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Los retos del Congreso Petrolero
Por: Francisco Mieres
Fecha de publicación: 08/09/03
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Intentando precisar lo que es más típico del trance crítico que hoy vive la sociedad global, y en especial su sistema económico, debemos subrayar algunos rasgos más bien de tipo cualitativo por encima de lo cuantitativo habitual y que van más allá del mero enfoque coyuntural. Hoy es evidente que las dramáticas sacudidas que hundieron la coyuntura económica en 1998, con epicentro en Asia, acabaron con la estabilidad relativa económica global, con el sistema de regulación central (FMI-BM-&) y con el “Consenso de Washington” como formulación oficial de la política neoconservadora (“neoliberal”) impuesta por el centro del Imperio. Lo que ha seguido es una prolongada recesión que se ha asentado básicamente en el área OCDE, núcleo del capitalismo desarrollado, arruinando sus ramas claves del siglo XX –automotor, petróleo, transporfe, industria bélica, agroindustria- pero también afectando agudamente las anunciadas y proclamadas como ramas de vanguardia portadoras de las nuevas tecnologías: comunicaciones, información, microelectrónica, robótica, Internet (lo que The Economist llama “the great telecoms crash”). Ello significa que la onda impulsora del nuevo auge económico, que nunca llegó a ser vigorosa, se ha derrumbado estrepitosamente, causando una catástrofe financiera sin precedentes, en que la confianza y la especulación han sido sustituidas por la trampa y la corrupción empresariales sin límites, y en que la brecha creciente entre grandes magnates y trabajadores se ha convertido en abismo, agravando la crisis crónica de subconsumo que destruye cada vez más la estructura y la estabilidad del capitalismo contemporáneo. La crisis coyuntural se ha convertido en decadencia estructural profunda, que ni el FMI, ni el BM ni la OMC ni la OCDE, ni las potencias, ni las trasnacionales saben cómo manejar, y que el Emperador Bush pretende resolver con la fuerza bruta.

Por eso, estamos en presencia de una aguda crisis de confianza del público en las grandes corporaciones transnacionales financieras, petroleras, de telecomunicaciones y de información, que ha tomado por sorpresa a sus megagerentes y publicistas, sobretodo en USA, pero también en Europa y Japón, creada por la sucesión de derrumbes de las cotizaciones en las bolsas, las oleadas de quiebras de grandes firmas y las pérdidas ocasionadas a los accionistas e inversionistas menores, causadas por prácticas fraudulentas que han causado escándalos en cadena al revelarse. Especialmente irritante ha sido el descubrimiento de que empresas especializadas de auditoría y contabilidad han sido arrastradas a la complicidad con sus empresas clientes sujetas a su supervisión. Y para remate, los organismos reguladores nacionales e internacionales se han hecho cómplices de los fraudes y saqueos contra los deudores, los débiles, los consumidores, los pobres.

El caso más escandaloso ha sido el de la quiebra de Arthur Andersen, la famosa firma de auditoría, arrastrada por la de la Enron Oil and Gas, provocada por su gerencia corrupta. Debilidades y complacencias se han puesto de relieve igualmente en los organismos públicos encargados de velar por el interés público por la regulación y el control de la empresa privada. Houston, capital de Texas y autoproclamada capital de la energía, ha sido señalada como el centro principal de la conchupancia irregular entre corporaciones y gobierno. Todo esto se ha traducido en una caída sin precedentes de la credibilidad del sistema corporativo dominante en la economía y de las cúpulas políticas que lo secundan. La corrupción como palanca del incremento de la ganancia capitalista no ha sido nunca ajena a la moral del sistema, pero ahora se ha revelado, como escándalo, a una opinión pública por lo general crédula en el Norte. No se ha podido tampoco ocultar la complicidad de los grandes medios de información. Para nosotros, los del Sur, la historia de abusos, desafueros, sucias manipulaciones del poder en detrimento de nuestras economías y soberanías cometidos por las transnacionales es ya legendaria. Pero para las actuales generaciones del Norte es un descubrimiento importante, que puede ayudar a cambiar muchas cosas. E n buena medida, el novísimo movimiento antiglobalización se alimenta de allí.

