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LA NUEVA POLARIDAD (I)(Diciembre 2002)
Por: Abdel M. Fuenmayor P.
Fecha de publicación: 20/10/03
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“Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte: puede producir brillantes individualidades aisladas, rasgos de pasión, de ingenio y hasta de genio y serán como relámpagos que acrecientan más y más la lobreguez de la noche”.



Menéndez y Pelayo: “De los orígenes del criticismo y del escepticismo”.





La situación política por la que atraviesa Venezuela en los actuales momentos pone de manifiesto un acontecer totalmente nuevo en el mundo: Por primera vez en la historia moderna y posmoderna occidental, se enfrentan abiertamente el poder económico y el poder político, como rivales en una lucha cuyo desenlace, de cualquier modo que se lo mire, es incierto. Si se revisa la historia cuatricentenaria de Europea (continental o de ultramar), o la de África o la de Asia –estas últimas íntimamente ligadas a la de los pueblos europeos– es fácil observar que los poderes económicos y los poderes políticos han ido de la mano a lo largo de esos siglos, con muy pocas discrepancias o con escasos y transitorios desacuerdos sustanciales, y, de ningún modo, tales discrepancias o desacuerdos, una vez surgidos, habían conducido a una ruptura radical que pusiera en pugna franca y abierta a los antes mencionados poderes.



En Europa, una vez afianzado el triunfo de la democracia representativa –paralelo al encumbramiento de la burguesía, a la expansión imperialista y colonial, a la industrialización, y a la adopción generalizada de las doctrinas liberales– el poder económico estuvo estrechamente asociado al poder político. Los pocos casos en los que se entrevió una separación o un antagonismo fueron de corta duración y nunca condujeron a un conflicto con repercusión social y económica radical. En los años que siguieron a la 2ª. Guerra Mundial, se observó un refuerzo considerable del poder del Estado sobre el poder económico, pero ello no significó un enfrentamiento. El poder económico aceptó, en principio, la necesidad del Estado Providencia; sin embargo, una vez superada la crisis de la post-guerra, desplegó una acción sostenida para recuperar su nivel previo de paridad en el poder. En el Reino Unido, esa acción se prolongó un tiempo relativamente largo, hasta alcanzar su triunfo durante el gobierno de la señora Thatcher, ferviente adoradora de la doctrina neoliberal. En los otros países de Europa occidental, la duración del Estado Providencia, cuando estuvo presente, fue de más corta duración. En los EE.UU., la asociación de esos dos poderes –económico y político– fue desde el comienzo franca y sólida, e igual ocurrió en Canadá y en los otros pocos países europeos situados en otros continentes (África del Sur, Australia, Nueva Zelandia).



La asociación de los poderes económicos y políticos es una consecuencia necesaria de la práctica de la doctrina liberal, y más todavía en el actual neoliberalismo. De acuerdo con estas doctrinas, erigidas hoy día en un nuevo Evangelio, el Estado no debe meter baza ni desempeñar papel alguno en las cuestiones económicas. Esas tareas son reservadas para la iniciativa privada. Ahora bien, las actividades económicas son las que proporcionan la posibilidad de vida, desarrollo, bienestar, seguridad y comodidad a los habitantes de un Estado y a la posibilidad misma de la existencia de éste. En consecuencia, cuando el poder económico se concentra en pocas manos, como ha venido ocurriendo desde los inicios del capitalismo comercial, quienes dirigen esta actividad adquieren un poder formidable sobre el resto de las prácticas sociales y sobre la conducción de la cosa pública. El Estado se reserva la fuerza, y ello da cierto equilibrio en la bipartición del poder. La asociación capital ― Estado perfecciona una coalición que permite la supervivencia y el robustecimiento de ambos polos. ¿Y la sociedad? Es la dominada por estos dos grandes amos, el alimento de ellos y a menudo su víctima. Cuando el mundo se reparte en centro y periferia como ha ocurrido desde el siglo XVI hasta el presente, la periferia, en demasía, es la víctima predilecta.



