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La inteligencia tiene límites, la estupidez no
-Jaimito-
Hace poco estuve experimentando curiosas alucinaciones, perdurables espejismos en un rotundo blanco y negro, en mis visiones, me encontraba asistiendo a un extraño evento en un frío lugar (la embajada de los Estados Unidos, el Hotel Eurobuilding, la casa de Napoleón Bravo no estoy seguro) Allí, ubicados en la zona VIP, un selecto grupo de ex gerentes petroleros, notables mafiosos, reputados corruptos, una que otra cachucha y hasta auténticos expertos en el arte de volar aviones (cargados de atletas cubanos), el resto de las butacas estaban ocupadas por sujetos de chalequito (como los que usa Chúo Torrealba) y recias señoras con pitos, koalas y unas gorritas negras incorporadas finamente al peinado, coronando el escenario, una pancarta que plasmaba con tempera en grandes pero torpes letras la palabra ¡FREEDOM!
En mi delirio, veía sobre la tarima a unos señores vestidos de negro, quienes se disponían a exhibir su talento, reconocí inmediatamente en ese grupo a Orlando Urdaneta, a Claudio Nazóa, Zapata, Mico, Grate borracho y otros célebres semblantes del “humorismo” vernáculo. En el sainete de mi alucinación, en el mas puro estilo de los “Comedi Capers”, los actores entraban y salían del escenario bajo la estridencia de las carcajadas y aplausos de un público beodo cada vez mas gris, el cual no cesaba en glorificar la prolija colección de chistes xenófobos y racistas que los bufones habían preparado para el goce de tan exquisita audiencia.
Atormentado por tan terribles visiones, cuando ya no atinaba a saber que era real y que no, resolví acudir al Psicoanálisis como fuente de ayuda. Luego de algunas sesiones y tras un arduo trabajo de exploración de mi súper-yo, pude entender el origen del problema.
Hoy, casi curado, un poco flaco eso si, con propósitos meramente humanitarios me dispongo a compartir con ustedes, parte de las conclusiones emanadas de mi análisis, alertándolos ante lo que múltiples especialistas han coincidido en llamar el “Síndrome del Guasón Falangista”
En cierto momento del mes de Febrero, cuando la tristemente celebre “Coordinadora Democrática” insistía obstinadamente en arruinarle los zapatos y las neuronas a la clase media caraqueña, decidí interrumpir mi suscripción al “programa de estupidez progresiva” de Orlando Urdaneta o como prefieren llamar los ejecutivos de “la familia” Globovisión a este espacio: “La Hora de Orlando”.
Sucede que en algún momento, no sé si aburrido o por accidente, sintonicé el 33 a la hora en cuestión y allí estaba, ese cronista del “Coitus interruptus militar”, disfrazado de Chávez, intentando un enfoque sobre el humorismo y el acentuado papel que -según él- los humoristas deberían estar jugando en estas “oscuras horas de dictadura cubano-chavista” (En la terapia se logró determinar que en ese momento se produjo el “Quiebre” que dio origen a las alucinaciones).
Mal hice en no percatarme de lo que estaba por suceder, en no reparar en los requerimientos espirituales y psicológicos que se precisan para soportar ese estofado fascista sazonado con ¿humor? Antes de que pudiera reaccionar, su graciosa ponzoña ya había introducido su veneno.
Ahora estoy persuadido de que “La hora de Orlando” es un programa para tipos y tipas duras, con hígado de hierro, de esos capaces de odiar hasta a los carajitos del preescolar “Negra Matea” o a nuestros Medallistas Panamericanos sin que los ofusque la inteligencia. Nadie, absolutamente nadie en su sano juicio, podría negar que luego de los primeros dos minutos del programa de Orlando, se advierte una suerte de transfusión satánica, cierto aroma a incienso piche, un demencial fluir de la sangre por el cogote, un inmenso deseo de armarse, un repentino descenso de la temperatura en la habitación, un violento desplome de la libido. Créanme, al finalizar la Hora de Orlando, nos convertimos en los retoños de Chuqui y en esas circunstancias, con los ojos ya brotados, hasta a un monje tibetano le sería literalmente imposible conciliar el sueño sin matar al menos dos cucarachas.
