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Bolivia: La historia del soldado fusilado
Por: Revista Koeyu Latinoamericano
Fecha de publicación: 24/10/03
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LA HISTORIA DEL SOLDADO FUSILADO

El soldado se negó a disparar, arrojó su fusil y caminó hacia los
manifestantes. Era un aymara de 18 años que había jurado jamás empuñar un
arma contra su pueblo. Sacudía los puños en alto cuando el teniente lo tomó
por la espalda, lo llevó hasta una pared y lo fusiló de un tiro en cabeza.
Luego, dicen, le cortó la lengua para que su espíritu quedara condenado al
silencio.

La historia del soldado fusilado se cuenta por toda Bolivia, pero nadie
puede dar fe de su veracidad.

El Ejército la desmiente y los medios la ignoran, aunque para los habitantes
de El Alto es tan cierta que hasta ya han erigido una hermita, donde
supuestamente ocurrió -durante una embestida militar que en dos días acabó
con la vida de 11 personas-.

'Si viera, señor, lo arrastraron como un perro hasta el caimán (camión
militar)', lamenta una mujer. 'Lo han ido a botar al bosque para que se lo
coman los animales', añade otra. 'La madrecita lo andará esperando
pensándolo en el cuartel', imagina una tercera.

Para lo aymaras de El Alto fueron otros, y no sus muchachos, quienes les
dispararon. Y el soldado fusilado corporiza la imposibilidad del crimen
fraticida.

La hermita está en Río Seco, en medio de una gasolinera que voló por los
aires tras ser atacada por los manifestantes por entregar combustible a 'los
caimanes'.

Una chapa retorcida recuerda el lugar del crimen. Decenas de flores y
lociones cubren unas botellas. Al costado dos banderas de la comunidad
indigenista cargan con un crespón negro en homenaje a los muertos. Veinte
mujeres, cinco hombres y una bandada de niños rezan y cantan por el alma del
difunto.

Cuentan su furia y dolor. Nadie vio nada, pero todos saben quién sí: 'Mi tío
me lo dijo, señor, que lo vio todito por la ventana', 'El vecino de la
Teresa estaba aquí', dicen que dicen.

Las flores de la hermita apenas ocultan algo parecido a un casco militar con
un enorme agujero. Nadie se atreve a tocarlo, ni tampoco al guante que está
debajo. Las 'cholas' que llegan se persignan, y las más viejas se lamentan
por el dolor de 'la madrecita'.

'La lengua del soldadito estaba ahí, yo misma la vi, pero se la comieron los
perros', cuenta una 'chola' que traduce del aymara los relatos surgidos a
borbotones.

A medida que pasa el tiempo el relato se bifurca, pero mantiene la idea del
mártir. Que fue contra la pared, que fue contra la columna, que fue un tiro,
que fueron dos, que los compañeros del soldado atacaron al teniente que a
veces era capitán y a veces sargento.

Los mitos no necesitan ser ciertos para convertirse en una verdad y la
historia del soldado está en los umbrales de esa categoría. Basta con que
las personas lo necesiten y lo crean. El mito ni se explica ni se comprueba.
Simplemente es así porque todos lo saben.

Pero en El Alto, la historia del soldado fusilado no viaja sola, sino en
compañía de otras verdades -no menos verdaderas-, aunque falsas para los
descreídos.

Como la que asegura que eran chilenos 'de ojos azules' los soldados que
disparaban en los barrios de Río Seco y Villa Imperio, traídos por 'el Goni
(Gonzalo Sánchez de Lozada)' a 'matarnos a todos'.

La historia oficial desmentirá con documentos y testimonios el mito del
soldado fusilado. Pero para el pueblo aymara lo único cierto es que pasó,
aunque no haya sucedido.
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Revista Koeyu Latinoamericano


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