En segundo lugar, el derrumbe persistente de las bolsas desde su clímax en el 2000 es consecuencia de otro fenómeno que ha contribuido a minar la fé del público en la sabiduría del mercado y del empresario privado, que es el primer artículo del credo neoliberal.. El crecimiento promisor de la inversión financiera desde 1998 se basó en una euforia especulativa de lanzamiento masivo de nuevas empresas de vanguardia tecnológica, las de la “nueva economía”, las llamadas “ dot.coms”, las de Sillicon Valley, las de Internet. Pues bien, esa rama es ahora la causante, protagonista y víctima principal del derrumbe. Eso significa que la locomotora del progreso tecnológico se ha descarrilado, pese a proclamarse como el non plus ultra en el dominio del conocimiento. La tragedia ha llegado a su máximo en las telecoms, los monopolios gigantes de las telecomunicaciones, donde las exageraciones sobre las previsiones del crecimiento de mercado y las sobreinversiones alcanzaron dimensiones catastróficas, acumulando colosales deudas impagables, con secuelas terribles para la banca y demás fuentes de financiamiento. La recuperación de esta inmensa pérdida de capitales, de empleos y de ingresos será muy lenta y penosa. El período que nos espera es de largo estancamiento, cuando menos.

En tercer lugar, estos descalabros que afectan a la élite corporativa de la globalización han liquidado las expectativas optimistas surgidas en los 80-90 sobre el “fin de la historia” y el reinado global del mercado, impulsado por la nueva onda ascendente de la microelectrónica y la informática. Pese al descalabro de la URSS, que se suponía abría paso a la expansión gloriosa del capitalismo como sistema único global de mercado, los resultados de la última década del s. XX fueron desalentadores, empezando por la propia ex-superpotencia en su intento de sustituir el socialismo por el capitalismo como estructura básica. La quiebra financiera, productiva, económica, institucional, social y moral que allí se verificó supera todo lo imaginable. Una mafia sin escrúpulos se apoderó de sus ingentes recursos básicos, con la delincuencia la violencia y la corrupción como palancas claves para asumir el poder económico y político.

La ruina y el empobrecimiento de la población han sido espectaculares, todo lo cual condujo al colapso de 1998. A eso se añadió el hundimiento de las economías asiáticas iniciado el año anterior, con la excepción de China, que se habían significado como las únicas exitosas entre las subdesarrolladas. La OPEP, al decidir un incremento del volumen de producción a fines de 1997, en plena depresión asiática y por ende en la demanda petrolera, aplicó la puntilla al provocar un colapso de precios petrroleros, que sumó los países exportadores de petróleo a la declinación global que marcó el año siguiente. Se generó un círculo vicioso, que corroboraba la paradoja observada en el nuevo paradigma informático-electrónico, que era su débil capacidad para impulsar la producción real, manifestada en la caída de la tasa de crecimiento productivo de la economía mundial a lo largo de la segunda mitad del s. XX., y que un pensador del Norte expresó así:: “no se nota la influencia de las computadoras en la esfera productiva”.Pareció que la burbuja inversionista que emergió luego, superaría ese karma, Como hemos visto, ello no fue así. El centro del Imperio sufre una nueva frustración, que no hace sino confirmar la extraña tendencia del nuevo paradigma a generar capacidad ociosa, desempleo, déficits, deudas, concentración, desinversión y demás fenómenos recesivos. La coincidencia de la tendencia recesiva con la coyuntura descendente y con las anomalías estructurales críticas configuran un cuadro excepcional depresivo difícilmente superable por las élites dominantes, pues plantean una reforma estructural profunda que sólo la sociedad en su conjunto podrá imponer.

Por último, no debe olvidarse que un factor del descalabro económico global fue la política neoliberal del “consenso de Washington” impuesta a muchos gobiernos por la Secretaría del Tesoro de USA, el Fondo Monetario y el Banco Mundial, a ravés de los tristemente célebres “paquetes de ajuste”, cuyos resultados catastróficos (examinados in extenso por Stiglitz en su obra laureada “Globalization and its discontents”) han desacreditado por completo la competencia y la autoridad de los organismos reguladores controlados por las grandes potencias, así como su substrato “científico” neoliberal. Existe un clamor unánime acerca de la necesidad urgente de una nueva regulación, verdaderamente democrática. Entre tanto, la ruina, la deuda y la devastación causadas en la periferia constituyen hoy por hoy su única realidad, y el grupo de los 7 permanece sordo al clamor mundial, salvo simulacros de mala ley. Ante el descrédito y la caída de los “mellizos de Bretton Woods”, la Organización Mundial de Comercio ha pretendido tomar el relevo para sostener las banderas del neoliberalismo contra el desarrollo endógeno de los países de la periferia y a favor de la globalización monopólica acentuada, pero sus métodos tramposos han sido rápidamente denunciados por el movimiento de la otra globalización, la de los pueblos, dando lugar a las oleadas de protestas masivas que se iniciaron justamente en su contra en Seattle en 1999 y que se han organizado como Foro Social Mundial, con sede hasta ahora en Porto Alegre.

