Una idea directriz recorre todos los
rincones de la militancia inventiva en Venezuela: reflexionemos sobre el 2D. Ha llegado el momento de parar la
máquina y pensar. Todos los que luchamos por una política emancipativa tenemos
que examinar una cuestión previa que se presenta bajo esta pregunta: ¿qué
estrategia de pensamiento ponemos en acto al momento de reflexionar? Lo peor
que nos puede pasar es que evaluemos la situación dentro de los cánones y
dispositivos que el sistema nos propone. Eso sería fatal, no sólo porque
erraríamos sobre la cuestión, sino porque ni siquiera seríamos capaces de
presentar a la cuestión misma. Lo que quiero decir es que debemos emanciparnos
de la manera de pensar propia de la forma política hegemónica por medio de la
cual se realiza actualmente el dominio del capitalismo mundial: la democracia
representativa y de partidos. Esa es la operación
tenaza más sutil y terrible.
Esta forma política pone en movimiento
ciertos circuitos con el que fija su horizonte y permite que en su interior
aflore únicamente lo que ella quiere que se vea. Su efecto más letal es
desplazar de ese campo visual cualquier indicio que pudiera haber de un real
hecho político-emancipativo. Sabemos que la explosión que expandió al
capitalismo a su brutal mundialización se ha hecho en el interior de una
operación política regresiva que se basa en afirmar que la única elección política que la gente debe hacer estriba en optar
por la democracia o el totalitarismo (o terrorismo). Se supone que optamos por
la democracia. Esa es la puerta de entrada y una vez que se traspasa el
umbral, ya no hay retorno. La cobertura
ideológica de esa manera de practicar la política son la de los derechos
humanos y el respeto a las diferencias, claro, el respeto a los diferentes en
tanto y en cuanto han elegido la democracia, para el caso de no aceptar este
camino les están reservadas las acciones
punitivas, las intervenciones armadas, la tortura, el aniquilamiento, el
sabotaje, etc. Para esta democracia, que proclama ser entre las malas formas
políticas la menos mala, el acto supremo es el voto, que está encadenado a una
serie de eslabones fundamentales siendo los más decisivos los siguientes: la
representación, los programas, los partidos, las minorías y mayorías, el
número, la legalidad y el Estado.
En consecuencia, en la actualidad
cualquier acto político tendrá que pasar por el tribunal que juzgue acerca de
su carácter democrático, de su respeto a los derechos humanos así como su
aceptación a los otros eslabones que articulan al sistema democrático. No habrá gobernante que no se esmere por
demostrar al mundo que es el más democrático que se pueda concebir. Si hay
irregularidades declarará que son circunstanciales e impuestas por razones
excepcionales. Para concluir esta introducción, quiero agregar que los que
afirman, como es mi caso, que la política emancipativa es un pensamiento que debe tener la capacidad
de interrumpir la libre circulación
de una opinión instalada y
hegemónica, esta democracia levantará la bandera de la libertad de opinión e impedirá tenazmente, por medio
de su sistema comunicacional, que se libere el pensamiento. Ninguna corporación mediática luchará por la libertad
de pensamiento. Sabe muy bien aquello que decía Spinoza: el hombre piensa.
Así las cosas, quiero declarar que:
1. La votación del 2 de diciembre de
2007 ha sido un acto inscripto esencialmente en el interior del dispositivo
hegemónico del sistema político reinante tanto en Venezuela como en EE.UU y en
los demás países llamados “civilizados”.
2. Que debemos cuidarnos de no seguir
enterrándonos todavía más analizando esa jornada desde el mismo formato y con
los mismos operadores conceptuales que el sistema nos suministra.
3. Que es necesario pensar si el 2D aconteció
algo que haya excedido realmente al
dispositivo vigente y que sirva para
afirmar un punto de partida diferente para el porvenir de las luchas
emancipativas.
Punto 1. No me parece necesario lanzar
muchos argumentos para demostrar que tanto antes, durante como después de ese
acto, se reafirmaron todos los principios que sostienen al régimen llamado democrático. Los medios prestaron sus micrófonos e
imágenes para que tanto chavistas como opositores mostraran su más profunda
profesión de fe hacia el sistema
llamado democrático. Más aún, todos coincidieron en algo: el que realmente ganó
fue el sistema llamado democrático.
