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En un ensayo anterior tratamos de resaltar la significación histórica que tiene el conflicto político venezolano, el cual, para nuestro parecer, trasciende, con mucho, el ámbito nacional. Intentamos insertar ese acontecer político dentro de una nueva polaridad, antes mal conocida, dada por irrelevante o ignorada, que escinde el mundo entero en dos mitades radicalmente antagónicas y probablemente inconciliables. Nos toca ahora, en este segundo ensayo, revisar los sucesos históricos más destacados que en Latinoamérica ponen de manifiesto esa nueva polaridad que hoy sobrepasa cualquiera otra cuestión que agite el mundo, y extraer de esos sucesos alguna luz acerca de las características que mejor la definen.
Comencemos por repasar brevemente los brotes de rebeldía antineoliberal más destacados, por haber logrado, así fuera transitoriamente, un acceso al poder. Estos brotes ponen de manifiesto la polaridad riqueza / pobreza, abiertamente enfrentadas, a que aludimos en párrafos anteriores. Todos ellos han tenido una doble inspiración: por un lado, la ideología marxista; por el otro, la misma doctrina liberal dieciochesca. Esta en apariencia extraña mezcla[1] se observa en todos los movimientos que contra el poder tradicional se han dado en Latinoamérica (excepto en Cuba, a partir de la revolución conducida por Fidel Castro), poder que ha representado la opresión y la explotación que los países del centro (Norte) han ejercido sobre los de la periferia (Sur), con la mediación y el apoyo de cúpulas nacionales cómplices que se aprovechan de su investidura en las naciones marginadas. Pero esos pocos movimientos que una vez en el poder han intentado un cambio en la magnitud de la polaridad riqueza / pobreza en Latinoamérica, se han orientado en lo político por una sujeción tenaz y rigurosa a los principios de la democracia liberal, lo cual, si bien se mira, representa una debilidad ante el enfrentamiento que inevitablemente aparece, difícilmente superable en vista de la oposición que los poderes tradicionales de cada país (partidos políticos dominantes, cúpulas económicas, militares y eclesiásticas) y el poder internacional (principalmente los EE.UU.) desatan por todos los medios –la mayor parte de ellos decididamente antidemocráticos, conspiradores y violentos– para aplastar la insurgencia del movimiento reformista. Estos movimientos socialistas tropiezan desde su inicio con la oposición franca del poder económico, que se manifiesta por su retirada (si es que los capitales nacionales hubiesen tenido alguna significación en la marcha de la economía), por el boicot que ejerce el capital sobre las diarias actividades económicas (importación, producción, exportación y distribución) o por intentos golpistas no disimulados. Ahora bien, como el Estado, en un ejercicio democrático liberal del poder, tiene poca o nula ingerencia en la actividad económica, el enfrentamiento con el sector económico privado arroja consecuencias desastrosas para la economía del país. Una situación semejante fue la que se vivió en Guatemala, Nicaragua y Chile con ocasión de los intentos reformistas, aunque conviene decir que la relativa brevedad de los gobiernos socialistas no permitió la puesta en práctica de posibles salidas democráticas al descenso de la actividad económica decretada por la oposición. Tal brevedad fue principalmente determinada por la intervención norteamericana mediante la fuerza, la manipulación y el dinero corruptor, todo lo cual condujo al derrocamiento antidemocrático de gobiernos democráticos elegidos legítimamente por sus pueblos. La intervención norteamericana, tácita o expresamente apoyada por sus compinches europeos, pone de manifiesto la grave contradicción en que incurren estos gobiernos que en sus propios países proclaman y favorecen un clima democrático en sus actuaciones políticas, económicas y sociales, y en el exterior marginado atentan, violan y destruyen esos mismos principios y sus prácticas.
Revisemos rápidamente la historia de esos ensayos socialistas y democráticos liberales para ver, con toda claridad, la similitud de sus propósitos y de sus estrategias y, también, la feroz oposición y el desencadenamiento de la violencia de los poderes nacionales tradicionales y del poder internacional, así como la indiferencia, el silencio cómplice e incluso el apoyo que la mayor parte de los gobiernos del mundo prestaron a esa oposición antidemocrática que violó los principios más fundamentales de esta forma de concebir el poder político y de ejercerlo [2].
