Por Hernán Uribe - Especial de “Paralelo 21” - Radio Universidad de Guadalajara, México - www.radio.udg.mx
(080903)
"Aquí existe una democracia genuina, una libertad increíble, particularmente
libertad de prensa y de palabra. No creo que haya otro país en el mundo donde el Presidente de la República, sea sometido a la clase de asaltos escritos y verbales que tiene lugar aquí".
(Declaraciones de Salvador Allende difundidas por la National Public Radio, emisora educativa de EE.UU. Washington, junio 26 de 1973 ).
TRANSCURRIDAS TRES DÉCADAS desde que el once de septiembre de 1973 los militares liquidaran la democracia liberal y provocaran la muerte del presidente constitucional, Salvador Allende, Chile vive todavía días de angustia y desesperanza. Por doquier aparecen en oscuros escondites, los esqueléticos cadáveres de los civiles asesinados y persiste la incógnita acerca de los sacrificados desaparecidos.
En el golpe de Estado, enfilado a defender los intereses de la oligarquía local, se expresó con fuerza el odio de clases, y las fuerzas armadas, con olvido de tradiciones castrenses universales, aplicaron métodos mafiosos. Sólo que carecían de hornos crematorios o de máquinas trituradoras de vehículos, sistemas preferidos de la mafia estadounidense. Y aunque la tierra guardó los testimonios de las infamias, la mayor parte de los verdugos no ha recibido la sanción que merecen.
Mas, no se piense que lo descrito es repudiado por todos, pues antes, durante y después del golpe, hubo y hay, una prensa, un poderoso aparato comunicacional que, con descaro justifica aquellas atrocidades.
En vísperas del trigésimo aniversario del golpe militar, la prensa prevaleciente hoy, que es la misma que propició la acción castrense y enseguida ocultó los crímenes, ideó un plan maquiavélico de engaño a la opinión pública. Para sorpresa de muchos, en julio y agosto pasados, informó acerca de lo que muchos sabían: las torturas, las ejecuciones sin juicio alguno, el ocultamiento de los cadáveres y el silencio en torno a un millar de desaparecidos. Por ejemplo, sólo ahora se expuso que el noventa por ciento de quienes acompañaran a Salvador Allende en el combate de la sede presidencial, fueron torturados e inmediatamente asesinados, con el agravante de que sus cuerpos fueron escondidos. ¿Acción de un ejército o de un clan gangsteril?
A partir de mediados de agosto, la temática de esos medios, prensa escrita y televisión, comienza a reproducir las informaciones que había publicado en los años de la administración Allende, con el obvio propósito de sostener que la barbarie se justifica porque aquel gobierno violaba las libertades públicas y el país había caído en el caos.
La guerra de las ideas, la batalla psicológica que precede al desenlace en la agudización de las crisis, comenzó en Chile aún antes de la ascensión de Allende a la presidencia y se basó en la formulación planteada por Richard Nixon, presidente-gangster estadounidense: “La elección de un presidente socialista (en Chile) puede tener profundas implicaciones no sólo para su pueblo, sino también para el sistema interamericano. La legitimidad de este gobierno no está cuestionada, pero su ideología puede influir en sus acciones”.
En los hechos, lo que proclamaba Nixon es que no se puede pensar más que como capitalista y que no puede existir otro sistema que no sea el capitalista. Este fue el alerta que la gran prensa chilena aprovechó para la connivencia con la Central Intelligence Agency (CIA) que comenzó a dotarla de millones de dólares para convencer a los chilenos que era necesario derrocar al gobierno constitucional (1).
LA FALACIA FAVORITA
No insistiremos con detalles sobre los rubros de aquella campaña publicitaria, tema muy investigado incluso por nosotros (2), pero aclaremos que la consigna favorita en contra de Allende, la mentira más colosal fue la de afirmar que se vulneraba la libertad de expresión y concretamente la de prensa.
Por el contrario, no ha habido en la historia chilena, un período en que reinara, sin cortapisas, una libertad informativa de tal magnitud que incluso cayó en el libertinaje y en claras violaciones a la ética profesional. Al mismo tiempo, Allende fue uno de los escasos presidentes chilenos, quizás el único que se preocupó del tema de las comunicaciones.
En febrero de 1970, antes de tomar el mando del país, declaraba a la agencia Prensa Latina que “el gobierno de la Unidad Popular estará en favor de una irrestricta libertad de prensa, pero también propiciará que todos los actores sociales y corrientes ideológicas tengan acceso a la opinión. Actualmente, esos derechos están consagrados formalmente, pero su ejercicio en la práctica aparece restringido a sectores minoritarios que tienen una situación prominente desde el punto de vista financiero”.
Varios de esos planteamientos se hicieron realidad. Por vez primera, los obreros, agrupados en la Central Única de Trabajadores (CUT) tuvieron acceso a una radioemisora, Radio Luis E. Recabarren y todos los partido políticos instalaron también radioemisoras a merced de las frecuencias otorgadas por el Estado.
Más tarde, ya en la presidencia, un periodista plantea a Allende sus dudas, porque argumenta que en los países socialistas está ausente la libertad de crítica. La respuesta de Allende es: “Se habla de limitación de la libertad de expresión en gobiernos socialistas. Cierto. Pero en los regímenes capitalistas los medios de información están en poder de grupos poderosos económicamente hablando. La industria de la noticia es una de las más productivas (...). Esos medios se convierten, no en instrumentos de información, sino en instrumentos de desinformación de los intereses populares” (Entrevista de Julio Scherer, diario Excelsior de México, 3-11-70)
El 24 de enero de 1971, en el acto conmemorativo del 86 aniversario del diario “La Unión”, de Valparaíso, Allende proclama “quiero aprovechar que me encuentro aquí, para garantizar la más absoluta libertad de prensa, porque sé lo que significa esto para la labor periodística. Lo único que les pido es que informen en forma objetiva y mantengan con hidalguía sus puntos de vista, que es la única forma de cumplir con fidelidad los mandatos de la ética periodística” (3).