En lugar de la búsqueda de reformas, la respuesta desesperada que decidió aplicar la ultraderecha desde Washington es la de concebir el mundo como su imperio, y forjarlo a su antojo y medida por la vía pura y simple de las armas, sometiendo o eliminando por la fuerza, tanto a los considerados enemigos como a los aliados que no se plieguen incondicionalmente a su voluntad . El Imperio Militar sobre todo el mundo es el sueño fascista de la cúpula instalada en la Casa Blanca. Se trata de una pesadilla patológica, ciertamente, pero Afganistán e Iraq son la prueba de que tales delirios imperialistas se han impuesto como la política real de la superpotencia, convirtiéndose en el principal reto para la humanidad. La “solución” por reducción al absurdo que se propone Bush es la insensatez misma, precisamente lo contrario de una salida humana, y por tanto inviable, como ya lo muestran las “victorias” logradas en el Medio Oriente, pero los inmensos daños que acarrean allí y a la propia nación norteamericana plantean detener con urgencia la monstruosidad en marcha. La cuestión que se nos plantea a nosotros los del sur, que somos el blanco más débil, y en especial a los países petroleros, que somos el botín más apetecible, ya que el petróleo del tercer mundo es uno de los móviles obvios de la expansión, cómo ayudar a superar esta pesadilla. Es aquí donde nuestra política petrolera, y la que se logre coordinar en la OPEP, pueden desempeñar un papel significativo. Sin descartar ninguna de las posibilidades abiertas en el campo energético, institucional, ambiental, social o político para buscar todas las alianzas capaces de unir a la humanidad frente a esta amenaza.

No se trata, desde luego, de pretender que nuestro gobierno asuma el papel suicida de vanguardia como héroe y mártir del antiimperialismo, aplicando una política desafiante y de ruptura con USA. Pero tampoco puede tratarse de sucumbir al “fatalismo geopolítico” de Betancourt en busca de una sumisión vergonzante que implique complacer los requerimientos del imperio en detrimento de nuestros intereses como nación y de nuestra soberanía. No se trata de archivar a la OPEP, ni a la OLADE, ni a la integración latinoamericana o suramericana, ni a los demás esquemas de cooperación sur-sur en que el país está involucrado. No se trata tampoco de condenar a priori toda negociación con el capital extranjero ni con las potencias occidentales. Se trata de aplicar una política firme, seria, coherente, apegada a las leyes y a nuestros compromisos libremente asumidos con la comunidad internacional, en procura de nuestro desarrollo endógeno, en armonía con nuestra América, y de un mundo más equitativo y más capaz de responder a las aspiraciones de sus pueblos. Ello debe partir de una visión realista e integral del mundo, con énfasis en la problemática energética-ecológica, y geopolítica, desde luego.

