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José Julián Villalba
Se quisieron robar la democracia así como así. El ramalazo, porque a eso no se le puede llamar golpe, trajo a mi memoria la famosa narración: “Golpea Betulio, pega Betulio, derecha de Betulio, y ... cayó Betulioooo”. Los comentaristas, tanto los de entonces como los de ahora, se parecen. Solo veían una parte de la realidad y así, sus recuerdos son parciales y amargos . Ni el campeón venezolano retuvo la faja mundial, ni Carmona pudo retener el Coroto.
Porque para ellos la democracia, el gobierno, el Estado venezolano, no es más que un Coroto. Así tienen años llamándolo y jugando con él. Hubo un tiempo en que Pérez Jiménez se hizo con el Coroto, después de pasearlo, manosearlo y besuquearlo los adecos y copeyanos se lo quitaron. El 23 de enero el pueblo venezolano creyó por un momento que le pertenecía, pero Punto Fijo se lo quitó para empezar a pelotearlo lanzándoselo unos a otros durante cuarenta años.
En 1998, la gente dijo basta, la “realidad social”, los “estratos D, E, F, G ....Z”, “el pueblo bajo”, “cierta izquierda venezolana”, empezó a tener rostro, voz, voto, conciencia, deseo y agarró para sí lo que hasta entonces se llamaba “El Coroto”. Gente que había soñado con él sin poderlo tocar, gente que ni siquiera sabía que existía, lo tuvo al alcance de su mano, lo olió, lo lamió, lo probó. Alguno quiso retenerlo, otros lo devolvían con lágrimas en los ojos, pero la mayoría observaba aquello con real estupefacción. ¿Y esto era lo que esos carajos tanto querían?. “¡Pues esto va aquí!”, dijo la gente, poniéndolo en la papelera de palacio.
“Sobre esta moribunda...”, juró el Presidente, que minutos antes en palacio había tapado la papelera, dejando a más de uno anonadado y adolorido. Aún hoy, cuando se ven las imágenes del acto, puede apreciarse el gesto malcriado del saliente y último poseedor de El Coroto.
Desde entonces El Coroto se quedó en la papelera, nadie lo volvió a ver, se decretó la Constituyente y se hizo la Constitución, la gente ha comenzado a mandar, a participar corresponsable, protagónica y altaneramente. Con orgullo se organiza la gente en Comités de Tierra Urbana, en Círculos Bolivarianos, en Cooperativas, y en cuanta forma le da la gana, unos para apoyar al gobierno, otros para buscar mejoras en sus barrios, o ciudades. El gobierno funcionaba, si es que puede llamarse funcionar a pretender vender zapatos en una carpintería. Los vendedores se afanaban en vender y algo vendían, los artesanos se las ingeniaban para fabricar zapatos con taladros, tornos y serruchos y algo hacían, los mesones de la carpintería se transformaron en mostradores de calzado, y ya el gerente se estaba dando cuenta que era difícil de esta manera satisfacer todas las aspiraciones de calzado que se congregaban en las puertas de palacio. Y es que este Estado está diseñado para y por El Coroto, para incitar la ambición del aspirante, para generar complicidades,para la oscuridad y la corrupción, para la zancadilla y el jalabolismo, para y por El Coroto. Cosa absurda es pretender que Eso funcione con El Coroto en la papelera.
Sin embargo algunos nostálgicos no paraban de preguntarse: ¿y dónde está El Coroto?. El ansiado objeto de sus angustias y desvelos, la encarnación de sus apetitos, la sublimación de sus deseos. Algunos intuían que seguía en palacio, otros sollozaban pensándolo en el fondo del Orinoco, unos pocos se internaron para soportar la abstinencia. Un día se dejaron de pendejadas y decidieron atracar el palacio y conseguir su Coroto.
En una de sus guaridas se reunieron. “El Mofletuo” se comprometió a poner los muertos si lo nombraban administrador del Coroto, “el Pokemón” ofreció sacar la gente si le daban poder a “El Bobolongo”, éste puso su diario a la órden, “El Pingüino” repartió cincuenta sotanas para disfrazarse, “Cabeza e’bola”, “Barriga e’ nepe”, “El Gago” y “La Quisquillosa” iban a cantar la zona con la policía y los militares, “Los Mariscales” pusieron a la orden su club de fans, “Lunar Peluo” ofreció apoyo con sus cabilleros, “La Bigotua” y “El Cubano” dijeron tener el control de todo lo que se viera, oyera y dijera sobre el atraco. Así cada uno puso lo suyo y entre todos pusieron la torta y la fecha: 11 de abril.
