Todo el drama
humano se origina en que el tiempo
futuro predomina en nuestra conciencia. El hecho de que
intentemos compararnos con la naturaleza y definirnos como parte de
la escala zoológica, no hace más que evidenciar
que no tenemos una identidad
definida, que desde el mismo principio hemos intentado superar, liberarnos
de las limitaciones naturales.
Toda nuestra
historia, nuestro conocimiento, nuestra organización
social e instituciones, nuestra búsqueda de
felicidad o realización, y sobre todo nuestra capacidad de transformar
la naturaleza acorde a nuestras necesidades, son testimonio de que intentamos
encontrar o darnos una dirección a futuro. De que por mucho que lo
intentemos no logramos identificarnos de un modo estable con objetos
o entidades externas, con otridades.
Por ende no son los dogmatismos,
los determinismos insuperables los que nos definen, sino nuestra creciente
libertad de decidir entre circunstancias, nuestra capacidad de concebir
y darnos las formas de vida que elegimos. Nuestro esencial impulso libertario
trascendente a todo límite, incluyendo el de la muerte, es justamente
el trasfondo subyacente al sentimiento religioso y todas sus búsquedas.
En sencillo, nuestra
posibilidad y nuestra cruz es la libertad de elegir en cada generación,
en cada conciencia, como queremos vivir. Por eso hagamos lo que hagamos,
ocupemos el rol social q ue ocupemos, heredemos y cultivemos los hábitos
y creencias que sean, nuestras miradas siempre exploran lejanos horizontes,
están lanzadas a reconocer futuros posibles.
Un enfoque posible de
esos futuros es paradójicamente el de la memoria. Por ejemplo, para
hacer viable la producción de alimentos transitando de trashumantes
a sedentarios, es necesario reconocer la ciclicidad de las estaciones
climáticas, para poder planificar acertadamente la producción anual
necesaria y los momentos oportunos para realizarla.
Nos demos cuenta o no
las estaciones climáticas no se repiten en el mundo. Para un ser que
no tenga memoria la primavera siempre sucederá por primera vez y no
tendrá nunca la capacidad de prevenir, evitando repetir situaciones
angustiantes de carencia sufridas. Por tanto una estación climática
solo se repite en la memoria, jamás en el mundo.
Si ampliáramos este
enfoque más allá de los intereses inmediatos personales, de grupo,
de una nación, hubiese resultado evidente que una economía basada
en la ganancia de unos y la pérdida de otros, es decir en “negocios”
dentro de un ecosistema de recursos agotables, solo podía conducir
acumulativamente a la pobreza y miseria de los más para el beneficio
de los menos, desestructurando toda organización social y colapsando
nuestro hábitat.
De ese modo nos hubiésemos
ahorrado muchos conflictos crecientes que terminan estallando en guerras
entre los ganadores y los perdedores. Yo no se uds., pero yo cuando
menos preferiría jugarme la vida al azar con una mínima oportunidad
de ganar al menos, a tener por alternativas morir de un tiro o
de hambre.
Si no se han dado cuenta
aún por cual mundo caminamos y lo que nos rodea, les cuento que la
FAO termina de pedir urgente, perentoriamente 500 millones de dólares
a los países desarrollados para poder seguir alimentando día a día,
a 73 millones de personas en 80 países que no tienen otro modo
de hacerlo.
Otra vía para acercarse
al futuro es la intuición. Cuando el mundo aún no tenía dueño, cuando
Dios no había vendido el planeta a las corporaciones transnacionales
ni los satélites nos mostraban segundo a segundo los detalles de cada
oscuro rincón del mundo, cuando la imaginación aún podía jugar a
la aventura de lo desconocido, había gente que disponiendo del
apropiado conocimiento tenía la suficiente intuición y valor, para
arriesgarse a apostar a una visión de futuro que sentía posible y
de la que muchos ciegos y tuertos se burlaban.
Así fue como se hicieron
en su momento grandes fortunas, grandes avances sociales, o tal vez
simplemente se lograron grandes satisfacciones, trayendo a ser en el
mundo un futuro que en principio solo estuvo en la imaginación. En
este caso la memoria se combina de diferentes modos con la imaginación,
exigiendo una mayor cantidad de energía sicológica para afrontar el
riesgo, para trascender los hábitos.
Otro ejemplo es el de
Einstein y su soñada solución de la fórmula de la relatividad, pero
no antes de tener toda la información y el ejercicio mental necesarios
para llegar a esa situación de tensión creativa. Aquello puso las
bases para un nuevo mundo, incluyendo a la bomba atómica.
