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Testimonio de la profesora uruguaya Cristina Porta
Yo vivía el 11 de Setiembre de 1973 a pocos metros de La Moneda
Por: Cristina Porta / Revista Koeyu Latinoamericano
Fecha de publicación: 09/09/03
imprímelo mándaselo a
tus panas
El golpe de Estado contra el gobierno constitucional del presidente chileno
Salvador Allende en1973 es uno de los hechos de la historia contemporánea de
mayor trascendencia mundial y que ha merecido diversos estudios,
investigaciones, y relevamientos de todo tipo. Uno de los hechos aun poco
estudiados son las distintas vicisitudes que debieron vivir aquel 11 de
setiembre los latinoamericanos que por entonces vivían en Chile, entre ellos
los centenares o quizás miles de uruguayos. La Onda digital recogió el
testimonio de la profesora de Historia egresada del IPA Cristina Porta,
quien aquel día con 21 años estando a pocos metros de La Moneda, despierta
sobresaltada y empieza a vivir una verdadera pesadilla, que treinta años
después al contarla con envidiable equilibrio no puede evitar el peso de la
emoción.

- En setiembre de 1973 vivía a cuadra y media de La Moneda (casa de
gobierno) en una especie de pensión, no llegaba a ser un hotel, el edificio
era un viejo caserón. Por su tamaño y otros temas quienes vivían allí, no
tenían casi comunicación entre sí. A su vez trabajaba a tres cuadras y
medias de la Moneda en dirección contraria a donde vivía, todas las mañanas
cruzaba la explanada de la Moneda ya que entraba a trabajar a las nueve de
la mañana.

Yo compartía la habitación con quien fue mi pareja por esos años, él muy
temprano había salido para el trabajo, una fabrica de garrafas de gas que
quedaba en las afueras de Santiago.

Alrededor de las ocho treinta de la mañana me desperté sobresaltada por un
fuerte estruendo, que rápidamente se repetía y se repetía. Cuando retomo el
equilibrio me doy cuenta que son aviones que están pasando muy bajo.
Acercándome a la ventana de la habitación que daba a una calle muy angosta,
que por aquel tiempo se llamaba La Bolsa, lo primero que veo es que faltan
las palomas que diariamente llegaban a los balcones de enfrente y al nuestro
también. Al instante siento el ruido y veo pasar muy bajo un enorme avión
militar.

Como vivíamos con el recuerdo muy fresco del "Tancazo" de hacía pocos meses,
rápidamente asocio lo que esta pasando con algo muy "feo".

Me vuelvo sobre una radio que teníamos para encenderla y empiezo a escuchar
marchas militares y comunicados de todo tipo, pero hay uno que recuerdo
particularmente por el impacto tremendo que me causo: todos los extranjeros
deberían presentarse en la comisaría más cercanas para registrarse, de no
hacerlo se expondrán al desacato y a ser deportado.

Mis pensamientos que en aquel momento van de un lado para el otro, se
suceden rápidamente tratando de pensar qué hacer, se detienen un segundo
asociando que a esa misma pensión habían llegado hacía dos días los
"Camioneros" desde varios puntos de Chile a Santiago para hacerle una huelga
a Allende.

Como nosotros con Gabriel mi compañero de habitación salíamos por la mañana
y regresábamos por la noche no nos habíamos cruzado nunca con ellos, pero
sabíamos que estaban allí. A su vez con quien era dueño o dirigía esa
pensión teníamos una escasa comunicación. "Buen día, buenas tardes". Al
relacionar esto con los comunicados sobre extranjeros que se sucedían en la
radio empieza aumentar mi angustia y a sentir que tenia que hacer algo
rápidamente.

Mis pensamientos volvían sobre Gabriel que se había ido y del que yo nada
sabia, ni siquiera si aquellos hechos le habían permitido llegar a la
fabrica.

A esa hora era plenamente consciente de que se trataba de un golpe de
Estado, pero no tenia los elementos suficientes para saber los alcances de
todo aquello.

¿Ya se había bombardeado La Moneda donde estaba Allende?

Creo que no, que eso empezó a realizarse un poco más tarde sobre las once de
la mañana, pero no estoy segura porque me era muy difícil aquella mañana
seguir paso a paso los acontecimientos que se sucedían a gran velocidad.

