HABITAT EN EL MUNDO GLOBALIZADO
La sociedad mundial está en crisis. Todos los datos e indicadores confirman una realidad indiscutible. Tanto los ricos como aquellos que padecen penurias de todo tipo, coinciden en la existencia de grandes y graves problemas: cada vez más aumentan no sólo el hambre y las enfermedades, sino que también es cada vez mayor la brecha entre los ricos – personas o Estados - y los que nada tienen. En la descripción de las calamidades no hay discrepancias pero estas aparecen cuando llega el momento de diagnosticar e instrumentar soluciones. Vivimos tiempos de conflictos y esperanzas globales. La afirmación "no va más" es sustentada desde las más disímiles y enfrentadas perspectivas o posiciones políticas e ideológicas.
La reducción del papel del Estado, la disminución del gasto público y la privatización de los servicios y funciones sociales son propuestos por los defensores del orden capitalista como forma para solucionar la crisis. Según sus argumentaciones así se lograrían sincerar y racionalizar las actividades económicas, asignándole al "mercado" la capacidad de estimular lo mejor de la iniciativa individual en el camino a la superación de la pobreza.
La implementación de estos postulados ha llevado a los estados a reducir su injerencia en la vida social al disminuir continuamente los presupuestos nacionales para la educación, cultura, salud, vivienda, etc. Como contrapartida las grandes corporaciones ocupan lo que deja el Estado y crecen apropiándose del subsuelo, las riquezas naturales, la salud, la educación, el patrimonio cultural y de las ciudades… Las inversiones privadas se canalizan hacia las áreas que permiten obtener rentabilidad y abandonan lo que no produce utilidad comercial. Así se va materializando una estructuración de la sociedad que diferencia a los que pueden adquirir bienes y servicios de los que no pueden.
La sociedad desigual no puede generar sino ciudades desiguales. Si la sociedad segrega, margina y privilegia, la ciudad también segregará, marginará y privilegiará. Simétricamente, la sociedad democrática y participativa no es compatible con los ranchos ni con islotes de insolente opulencia.
La ciudad verdadera, la que idealizamos los hombres, es un ámbito albergante que a todos nos pertenece y que brinda iguales oportunidades de trabajo, transporte, salud, cultura a todos sus habitantes.
Los modelos económicos de desarrollo vigentes en el mundo no han hecho otra cosa que, o postergar las verdaderas necesidades de las grandes mayorías o sólo esbozar paliativos circunstanciales ante las graves carencias que sufren millones de seres humanos en cuestiones de salud, alimentación y educación. Lo mismo sucede con la vivienda y los servicios elementales que sustentan y posibilitan el sano desarrollo de la vida familiar como el agua, la electricidad y las comunicaciones. Las carencias, no sólo no se solucionan sino que se agravan. Los asentamientos humanos acumulan población sin agregar vida urbana. La palabra “urbanizar” no es sinónimo de crear ciudad sino la de agregar áreas “residenciales” (sumar casas-dormitorio) con los servicios mínimos indispensables en el mejor de los casos. El paradigma del urbanismo triunfante del siglo XX, ha sido y es el que se desarrolla en los suburbios norteamericanos, donde cada familia vive aislada en su propia parcela y encerrada en su propia casa.
La carencia de vida colectiva y urbana, la soledad y el aislamiento son producto de un sinnúmero de profundas razones y causas socio-estructurales que han ido dando forma a las ciudades y modelando los patrones de comportamiento del hombre de hoy. La "separación de funciones" ideología urbana imperante desde hace 80 años como una solución organizadora de las ciudades, se ha ido materializando de la forma más atroz: cada quien vive en su "ghetto".
Es tiempo de un Habitat para todos, de ciudades auténticamente democráticas, de la verdadera vida colectiva y de las edificaciones a la medida de los seres humanos sin distinciones, en todas sus facetas. en sus grandezas y en sus pequeñeces.