Hoy hemos evolucionado
tanto que el apostar la vida a inciertas opciones futuras, no es ya
el privilegio de algún gran sensitivo sino la obligación de todos
y cada uno de nosotros. Es una consecuencia lógica porque nuestro más
lejano futuro posible tiene por límite la muerte, por tanto al acelerarse
el tiempo, al acercarse el fin, se aumentan las apuestas a todo o nada.
Entre muchos otros motivos
hay un partido político que para mantenerse en el gobierno de su país,
necesita convencer a su población de que están rodeados de caníbales
terroristas que apetecen sus redondeces. Necesitan aterrorizarlos de
tal modo que se sientan de nuevo en el mundo de pan y circo de los romanos,
un pequeño retroceso mental a la atmósfera a unos miles de años atrás.
Quieren reducirlos a una situación como la de los tres monitos que
se tapan los ojos, los oídos y la boca.
Su función es quedarse
encerrados en casa, hipnotizados con una cajita que emite imágenes
y sonidos para informarles de lo único que necesitan saber, para calmar
la agobiante realidad que viven disociándolos con los mundos felices
virtuales. Salvo cuando una cinta transportadora los lleva de casa al
trabajo y vuelta a casa.
Con un chip subcutáneo
que les inyectan al nacer e informa de cada uno de sus movimientos.
Pero tal vez pronto hasta puedan estimularnos sensaciones placenteras
directamente al cerebro para amaestrar nuestras reacciones como ratas
de laboratorio, mientras vamos por el mundo con lentes que proyectan
escenas virtuales,
Estos no son los cuentos
de ciencia ficción que leíamos hace unas décadas, está en marcha,
ya está sucediendo. Porque la sofisticada tecnología fruto del sudor
de miles de generaciones, la capacidad de prevenir repeticiones
que tal conocimiento posibilita, está siendo usada para evitar la igualdad
social, eternizar la esclavitud, para convertir al ser humano en un
animal doméstico.
¿Por qué? Simplemente
porque el ser humano ha sido siempre postergado y sometido a entidades
divinas que exigían sacrificios y religiones que organizaban y ejecutaban
las generosas dádivas y ofrendas de los temerosos creyentes. Esos rituales
y creencias los heredaron las hijas de los dioses, las ideologías y
las entidades abstractas, descarnadas, del Estado así como el para-estado
corporativo.
Hoy el ser humano sigue
postergado y sometido al desarrollo y acumulación del capital, al dios
dinero. Cuando el dinero no es más que una representación del valor
de los bienes con utilidad para facilitar intercambios, es decir un
valor de trueque.
En lugar de usar la tecnología
y sus bondades para posibilitar su creciente libertad y disfrute, se
multiplican las policías secretas, el terror y las guerras que traigan
a flote todos sus temores y fantasmas, lo más bajo de su siquis. ¿Cuál
es la prioridad y que haremos crecer pues? ¿El dios del dinero y su
insaciable sed de sangre joven y bienes? ¿Seguiremos jugando a la ruleta
rusa con los alimentos, salud, vivienda, educación y el ecosistema
todo?
La muerte está inevitablemente
en el futuro cercano, algo ha de morir y algo ha de renacer para seguir
adelante. Muchas cosas han de morir de muchos modos, porque el futuro
comienza a hacerse cercano en la aceleración y la intensidad de las
experiencias que vivimos. Podríamos por ejemplo preguntarle a EEUU,
¿cuántos muertos y esclavos nos costará esta vez la libertad y la
democracia que nos ofrecen? ¿Uno, dos, cinco, diez, cien, mil millones?
Yo les puedo asegurar
sin temor a equivocarme que en una economía de complementación planificada
entre naciones, no basada en el robo de las ganancias o en la generación
y acumulación de capital, bastaría en la mayoría de los casos con
que cada cual trabajara cuatro horas para que todos satisficiéramos
cómodamente nuestras necesidades.
El resto del tiempo cada
cual estaría en libertad de usarlo como mejor quisiera, para el desarrollo
y enriquecimiento de su persona y comunidad. Dígame ahora uds. si frente
a esta posibilidad al alcance de la mano, frente a ese futuro ya avizorado
por nuestra mirada, tiene algún sentido la propuesta neoliberal de
que cada cual se las arregle como pueda. Una mente humana no disociada,
no disociaría tampoco el trabajo de sus frutos, ¿verdad?