Al día siguiente todo les salió a pedir de boca. Hubo imágenes de primera, la banda tomó el palacio, se quitaron los antifaces en el Salón Boyacá y comenzó la búsqueda de El Coroto. “Está detrás del cuadro, quítelo sargento”, gritaba “El Mofletuo”, a lo cual accedió el militar a regañadientes, quitar a Bolívar no era de su agrado. “No, no, está entre las persianas” decía “La Quisquillosa”, mientras revisaba. “Revienten la caja fuerte” decían “Los Mariscales” a coro, “algo tan lindo tiene que estar allí”. Hasta que uno de sus abogados, recuérdese que detrás de todo atracador que se precie hay un buen penalista, se sentó y comenzó a meditar: “¿Dónde habrá puesto esta chusma esa vaina?”, ¡En la basura!, por supuesto. Destapó la papelera y allí estaba.
El Coroto de tanto tiempo sin uso había acumulado fuerzas, el abogado apenas lo tocó sintió que una energía irresistible lo embargaba, gritó, lloró y pataleó cuando “El Mofletuo” se lo quitó con la ayuda del resto de la banda. Ahora cada quien peleaba por tocarlo aunque fuera un momento, la adicción de “El Mofletuo” se tornaba más y más fuerte, llegando incluso a evitar que “Lunar Peluo” lo rozara siquiera, por lo cual este se indignó y se retiró a su madriguera.
Mientras esto ocurría, el abogado garrapateaba cosas en un papel. Escribía como poseso, estaba en un profundo trance provocado por la poderosa descarga de El Coroto. A pesar del ruido, los jalones y lloriqueos a su alrededor, aquel hombre no paraba de escribir y no desviaba su atención. Poco a poco los demás se quedaron callados, “El Pingüino” se persignó ante aquel éxtasis provocado por El Coroto, uno a uno fueron agrupándose en torno al abogado intentando leer. Al terminar de escribir, el abogado estiró los brazos y miró a su alrededor, sabiéndose el centro de la atención de todos en aquella sala y sintiéndose una advocación de El Coroto, dio lectura al decreto número uno que sería hecho público esa misma noche.
La presentación pública del decreto, así como la firma de un acta en la que los compinches se repartían el botín, fue recibida como un baño de agua fría por la gente. Hasta sus partidarios olieron al Coroto detrás de sus palabras. La gente que tenía tiempo sin sentir el poder de El Coroto percibió con claridad Su presencia en aquellos actos del breve gobierno.
Como un hormiguero se fue movilizando el país. Con la tenacidad y la organización aparentemente instintiva de las hormigas, la gente se fue agolpando a las puertas de los cuarteles y del propio palacio. La Fuerza de la Conciencia fue abriendose paso en la maraña de cosas que El Coroto entretejía en las pantallas del televisor y en los titulares de los periódicos. La Fuerza de lo nuevo fue desvaneciendo la obscuridad de esos días y logró que los adoradores de El Coroto huyeran despavoridos al saberse descubiertos. Al abandonar el palacio, lo último que oyeron fue el consejo del abogado: “Señores, a decir: yo no fui”.
Las primeras palabras que aprende todo atracador de alcurnia son “yo no fui”, “quiero un abogado” y “por mi madrecita santa”. La banda que nos ocupa no escapa a esta condición y así los hemos escuchado repetir hasta la saciedad la misma cantaleta. A pesar de que todos los saben culpables, ya que sus delitos fueron cometidos “en vivo, directo, vía satélite”, unos jueces convencidos de que más vale tenerlos libres que echar a perder a la población penitenciaria venezolana, los han dejado en la calle. Vale la pena aclarar que el altísimo tribunal, a quien algunos acusan de corrupto y otros de influenciable, tomó una decisión salomónica. ¿Ustedes se imaginan que los miles de presos que hay en Venezuela fueran influenciados por el poder de El Coroto?, entonces si cabría hablar de “El Golpe de Estado Permanente” (con el perdón de Francoise Mitterrand que escribió un libro que se llama así).
Además haberlos dejado libres implica un castigo adicional. Hay que ver que son malevolos y arteros los jueces. Exculpándolos los condenaron a seguir intentándolo, a seguir creyendo en las posibilidades de poseer El Coroto o que El los posea. Una y otra vez se reúnen en sus guaridas, algunos se encierran en los baños a soñar y a masturbarse recordando el breve contacto ese obscuro Coroto del Deseo.
Algunos, los mas recatados, hasta fundaron una Coordinadora Cleptocrática, a ver si en algún descuido se lo agarran. Así, hechos los pendejos, como quien no quiere la cosa.
¿Y El Coroto?, bien gracias. En la papelera, donde cada vez se hace más débil. La última vez que el Presidente le echó un vistazo apenas tenía el tamaño de la dignidad de Carmona.
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