Una fiesta de la democracia. Efectivamente una fiesta del sistema porque
convenció a todos de que la política había reinado ese día, pero para Otra
mirada de la política, la que emancipa, no la que liga, fue un banquete para
enterrarla.
Punto 2. De ese acto no puede
desprenderse sino un murmullo ensordecedor acerca de su significado. Digo un
murmullo porque la mayoría de los análisis viajan cómodamente sobre las
categorías conceptuales que laten en el interior del sistema. En especial, la
más irresistible y criminal: el número.
Si alguien preguntara cómo hacer para borrar de la faz de la tierra toda
subversión política, la contestación es sencilla: someta la política a la
tiranía del número, verá como lo que crece es… el desierto.
Es el sistema político de las
democracias representativas, que se organizan en instituciones llamadas
partidos y que giran alrededor del Estado, el que desata la lógica del número y
la cantidad para juzgar, valorar o validar la capacidad o verdad de una
política. Es la lógica económica del capitalismo, del mercado y la eficiencia
llevada a la política. Daba lástima verlo a Chávez haciendo cuentas en un
papel, cuando aceptó la “derrota” por cadena, tratando de sacar de la
insignificancia de la diferencia numérica un argumento acerca de la justeza o
no de su aventura. Nosotros sabemos que esta democracia es un vaciamiento del
pensamiento político en la cloaca del número. Mayoría, minoría, porcentajes,
encuestas de opinión, proyecciones, número de afiliados, cantidad de
concurrentes a un acto, de votos, de inscriptos. Según sean los números serán
las posibilidades de una política…De allí conceptos como “ganar”o “perder” y
todo lo que se asocia a ello. Los chavistas que eran inmensamente críticos a
las reformas no pueden decir que perdieron si perdió el Sí por cuanto ellos
ganaron porque no querían las reformas. Lo más intolerable es querer juzgar una
política por el número de votos que recogió, interpretar el sentido oculto e
intimo del voto relacionándolo con la cantidad. Incluso como los que no votaron
también son un número al cruzarlo con el de los que sí votaron uno se considera
habilitado para desentrañar su significado íntimo…Los que se abstuvieron ¿son chavistas disconformes? si, dirán unos;
no, dirán otros, son la reserva de una derecha que aún no los recuperó para su
causa, etc. Ni lo mucho ni lo poco pueden ser árbitros de la justeza de una
política si nos instalamos en el campo de la emancipación. Mucho no es sinónimo
de “bueno” y pocos de “malo”, y viceversa. Para colmo de males, Deleuze se
encargó de decir que una política subversiva que ataca a una hegemonía
establecida necesariamente tiene que
ser minoritaria, porque si no la hegemonía no sería mayoritariamente dominante.
Ahora bien, si los cultores del número creen que esto significa que estar en minoría es una prueba de adherir a una
política justa, es porque no entendió el sentido político y no numérico de la
idea del filósofo francés y permanece atado a la lógica del número.
Creo que debemos dejar definitivamente a
los politicólogos, a los cientistas sociales, a los académicos, a los genios
que son invitados a los programas de opinión, y al conjunto de la vieja
política, que se sigan revolcando en esa mierda. Nosotros tenemos que buscar
por Otra parte, con Otras formas, con Otras armas, con Otro pensamiento.
¿Estamos dispuestos?
Punto 3. Sólo me atrevo a hilvanar
algunas ideas y sugerencias despegadas de los operadores clásicos cuya
esterilidad me resulta patética.
a) Una de ellas me reafirma que el
conflicto real entre el chavismo como
movimiento bolivariano en general, es decir, aquello a lo que se invitaba a
ratificar con el Si, y la derecha, hay un conflicto de matriz esencialmente económica, de intereses
económicos, básicamente una lucha por el reparto de la renta petrolera. No es
una alternativa entre dos políticas: una emancipativa y la otra conservadora.