EMERGENCIA HABITACIONAL Y URBANA
El desplazamiento de población rural hacia las ciudades es un fenómeno universal que tiene origen en diversos factores y que afecta sin distinciones a países con diferentes sistemas sociales sin importar el grado de desarrollo alcanzado. En Venezuela, el impacto del boom petrolero no hizo más que acelerar violentamente este proceso. El asentamiento no planificado en las ciudades, principalmente en Caracas, de grandes masas de población que no se incorporan al aparato productivo, genera la marginación económica y social de las mismas lo que se manifiesta en la generación de zonas habitadas en condiciones deplorables. La llegada de estos nuevos habitantes que se quedaron sin trabajo en el campo pero que tampoco tienen la más mínima posibilidad de insertarse en la estructura productiva en la ciudad, genera presión sobre todos los subsistemas de servicios haciéndolos colapsar. La sociedad con pretensión democrática no reprime pero tampoco incorpora: millones de seres humanos quedan a la deriva, desamparados y sin futuro. Y la ciudad pierde lo poco que quedaba como lugar de la comunidad para transformarse en un medio cada vez más inhóspito, pleno de conflictos de todo tipo. Para revertir este fenómeno será necesario que el Estado con la participación activa de las comunidades organizadas, defina una política de desarrollo del aparato productivo a nivel nacional, en el que puedan insertarse todos los habitantes. Si esta política de desarrollo se dirige hacia la generación de agroindustrias se estaría posibilitando la recolonización del campo, lo que traería aparejado el nacimiento de nuevos centros urbanos – aldeas, pueblos, ciudades – y el fortalecimiento de los existentes.
La pauperización de la población es una característica del sistema que ha sido estructuralmente incapaz de solucionar el problema habitacional pero que pretende hacer entender que se está resolviendo el problema ejecutando solo una infinitésima parte de lo que es necesario
La existencia de millones de seres humanos viviendo en la indigencia, entre cartones y latas es una afrenta a la inteligencia, a la conciencia social y al más elemental sentimiento de solidaridad humana. Esto no va más. No hay discusión ni consideración posible. No existe otra alternativa que satisfacer de inmediato la imperiosa necesidad de los que requieren un lugar digno donde cobijarse, un techo y un mínimo de confort. O sea, SE NECESITA CONSTRUIR CASAS YA.
Para enfrentar esta emergencia social se requiere entender que se trata de una problemática compleja, de proporciones descomunales y que no se soluciona solo en base a recursos económicos por más importantes que estos sean. En la evaluación de políticas de estado para abordar la construcción masiva de viviendas se deberá considerar otras variables que condicionan posibles soluciones. La propiedad y costo de la tierra, las alternativas tecnológicas que posibiliten la masificación de la construcción, la superación de patrones culturales vigentes frente a las propuestas de modelos de vida innovadores, los medios de transporte, el aporte de la empresa privada y las fuentes de empleo para los habitantes, son algunos de los temas polémicos que deben necesariamente ser considerados y evaluados.
No hay fórmulas mágicas y seguramente tampoco existirá una solución única ya que no es un problema esencialmente técnico sino político, en el que las comunidades organizadas tienen una importante palabra que decir ya que, simultáneamente son objeto y sujeto protagonista. Y como el tiempo apremia hay que empezar a construir mientras la sociedad toda discute, busca y encuentra diversos caminos
Sin embargo, mientras se comienzan a construir unidades de vivienda no se debe ignorar que la gente necesita algo más que un techo: desea y necesita vivir en centros urbanos – grandes, pequeños, pueblos, aldeas, caseríos - participar de la vida colectiva, compartir espacios públicos y aprovechar democráticamente las posibilidades que brinda la tecnología. La vida urbana, esa rica interacción de la gente entre sí mientras desarrolla solidariamente las actividades cotidianas, no debe ser un privilegio solo para quienes disponen de recursos económicos.
Por eso, si bien la primera prioridad es construir casas, las políticas de estado NO PUEDEN NI DEBEN ignorar que el problema es más complejo y difícil aún. Al desarrollar proyectos habitacionales mediante la construcción de viviendas de bajo costo y con espacios interiores de dimensiones reducidas se hace aún más relevante la consideración y tratamiento de los espacios urbanos o áreas públicas en general.
Construir viviendas en coyunturas sociales como la de la Venezuela actual, además de representar la satisfacción de una imperiosa necesidad social al dotar a la población de estructuras que alberguen la vida familiar con un mínimo de confort y dignidad, implica necesariamente la posibilidad de estimular y favorecer las mejores potencialidades de la vida colectiva. NO HAGAMOS REMEDOS DE CIUDAD DANDO A LOS POBRES UNAS “DIGNAS” CAJAS PARA EL ENCIERRO FAMILIAR.
Al formular políticas habitacionales o definir programas de construcción masiva de viviendas, es indispensable enfatizar sobre la necesidad de considerar la creación de espacios colectivos y de comprender la importancia de dirigir los recursos del Estado hacia la creación de infraestructuras de uso público - aunque sea básicas - redimensionando la importancia de los acabados, los tamaños y las facilidades de las mismas unidades de vivienda, ya que estos elementos pueden ser añadidos y mejorados por los mismos beneficiarios en etapas ulteriores y de forma paulatina después de haber ocupado la vivienda. Difícilmente las comunidades tendrán la posibilidad real de lograr fondos para invertir en infraestructura y servicios como escuelas, centros de salud, canchas deportivas, plazas, teatros, casas de cultura, centros de cuidado de niños y ancianos, etc.