Simultáneamente que esperaba saber de Gabriel o que él apareciera, empiezo a
preparar un bolsito con cosas personales para irme de ese lugar. Es cuando
me golpean la puerta, recuerdo que el primer pensamiento fue "los golpistas
me vinieron a buscar" Pero no, era un uruguayo amigo que vivía también en
una precaria pensión, en un barrio alejado del centro de la ciudad. Cuando
lo veo, lo primero que le digo es "¿qué haces aquí gordo? llegaste a la boca
del lobo".

Cuando logra hablar luego de tomarse un vaso de agua que le alcanzo, dice
que al pasar por la casa de otros uruguayos que vivían en una torre, a
cuatro cuadras de la Moneda, pudo ver que ya no estaban allí y que las
puertas de las habitaciones estaban destrozada por ametrallamiento y unos
juegos de niños rotos y aplastados. Esto aumentaba nuestros nervios ya que
era evidente que ya estaban yendo a las casas de los extranjeros y los
uruguayos.

Luego de unos minutos que permaneció allí evaluando qué hacer, yo le decía
que pensaba que había un lugar donde nos podíamos ir, él a su vez pensaba en
otro distinto, por el que se decide finalmente ir.

Minutos antes que este uruguayo llegara allí yo había llamado -desde la
recepción de la pensión- al lugar donde trabajaba, preguntándole al dueño de
aquella compañía de seguros de la que yo era secretaria, qué hacia. Él que
era su vez un militante del Partido Socialista de Chile, me responde, como
¿qué hace?. Yo le respondo ¿voy para ahí? Él responde, vos estas loca! Vete,
y vete de Chile. En ese momento me doy cuenta plenamente que todo estaba
perdido. Nos respondemos con un abrazo, y cortamos.

Finalmente el gordo decide irse, le saco a una de las camas de la habitación
la funda blanca de la almohada y lo acompaño a la puerta de la pensión
colocándosela en un brazo le digo que levante el brazo, nos despedimos. La
callecita angosta por la que él empieza a caminar estaba llena de camiones
con soldados que controlan las calles, al verlo le hacen señales con la
cabeza, que camine en dirección contraria a la explanada de La Moneda.

De regreso a mi habitación completo la preparación del bolso para irme, por
los pasillos de la pensión camina y corre gente nerviosa, afuera se empieza
a sentir, ahora sí, el bombardeo a La Moneda. Los habitantes de la pensión
nos empezamos espontáneamente a reunir en un pequeño patio cubierto por una
claraboya del segundo piso que tenia aquel viejo edificio.

Al instante entra gritando el dueño de la pensión: "todo el mundo al sótano"
Cundo empezamos a correr por el pasillo para llegar al sótano, se me acerca
una muchacha delgada, muy joven y con un bebé en los brazos que yo nunca
había visto en mi vida y me pregunta si soy uruguaya, como me doy cuenta que
ella también era uruguaya, le contesto que sí. Me responde que hacia dos
días que había llegado con su compañero, " él me dejó aquí con el bebé se
fue a una reunión y no volvió..." le sugerí que fuésemos al sótano, cuando
bajamos allí habían gritos por todas partes, especialmente de las mujeres.

Allí confirmé que efectivamente estaban las familias de los camioneros de
los que hablé en principio. Como los niños lloraban mucho, intenté decir que
nos calmáramos para no asustar a los niños, no había terminado de decirlo
cuando una mujer levanta con fuerza su brazo y me dice: "callate tupamara de
mierda!" Al instante cuando empieza a bajar el brazo, otra persona dice:
"calma, no armemos líos aquí!" Nos miramos con la otra muchacha uruguaya y
acercándome a su oído le digo: "de aquí nos vamos ya". Nos quedamos unos
minutos y en determinado momento cuando un grupo empieza a salir del sótano,
también nosotros salimos de allí.