Solo el temor a no conseguir
o perder a futuro lo necesario a satisfacer las necesidades, solo el
ensimismamiento resultante de tales conductas, puede hacer que soñemos
compensatoriamente grandes e inútiles posesiones, que hoy ya es evidente
que solo unos pocos pueden alcanzar sacrificando y esclavizando a los
demás a sus temores y deseos.
No hay otro motor que
el temor para impulsar y aceptar tan estúpidos sueños, que solo sirven
para postergar lo que tanto esfuerzo y sudor ha costado alcanzar pero
hoy ya está disponible. Si el estado de nuestra mente es tal que aún
necesitamos mitos, si aún necesitamos conceptos abstractos como patria
o nación para identificarnos, pues que los mitos sean de libertad y
disfrute aquí y ahora, que la patria y la nación sea el mundo como
hogar de la humanidad, para que ya nuca aceptemos postergar el ser humano
presente y existente ni sacrificar su vida cual precio para ningún
falso logro.
Que sean el mito de la
vida y la muerte los que luchen en la mente colectiva, hasta que una
masa crítica se haya identificado ya con la vida y no acepte sentimientos,
pensamientos, sensaciones, ni mucho menos acciones manchadas de violencia.
Sabiendo que cada acción contamina o contagia, reproduciendo su violencia
o su paz.
Mientras el temor y las
instituciones represivas, estatales o familiares, sean las que rigen
nuestras conductas, es un poco ingenuo esperar encontrar ciudadanos
que hayan desarrollado una conciencia ética, que tomen libremente decisiones
porque su experiencia les ha demostrado que esa dirección de acción
es la más ajustada a la estructura vital.
Hoy en día ya resulta
vano seguir insistiendo en cual alternativa es la mejor, ¿me ocupo
de mi mismo o de los demás? El ser humano es una función abierta e
interdependiente de su entorno, por tanto la única respuesta viable
al mismo es complementarnos, “crecer juntos”. Porque la alternativa
de parasitarlo y crecer a su costa solo puede conducirnos al suicidio.
Volvamos al principio.
Comenzamos diciendo que el drama humano se origina en el predominio
que tiene el tiempo futuro, lo por ser, en nuestra conciencia. Que nuestra
esencial posibilidad y nuestra cruz son la libertad de elegir, de decidir
entre formas de vida. De allí partimos y allí volvemos inevitablemente
girando en círculos.
Hemos concebido y traído
a ser historias, mundos y personalidades capaces de desenvolverse en
ellos, en ese fluir de la vida hacia el tiempo futuro, por venir a ser,
que por mucho que parezca acercarse nunca termina de llegar. Pero no
nos hemos dado cuenta y/o no hemos asumido que nuestra naturaleza esencial
es la libertad de elegir, concebir e implementar.
El predominio del futuro
y la libertad de elegir lo que somos y en consecuencia manifestamos
y hacemos, conlleva las alternativas del temor y la fe. Si tememos al
futuro inevitablemente desearemos aferrarnos y/o pertenecer a o poseer
paisajes, personas, bienes, para calmar nuestros temores o experimentar
la ficticia seguridad de la muerte de lo que somos.
Es así, concibiendo
y eligiendo esa alternativa, como nuestras miradas han dado dirección
a nuestras conductas construyendo los mundos que ahora experimentamos.
Pero aún nos espera y nos queda por experimentar y desarrollar la alternativa
de la fe. Esta presupone reconocer que la libertad es nuestra más íntima
y esencial naturaleza, es decir lo que somos.
¿Existe acaso la posibilidad
de negar o huir de lo que somos? ¿Tiene sentido vivir temiendo a nuestro
propio ser? Pues eso fue lo que nos enseñaron, así nos educaron. Diciéndonos
que nacemos en pecado y somos niños malos, desobedientes. El ser humano
es el peor de los animales. Y como tenemos la capacidad y el poder de
concebir e implementar nuestras creencias en formas de vida, pues allí
tenemos a la vista los resultados inevitables.
Tal vez ese mito de la
desobediencia que amerita que no se nos quiera ni acepte, que se nos
destierre y convierta en parias que no pertenecen a nada ni nadie, es
decir que se nos condene a la pérdida del paraíso, no hace más que
sintetizar plásticamente en la imaginería popular, la lucha intergeneracional
que aún hoy resulta obvia en la etapa de la adolescencia.
