Tres mitos y un final feliz entre Chávez y Enmanuel

Cuando el miércoles las FARC transmitieron al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, las señales necesarias y exactas de ubicación y condiciones, para cumplir la promesa de entregar a Clara y Consuelo, se comenzaba a cerrar un capítulo y al mismo tiempo se daba inicio a una nueva etapa, otra perspectiva, en el conflicto colombiano.

Con el mismo hecho se acababa la patraña del gobierno colombiano y de Uribe en persona, eso que Chávez definió correctamente como "Dinamitar la Operación Enmanuel".

El momento mediático de gloria, ganado por Uribe entre el 28 y el 31 de diciembre, a partir de una falla política de las FARC, se derrumbó y apareció el verdadero Uribe, el hombre fuerte de Washington en América latina, el guerrerista a quien todo hecho humano (y humanitario) se le convierte en las manos en recurso de poder de intereses mezquinos.

Por lo menos tres mitos reaccionarios fueron desmontados con este final feliz de la operación humanitaria de las FARC y Chávez.

Primer mito

El primero, dicho por la prensa derechista del hemisferio contra el líder de la revolución bolivariana, es que la Operación Enmanuel era un montaje de Miraflores para contrapesar la derrota sufrida en el referéndum del dos de diciembre.

No sólo resultó lo contrario porque esta vez, con la lección aprendida predominó el perfil adecuado y la mesura mediática, Chávez cumplió su único cometido: facilitar la liberación de las rehenes y del hijo de Clara, y mostrarle al mundo su rol único de líder continental de izquierda, confiable hasta para un movimiento guerrillero tan receloso como el de Marulanda. Es que además mostró a un hombre que se mueve por sensibilidad humanitaria, porque fue formado en convicciones sociales profundas desde su adolescencia en Barinas y su paradojal desarrollo en el ejército venezolano, sin las cuales sería inexplicable su evolución hasta las ideas del socialismo.

A Chávez no se le puede evaluar porque sea histriónico o espectacular, porque él es histriónico y espectacular. Eso es parte de su condición, no su defecto, tanto como la de Uribe es ser aburrido y reaccionario o la de Alan García es ser demagogo. A Chávez hay que evaluarlo por lo que haga o deje de hacer en su condición de líder al servicio de un proyecto revolucionario. La falla en el cálculo político y en la evaluación del carácter de las FARC durante la primera operación, quedó reducida a una anécdota y varias lecciones clave en esta historia.

Una hábil operación de prensa

Todo lo que hizo la prensa enemiga de Chávez para ocultar, distorsionar y deformar su papel central en la operación, no impidieron que terminara como el héroe de la acciòn humanitaria. Fue sorprendente ver los canales y las agencias llorando al final de la tarde del jueves cuando no pudieron evitar al presidente venezolano en el centro de la escena.

Al embajador venezolano en Argentina, Arévalo Méndez Romero, se le ocurrió, frente a un personaje grotesco como Feimann de C5N, una frase adecuada a esta realidad: "hay muchos que están llorando porque hemos tenido éxito".

El monitoreo de la televisión entre las 10 de la mañana y las 7 de la noche, nos permitió observar todo lo que hicieron para desvisualizar a Chávez y a la senadora Piedad Córdoba en la jornada, al contrario del espectáculo mediático de diciembre cuando la operación fracasó.

Canal 9, Crónica TV, C5N de Buenos, América Noticias, TN y CNN en español, colocaron a la Cruz Roja y a una difusa "gestión internacional" en el centro de la operación hasta que Clara y Consuelo llegaron al aeropuerto de Maiquetía. No hay duda del rol jugado por ambas entidades (Francia, Argentina, Brasil, Cruz Roja) pero tampoco de su papel subsidiario, no determinante.

A Chávez comenzaron a mostrarlo –y sostenerlo en pantalla– en el centro de la escena, sólo cuando ambas mujeres llegaron al Palacio de Miraflores y él las abrazó junto al nieto de Consuelo.

A partir de ese momento era imposible ocultarlo, a riesgo de negar la materia de la noticia y anular la propia imagen televisiva, pero entonces transformaron la sucesión de escenas en una telenovela.

Difuminaron a los personajes principales (Chávez y Piedad Córdoba) y a los personajes secundarios (Cruz Roja, Piedad, Rodríguez Chacín, Nicolás Maduro, el embajador cubano), logrando disolver lo más importante del suceso: las razones que condujeron al acontecimiento en el momento y lugar en que acontecieron. O sea, la decisión unilateral de las FARC de entregarle a Chávez, y sólo a Chávez, como desagravio contra Uribe, la muestra de su voluntad por una solución política al conflicto.

Segundo mito

El segundo fue proferido por Álvaro Uribe Vélez en persona en la ciudad de Villavicencio cuando hizo explotar su dinamita ante los delegados y la prensa internacional, y reproducido por los medios capitalistas del continente: que todo era una mentira de las FARC, que "este grupo terroristas nunca ha tenido ni tendrá vocación humanitaria y deseos de cumplir ningún trato" (Uribe Vélez, presidente de Colombia, Discurso Aeropuerto de Villavicencio)

Si Clara y Consuelo no fueron liberadas en diciembre se debió a dos hechos combinados en el mismo acto.

