del horrible asesinato de Sucre, a quien consideraba como su propio hijo.

Montilla de seguidas se dirigió a Napierski y le dijo: No nos deje ahora Coronel, ayúdenos a acompañar al Libertador, a quien esta noticia le hará más daño que todos los otros dolores de su vida juntos.

Con este corto dialogo concluyó el Coronel Miecislaw Napierski su recuento de lo que él vivió y presenció ese 1º de julio de 1830, en la amplia casona que ocupaba el Libertador, con sus patios empedrados, llenos de geranios un tanto mustios que le daban un aspecto de cuartel. En esa casona, en una amplia habitación vacía, con alto techo artesanado, un catre de campaña al fondo contra un rincón y una mesa de noche llena de libros y papeles, se produjo la escena que acabamos de narrar y que con bastantes posibilidades de certeza, estuvo matizada y salpicada con los detalles expresados anteriormente.”


(*)Economista

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