1) Guatemala:
El líder del movimiento socialista que llegó al poder fue Jacobo Árbenz Guzmán (1913-1971), hijo de un farmaceuta suizo que había emigrado a Guatemala. Educado Jacobo en la Academia Militar de Guatemala, se unió a un grupo de oficiales izquierdistas que en 1944 derrocaron al dictador Jorge Ubico. En 1949, Árbenz fue ministro de guerra en el gobierno de José Arévalo y en 1951 llegó a la presidencia de la república, con apoyo del ejército y de los partidos de izquierda. Árbenz emprendió con energía una reforma agraria sustancial a favor de las mayorías campesinas pobres, y trató de expropiar las tierras ociosas del más grande propietario del país, la poderosa United Fruit Company norteamericana. Ante el avance de las reformas de Árbenz, no se hizo esperar la reacción del gobierno norteamericano. El para entonces Secretario de Estado, John Foster Dulles, inició una campaña de descrédito contra el gobierno guatemalteco acusando a su presidente de comunista, y, a través de la Central Intelligence Agency (CIA), organizó una milicia contra-revolucionaria capitaneada por el coronel Carlos Castillo Armas, la cual operó desde Honduras y El Salvador. La incursión de esta milicia contra la capital de Guatemala y la negativa del ejército de este país de librar una lucha contra el invasor, terminó con el derrocamiento de Árbenz (Junio de 1954) y su exilio en el exterior. Castillo Armas subió al poder, impuso una dictadura militar, abolió las reformas de Árbenz e incitó al capital foráneo a efectuar con libertad, sin traba alguna, sus inversiones en el país. Guatemala, en la actualidad, continúa siendo una semi-colonia de los EE.UU. sumida en la pobreza y la desigualdad social acentuada.
2) Chile:
En 1970, Salvador Allende fue elegido democráticamente como presidente de Chile. De filiación comunista, Allende se propuso realizar un gobierno plenamente democrático en su país, con total preservación de las libertades y respeto a las leyes. Su gobierno, de carácter socialista, emprendió medidas con espíritu de independencia nacional y en beneficio de las colectividades pobres. Allende expropió, sin compensación, a la poderosa empresa minera Anaconda, en manos de una transnacional norteamericana, que explotaba el cobre chileno, fuente del mayor suministro mundial de este metal. El gobierno de los EE.UU. reaccionó desfavorablemente hacia esta expropiación y desde ese momento se propuso el derrocamiento del gobierno de Allende, con la colaboración de las tradicionales elites de poder de Chile y de la mayor parte de su clase media acomodada. El gobierno de Allende adquirió mediante compra otras compañías mineras nacionales y tomó posesión de grandes extensiones de tierras para formar cooperativas campesinas. Autorizó, además, aumentos sustanciales de los salarios y congeló los precios. En el plano de la política exterior, estableció relaciones con Cuba y con China. La nueva constitución promulgada durante el gobierno de Allende consagró los derechos individuales y la libertad. Un golpe militar, apoyado logística y económicamente por el gobierno norteamericano, derrocó a Allende en 1973. A continuación, con el soporte de los EE.UU. y la intervención de la CIA, se entronizó la dictadura de Augusto Pinochet, la cual dejó el saldo trágico de miles de asesinatos y torturas para reprimir la rebeldía contra el gobierno dictatorial. Estos crímenes, hasta ahora y con la complicidad del gobierno inglés, han permanecido impunes.
3) Nicaragua:
Daniel Ortega, hijo de un campesino que fue líder del movimiento sandinista, llegó a dirigir el Frente Nacional Sandinista de Liberación, organización clandestina que desde 1967 luchaba contra la dictadura de la familia Somoza. Atrapado y encarcelado, pasó 7 años en prisión y fue puesto en libertad a cambio de la liberación de prisioneros somocistas que guardaba el Frente de Liberación. Ortega recibió entrenamiento guerrillero en Cuba, y retomado el comando del Frente logró derrocar a los dictadores somocistas en 1979. Una junta sandinista tomó el poder hasta 1984, año en que Ortega fue elegido democráticamente como Presidente de Nicaragua, en contienda electoral vigilada por observadores extranjeros. Durante su gobierno se expropiaron los bienes de la familia Somoza; se nacionalizaron bancos y compañías de seguros; se expropiaron grandes extensiones de tierras que habían acaparado unos pocos terratenientes y se nacionalizaron recursos minerales. Ortega repartió tierras a los campesinos y emprendió una reforma agraria y educativa en todo el país. Estableció relaciones con Cuba y otros países socialistas y promulgó una nueva constitución en la que se consagraban la democracia representativa, las libertades y los derechos individuales. El gobierno norteamericano, como ha sido su política habitual en estos casos, no tardó en reaccionar en contra del gobierno de Daniel Ortega: En 1981 suspendió toda ayuda a Nicaragua, y el presidente Ronald Reagan autorizó la erogación de $20 millones para reclutar, entrenar y armar un ejército insurgente contra el gobierno de Ortega, ejército que pronto contó con 15.000 soldados, cifra que se elevó a unos 80.000 unos años más tarde. Este ejército irregular llamado “los contra” (contra-revolucionarios) estableció bases en las fronteras de Honduras y Costa Rica con Nicaragua, y promovió una guerra contra el gobierno legítimo de Ortega en la que perecieron más de 30.000 personas. Reagan, además, movió sus resortes para que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) decretaran un bloqueo contra Nicaragua que privó a este país de grandes recursos y ayudas económicas con las que hubiera podido hacer frente a la situación que vivía en plena guerra civil. En 1990, en elecciones libres, Violeta Barrios de Chamorro, viuda de líder sandinista asesinado por elementos de la reacción, y ex–miembro ella misma de la anterior junta sandinista, ganó las elecciones presidenciales con el apoyo de los sectores económicos poderosos del país y la ayuda exterior de los EE.UU. Violeta de Chamorro emprendió entonces un gobierno de corte neoliberal dando marcha atrás a las realizaciones sociales del gobierno de Ortega. Nicaragua, en la actualidad, vive en la pobreza y la miseria, en la corrupción y el desempleo, y ostenta una gran desigualdad social.
