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Hoy se cumple el tercer aniversario desde que Ariel Sharón, que entonces formaba parte de la oposición al Ejecutivo israelí, pisara la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén. Su provocación dio paso a una revuelta cocinada hacía tiempo JERUSALÉN.
Tres años de Intifada de Al Aqsa, tres. Tres años desde que Ariel Sharón, entonces líder de la oposición, pisara la Explanada de las Mezquitas para encender una mecha ya colocada y preparada desde hacía tiempo.
Tres años de ciudades y campos de refugiados en estado de sitio, bajo toque de queda. De carreteras cortadas, de familias aisladas, de mujeres, palestinas por supuesto, pariendo niños muertos en controles israelíes.
Tres años de detenciones masivas, de vidas destruidas. De castigos colectivos en los que pagan un alto precio más justos que pecadores. De asesinatos nada selectivos con más de un centenar de milicianos ejecutados extrajudicialmente, y un centenar de inocentes abatidos sin perdón.
Tres años de atentados suicidas indiscriminados. De violencia irracional que todo lo arrasa. De autobuses volados en mil pedazos de carne humana con inocentes pasajeros dentro. De restaurantes, cafeterías, discotecas y hoteles hechos añicos. De universidades explosionadas a las puertas de un verano tan teñido de sangre como el anterior y como el siguiente.
Tres años de siembra de odios y cosecha de tempestades. De olivos centenarios arrancados. De campos de cultivo triturados. De economías arrasadas. De casas, centenares, demolidas. De campos de refugiados reventados.
Tres años de guerra contra un terrorismo que desde aquel fatídico 11-S en Nueva York y Washington ya se escribe también aquí con mayúscula.
Tres años con tres organizaciones extremistas palestinas (ya incluidas en la lista de bandas terroristas de los Estados Unidos y la Unión Europea) que no han cesado en sus ataques contra un Israel que quisieran ver hundido y desaparecido en el Mediterráneo. Hamás, Yihad Islámico, Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, nombres propios, como los de sus brazos armados, para una guerra de guerrillas, una guerra sucia, una guerra a escondidas, una guerra que no es guerra pero que recoge tantos muertos como si lo fuera.
Tres años de linchamientos; de niños muertos en primer plano; de árabes israelíes pasados por las armas por otros israelíes; de asesinatos nada selectivos; de entrada en servicio mortal de «cazas» F-16; helicópteros «Apache»; carros de combate «Merkava». De bombardeos tan poco selectivos como los asesinatos contra zonas tan densamente pobladas que apenas caben más sardinas en esas latas enrejadas. De asesinatos de ministros y líderes políticos; de emboscadas en las carreteras; de chupetes rotos, de trincheras y fosas, muchas fosas, todas llenas; de «mukatas» asediadas y derruidas; de iglesias y conventos rodeados; de exilios pactados y emigrantes obligados.
Tres años en los que el Gobierno de Ariel Sharón ha demostrado con los hechos no querer otra paz que la suya. En los que los asentamientos judíos «ilegales» (todos lo son según la legislación internacional) se han desarrollado sin solución de continuidad. En los que los oídos sordos han unido fuerzas con las palabras altisonantes.
Yaser Arafat, «irrelevante»
Tres años en los que las infraestructuras administrativas y de seguridad de una Autonomía Nacional Palestina hoy en estado de coma han sido laminadas antes de exigir que se utilizaran en el desmantelamiento de las otras infraestructuras palestinas, las terroristas.
Tres años en los que Yaser Arafat ha quedado acorralado hasta la nada, ha sido declarado de manera precipitada «irrelevante», ha pergeñado en la sombra todas las estrategias posibles e imposibles para lapidar a su vez a Abu Mazen, y ha sido a la postre resucitado por quienes tanto le odian.
Tres años con un legado dramático, no sólo por ese pasado tan cercano y ya olvidado por muchos lejos de estas tierras nunca santas -con 2.700 muertos palestinos (de ellos cerca de 500 niños), y casi 800 muertos israelíes (100, menores de edad), con decenas de miles de heridos- sino por lo que se avecina por ese Muro del «apartheid» para casi todos que no cesa de levantarse, esa valla de seguridad y separación para los menos que no deja de extenderse, que devora tierra ajena, que separa al campesino de sus cultivos; que aleja al niño de su escuela; que impide al enfermo llegar al hospital; que ha sido incluso denunciado por Estados Unidos.
Tres años de la Intifada de los niños muertos. De una tregua de nunca Hamás que ni siquiera duró tres meses por tres brutales atentados suicidas con 38 muertos israelíes.
Tres años coronados por una «Hoja de ruta» a la que se agarran los más ilusos que la creen todavía herramienta útil para viajar, sin rumbo eso sí, con muchos desvíos, sin ningún atajo, hacia una paz imposible.
Tres años que dan paso a un cuarto. Con Sharón, amenazado en el frente interior por una corrupción que alcanza a su familia; con Arafat cerca de ser deportado o asesinado; con más atentados suicidas a la vuelta de la esquina; con más castigos colectivos para justos y pecadores; con el Gobierno de Abu Alá a punto de ser formado, un Gobierno que correrá la misma suerte que el de Abu Mazen.
Tres años ya. Llenos de historias personales y anónimas para no dormir, para llorar, para temblar. Tres años que han proyectado resignación e impotencia. Y odio. Muchos odio. Y sed de venganza nunca saciada.
Tres años de apuestas y fracasos. El de Sharón y su promesa electoral de paz y seguridad; el de Arafat y ese Estado palestino libre y viable que nunca llegará a través de la violencia; el de la comunidad internacional y el Cuarteto que todavía se creen su «Hoja de ruta»... Tres años de Intifada, tres.
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