Con el correr de los años, una vez que la industrialización marcó el tiempo histórico de unos pocos países, en cada uno de ellos y en los otros no industrializados se han configurado tres clases principales (o estratos sociales o como quiera denominárseles), clases que con mayores o menores variaciones se encuentran en cada Estado de los que forman la población mundial (Véase mi ensayo titulado “Escenario social y estructura política en Venezuela publicado en el Foro Profesoral y enviado a pag. “web”). Esas clases son: media alta o burguesía acaudalada, representada por no más del 5 al 10% de la población de cada país; media intermedia: entre el 20 y el 30 %; media baja y clase pobre: 60 a 75%. Esta distribución se conserva, con pocas variaciones, en la población mundial vista como un todo. Las clases medias altas e intermedias perciben entre 70 y 85 % de la riqueza que se produce por la actividad económica total del planeta.



En Europa oriental, después de la 1ª Guerra Mundial, triunfó en Rusia la revolución comunista, la cual se extendió a casi todos los países de esta porción del continente. En esta revolución (al igual que en otras del mismo carácter) no hubo enfrentamiento de poderes puesto que, desde el comienzo, el poder político, dictatorial, suprimió cualquier esbozo de poder económico independiente del Estado. En los otros continentes, la asociación de poderes ha sido la regla, salvo contadísimas excepciones (Cuba, Corea del Norte, Libia). Sin embargo, en los países no europeos (llamados tercermundistas, marginales, subdesarrollados, periféricos, no industrializados, etc.) lo que ha privado son las dictaduras de fuerza o las pseudo-democracias que poco tienen que ver, en su práctica social, política y económica cuotidiana, con las democracias de los países industrializados. Estas pseudo-democracias son oligarquías compuestas por cúpulas económicas, políticas, militares y con frecuencia también eclesiásticas, que manejan a su antojo (para su provecho y el de los países industrializados dominadores con los cuales se asocian tácita o expresamente) sus respectivas naciones. Así pueden los gobiernos imperialistas y el capitalismo transnacional que se les asocia, en connivencia con las cúpulas de poder de cada nación sometida, explotar a su sabor los recursos naturales, muy abundantes, de los países marginales y la mano de obra semi-servil de estos mismos países.



La doctrina liberal surge en Europa a fines del siglo XVIII como una reacción de las burguesías en ascenso (dotadas de un notable empuje hacia la posesión de riquezas y favorecidas por los inventos de medios de producción masivos) ante el poder absoluto del Estado en el que predominaban las corrientes mercantilistas. Según la nueva doctrina liberal, se imponía la renuncia del Estado a continuar ejerciendo las riendas de la economía. Esa función habría de reservarse, libre de toda injerencia, a la empresa privada. Al Estado se le asignó, casi exclusivamente, la obligación de cuidar del orden público (orden que beneficiaba a las burguesías en alza). Suponían los teóricos de las doctrinas liberales que por ese camino se llegaría al mejor de los mundos posibles. Mito irrealizable, como lo ha demostrado plena y dolorosamente el curso de la historia con el saldo planetario de pobreza y miseria extendidas y crecientes, pero que, sin embargo, sigue utilizándose este proyecto utópico desarrollista para ocultar el verdadero rostro del neoliberalismo. Como en el viejo cuento, detrás de la abuelita está el lobo.



El triunfo político de la burguesía que ocurrió en Europa occidental lanzó la doctrina liberal por un camino más fácil y efectivo. El capitalismo comercial, fuente de las primeras grandes fortunas, recibió un poderoso impulso con el advenimiento de la industrialización. Para el suministro de materias primas abundantes, casi regaladas, y de mano de obra esclavizada o servil, estaban todas las colonias; es decir, la mayor parte del mundo. ¿Estaban? No. Siguen estando, así se disimule el hecho con ideologías opresoras, propagandas manipuladoras y falsas denominaciones (“democracia”, “libertad”, “justicia”, “progreso”) con las que se etiquetan prácticas sociales, políticas y económicas contrarias a lo que esos nombres designan.