En estos tres casos se puede observar la similitud de las estructuras sociales y políticas pre-existentes en esos países: la extendida pobreza de sus poblaciones, la usurpación del poder y de las riquezas por parte de cúpulas corrompidas, el dominio imperialista explotador de los EE.UU. y los medios de violencia, manipulación y exterminio puestos en práctica por este último país para conservar sus intereses neocoloniales. Son también evidentes la abundancia de valiosos recursos naturales en esas tierras latinoamericanas cuya posesión y explotación han estado siempre en juego, y el intento emancipador, nacionalista, democrático-liberal y a favor de las mayorías pobres que sus muy contados gobiernos socialistas han intentado llevar adelante. Esos intentos fracasaron ante la magnitud, multiplicidad y carácter despiadado y sin freno alguno de los poderes contrarios, apoyados por la indiferencia generalizada, cuando no la complicidad abierta, de instituciones internacionales y gobiernos de casi todos los otros países.
La Venezuela de hoy es la arena de una confrontación de semejantes características. El intento del gobierno que preside Hugo Chávez Frías, democráticamente electo, tiene un extraordinario parecido con los ensayos llevados a cabo por Árbenz, Ortega y Allende como una reacción ante las tristes realidades socio-políticas y económicas de estos países latinoamericanos. Algunas diferencias –esperables– pueden citarse: Chávez, al menos inicialmente, ha sido más discreto, más cauteloso, menos radical (aunque la oposición diga lo contrario) de lo que fueron Allende, Noriega o Árbenz. Ha tocado más delicadamente los intereses de los poderosos; ha contemporizado y tolerado los mayores excesos de una oposición que no tiene miramientos de ninguna especie en su furia desencadenada. Pero Chávez, en una cierta medida, ha tenido en sus manos un factor favorable para sus propósitos: su gobierno ha dispuesto de una porción –cierto que hasta hace poco muy empequeñecida por los manejos de los poderosos– del petróleo venezolano para adelantar sus proyectos de inversión social. No ha requerido perentoriamente, al menos de modo inmediato, del estrecho concurso de la actividad económica privada. Otra diferencia significativa la marca el hecho de que la situación política mundial ha cambiado un tanto. En efecto, desaparecida la polaridad Occidente capitalista / Oriente comunista, el pretexto de la lucha contra el comunismo pierde eficacia. En la época actual, que ya ha dejado de lado esta última corriente como ideología y práctica política, ese pretexto suena falso e injustificable a los ojos del mundo entero. Además, si para los EE.UU. resultaron convenientes las anteriores dictaduras militares conservadoras, ahora, cuando ese país actúa –hipócritamente– en el nombre de la preservación de la democracia y de la libertad, el apoyo directo y abierto a este tipo de dictaduras en los países vecinos latinoamericanos se revelaría universalmente como la mayor impostura. En consecuencia, el gobierno de los EE.UU. debe actuar con prudencia, subrepticiamente, amparado con el disfraz de falsas democracias latinoamericanas en las que aparenta creer, que, en el fondo, no son y no han sido más que plutocracias que manejan el poder para su beneficio exclusivo y el de sus poderosos aliados del exterior. Estas plutocracias sirven como instrumento dócil del poder imperial norteamericano (confabulado en su empresa dominadora con los otros poderes imperiales de la Unión Europea y del Japón).
No hay duda de que la nueva polaridad está muy mal balanceada. El polo de la riqueza lo tiene todo: poder económico, político, ideológico-manipulador, militar, científico, tecnológico; y lo tiene en exceso. De su cerco es muy difícil salir. Pero del otro lado, del lado de la pobreza, el poder comienza a aumentar: el descontento de los pueblos es cada vez más manifiesto en sus grandes masas de pobreza; se extiende aceleradamente por todo el subcontinente latinoamericano; se hace más insistente, inconforme y exigente, y tiene marcada resonancia en otras partes del mundo marginal. El triunfo de Lula da Silva en Brasil, y el casi triunfo de Evo Morales en Bolivia, al lado del intenso malestar social que estremece la Argentina, el Perú y otros países son señales muy claras de este proceso. África y Asia, por su lado, anegadas de miseria, están sumidas en estados conflictivos que ponen en jaque y desafían de uno u otro modo la supremacía dominadora.