Aclaro que no ha sido tarea fácil el decidir dedicarle parte de mi precioso tiempo (y el de Uds.) a echarle mas leña al juego o a pincharle la paciencia al Sr. Urdaneta (a quién no tengo la desventura de conocer personalmente), desearía ignorarlo, así como se ignora a Peña, a Antonio Ledezma, a los marchólogos y a tantos otros sórdidos payasos emisarios de la miseria humana que tanto tiempo nos han hecho perder, pero existe algo, un no sé que, un qué sé yo, que me obligó a hurgar en la “diferencia” entre este chistoso actor y sus enanos camaradas.
Personas muy serias, sostienen que el tipo es un genuino idiota (yo no le voy a echar semejante vaina a los idiotas), otros como Román Chalbaud, parece que albergaban la esperanza de que en algún momento, nuestro Orlando, con una sonrisita pendeja, nos sorprenda a todos con un ingenuo y trémulo “¡estaba actuando compatriotas!” Otra conjetura proveniente de algunos informes de inteligencia de la KGB (Kurdos Genéticamente Bolivarianos), señala que todo obedece a la puesta en marcha de la operación “Victorino Peralta”, un ingenioso plan trazado por una célula de los “Carapaicas” (a la cual Orlando dizque ha pertenecido todo este tiempo), con el propósito de joderle aún mas la psiquis a la oposición, luego de lo cual, aseguran los de la KGB, nuestro héroe con la voz resquebrajada y levantando las patas delanteras del caballo, se perdería tras el horizonte con rumbo a los estudios de la Paramaunt Picture...
Mientras evaluaba esto, me preguntaba ¿qué diabólico potaje ingiere Orlandito? ¿Porqué tanta arrechera?¿Quién carájo no le paga sus cobres de una vez por todas a este tipo?¿Cuánto tiempo hace que no se cae a almohadazos? Pero especialmente ¿Porqué me molestaba tanto? ¿Porqué me engancho en su peo con la vida, con su vida?
Lo primero que debo reconocer, es que este sujeto ciertamente se esfuerza en ser creativo, cualidad que contribuye a atrapar la atención de quienes esperamos signos de vida medianamente inteligente en la oposición. Lo segundo es que si algo caracteriza al fascista clásico es su signo necrófago, su bestialidad, su irracionalidad, su pestilencia a muerto, pero Orlandito, vestidito de Armani, se nos muestra ocurrente, jovial, ingenioso, chistoso, Humorista (tal y como ufana en llamarse) y esto queridos amigos, que yo sepa (y mucho le sabría agradecer a quién me corrija) históricamente no está asociado al fascista de librito.
Orlando tiene razón en aquello del papel que los humoristas deben jugar en estas horas. Cuantos Cabrujas necesitamos, cuanto quisiera que un Nazoa nos hablara hoy de los poderes creadores del pueblo, lo que probablemente este Chavo del 33, este Mickey Mouse criollo confunde – no sé si intencionalmente – es el significado de los términos Humorista y Humoralista.
Según el diccionario de la RAE un Humorista es una “persona que en sus obras literarias o plásticas, o en sus actuaciones en espectáculos públicos cultiva el humorismo”. En ese mismo orden, la RAE nos dice que Humorismo es el “Modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas.” También “Actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios.” Ahora bien, el mismo diccionario aclara que el H u m o r a l i s m o es la Doctrina médica según la cual las enfermedades consistirían fundamentalmente en un desorden de los humores.
Don Orlando Urdaneta de La Moraleja ¡y ole! en su afán de redondearse unos centavitos, no ha hecho otra cosa en los últimos tiempos, que cagarse reiteradamente en la salud de los venezolanos (escuálidos, chavistas y ni-ni), desordenándonos los humores y esto queridos amigos, a mi modesto entender, puede ser la esencia del problema y con esto quisiera finalizar, no mas Urdaneta, no mas alucinaciones, durmamos tranquilos, no es humorista.
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