El desarrollo y profundización de la lucha de clases a escala internacional
en un proceso que contempla internacionalización-centralización del capital,
nuevas divisiones del trabajo, incorporación de técnicas productivas y modelos
de acumulación y --desde el sector de los trabajadores-- una creciente repulsa
tanto a la explotación directa como a los aparatos de control que la facilitan y
legitiman, obliga a la burguesía a buscar respuestas eficaces al creciente
deterioro de la “paz social”, hoy menos que nunca garantizada por el sindicato
como aparato mediador y controlador.
Hablando en términos locales, Venezuela, país de economía capitalista
estructuralmente deformada desde que su majestad el petróleo se aposentó sobre
un territorio cuya producción era básicamente agrícola, trayendo técnicas y
elementos de un desarrollo completamente desconocido, vive hoy una etapa de
cambios políticos, económicos y sociales que abren posibilidades ciertas a los
sectores históricamente excluidos, en primer lugar a la clase obrera.
Uno de los cambios que vivimos fue enterarnos de ser accionistas originarios
de la principal industria del país: Petróleos de Venezuela, S. A. (PDVSA), de
cuya propiedad habíamos sido desposeídos y a la cual hoy, por mandato
constitucional, tenemos posibilidades de recuperar. Pero debemos tener claro que
tal recuperación debe ser obra de nuestros propios esfuerzos, toda vez que la
lucha de clases no ha desaparecido, los sectores populares no hemos “tomado el
poder”, como incorrectamente suele decirse, y ni siquiera tenemos al gobierno,
aunque sí parte de él. La gran ventaja es que el presidente Chávez, líder de
todo este movimiento, hasta ahora se ha mostrado fiel al compromiso de
profundizar el proceso de empoderamiento del sector popular, y la correlación de
fuerzas en centros locales de poder como la Fuerza Armada sigue inclinada a
favor de los cambios propuestos.
Es necesario entender que durante mucho tiempo la dirección política del país
mantuvo al movimiento popular desmovilizado, fragmentado y aterrorizado. En esa
tarea jugaron su papel todos los aparatos de control estatal, desde la escuela
hasta la los medios de difusión masiva, y el dominio ejercido sobre el
movimiento popular también tuvo su resultado de imposición de una cultura
determinada, de una forma específica de ver al mundo y a la sociedad. Y una de
las expresiones de tal cultura fue la separación total que la dirección política
trazó entre el petróleo y el pueblo. La “nacionalización” del recurso energético
solo significó un buen negocio para las compañías aceiteras internacionales y la
continuación de la transferencia de grandes sumas de dinero hacia otros lugares
mientras al interior de PDVSA una minoría gozaba de prebendas por su fidelidad a
los centros de mando extranjeros y remachaba el dominio de la cultura
corporativa sobre la mayoría de los trabajadores, a quienes se trató de
introyectar una falsa visión de ellos mismos como seres extraordinarios,
superiores al resto de trabajadores y de ciudadanos.
Esa falsa visión adoptó la forma de una cultura organizacional que trazó
líneas divisorias tanto entre los trabajadores al interior de la corporación
como entre éstos y el mundo que vive más allá de los límites de la empresa en
todos los sitios donde ésta tiene instalaciones. Se impuso así un divorcio entre
PDVSA y las comunidades, como si los trabajadores que en aquella laboran no
fueran ellos mismos miembros de esas comunidades. Pero se trataba de crear una
falsa conciencia. Se trataba de que los trabajadores al servicio de la
corporación se creyeran distintos y superiores al resto de los mortales. Era “la
gente del petróleo”, una aristocracia bien pagada. Se trataba de esconder la
realidad de un país sumido en la más espantosa crisis social y moral, producto
en parte del derroche que tras la cultura organizacional pedeveca se
desarrollaba.
Esa cultura organizacional está vigente y en muchos casos al mando en
PDVSA.