El proceso electoral, la jornada electoral y cierto espíritu de negociación que
se va abriendo entre ambas partes (de las que creo jugará un papel fundamental
Baduel) son muestra suficiente que el M.B. chavista encaja perfectamente en el
formato clásico de la vieja política. Es un medio para pelear, administrar,
gestionar intereses en última instancia económicos.
La verborrea socialista o
marxista-leninista, o sus invocaciones a Toni Negri, etc., son un recubrimiento
para acumular poder en el seno de un pueblo largamente humillado y hambreado, y
ganar la adhesión de la intelectualidad marxista con una larga tradición de
lucha en Venezuela. Además, es una cáscara vacía,
porque el socialismo, la revolución y el papel del Estado en todo ese proceso,
es, según mi manera de pensar, una experiencia de pensamiento y acción que
desde fines del siglo pasado ha perdido toda capacidad para sostener auténticas
políticas de emancipación. Debe darse por concluida esa gran experiencia
política con todo lo grandioso y también con todos sus desastres. Intentar
reciclarla en el Siglo XXI sólo sirve para asustar a la burguesía pero no crea
ninguna subjetividad política nueva y está condenada a terminar acomodándose,
como no puede ser de otra manera, en el interior del Estado. Tan seca está esa
política que los medios ponían como música de fondo para acompañar las
manifestaciones de los estudiantes, los “hijos de papá”, la canción “me gustan los estudiantes…” , que en mi
país fue emblemática en los momentos de mayor enfrentamiento entre los jóvenes y la fuerzas represivas.
Lo que inquietaba a la derecha era la
manera en que un término-comodín llamado socialismo
hermanado con otro que se le adosaba al término propiedad (comunal, social, pública, mixta, etc. etc.) jugueteaban
por todos los artículos de la nueva constitución sin nunca jamás saberse qué
realmente significaba. Esa era la verdadera espada de Damocles que irritaba a
la tribu de Globovisión. El problema no era el famoso poder popular, porque los
de la tribu sabían muy bien que era Chávez, el ejecutivo y el Estado el que acumulaba poder vertical y no precisamente el “pueblo”.
Si levantaban la bandera de la libertad era porque no les convenía un Estado con
un ejecutivo fuerte y mandado eternamente por un solo hombre, esas son las
peores condiciones para posicionarse en una disputa por intereses económicos.
b) Es posible que un imaginario, que
recorre a muchos compañeros militantes chavistas, de que en Venezuela existe un
poder “popular” (o algo más o menos cercano) se haga trizas desde el 2D. El
pueblo no decide nada: ni la política internacional (relaciones con Irán, la
política en Medio Oriente, en los bloques regionales como el MERCOSUR, etc.) ni
gestó la necesidad del PSUV, ni redactó un solo artículo de la Reforma, ni
siquiera se lo dejó salir a la calle después del resultado de los comicios para
que diga lo que piensa.
c) Otra línea crítica a la que no debe
darse mucha importancia es a lo que todo el mundo sabe: la inmensa corrupción
que atraviesa todos los niveles institucionales del país. Es cierto que debe
ser denunciado y combatido…pero esa no es la cuestión de fondo. Ni explica
nada. Aquí seguro que aportarán lo suyo la tribu mediática, la partidocracia, y
la Santa Iglesia con su moral y toda la resaca. Pero el verdadero problema no
es limpiar de ladrones al Estado sino la de revisar
a fondo la política que pregona que desde el Estado ocupado por honestos y
abnegados luchadores se va a hacer una revolución que lleve a la nación hacia
el socialismo…democrático, claro está.
d) Otra forma de estar ligados a la
política tradicional, a la que quiere conservar el orden, es insistir con análisis que necesariamente tienen que pasar por una invocación a la
voluntad o la supuesta intención del líder: el comandante Chávez. No es muy
difícil percibir que si la persona de Chávez es el blanco del odio de los
fascistas lo es simétricamente en la medida en que es el amado líder de los
revolucionarios. Todo parece simplificarse cuando desde el llano se le exige a
Chávez que haga esto o aquello, o se le imputa que se equivocó en tal o cual
cosa, que debe rectificar tal decisión, que se confía a muerte en él o que se
le está perdiendo la confianza, o se lo alienta a seguir, etc. Si no afirmamos
que Chávez es parte de una política y que el núcleo que hay que encarar es esa política y no el refugio íntimo
de su voluntad, estamos jodidos. Discutir sólo a partir de lo que dice o no
dice Chávez es más fácil (pero impotente) que enfrentar desde las propias
fuerzas personales y colectivas la complejidad de la situación política y decir
nuestra palabra y tomar nuestras decisiones. Si regalamos esa complejidad a la
simplificación que produce una frase del líder, seguimos estando jodidos.