La libertad de elegir
ser lo que somos, se escenifica inevitablemente como conflicto cuando
cada nueva generación llega a la edad y capacidad de manifestar su
propio paisaje íntimo. Entonces se presenta la alternativa de acomodarse
a lo heredado y establecido como animales domésticos, para asegurar
el plato de comida pero sobre todo para no afrontar el temor del destrato,
del destierro emocional, como si no fueses nada, nadie. Allí yace la
profunda raíz del temor, del conflicto y la decisión inevitable.
O te ajustas negándote
y traicionándote a ti mismo, o te comprometes íntimamente con lo que
eres y manifiestas, con lo cual no te queda sino afrontar el conflicto
de ser llamado traidor a los hábitos y creencias imperantes, “que
todo te lo han dado y gracias a cuyo sacrificio eres hoy lo que eres”.
De ese profundo conflicto y contradicción íntima nace toda la violencia
y también toda creatividad social.
Afuera, miremos adónde
miremos, no vemos más que ese íntimo conflicto, cual guión de los
argumentos reflejados en el espejo social del mundo en plena dinámica.
Por eso las mareas de la historia no podían traernos sino a las puertas
de ese mismo conflicto del que ingenua e instintivamente deseamos escapar,
decidiendo no decidir, que es como decir que lo aceptemos o neguemos,
estamos vivos e inmersos en el mundo heredado y en capacidad de elegir.
Si observamos las opciones
que nos presenta el escenario continental y mundial, yo creo que los
futuros posibles ya están a la vista, así como también las repeticiones
del pasado. Nos toca cultivar la intuición y el riesgo o el aferrarnos
a lo conocido, cuyo tropismo nos conduce rápidamente hacia la prehistoria
humana y la barbarie. ¿Tiene algún sentido intentar adaptarse a un
mundo inviable que se desmorona?
Lo que en estos momentos
históricos ya no tiene cabida es la continuidad lineal. O avanzamos
o regresamos al pasado, o evolucionamos o involucionamos, y todo ello
sucede cada vez más aceleradamente. Los científicos terminan de confirmar
el deshielo de un enorme bloque del casquete polar, a una velocidad
que desborda todos sus modelos estadísticos.
En momentos de intensidad
como estos, la convivencia de la vida y la muerte, de la destrucción
y la creatividad, se hacen más evidentes y no dejan lugar para mirar
hacia otro lado o focalizarse en uno solo de ellos. Nos toca elegir
qué ha de morir y que ha de nacer, que ha de abrirse camino y que no
tendrá ya más lugar dentro y fuera de nosotros.
En diciembre se conformó
el Banco del Sur en Buenos Aires, y ahora termina de hacerlo el Banco
del Alba en Caracas. Entre ambos tenemos ya diez países que conciben,
ven, apuestan y comienzan a construir el mundo por venir. En el que
cada uno aporta según su capacidad y recibe según su necesidad, porque
la dirección es de equilibrio gradual de asimetrías desde el
entendimiento que solo crecer juntos es viable. Cada nación tiene allí
un voto del mismo valor.
Lo mismo que para una
nación es para una familia y/o persona. Todo lo que se mantenga cerrado
y ensimismado, todo lo que continúe afirmando diferencias se desadapta,
avanza velozmente hacia la regresión y desintegración. Todo lo que
se abre y desplaza hacia la complementación creciente de diferencias,
inicia un proceso natural de gradual integración.
En la organicidad de
la existencia la separación solo puede ser un sueño, porque la interdependencia
es absoluta e inevitable. Intentemos separar a los reinos inferiores
de los superiores, a las ciudades del campo, a los géneros sexuales,
al agua del aire.
Por eso cuando hablamos
de integración no nos referimos a la unidad de lo viviente, sino a
la conciencia que cae en cuenta de sus sueños y de las conductas consiguientes,
corrigiéndolas, ajustándolas a la existencia. Esa es la función práctica
de la religión cual función inherente a la conciencia humana y no
cual institución secular de culto, descargar la siquis de las fuertes
tensiones que sus conductas erróneas le generan, volver a unir la mente
superficial, la personalidad epocal disociada con la unidad subyacente
de la mente profunda, sentida.
¡Vaya paradoja y broma!
Ser libres por naturaleza, tener que autoconcebirnos, elegir y decidir
futuros y formas de vida aunque sea decidiendo no decidir. No poder negar
lo que somos por mucho que lo intentemos, porque solo logramos convertir
la vida en un calidoscopio que girando sin fin siempre nos trae
nuevamente al punto de partida, dejándonos por única salida de tal
callejón el atrevernos a aceptar y ejercer lo que somos.
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