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El infierno de los Santos
Por: Alberto Aranguibel B.
Fecha de publicación: 16/05/08
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L a genética –sostienen los versados en la materia– es la rama de las ciencias cuyo objeto es el estudio de los patrones de herencia; del modo en que los rasgos y las características se transmiten de padres a hijos. Es por eso que la persistencia del Gobierno colombiano en la torpeza no puede ser explicable sino por razones de carácter genético.

Sobrino nieto del ex presidente colombiano Eduardo Santos, y nieto del periodista Enrique Santos, Juan Manuel Santos, ministro de Defensa colombiano, es hoy por hoy en la hermana república pilar fundamental de una dinastía (integrada, entre otros, por el vicepresidente Francisco Santos, primo hermano de Juan Manuel) que no se sacia en su afán de hacer con el poder de ese agobiado país lo que le viene en gana, llevando a cada paso a su nación al borde de la guerra, ya sea con Venezuela como con Ecuador y cualquier otro país que se les atraviese en su propósito de hacer cada vez más fortuna y acercarse más servilmente al maltrecho poderío del imperio norteamericano, para lo cual el grupo editorial El Tiempo (del cual son todos ellos dueños) es herramienta fundamental.

Tanta es la dominación actual del apellido Santos en Colombia, donde la encarnizada guerra civil que se libra en su seno desde hace más de medio siglo, junto a la depredación social que ocasiona la más importante industria narcotraficante del mundo, así como la ineficiencia de las políticas gubernamentales en la solución de los más sentidos y ancestrales problemas sociales, hacen que ese pobre país viva en la permanente zozobra de la miseria y la inequidad, que bien podría hablarse de un infierno lleno de Santos, tal como clamaba la Elisenda de García Márquez en Un señor muy viejo con unas alas enormes, refiriéndose al percance que representaba el decrépito alado que por rara y desgraciada fortuna les cayera a ella y a su esposo Pelayo del cielo.

La lascivia con que los Santos asumen la posibilidad de una confrontación bélica con nuestro país es sólo comparable a la ansiedad de los animales en celo, justificada por la sed de lucro con la venta desmedida de periódicos y revistas, como la prestigiosa Semana, que, como se sabe desde los tiempos de William Randolph Hearst, tiene su mejor solución en cruentas guerras que permitan llenar de titulares sangrientos sus primeras páginas.

Todos piensan y se comportan igual, porque son Santos.

Lástima que no santificados.

albertoaranguibel@gmail.com
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Alberto
Aranguibel



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