Ante la pregunta de si tenia a donde irse empieza a dudar, le digo que allí
no sedebe quedar. Le propongo que coloque prendas del bebe en un bolso que
yo haría una llamada a una familia amiga y nos iríamos rápidamente. Llamé a
esta familia de uruguayos que vivían en el otro extremo de Santiago en una
zona residencial, les plantee lo que me estaba pasando, me dijeron que fuese
inmediatamente y me dieron las instrucciones de cómo llegar a su casa, a la
que nunca había ido. La radio seguía trasmitiendo comunicados, ahora
anunciaban que a las 18 horas empezaba el toque de queda y faltaban 20
minutos. Tomamos los pequeños bolsos y salimos a la calle. Con la funda de
mi almohada en un brazo y con el otro tomando el brazo de la otra uruguaya y
ella con su bebé en los brazos, empezamos a caminar por la calle inundada de
soldados y al igual que al "gordo" nos hacen señales con la cabeza que
tomemos en dirección contraria a La Moneda.

Caminar en zig-zag para esquivar a los soldados, y los chequeos que hacían a
grupos de personas contra la pared. Llegamos a un punto que yo sabia que nos
conduciría a la Alameda ( especie de 18 de julio aquí. Allí al verla dudar,
le vuelvo a preguntar si realmente se viene conmigo o va a otro lugar, me
dice que se va a otro lugar, luego de unos instantes de vacilación, nos
abrazamos nos despedimos, la observo hasta que se perdió de vista, retomé mi
caminar en zig-zag. En todo aquel recorrido vi grupos de gente en las
esquinas, en las paradas, que con los brazos en alto estaban siendo
revisados por soldados. Las paradas de ómnibus están llenas, se agolpaba la
gente esperando un trasporte, que pasaba escaso y repleto. Era un caos
aquella calle, la gente corría de un lado para el otro, faltaban diez
minutos para el toque de queda. La gente no hablaba, casi todos llevaban
bolsitos, se escuchaban disparos en varias direcciones y muy cerca.

Había por aquel tiempo la costumbre en Chile de que autos pararan y llevaran
gente si estos iban en la misma dirección que el chofer. Ese día los ómnibus
no paraban, los autos no paraban y taxis no recuerdo que hubieran
circulando. De pronto frente a mí, para un auto grande y alguien grita si
van para tal lugar los llevo, ese lugar coincidía que era cerca donde yo
tenia que llegar, me meto en ese auto junto a otras personas que también
suben. Como sardina en lata empezamos a marchar, luego de un rato, la gente
empezó a decir yo bajo aquí, aquí, como yo casi no conocía la ciudad, iba
callada para que no descubrieran que era uruguaya, (ya que hacia cinco meses
que vivía en Chile) y a la ves muy atenta para no errarle donde me bajaba.
De repente el auto se detiene para que uno de los que iba junto a mí bajara,
descubro que era también el lugar donde yo debía bajar, me largo sin decir
palabra. Camino 8 o 9 cuadras de ese barrio residencial donde había un
silencio mortal y nada pasaba, finalmente llego a la casa de mis amigos.

Cuando me abren la puerta descubro que ya habían llegado allí 13 uruguayos
que como yo no sabían que hacer en aquella situación. Aquellos uruguayos
eran los habitantes de los departamentos que el "gordo" que menciono al
principio había encontrado de puertas derribadas. Ahí me entero que los
dueños de casa eran tíos de una de las parejas que vivían en esos
departamentos. Lo que recuerdo es que ese grupo de uruguayos jugaba a las
cartas en el momento en que llegué, era un ambiente calmo que contrastaba
con lo que yo acababa de vivir y ver en las calles pocos minutos antes y lo
que pasaban las radios, esto me costó entenderlo en su momento.

Allí estuve varios días, manteníamos la radio encendida, los dueños de casa
mantenían vínculos telefónicos con varios uruguayos y chilenos que estaban
en otras partes de Santiago. Nos enteramos a través de confusos comunicados
que Allende estaba muerto y que también muere Neruda. Incluso hubo
comunicados donde se decía que Allende había huído. El ruido de tiroteos era
un telón de fondo y permanente.

Recuerdo especialmente las llamadas telefónica a Blanquita la dueña de casa,
de una señora uruguaya llamada Queta casada con un chileno, que vivía en una
zona alta de la ciudad, sus relatos hacían mención a detenciones,
ametrallamiento de gente y tiroteos en un edificio enfrente al suyo.