LA SIP Y CIA.
Tal como ocurre en estos días con la Venezuela de Hugo Chávez, la campaña conducida a fomentar la intervención militar fue orquestada en el exterior por la CIA y con mucho ahínco por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). La primera aportaba dinero y la segunda utilizaba a todos los diarios afiliados.
Los embustes eran de tal calibre que el diario democristiano “La Prensa” (Santiago de Chile) sostuvo que en Chile se instalaría una base de submarinos soviéticos, asunto ridículo, pero que fue difundido por las agencias, que formaban otro flanco de la guerra informativa. Allende llamó entonces a “romper con la cortina de mentiras” y en un discurso pronunciado en el Día Nacional de la Prensa (Febrero 12) y celebrado en Valparaíso, abordó el tema: “¿Dónde y en cuántos países de este continente o de otros continentes hay más amplia libertad para expresar lo que se quiera, para discutir diaria y permanentemente de la acción del Gobierno? Y sin embargo, internacionalmente el gobierno popular aparece como un factor destinado a poner cortapisas o a presionar e impedir la libertad de prensa. Nos hemos visto obligados a señalar la falta de autoridad moral y el interés tergiversado de aquellos que se cobijan en la Sociedad Interamericana de Prensa. No nos inquieta la crítica. No sólo la aceptamos, sino que la reclamamos”.
Una de las temáticas mas socorridas de la orquesta desinformativa fue una supuesta agresión o “intervención”, como le llamaron, en contra del diario “El Mercurio”, cuyo director, Agustín Edwards se auto exilió para buscar respaldo al golpe de Estado en el exterior. En un congreso del Partido Socialista, Allende explicó que no existía tal ataque a “El Mercurio”, sino que se trataba de asuntos financieros. Explicó que el Servicio de Impuestos Internos retiró los libros de esa empresa y puntualizó: “Nada, absolutamente nada en contra del derecho a informar y criticar; nada en contra de la libertad de prensa; sí en cambio, averiguar de qué manera y cómo se cumplen o no se cumplen las leyes tributarias chilenas. Y puedo decir al pueblo que la Tesorería General de la República me ha informado que el diario “El Mercurio” debe cinco mil cuatrocientos millones de pesos a la Tesorería del Estado chileno. Mientras tanto, se ha movilizado a la opinión pública latinoamericana, eso que llaman la prensa libre, y que es una prensa destinada a defender subalternos intereses, para ir en ayuda moral de “El Mercurio”. El gobierno, lo único que hará es respetar la ley”.
Fue tal el cúmulo de falsedades que se propalaban, que el gobierno organizó una suerte de “Operación Verdad” y al efecto invitó a periodistas de distintos países a conocer la realidad chilena. En una conferencia de prensa, José Antonio Gurriarán (Diario El Pueblo, de Madrid) se mostró sorprendido “por la profunda libertad de prensa que he podido apreciar y preguntó si, ante la obstrucción de la prensa derechista, tal situación seguiría siendo respetada. La respuesta: “Hemos dicho que respetamos la Constitución y la ley (...) Es un derecho de los chilenos la libertad de opinión, de reunión y de crítica, y nosotros la vamos a respetar”. Manifestó en seguida que el periodismo objetivo no existe “ya que los medios de difusión pertenecen a sectores poderosos vinculados a la industria, a la banca, al latifundio”.
LOS CÓMPLICES
Los militares y los órganos de comunicación realizaron el trabajo sucio en la orquestación del golpe de Estado. Los otros actores, no menos deshonestos fueron los productores y los comerciantes que practicaron del sabotaje económico, acompañado éste de un declarado bloqueo norteamericano de productos esenciales para ciertas industrias.
Quienes maniobraban y dirigían en realidad la gran conspiración, fueron los líderes políticos extremo derechistas con el respaldo abierto del Partido Demócrata Cristiano. “La gran estrategia fue la de socavar a través de todos los medios, las bases de legitimidad del Gobierno y, dentro de ella, se desarrolla una línea abiertamente conspirativa y sediciosa” (4).
El l6 de septiembre de 1973, a menos de una semana después de perpetrado el golpe, Patricio Aylwin Azócar, afirmaba: “Chile estuvo al borde del auto golpe marxista que habría sido tremendamente sangriento y las fuerzas armadas y Carabineros no hicieron otra cosa que adelantarse a ese riesgo inminente”. Este hombre que, feliz, repetía todas las paparruchas de los alzados y de su prensa, sería en 1990 el primer presidente de la República post Pinochet y ello explique, quizás, que Chile siga sumido en la incertidumbre y en la carencia de una auténtica democracia.
NOTAS
(1) Detalles acerca de la “asistencia” de la CIA a la prensa y otros opositores se encuentra en “La CIA. Diez años contra Chile. Documentos del Senado de Estados
Unidos. Recopilador: Carlos Valencia, Bogotá, 1976.
(2) Ver: Uribe, Hernan, Los medios, armas de la guerra encubierta, México, UNAM,
1979.
(3) Una de las fuentes principales de este escrito es: Witker, Alejandro y Araneda, Santiago, “Salvador Allende. De Cara a la Verdad”, México-Santiago, Ilesco-Ielco,
1993.
(4) Dooner, Patricio. La prensa de derecha en Chile, 1970-1973, Santiago,ICHEH, s/f
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