El poder económico, sin embargo, no se quedó en la misma situación que tenía después de la 2ª Guerra Mundial. Continuó creciendo velozmente, incrementó sus haberes en forma muy acentuada, concentró la mayor parte de las riquezas, y, en forma progresiva, ha ido apoderándose de la ciencia y la tecnología, de los mercados, de los sistemas de educación, de los medios de comunicación social y de las mentes de las personas en todas partes. Este poder, enorme en cada país, se universaliza, se agiganta y toma cuerpo en las grandes corporaciones económicas, las llamadas transnacionales, que hoy vienen a constituir el poder dominante, sin rival, que ha puesto a sus pies a los poderes políticos de cualquier Estado.



Existe, con todo, una diferencia sustancial entre los llamados países industrializados (Norte, centro) y los no desarrollados (Sur, marginales, periferia). En los primeros (Norte) –que son muy pocos–, el poder económico, explotador de las riquezas naturales y de los recursos humanos del mundo marginal (Sur), se alza como el neo-imperio mundial con el apoyo de los poderes políticos del polo dominador. Este nuevo imperialismo post-colonial, a la par que trae inmensas riquezas a los países industrializados y el disfrute de la abundancia, el lujo y el derroche a sus pobladores, deja tras sí un enorme caudal de pobreza y de miseria en los países marginales, más numerosos y poblados. Se establece, de este modo, una polaridad, riqueza / pobreza, que si bien siempre estuvo presente, se disimulaba u ocultaba bajo el manto de otras polaridades políticas (las guerras entre los diferentes estados europeos, la guerra fría o las guerras religiosas o por motivos territoriales). La nueva polaridad, que desplaza a todas las anteriores y que marca y delata el abismo entre los muy pocos ricos y los muchos pobres de este mundo, imprime al actual acontecer un curso acelerado, explosivo, impredecible y amenazador. Ese acontecer bipolar, con su característica de inestabilidad, está presente en todo el orbe, aunque por razones fáciles de comprender, su manifestación se hace más aparente y más convulsiva en los países marginales. Podemos, pues, calificar de nueva esta polaridad cuya magnitud visible es hoy algo inédito y sorprendente en su carácter universal, con hondas repercusiones sobre el destino político, social, cultural y económico de todo el género humano.



En los países “desarrollados”, comienza a destacarse un grado visible de desempleo y marginalidad aunado a serios problemas sociales y políticos, y exacerbado por la inmigración en aumento desde los países pobres (pese a las políticas represivas que quieren limitarla). En esos países ricos están presentes, además, frecuentes conflictos políticos, sociales, raciales y religiosos que estallan aquí y allá y que repercuten sobre la salud social y económica de las naciones que acaparan el poder. Adicionalmente, se observa en las naciones “desarrolladas” la contradicción entre su vocación imperialista hacia el mundo exterior pobre y su profesión de fe democrática en sus propias fronteras; el envejecimiento progresivo de su población; la extensión del consumo de estupefacientes; la disrupción de la familia; el aumento de la homosexualidad y la pérdida de sentido de la existencia. Todo ello causa malestar y preocupación por el futuro de estos países. En los países periféricos, la creciente pobreza y la miseria extendida de grandes masas de población son como volcanes en actividad en cada país prestos a explotar, que amenazan seriamente su estabilidad política y dan mudos testimonios de la falacia de su futuro mítico “desarrollo”. El neocapitalismo, el neoliberalismo, la globalización económica y otros grandes rubros del imperialismo universal en marcha carecen de respuesta para estos panoramas; actúan, más bien, como su causa principal.





Mérida; Diciembre de 2002
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Abdel M. Fuenmayor P.


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