Esta nueva polaridad presenta, pues, como características resaltantes:
a) La universalidad de su confrontación, en crecimiento continuo y acelerado;
b) Su irreversibilidad: el neocapitalismo es ciego en su afán de ganancia y no da un paso atrás en sus propósitos; al contrario, agudiza sus medios impositivos para incrementar el lucro y el poder. La pobreza tampoco retrocederá: aumenta en número y en conciencia de su estado, al igual que en su firmeza combativa.
c) La inexistencia de nuevas ideologías (visiones del mundo) que puedan orientar una acción favorable para el desarrollo armonioso de un mundo en paz. La ideología de la pobreza tiene su fuente, como ya dijimos, en las tesis marxistas combinadas con la doctrina liberal de fines del siglo XVIII. La ideología neoliberal constituye el extremismo de la doctrina liberal contaminado con una fuerte impregnación del evolucionismo biológico y social que Darwin y Spencer (siglo XIX) pusieron sobre el tapete. Otras dos corrientes de pensamiento que han logrado una modesta repercusión en la vida política parecieran ofrecer un aporte novedoso en el terreno de las ideas. Tales corrientes son el ecologismo y el cooperativismo. Cada uno de ellas, a su modo, se opone a la marcha del neocapitalismo imperialista, hiperconsumista y derrochador. Sin embargo, el cooperativismo no es sino una modalidad actualizada de las tesis socialistas de comienzos del siglo XIX que introdujo el inglés Robert Owen en su obra titulada New View of Society (1813), y que Carlos Marx calificó de socialismo utópico. En cuanto al ecologismo, quizás más novedoso, constituye un movimiento cuyo perfil político no está bien definido, aunque en ciertos aspectos arremete claramente contra las tendencias actuales del capitalismo. De cualquier modo, ambas corrientes tienen todavía escasa influencia sobre el acontecer mundial.
No es posible predecir, ni siquiera imaginar con algún grado de verosimilitud, cuáles sean las consecuencias de esta nueva pugna bipolar que agita el mundo entero. El panorama luce más bien sombrío. Que el imperialismo neocapitalista, caracterizado por su extremo egoísmo, por su hambre desmedida e incontrolada de ganancias y por su desprecio a los valores que han dado fundamento a la cultura occidental pueda ceder, retraerse y abrir su visión a un mundo diferente, parece utópico. Pero también es utópica su confiada seguridad en el mantenimiento indefinido de su poderío destructor. Ese neocapitalismo invasor arroja ahora su traje democrático y humanístico de los tiempos de la Ilustración para quedar al desnudo, con una mueca fascista que le hace mostrar los dientes del lobo en cada situación y controversia. Bien lo está probando el actual gobierno norteamericano, cada vez más cerca de las ideas y prácticas del nazismo-fascismo que parece florecer en el seno de los países de Europa occidental. No obstante, quizás como un recurso de salvación nacido en crudas y angustiosas realidades planetarias que se manifiestan agudamente día a día, haya algún lugar para la reflexión y para un cambio sustancial hacia un modo más humano de supervivencia de las presentes y futuras generaciones. Si yo no lo creyera así, no habría escrito estas páginas.
[1] Las doctrinas liberales y marxistas son hijas del mismo padre. Aunque tienen diferencias importantes, se nutren de la misma fuente. Estas doctrinas se inspiran en las corrientes de pensamiento que vieron la luz y caracterizaron en gran medida la vida política y económica de la segunda mitad del siglo XVIII y el siglo XIX, cuyas bases firmes y resaltantes eran la fe en el progreso y en el poder del hombre, en la libertad, la igualdad, la equidad y la justicia.
[2] Paso por alto algunos otros episodios de rebeldía ante el poder norteamericano o europeo por parte de gobiernos nacionalistas que fueron barridos por los imperios mundiales reinantes con la complicidad de las fuerzas reaccionarias de sus propios países. Tal fue el caso de Cipriano Castro en Venezuela, quien en 1902 no se dejó intimidar por la coalición de las armadas navales de Alemania, Inglaterra e Italia, apostadas en las costas venezolanas para exigir, por las armas, el pago de una vieja deuda. Menciono también el programa de reformas socialistas emprendido por Richard Manley en Jamaica, derrotado por los mismos agentes imperialistas norteamericanos en complicidad con las minorías privilegiadas de la isla.
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