Mi preocupación y la de los dueños de casa era saber donde estaba Gabriel,
mí compañero de habitación, a la vez manteníamos un comportamiento que
buscaba demostrar que allí solo vivían los dueños de casa. Hacíamos un gran
esfuerzo para no hacer ruidos y que no lo hiciera un bebé que también
integraba el grupo.

Pasaron días de no saber si Gabriel estaba vivo o muerto.

Finalmente yo decidí no seguir en esa casa, esto lo hice a pesar de los
dueñosde casa que no querían de ninguna manera que me fuera. Lo hice
decidiendo a la vez quedarme en Chile. Salí caminando de esa casa a otra de
unos uruguayos que había lejos de allí. En el trayecto vi calles vacías, y
muchos camiones con soldados. Tengo el recuerdo de ese día de una ciudad
casi vacía.

Mientras en esa casa discutíamos qué hacer, llegó la opinión de los chilenos
socialistas de que deberíamos irnos del país, ya que nada íbamos a poder
hacer para cambiar aquello y seguramente los íbamos a perjudicar, ya que por
aquellos días del golpe había un odio muy grande contra los extranjeros en
Chile. Si por ejemplo eras uruguayo (aunque fueras una persona que estabas
por razones comerciales), te decían despectivamenteTupamaro.

Ante este panorama yo vuelvo a la casa de este matrimonio amigo, habían
recibido una llamada de Gabriel, Este relató que se había refugiado en la
casa de un compañero de trabajo de la fábrica. Este obrero socialista en el
momento que se entera del golpe y al saber que buscaban extranjeros y las
dificultades para desplazarse, le dice a Gabriel que vaya a su casa. Su casa
quedaba en lo que los Chilenos llamaban poblaciones obreras.

A los tres o cuatros días Gabriel llega a la casa donde yo estaba, contó que
cuando tuvo que cruzar la ciudad desde la fabrica a la casa de su compañero
de trabajo vio las columnas de humo de los bombardeos a La Moneda y pensó
que toda la zona había sido destruida y que me habían matado.

Finalmente cuando ya nada se podía hacer, la señora Belela Herrera esposa
del embajador uruguayo en Chile nos saca en su coche hacia la embajada de
Argentina. Los que no éramos habitantes regulares de aquella casa salimos
por tandas.

Desde el momento que entramos en aquella embajada argentina y salimos, si
mal no recuerdo pasaron más de 13 días, donde pasó de todo allí. La embajada
estaba rodeada por efectivos militares chilenos que buscaban impedir a
cualquier costo que allí nos refugiáramos. Mas de 250 personas de todas las
nacionalidades entre niños y mayores estaban en aquella embajada. Allí era
un clima de guerra, el telón de fondo eran tiroteos y gritos, gente que se
tiraba saltando los muros de la embajada y que era lastimada por los que la
rodeaban, llego a haber casos de niños arrojados para adentro de la embajada
por este muro. En determinado momento mataron a balazos desde afuera, a una
persona que ya estando en la embajada sube a un árbol a sacar una pelota que
había quedado trancada al tirarla un niño que jugaba en un patio.

Finalmente la imagen que yo tengo fue la de una deportación, vía de el
entonces Aeropuerto Pudahuel rodeados de militares a guerra, nos colocaron
en fila nos revisaron detalladamente.

Llegamos a la Argentina a las 12 de la noche de aquel día terrible. En la
embajada habíamos escuchado que íbamos a llegar a una Argentina que nos
recibiría con los brazos abiertos, nos habíamos hecho la fantasía de que al
llegar iba a ver gente esperándonos. Cuando aterriza aquel avión eran a las
doce de la noche, los que nos esperaban era el ejercito argentino, que
formados en fila nos apuntaban con las armas, haciéndonos bajar del avión de
a uno. Alojándonos en el hotel Internacional de Ezeiza, donde hasta en los
pasillos estábamos custodiados. Y contándonos a cada rato para comprobar que
no nos escapáramos.

Allí alojados durante más de un mes, y con la ayuda de nuestros familiares y
amigos desde aquí y algunos desde Argentina, comienza "otra película".
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Cristina Porta / Revista Koeyu Latinoamericano


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