El primero es que lo impidió el cerco militar y policial impuesto por las Fuerzas Armadas del estado colombiano en los veintisiete pueblos y zonas militares selváticas aledañas al Guaviare y al corredor que usaría las FARC para hacer la entrega. Fue correcto no hacer la entrega si con ella se iba a poner en riesgo la vida de las rehenes y al batallón de milicianos. El gobierno de Uribe no cumplió lo pactado con la Misión Internacional encabezada por Néstor Kirchner, con la Cruz Roja y con Venezuela.


El dilema vital de las FARC

El segundo hecho que se combinó para impedir la Operación en diciembre fue de carácter político, corresponde a las FARC y se llamó Enmanuel. Falló la información dentro –y entre– los frentes y comandantes de las FARC y de estos con el presidente Chávez, el responsable político de la tarea. No olvidemos que se trataba de un gesto unilateral de desagravio al presidente venezolano.

Este error operativo, de grave responsabilidad política, facilitó a Uribe convertir a Enmanuel en una "dinamita" y la alharaca entusiasta de la prensa capitalista e imperialista del mundo, que pudo llamar "operación fracaso" a lo que pudo ser algo más serio si en las FARC no ocurriera lo que ocurre.

Este movimiento guerrillero colombiano, el más genuino y masivo de los que produjo la historia guerrillera latinoamericana, vive desde hace algunos años una peligrosa tendencia a la descomposición de su base social de apoyo. Un agotamiento histórico y orgánico que lleva al agotamiento moral. Ello conduce a deserciones, retiradas, aflojamientos y errores políticos inexplicables si fuera otra la situación interna y su relación con las clases pobres de la sociedad colombiana.

De la información de la prensa colombiana confiable y de fuentes de la izquierda de ese país consultadas, surge que entre finales de 2006 y finales de 2007, se fueron de las filas de las FARC unos 354 militantes. "Del total de menores desmovilizados, 255 eran de las Farc, 178 hombres y 77 mujeres. Los Departamentos donde más se desmovilizaron fueron el Caquetá, con 38 casos, Antioquia con 29 y Meta con 26"

El 7 de enero de 2008 fue el último caso conocido, con la deserción del Frente 16 en el Departamento del Vichada. Esto explica las defecciones sorpresivas, movimientos de cuadros sin previsión del contexto político, como los que permitieron la captura de dos militantes en una Terminal de ómnibus de Popayán y al miliciano responsable de finanzas Ésder Pineda Peña, capturado en Bogotá el 5 de enero.

La FARC no está obligada a deponer sus principios ni el control de sus armas, pero debe aprender de la historia latinoamericana el riesgo que significa el agotamiento social y político de un movimiento guerrillero.

La contradicción es que el gobierno de Uribe y Washington sólo aceptan de ellos la rendición incondicional, adelantada por el ejército genocida colombiano cuando convierte a humildes campesinos en rehenes como hicieron con Enmanuel y su primer protector, el campesino Crisanto Gómez, y en "soplones" entregadores a la fuerza protegidos por policía política. Es un grave dilema político para la dirección de las FARC.

Su direcciòn desaprovechó la condición relativa de beligerante que obtuvieron en el gobierno de Pastrana y se equivocaron al no calcular algo tan sencillo de calcular: el secuestro masivo se les volvería en contra de dos maneras: por el rechazo que despertaría en la sociedad y por el doble costo de inseguridad y recursos para mantener 700 rehenes. Además de la campaña internacional.

Ante cada caso, las FARC reacciona hacia adentro, autárquicamente, reflejando su condición psico-social de campesinos originarios; el riesgo para un movimiento revolucionario como ellos, es que el agotamiento los lleve a reaccionar "hacia fuera" con una solucionar incorrecta. Tal es el dilema de las FARC en la perspectiva que se abre tras la entrega de Clara y Consuelo.

Tercer mito

El tercer mito es que las FARC es un grupo "terrorista" temible, monstruoso y voraz, del cual hay que estar lo más lejos que se pueda para no ser devorados por su patológica vocación de delincuencia. Ese mito funcionaba.

Los televidentes del mundo creían que los hombres y mujeres vestidos de verde oliva que aparecen en los videos de la entrega de Clara y Consuelo, eran militares colombianos o venezolanos. O quien sabe de dónde. Pero a nadie se le ocurría pensar que esas personas que se abrazaban con sus ex rehenes, sonrientes y cariñosas, que acudían a despedirse amablemente ante las cámaras de TV y que luego se fueron en "fila india" por un camino de la selva, eran, vaya cosa, los mismos "terroristas" demonizados por Uribe, siguiendo el cuento inventado para el mundo por los gobiernos de Estados Unidos, desde mucho antes de las Torres Gemelas y que Bush convirtió en doctrina.

Los guerrilleros se fueron por el mismo camino que llegaron al punto de entrega, y con las mismas sonrisas de gente que abrazó la lucha por razones sociales profundamente humanas, como las miserias y el estado de represión permanente en que vive el pueblo colombiano desde la Guerra de los Mil Días.

La prensa capitalista no sólo no sabía cómo explicar esas imágenes humanas, sino que fue –y es– incapaz de explicar que un grupo guerrillero como las FARC cumple un compromiso cuando lo dejan, no se come a la gente cruda como lo acusan y es capaz de sonreír y abrazar mortales aunque no lo crean.

Modesto Guerrero es periodista y venezolano residenciado en Buenos Aires, Argentina

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