e) En todos lados (en mi país pasó lo
mismo con Perón) antes de producirse una necesaria distancia con la
concentración de la política en el puño de un hombre, se atraviesa por una
etapa previa que consiste en no hacerlo a él responsable de los supuestos males
sino de un entorno que lo desvía del
recto camino…Compañeros, puedo ofrecerles mi modesta experiencia: no existe tal
entorno, el entorno es el entornado mismo. Si hay un grupo que rodea a Chávez,
ese grupo es Chávez. No existe el neutro o puro personaje dispuesto a padecer
las influencias de los anillos que lo rodean. Si uno denuncia a un entorno es
porque aspira a ser el nuevo entorno. ¡No los escuches a ellos, escúchanos a
nosotros!
f) Lo que permite pensar este 2D es que
hay un acomodamiento del chavismo en el interior del sistema político que regía
en Venezuela bajo la IV república. Las novedades del chavismo no son sino
novedades reaccionarias. Llamo novedades reaccionarias a los procesos políticos
de derecha que se renuevan a consecuencia del surgimiento de rupturas
emancipativas que abren la posibilidad de un nuevo presente político. Creo que
es posible que el Caracazo fuera el
comienzo de una nueva experiencia política emancipativa en Venezuela, aunque
haya sido decodificado en el interior de una política que el
acontecimiento de 1989 estaba destinado
a subvertir. El chavismo se fusiona en el interior de esa experiencia pero los
efectos reales de su política consisten en desactivarlo. La autorización que la
oligarquía le otorga al Movimiento Bolivariano con Chávez a la cabeza para que
se presente a elecciones después del fallido golpe militar, es posible de ser
interpretado, con el paso del tiempo, por el convencimiento de que la
gobernabilidad en Venezuela estaba en peligro. Lo que no evaluó la oligarquía
es la coyuntura internacional y nacional (suba del precio del petróleo,
declinación de los gobiernos neoliberales en la región, insurrección de los
pueblos de América, aparición del zapatismo, los Sin Tierra, el recambio
continental de los gobiernos con matices pero todos con capacidad de frenar
esos desbordes, Lula, Kirchner, Evo, Ortega, etc.)
Siempre pensé que iba a ser la creación
del PSUV y su exigencia de disolución de las diferentes experiencias y
movimientos de lucha que existían en el interior del chavismo como herencia de
ese pasado que arranca en 1989, el que precipitaría una tensión y lucha interna
que daría la pauta de la real capacidad y energía que habían podido acumular
estos nuevos intentos de refundar nuevas formas de pensar-hacer la política por
fuera del viejo formato perimido. Hoy me parece más justo decir que el verdadero acontecimiento político que
sucedió el 2D, si es como presumo que el “empate” en las urnas es una simple
metáfora electoral de una negociación en puerta entre el Si y el No, es la evidencia de que el proceso de la
Revolución Bolivariana ha llegado a su techo. Se avecina una lucha entre los
sectores internos de los rojos rojitos; la vieja y dogmática izquierda deberá elegir entre disolverse o vegetar en
las orillas del chavismo; una derecha obligada a arreglar sus disputas internas
para ofrecer un frente de negociación duro ante el oficialismo. Y, finalmente, nosotros. Un nuevo nosotros emancipativo
formado por todas las luchas en curso que se llevan adelante aquí y en otros
lados del mundo por aquellos que no renuncian a la idea de la emancipación
humana. Un nosotros que sólo podrá tejer un nuevo pensar-hacer político
emancipativo que mirando las luchas de los pueblos del siglo pasado pueda decir:
es nuestro pasado, pero necesitamos romper con él para poder ser su
continuación.
Entonces, ¿qué pensar-hacer? ¡¡Saltar la
talanquera!!