Las reacciones ante la
"crisis" alimentaria pueden traer remedios peores que la enfermedad.
Piden peras al olmo o encargan al lobo los corderos.
Se dice que calamidades
naturales, derivadas del cambio climático, propiciaron la crisis. Pero
no hay falta absoluta de alimentos, tras la cosecha más alta de la
historia. Igualmente, no puede atribuirse al alza de precios que la
mitad de la población del mundo carezca de comida suficiente. Y
necesitamos preguntarnos por qué se considera "crisis" que los precios
regresen al nivel que tenían hace 10 años.
El caso del arroz
ilustra bien lo que ocurre. Japón produjo en 2007 más del que necesita,
gracias a fuertes subsidios, pero importó 770 mil toneladas para
cumplir una obligación impuesta por la Organización Mundial de
Comercio. Mientras sus consumidores pagan hasta cuatro veces el precio
internacional, Japón almacena ese arroz, la mitad del cual adquirió en
California (cuyo gobierno subsidia la operación), mientras los precios
se elevan, Wal-Mart lo raciona y millones de personas no pueden
adquirir su principal alimento.
Hasta los años 60, eran
"subdesarrollados" los países que exportaban alimentos y materias
primas e importaban productos manufacturados. Exigían continuamente que
aumentaran los precios de lo que vendían. Hoy exigen lo contrario. Casi
todos son importadores netos de alimentos, mientras Estados Unidos,
Canadá y Europa los exportan en grandes cantidades.
En 1974, ante algo muy
semejante a lo de ahora, el secretario estadunidense de Agricultura
Earl Butz anunció que su gobierno emplearía los alimentos como arma
política. Por el hambre en el mundo se justificaron abultados subsidios
al agronegocio. De nada sirvió que Lappé y Collins demostraran que la
ayuda alimentaria agudiza el hambre y Amartya Sen que todos los países
que sufrían grandes hambrunas seguían exportando alimentos mientras sus
ciudadanos morían de hambre. Se mantuvo el prejuicio: Estados Unidos y
Europa deberían mantener restricciones comerciales y subsidios, con el
pretexto de combatir el hambre.
En los últimos años
aumentó la presión interna y externa para eliminar esas barreras
comerciales. India y Brasil encabezaron en Cancún el movimiento que lo
exigió como condición para continuar negociaciones comerciales.
Bastaron unos meses de campaña para dar un vuelco al clima de la
opinión. ¿Quién se atreverá ahora a suprimir esos subsidios? No parece
importar que 68 por ciento de ellos, en Estados Unidos, vaya a parar al
10 por ciento de los productores y finalmente a las bolsas de las
cuatro corporaciones que controlan 80 por ciento del comercio mundial
de alimentos, cuyas ganancias recientes aumentaron casi al ritmo de los
precios. Tampoco influye el conocimiento de que los movimientos
especulativos de los fondos de inversión, que controlan ya 40 por
ciento de los contratos de futuros de la bolsa de Chicago, estimulen el
alza de precios de alimentos y petróleo.
En los años 80 Estados
Unidos y las instituciones internacionales desalentaron la búsqueda de
la autosuficiencia alimentaria en los países "subdesarrollados" y
exigieron que desmantelaran sus protecciones. Muchos de ellos las
levantan de nuevo, para proteger lo que queda de sus sistemas
alimentarios y enfrentar las revueltas asociadas con los alimentos que
este año estallaron en 22 países.
El
cambio de pautas alimentarias en países como China e India presiona
indudablemente la demanda de alimentos y los conduce a un callejón sin
salida. Cada kilo de carne de res requiere ocho a 10 de cereales. La
carne es la forma más ineficiente e injusta de obtener proteínas. Las
vacas mexicanas consumen más alimentos que todos los campesinos; las
estadunidenses arrojan más gases a la atmósfera que los automóviles y
absorben buena parte de los cereales.
La
locura del etanol es aún peor. Los granos que producen cien litros
pueden alimentar a una persona por un año y la emisión de gases
requerida para producirlo es mayor que la de la gasolina que sustituye.
La "crisis" hace
evidente la insensatez suicida de la agricultura industrial, que emplea
10 calorías de energía fósil por cada caloría de energía alimentaria,
causando daños inmensos al ambiente y la sociedad. Las tierras agrícolas del mundo deben dedicarse a producir alimentos para la gente, no para los automóviles o el ganado.
Pero esto sólo podrá lograrse cuando queden de nuevo en manos de los
campesinos, rescatando producción y consumo de las corporaciones que
ahora los controlan, apoyadas por sus gobiernos.
Es criminalmente ingenuo
esperar que gobiernos como el mexicano protejan a los campesinos, en
vez de seguir tratando de expulsarlos del campo, y que abandonen su
ciega subordinación al mercado y las corporaciones.