En tal sentido, el último Informe estadístico de British Petróleum, que acaba de aparecer (junio de 2003), aporta valiosas informaciones, que a primera vista parecen sorpresivas, pero que ilustran los cambios reales que experimenta el mundo, contrarios a los que han sido y son aún las fuerzas dominantes. La primera sorpresa viene del alto crecimiento relativo en el 2002 del consumo global de energía primaria, que alcanzó el 2,6%, casi el doble del 1,4% que había sido el incremento medio anual en la década pasada. La explicación de esta anomalía es lo que podemos llamar la revelación del factor CHINA. Si se excluye ese país, el incremento de la demanda en el 2002 fue inferior al 1%, prosiguiendo la tendencia occidental ala caída del consumo de energía. CHINA aumentó su consumo en el récord de 20%, basándose en su producción de carbón, que se elevó en 28% , lo que es otra novedad, pues elevó el carbón al energético de mayor incremento en el 2002, con el 7%. Esto hace de China, con la cuarta parte de la población mundial, un caso aparte dentro de la dinámica económico-energética mundial, un caso extraordinario de crecimiento endógeno a ritmos sin precedentes. Al mismo tiempo, China es importador fuerte de energía y productor de relieve, y por otra parte se liga crecientemente al mercado externo como exportador industrial, incluso en las ramas más avanzadas de equipos e insumos electrónicos, software, etc, habiendo desplazado incluso a la maquila mejicana como suplidor del mercado de USA. Con ello ha logrado convertirse en centro deun polo alternativo a la OCDE en Asia-Pacífico, como región de mayor dinamismo económico y de consumo energético, con carbón y gas como elementos básicos. Ese polo resulta fuertemente atractivo para Rusia y la región de Caspio en el mercado de la energía, sin hablar de su importancia creciente en el Medio Oriente petrolero. La región Asia-Pacífico sin China elevó su consumo de energia 11.5% en 2002.

La otra cara de lamoneda está en Europa y en Japón, que redujeron su consumo total de energía el año pasado, y en América Latina con crecimiento cero, y en las demás regiones es insignificante. Este estancamiento, que se hace más manifiesto en el petróleo, refleja la crisis estructural que padece el capitalismo central (la OCDE) entre otras cosas por su propia incapacidad para autoabastecerse en petróleo, que es la base de su paradigma tecnológico, y las dificultades para sustituirlo por gas y otras energías. La OPEP tiene que afrontar esta realidad inevitable, que lla va dejando cada vez más con el monopolio de las reservas y de la producción del crudo, al mismo tiempo que la demanda tiende a estancarse a largo plazo, y aplicar su capacidad creciente de regulación de su oferta para seguir valorizando el petróleo. Lo que acaba de ocurrir nos da un ejemplo. Debido a la caída de la demanda, la OPEP redujo en el 2002 su producción por segundo año consecutivo, bajándola de 29 MM b/d en enero a 27.4 MM b/d en diciembre; pero los precios repuntaron de 18 a 32$/b (precios Brent) entre esos dos meses, y los ingresos brutos crecieron aproximadamente de 16 a 27 millardos de $ en los dos meses, que significaron un aumento acumulativo de ingrsos de 65 millardos de $ para el área OPEP. ¡Nada despreciable! Claro, este “sacrificio” de la zona OPEP benefició también a otras regiones exportadoras, en especial la ex-URSS, y a algunas empresas, y tuvo también sus víctimas, Iraq y Venezuela, “gracias” a las ocurrencias de Su Majestad Bush y sus acólitos nativos. En el 2003 Venezuela se ha resarcido parcialmente por la reanudación de exportaciones y el mantenimiento de altos precios, mientras Iraq ha sido conducida al desastre por la agresión imperial, Durante el bienio 2001-2002 la OPEP redujo producción en 2.67 MMb/d, desde 31 MMb/d, cuando se excedió con 3.7
En el otro extremo, las potencias de la OCDE muestran su dependencia creciente de las fuentes externas de petróleo. Entre 1992 y 2002 sus reservas de crudo bajaron de 109 a 72 millardos de bbls (7% de las mundiales), mientras su producción se ha estancado en 21 MMb/d (29% de la global), y la duración teórica de sus reservas ha caído a menos de 10 años. El máximo de penuria lo sufre Norte América (USA, Canadá y México), que fuera el epicentro indiscutido durante más del medio siglo inicial de producción y exportación. Sus reservas probadas cayeron de 91 a 50 millardos de bbls, en la última década y su producción se ha estancado en 14 MMb/d (en USA bajó de 9 a 7.7 MMb/d). La región más poderosa se ha convertido en la más débil. Tal es el drama del Imperio. La vieja Europa y Japón se han adaptado a la escasez mejorando la eficiencia en el uso de energía y reduciendo su consumo. Pero Su Majestad Bush se empeña en mantener el “american way of life”, derrochador de energía y devastador edel ambiente, y aspira a hacerlo a costa de la OPEP y de los demás. Este anacronismo imperial está en el centro de la tragedia mundial. La OPEP tiene en sus manos, junto con Rusia, la clave para que esta tragedia cese. La comunidad de intereses es evidente. La reciente visita oficial de las autoridades saudíes a Moscú puede ser un buen augurio.