El concepto de hábitat integral y humanizado, de intensa vida colectiva o urbana, corresponde a un modelo de sociedad participativa y solidaria en la cual la gente se organiza y lucha para alcanzar soluciones a sus problemas de una manera colectiva.
IDENTIDAD Y PATRIMONIO COLECTIVO
La sociedad de "mercado" ha arrasado también con todo aquello que pudiera dar identidad y sentido de pertenencia a las comunidades. La especulación inmobiliaria disfrazada de progreso demolió edificios y monumentos, tapó valles, cortó montañas, transformó los vestigios históricos en vacías escenografías y las calles perdieron su razón de ser como lugar de movimientos y encuentro. Lo folclórico, las singularidades, las referencias culturales e históricas desaparecen sin que la gente, los dueños de la ciudad sean consultados.
Lo que no extermina la especulación de manera "natural", lo acaba meticulosamente el trabajo de los organismos oficiales, los cuales, mediante ordenanzas, regulaciones y disposiciones arbitrarias de funcionarios de diverso rango convalidan burocráticamente la transformación de las ciudades en unos medios construidos anodinos, sin carácter ni personalidad, acomodados para incluir sin conflictos edificios amorfos.
A las carencias sociales elementales hay que sumar entonces la pérdida de los recuerdos colectivos. La sociedad de consumo impone también un patrón cultural que consiste en la anulación de la memoria y el sentido de pertenencia que las comunidades aspiran conservar sobre su entorno físico.
Sobre las comunidades recae un doble menosprecio ya que además de ser explotadas en lo económico, también son ignorados en la elaboración de las políticas que tienen que ver con su hábitat, con lo que les pertenece y viven a diario. La disociación entre las acciones y obras que ejecutan para la ciudad los diversos organismos del Estado y los deseos o aspiraciones de la gente no puede ser mayor. El abandono de los espacios públicos por parte de las comunidades y el descuido oficial de los mismos constituye un círculo vicioso que empeora continuamente el estado de deterioro de la ciudad.
IDEOLOGÍA Y TRANSFORMACIÓN CULTURAL
Así como la sociedad protagónica y participativa comienza a luchar por la transformación de las estructuras sociales y las instituciones del Estado, también será imprescindible desmontar el andamiaje ideológico que la cultura dominante ha logrado imponer en la conciencia colectiva a través de los siglos. Asuntos como los patrones de comportamiento individualista, las preferencias estéticas, creencias y supersticiones también deberán pasar por el tamiz de la autocrítica colectiva que nos permitan liberarnos de ataduras mentales inconscientes.
Mediante sutiles mecanismos de convencimiento, coerción, manipulaciones o especulando con los miedos y la ignorancia, la cultura oficial y los medios de comunicación convalidan una serie valores, conceptos y costumbres que convienen al orden imperante. Han logrado imponer un sistema de verdades absolutas que no puede ni debe ser cuestionado. Los espíritus innovadores son silenciados y perseguidos. Por ejemplo, de esta forma han hecho que la gente asuma como verdad indiscutida y natural que la única y verdadera democracia es la llamada democracia representativa y parlamentaria, farsa en la cual los cogollos “consultan” al pueblo cada tanto y que gobiernan en connivencia con los grandes intereses. De la misma forma luce como “natural” que en las ciudades existan opulentas residencias en urbanizaciones con todos los servicios públicos, calles y plazas bien cuidadas, coexistiendo con inmensos conglomerados donde se amontonan miserables construcciones a los que no llegan servicios. La ideología se encarga de justificar esta aberrante injusticia así como las abismales deferencias de poder adquisitivo que impiden a las mayorías acceder nos solo a los servicios básicos sino también de ir a cines, teatros y museos o más aún, de potenciar el poder creativo de la gente. Nada más antinatural que varias “ciudades” coexistiendo en un mismo territorio, bajo una misma denominación.
