Contacto entre cielo y tierra... libertad y opresión

El Papagayo

Había que buscar las palmas que tuvieran las varillas fuertes. La vecina que estaba vigilante para que no le jodamos la palma y la paciencia nuestra que terminaba venciendo la vigilia. La hojilla doble filo Gillette era perfecta para no desgajar completo el tallo, pero quedaban los vacíos entre hoja y hoja que propiciaban el insulto – “¡Carajo! Estos muchachos me volvieron a joder la palma...” – Tarde piaste, pajarito; frase que haría famoso después a Luis Herrera. La mata de limón, el club del clan en la Plaza Vista Hermosa, nos cobijaba limpiando las varillas mientras se escuchaban los reclamos.

Esa vaina era un arte; todo un oficio de artesano. Cortar las varillas y formar una cruz de Caravaca, amarradas con el hilo Elefante robado en casa en sus puntos centrales e ir de punta en punta armando la estructura. Previamente se había comprado el “papel pa’ volador” color rojo, azul intenso, naranja, verde o amarillo (entre gustos y colores...) a locha el pliego en la tienda de Petrica. Una ollita con almidón hervido en agua para pegar los pliegues del papagayo y dejarlo listo para acometer el paso final: Los frenillos, que formarían un perfecto triángulo equilátero en todas sus mediciones a los puntos de anclaje... ¡Ah, vaina! Créanlo, era un arte...

La cola debía hacerse de trapo, ni muy larga ni muy corta. Franelas, trapos de cocina, camisas o sábanas viejas, nada que fuera tela se salvaba de la tijera. Tiras amarradas, dos, tres o cuatro metros; una larga y otra corta para estabilizarle el vuelo y evitar la caída en remolino. Solo restaba un detalle para joderle la vida a los intrusos aéreos: La hojilla Gillette amarrada en la punta de la cola. No me gustaban las peleas entre papagayos, pero había que estar preparado para el malintencionado. Esas horas de laboriosa construcción no podían arriesgarse con un coño de madre que quisiera tumbarte los sueños en pleno ejercicio de vuelo. Había que subir artillado y presto a la lucha que se pudiera librar.

La pista de vuelo siempre estuvo allí. Que me envidien los caraqueños, pero en mi plaza despegaba hasta un avión minero de Rutaca. El viento, envidiable elemento natural que no faltaba a pesar del sol inclemente, invitaba a elevar el resultado de la ingeniería infantil. Solo restaba el copiloto que se alejaba con el papagayo, mientras regalábamos metros de hilo – “Dale, dale... más atrás... dale, más atrás... ahí, ahí, ¡Coño, ahí!... espera, espera... yo te digo cuando...” – Ahora, solo restaba esperar una ráfaga favorable – “!Ahora, suéltalo...!” – Tres pasos, cinco pasos, otros cinco más; se eleva mi alma, se eleva majestuoso – “¡Dale hilo, dale hilo, carajo...! – El copiloto se desespera cuando el viento aprieta y obliga una voltereta – “¡Suelta y ajila... ajila, ajila...!” – Se comienza a alejar, mientras el carrete en el piso salta alegre vomitando metros de ese hilo umbilical entre el piloto y el papagayo. Tres carretes más – “El mío está más alto ¿Verdad, Filemón?” – Los jueces naturales observan. No pudieron hacer su papagayo y la altura depende de la imparcialidad que exige la amistad. Soy el musiú de la partida y me dicen “italiano” siendo hijo de gallego terco y canaria que cantaba a la Virgen de la Candelaria batiendo la ropa con jabón Las Llaves. Tengo que elevarlo mucho más alto para que no exista duda alguna. Esta vaina de ser musiú es un peo y obligaba a construirse el respeto a coñazo limpio. Una vez, toda la pandilla de la plaza nos robamos una caja de malta Caracas de un camión que era de un español, el esposo de Petrica. Nos tomamos las maltas calientes en la mata de limón. Al día siguiente, papá nos dio una paliza histórica. El español vio el robo desde su ventana. Fuimos doce o trece carajitos, pero el cabrón solo vio al par de españolitos, mi hermano y yo. Amén de los verdugones, tuvimos que pagar la caja de maltas durante cuatro domingos consecutivos, llevándole a Petrica el bolívar que nos daban para ir al cine del colegio de curas. Treinta y siete años después, aún le tengo arrechera por habernos visto, por difunto y por que aliñé la rabia cuando supe que era franquista... Había que enseriar el odio infantil.

Apenas un punto rojo se ve arriba. Está quieto, sereno, escoltado por uno verde, uno amarillo y otro azul. El puntico rojo es el mío; siempre me gustó ese color. Las tardes son miserables para mi estado de ánimo y solo me gustan cuando el cielo se quema en colores rojizos. Es hora de bajarlo, la vieja me llama; está tan alto que le toca las barbas a Dios. La satisfacción de haber logrado alcanzar el cielo, tocarlo con ese punto rojo, es suficiente. Estuve largo rato sin hablar, esperando mil respuestas que me llegaran por contacto. Se siente extraño; la mano balanceándose de un lado a otro; el hilo tenso y aquel punto rojo que me habla con códigos imperceptibles. Me dice “¡Libérame!” en tono suave, con movimientos pequeños. Una sonrisa que me sorprende el rostro. Rompo el hilo y sigo sonriendo ante el asombro de mis amigos. Allá va el puntico rojo, se menea alegre sin un amo que lo ate. No se que me dice, pero va cayendo haciendo piruetas y riéndose del azul, del verde y el amarillo que se agitan rabiosos buscando la libertad... Levanto las manos y pego una carcajada. El punto rojo se va perdiendo con la cola despeinada... Todavía me abraza su alegría; todavía envidio su liberación.

Esta revolución es el papagayo que hemos elevado. Cuando lo soltemos y nos dejemos abrazar por su alegría; cuando todos juntos volemos con ella y entendamos que la revolución es más que un hilo deteniendo las ganas, no habrán pasado cien años en vano y Simón dejará de correr elevando nuestra sed de justicia y patria... ¡Ajila, coño, ajila...!

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Mario Silva García

Comunicador social. Ex-miembro y caricaturista de Aporrea.org. Revolucionó el periodismo de opinión y denuncia contra la derecha con la publicación de su columna "La Hojilla" en Aporrea a partir de 2004, para luego llevarla a mayores audiencias y con nuevo empuje, a través de VTV con "La Hojilla en TV".

 [email protected]      @LaHojillaenTV

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