Porque lo peor es que, como si no bastara con el actual, otro drama puede estarse gestando con el gas, donde Rusia es la potencia máxima, secundada por la región del Caspio, y por Irán, Qatar y Argelia, en un área muy concentrada. De la política rusa en hidrocarburos nos hemos ocupado en otro trabajo (El mundo de la ex-URSS, en hidrocarburos), para desmontar el espantajo fabricado por la publicística occidental acerca de una supuesta “guerra petrolera” entre Moscú y Rhiad. El papel del gas ha sido sometido a hipérbole como alternativa barata y abundante para el petróleo escaso. No hay tal. Es cierto, según el Informe de B.P., que las reservas de gas son relativamente más abundantes que las del petróleo, en términos de aumento reciente y de relación con las tasas actuales de utilización. Las reservas de crudo aumentaron 50% en 1982-92, y menos del 5% del 92 al 2002; las de gas crecieron 60% del 82 al 92 y 13% en1992-2002. Como se ve, las diferencias no son sustanciales. Menos todavía cuando se comparan las regiones que más lo explotan. La ex-URSS, que alberga 1/3 de las reservas mundiales, mantuvo el mismo nivel (de 55 billones de metros cúbicos) en los últimos 10 años. Las de la OCDE están en 2002 algo por debajo de hace 20 años, con 15 billones de m3. Son las de la OPEP las que más han crecido en todo el período, y su extracción es la menor en términos relativos, por lo que su perspectiva de duración es la mayor. En el epicentro de la OCDE, en Norteamérica, se repite el cuadro que vimos en petróleo: baja de reservas, producción estancada, subida de importaciones, elevación de precios. La capacidad productiva está en baja y el déficit se ensancha tendencialmente, mientras USA sube su demanda. En el 2002 la elevó en 3.9%, mientras fue de 2.8% en el mundo, con Asia-Pacífico en el clímax con 7% de aumento. Rusia subió su producción luego de varios años de descenso, gracias al lanzamiento del campo supergigante Zapoliarnoe, cuyo nombre indica su cercanía al polo norte y por ende su carestía. El otro gran productor es su vecino Noruega, con incremento de 21%, lo que subraya la significación de la zona ártica, y ratifica la constatación de que no hay tampoco gas barato. El enorme déficit norteamericano amenaza con crear en gas una coyuntura crítica similar a la que se generó en petróleo a mediados de los años 70s (la “crisis energética”), que dinamizó la OPEP y terminó en las nacionalizaciones. Hasta ahora, la OPEP ha prestado poca atención a este aspecto clave de la cuestión energética que puede fortalecerla como organización rectora del mercado y a su aproximación a Rusia que podría consolidarla como tal.

En cuanto a la energía nuclear, se hace cada día más obvio que no tiene futuro. Su producción se mantiene por inercia, la OCDE la ha abandonado y la resistencia social y ambientalista aumenta.

La energía hidroeléctrica mostró cierto repunte en 2002, que puede prolongarse, aunque tiene limitaciones obvias, pero las otras modalidades de uso del agua han sido lamentablemente abandonadas o han sufrido deterioros que se manifiestan en déficits crecientes, sequías y desertización de que son víctimas los países de la periferia. La desatención a los factores climáticos cada vez más traumáticos por parte de los Estados del sur y de la OPEP se ha puesto de relieve en la reciente cumbre de La Habana, donde ni siquiera un programa de reforestación del sur se formuló. Allí Fidel Castro pronunció su primer discurso ecológico, esbozando el paradigma del “otro desarrollo” y del “otro mundo posible”. La solidaridad de los “nuevos ricos” de la OPEP con sus hermanos pobres del sur para impulsar las energías nuevas y renovables debería ser parte de la agenda no sólo ecológica y energética, sino también geopolítica. Ello debería ser parte de la “otra globalización”, la de los de abajo, la de los pueblos. Pero lo que ha hecho es menospreciar las otras energías, obstaculizar la ratificación del protocolo de Kyoto, sumándose vergonzantemente al paradigma anacrónico de Su Majestad Bush. En general, la incorporación de la variable ecológica al desarrollo socioeconómico está entre nosotros todavía en pañales, lamentablemente, en especial entre los planificadores y los petroleros.


4 de agosto 2003
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Francisco Mieres


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