La participación en el debate de los grandes temas nacionales, políticos o culturales no debe ser considerado sólo como instancias coyunturales. La discusión generalizada sobre los problemas sociales o culturales así como las formas que permitan canalizar de las capacidades creativas de la población que ha sido hasta ahora anulada o que simplemente no ha tenido cabida en las estructuras políticas o administrativas del país, deberá ser abordada por el conjunto de la sociedad. Las manifestaciones culturales o artísticas de las comunidades han sido reemplazadas por manifestaciones ortodoxas que solo se canalizan dentro de las instituciones establecidas y los medios de comunicación. Solo se ha desarrollado la cultura en tanto que negocio y desprovista de todo matiz cuestionador. Y así es privilegiada y difundida. Lo que no encaje en esta visión es rechazado por subversivo. En concordancia, la ciudad segregada ha erigido los “templos” de la cultura para recibir y alojar a quienes el sistema privilegia mientras que elimina o simplemente obstaculiza todo aquello que signifique organización espontánea y alternativa de los grupos sociales. Hasta las calles, las plazas, los centros comunitarios y todo lo que pudiera ser lugar de encuentro igualitario ha sido abandonado en todos los sentidos. Reivindicar el derecho a la ciudad debe entenderse como el derecho de las comunidades y sus habitantes a disponer de los servicios básicos y a “apropiarse” de todos los espacios urbanos y eventualmente a crear una red de nuevos centros o “pulmones cívico-culturales” donde el pueblo exprese sus potencialidades creadoras y donde discuta sobre los problemas que lo afectan y tome decisiones libre, democrática e igualitariamente. Tanto en los barrios y ciudades existentes como en los nuevos desarrollos.
La discusión social del problema del hábitat no podrá soslayar la evaluación crítica de la idea de casa que la sociedad de mercado ha prefigurado, por cuanto la imagen de casa deseable que está instalada en la conciencia supraindividual, es la casa de los ricos, que sirve como elemento demostrativo de ubicación en la escala social. que requiere grandes espacios interiores al privilegiar la vida individual introvertida y aislada de la vida colectiva y que, por su aspecto formal, utiliza recursos estilísticos del pasado o pertenecientes a otros medios culturales.
La imposición de valores que tienden a convalidar la dominación histórica de las clases poderosas también se expresa en los monumentos que se erigen y en los que son demolidos, en los nombres de las calles, plazas y avenidas. Sin mayor sutileza y disimulo aparecen como pro-hombres los cuestionables nombres de empresarios y comerciantes. Para evitar que los auténticos luchadores se transformen en los guías de nuevas rebeldías, las clases dominantes han honrado a sus políticos, a sus figurones y a “héroes” del pasado que, en el mejor de los casos, jugaron papeles preponderantes como defensores de sus intereses y de sus grupos sociales.
CONTROL SOCIAL DEL HÁBITAT. PARTICIPACION Y PROTAGONISMO POPULAR
Todos los mecanismos de control urbano han sido elaborados guiados por la especulación y el negocio inmobiliario. Las ordenanzas de zonificación se formulan y frecuentemente se modifican en función del interés particular que prevalece siempre sobre lo público.
Ha llegado el tiempo de que la sociedad se apropie de las ciudades creando, tanto nuevas formas político-administrativas como nuevas estructuras urbanas, asumiendo el control de las decisiones que los afectan. Las comunidades constituyen las genuinas fuentes reveladoras de necesidades y tradiciones para establecer cuantitativa y cualitativamente una estrategia de desarrollo y fijar los alcances de un programa de Estado en materia de medio urbano.
Todo problema social tiene facetas técnicas referidas a diferentes especialidades. Sin embargo, la historia y la realidad demuestran que los grandes problemas sociales no son técnicos sino que son básicamente políticos. Hasta ahora se ha implantado como verdad indiscutible que el problema de la vivienda es una cuestión técnica o de recursos, que puede ser resuelto con buenos funcionarios, modernos gerentes y con la implementación de una política correcta.
En todo caso, ninguno de los grandes problemas sociales los resuelve una persona o un equipo resolviendo desde “arriba”.
Sólo mediante su participación e incorporación activa, canalizada a través de sus propios órganos y mecanismos, será posible desarrollar acciones en la adopción de políticas urbanas.
La sociedad venezolana que está comenzando a tomar las riendas de su propio destino y a participar de una manera verdaderamente protagónica en la búsqueda de las soluciones a los problemas nacionales, tiene la capacidad de asumir el reto que constituye la necesidad de crear un hábitat integral y humanizado tanto como para orientar las soluciones que resuelvan el déficit habitacional como para apuntalar la reivindicación revolucionaria que exige un hábitat democrático y humanizado para todos. Lo que denominamos EL DERECHO A LA CIUDAD.
Debido a la complejidad y a la magnitud de esta problemática es imprescindible abrir un amplio debate nacional con participación activa de los dolientes, la sociedad toda. En este debate deberán participar las comunidades desde el nivel barrial y municipal hasta el regional y nacional, el Estado así como los especialistas e investigadores del tema.
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