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El medio ambiente, otro daño colateral
Por: Antonio Pita. AIS. España.
Fecha de publicación: 15/11/03
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El impacto de las guerras sobre el medio ambiente es frecuentemente ignorado u olvidado. La degradación que sufre el entorno natural durante un conflicto se considera, por lo general, una tragedia insignificante en relación con la pérdida de vidas humanas.

Sin embargo -aún aceptando la existencia de prioridades- es un grave error y una contradicción, tratar de proteger al ser humano y, a la vez, descuidar el medio en el que vive. Por ello, hace apenas dos años se instauró el 6 de noviembre como Día Internacional para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en caso de Guerra.

El fenómeno es tan antiguo como la guerra misma. Los romanos vertían sal sobre las tierras que rodeaban Cartago para hacerlas estériles, los turcos destrozaron los bosques del Líbano para construir ferrocarriles o, más recientemente, Estados Unidos arrasó con napalm grandes extensiones forestales en Vietnam.

El problema actual es que, según la mayoría de expertos, las guerras modernas han dejado obsoletas las escasas normas al respecto: el artículo 35 de la Convención de Ginebra de 1977 -que prohíbe "el empleo de todo armamento que pueda causar daños serios y a largo plazo del medio natural"- y la Convención para la Prohibición de Técnicas de Cambio Ambiental (ENMOD, en sus siglas en inglés).

"La lección a aprender es que las guerras modernas precisan de reglas medioambientales, tanto como las anteriores necesitaron en su momento regular su impacto sobre los civiles y los prisioneros de guerra", explicaba el secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, en su discurso del año pasado con motivo de este Día Internacional.

"Se puede limpiar fácilmente el lenguaje bélico: daño colateral, fuego amigo, bombas inteligentes, etc. Pero limpiar las consecuencias medioambientales de una guerra es mucho más difícil", asegura Klaus Toepfer, director ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).

Esta tendencia a infravalorar el impacto de la guerra en cada ecosistema y a olvidar la conexión hombre-naturaleza es visible en el caso de las minas antipersonales. Las decenas de millones de estas armas que permanecen en distintos lugares del mundo (Afganistán, Camboya, Bosnia, varios países de África), no sólo mutilan -todavía hoy- a la población, también impiden a sus habitantes acceder a tierras fértiles, obligándoles a quemar bosques y otras zonas de gran valor ambiental para emplearlos en la agricultura, práctica que genera la destrucción acelerada de la tierra y la perdida de biodiversidad.

La guerra del Golfo de 1991 marcó un antes y un después en las consecuencias medioambientales de las guerras. Fue la primera ocasión en que la polución se empleó como táctica de guerra. Más de 700 pozos petrolíferos fueron deliberadamente incendiados por el régimen de Sadam Husein y entre seis y ocho millones de barriles de petróleo -nueve veces el vertido del Exxon Valdez- derramados al mar para defenderse de los ataques de la coalición internacional.

Como resultado: 80.000 toneladas de gases de efecto invernadero liberados y 500 kilómetros de costa contaminados. Aunque las consecuencias para el entorno iraquí del reciente ataque distan mucho de la catástrofe de 1991, éste "ha acentuado sin lugar a dudas la crónica situación medioambiental que Irak había acumulado en las dos últimas décadas", tal y como señala el último informe del PNUMA.

No es el único caso de desastre medioambiental provocado por la guerra. En Angola, décadas de conflicto interno han dejado sus parques y reservas naturales en un 10% de su tamaño original. La guerra civil en Sri Lanka acabó con alrededor de cinco millones de árboles, privando además a los agricultores de una importante fuente de ingresos;

más de la mitad de los bosques han desaparecido en tres provincias afganas tras dos décadas de guerras... Bajo el manto de una guerra por motivos ideológicos, muchos grupos han amasado auténticas fortunas a costa de la degradación medioambiental.

Por ejemplo, se estima que la guerrilla angoleña UNITA se hizo con 4.000 millones de dólares gracias a la explotación de diamantes entre 1992 y 2001. Asimismo, los Jemeres Rojos obtuvieron, a mediados de los noventa, cerca de 240 millones de dólares anuales de la tala indiscriminada de bosques.

Los riesgos para el medio ambiente son múltiples. Los bombardeos a instalaciones que albergan tóxicos o material radioactivo los libera a la atmósfera y esa polución regresa a la tierra por medio de la lluvia ácida.

Incluso la basura que generan los soldados al cruzar el desierto tiene sus consecuencias. La única forma de deshacerse de tal cantidad de deshechos es enterrarlos pero, a la larga, puede contaminar las aguas subterráneas.

Por último, conviene destacar que no sólo se olvida al medio ambiente como la gran baja a largo plazo de toda guerra. También se pasa por alto su papel como fuente de conflicto. Numerosas guerras en el continente africano están relacionadas con el ansia de control de recursos naturales, como minerales, petróleo o madera.

Si los recursos escasean, aumentan las posibilidades de disputa. El agua, por ejemplo, está irregularmente repartida por el Planeta: tan sólo 33 estados acogen en su territorio el 95% de este bien cada vez más escaso. Aunque por el momento ha prevalecido la cooperación al conflicto a la hora de repartir los recursos hídricos, el "oro azul" es frecuentemente señalado como potencial fuente de futuras guerras.

En resumen, proteger el medio ambiente en caso de conflicto armado no es una frivolidad ni supone alterar las prioridades. Se trata tan sólo de que, dentro de lo posible, la guerra sea menos destructiva y la paz más duradera.

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Antonio Pita. AIS. España.


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