El delicado momento de la revolución exige radicalidad a todo trance

Ser o no ser, he ahí el dilema

A nuestro alrededor pulula gente que dice ser una cosa o la otra. Desde empresarios de buen corazón hasta cristianos revolucionarios pasando por toda una gama de “ismos” y gradaciones. Al final basta un corto período de observación sin mucha acuciosidad para encontrar las innumerables diferencias entre lo que dicen ser y lo que sus conductas denuncia a gritos.

Dime con quien andas y te diré quien eres, reza un viejo adagio popular. Déjame verte un ratito y te diré como piensas, podría complementar este proverbio de sabiduría popular. Yo estoy radicalmente persuadido de que los “ismos” se verifican en el seguimiento radical del pensamiento y las obras de quien o quienes inspiran ese “ismo”.

El capital-ismo y sus adoradores no tienen fisuras en su coherencia. Hay una armonía casi perfecta entre lo que tal “ismo” significa y el modo como sus seguidores pisan sus mismas huellas. Acumulación de riquezas; explotación del trabajo humano en propio beneficio; culto al individualismo; adoración de la propiedad privada; horror por la inclusión del pobre; arrogancia como emblema de conducta; separatidad, etc., etc., son testimoniadas en perfecta coherencia por cualquiera de estos seguidores del “ismo”. Tengo la impresión de que jamás han tenido problemas con la conciencia de clase, basta verlos como son y como viven.

El problema se hace “problema” cuando se mira hacia el otro lado de la talanquera. El problema se agrava cuando el “ismo” se refiere a valores u objetivos de orden ético superior. Digamos que ser puercos y aparecer como tales no nos cuesta mucho trabajo. El problema se plantea cuando elegimos ejemplos de hombres-pájaros y descubrimos que fatalmente el peso de la barriga, callosa y pesada de tanto arrastramos, no nos deja remontar vuelo.

Entonces, cuando la gravedad no nos deja, elegimos el disimulo. Parecer y no ser es la consigna de vida. Especialmente si de ese parecer vivimos y en ello nos van los modos y maneras de vida. Todo en la naturaleza desarrolla formas de mimetismo por instinto de conservación. Hay verdaderas maravillas en la vida animal como ejemplo de esto, ninguna de estas maravillas de la vida animal alcanza, ni por asomo, la capacidad casi mágica del ser humano para el mimetismo.

Parecer y no ser, incluso hasta perder la conciencia de nuestro propio disimulo fraudulento resulta el colmo de la capacidad mimética del humano. Seguidores de Jesucristo que admirablemente, cómodos y sin visibles problemas de conciencia pisan las mismas huellas que pisaron quienes asesinaron a su modelo inspirador. Representantes del Jesús de Palestina que sin mayores dificultades dicen, representan y hacen justamente todo lo contrario que dijo, representó e hizo Jesús. “Representantes” de aquel Jesús que denunció la riqueza, proclamó la igualdad y la justicia, que en su nombre y sin pudor viven en palacios de lujo, banquetean y se reúnen con el Emperador genocida del momento. Unas huellas que jamás pisó ni habría pisado Jesucristo pero que ellos, y en su nombre, pisan cómodamente.

Revolucionarios, bolivarianos, socialistas, guevaristas…y un largo etcétera, que igualmente cómodos y sin visibles problemas de conciencia igualmente pisan las mismas huellas de los verdugos que asesinaron a quienes ellos dicen representar. La buena vida, el poder, la soberbia y la arrogancia sin escrúpulos es su divisa. Por ninguna parte, salvo en los ahuecados símbolos o la apariencia, puede percibirse el más mínimo signo de aquello que representan. Parecen pero no son y ahí está el dilema.

Está ahí el dilema más profundo porque en principio tendemos a percibir la naturaleza de las cosas más por lo que vemos que por lo que oímos. De allí precisamente que aquel radical absoluto que fue Jesús de Nazareth dedicara tantas maldiciones a los fariseos. Eran, bien lo sabía Jesús, los que mayores y más formidables obstáculos ponían con su repugnante mimetismo entre el Dios que decían representar y su pueblo. Tuvo Jesús que recomendar encarecidamente a su pueblo que, en todo caso, hicieran lo que decían pero nunca hicieran lo que hacían estos bandidos porque nunca hacían lo que decían, ataban pesadas cargas para ponerlas sobre los hombros del pueblo, pero no movían un dedo para moverlas ellos.

Nuestro proceso revolucionario, humanista e igualitario no podría ser distinto ni estar a salvo de la acción miserable de estos animales miméticos. Nuestro pueblo, humilde y sencillo, es. Con una radicalidad y coherencia absolutas nuestro pueblo es solidario, humilde, sencillo y fraterno, acaso porque individualmente aún no ha alcanzado los niveles que exijan de ese repugnante mimetismo, lo cierto es que nuestro pueblo es… tiene el alma y el corazón como tierra fértil, generosa y abierta a la experiencia socialista. Le falta, no podía ser de otra manera, la herramienta doctrinaria, esa herramienta que hará posible que lo natural se haga norma colectiva y eficaz. Quienes lleven ese conocimiento por la vía de la inserción viva no pueden contagiar la “enfermedad” que no tienen. A lo sumo contagiarían lo que son y lo que tienen: oportunismo, viveza, doble discurso, radicalidad pantallera y de boquilla, etc. Apóstoles, misioneros o cuadros portadores del “virus socialista” serán los únicos que podrán contagiar socialismo. Ser o no ser…he ahí nuestro dilema. Ha sido el dilema del hombre en la historia y lo es hoy entre nosotros. Contagiamos lo que somos, damos de lo que tenemos…Pedro, en la Puerta La Hermosa… “no tengo dinero hermano, pero de lo que tengo te doy…levántate y anda”. ¡Ahí queda eso!

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Martín Guédez


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