Hoy se discute otra “reestructuración” en la empresa petrolera venezolana,
uno de cuyos objetivos debe ser colocarla al servicio del desarrollo integral de
la economía y la sociedad venezolanas, en articulación con los fines señalados
por la Constitución. Pero esa “reestructuración” sería desvirtuada si en ella no
participamos TODOS los trabajadores, firmemente vinculados al resto del
colectivo (las comunidades) y a la Fuerza Armada. No se trata de que un grupo de
expertos indique lo que debe hacerse. No puede ser que el concepto de
participación sea desvirtuado y vengan unos sabios a “participarnos” lo que han
hecho o dejado de hacer. Si no es obra de los trabajadores todo seguirá igual… o
peor
Y especialmente relevante para esta discusión es lo atinente a la estrategia
obrera, tanto dentro como fuera de PDVSA, pues se ha vuelto a poner de moda la
conocida COGESTIÓN, arma del arsenal capitalista cuando la lucha de los obreros
pone en riesgo su dominio. Recordemos que por los años ochenta hubo una intensa
campaña publicitaria por la cogestión con urgentes llamados a incrementar la
productividad y poner en práctica la concertación. Revisemos esa reciente
historia. Verifiquemos quiénes hablaban de cogestión pero sin tomarse la
molestia de explicar en qué consiste ella, con lo que la trilogía
cogestión-productividad-concertación entraba a enriquecer la colección de
palabras-milagro a cuyo solo enunciado los problemas se dan por solucionados.
Quienes propagandizaban al término eran los mandarines del sindicalerismo,
especialmente los de la CTV. Detrás estaban los dueños y señores de las
máquinas, del conocimiento, del trabajo, de la vida de los trabajadores y del
producto del trabajo, vale decir Fedecámaras, propietaria también de la CTV,
como quedó evidenciado para todo público desde diciembre de 2001.
Hablemos entonces de COGESTIÓN
En la medida de su desarrollo, que debe entenderse como despliegue de
contradicciones internas y antagonismo permanente frente a la clase obrera, el
capitalismo ha aprendido a utilizar técnicas que contrarresten tanto las
tendencias al descenso de la tasa de ganancia (que es la relación entre la cuota
de plusvalía expropiada a los obreros y la suma del capital invertido),
superproducción, alargamiento en el tiempo de rotación del capital (parte de la
crisis de realización), como a promover políticas que le permitan mantener a la
clase obrera dispersa, desmovilizada y aislada de otros sectores explotados, en
función de impedir que en el proceso de lucha el proletariado, en decidida
acción conciente y autónoma, construya y depure su propio proyecto
revolucionario, lo cual significa la construcción y estructuración de sus
instancias político-organizativas, bases objetivas sobre las cuales levantará y
consolidará la necesaria hegemonía.
Pero el dominio de la burguesía no es absoluto y a pesar de sus controles y
técnicas la clase obrera se resiste a dejarse explotar, generándose choques y
tensiones que comienzan casi siempre por reclamos reivindicativos inmediatos
(salarios, horarios, derecho al trabajo) pero devienen en rechazo al
autoritarismo, interrogantes acerca del trabajo, su utilidad, su destino,
cuestionamientos que de generalizarse conducirían a la esencia del problema: la
división del trabajo y de la propiedad, frente a lo cual se plantea entonces la
represión abierta y sin tapujos con el consiguiente riesgo político de una
deslegitimación radical y evidente, o búsqueda de nuevas respuestas políticas
que permitan la continuidad (legitimación y reproducción) de las condiciones
sociales capitalistas. Experiencias de tales enfrentamientos las podemos
encontrar en los conflictos de trabajadores que se manifestaron durante 1981,
muchos de ellos contra la voluntad de las cúpulas sindicales. En el diario “El
Universal” del 26 de agosto de ese año el presidente de Fedecámaras, Ciro Añez
Fonseca, declaraba:
“(…) Cuando se ha adoptado como norma de acción común y corriente para el
logro de reivindicaciones sociales el paro, las huelgas, las operaciones
morrocoy, el ausentismo, la paralización ilegal de actividades y de servicios
públicos indispensables como la salud y el transporte, estamos en presencia de
un peligroso deterioro del sistema”. Veinte años después esa misma Fedecámaras y
sus socios de la CTV pondrán en práctica tan criticada norma de acción común
contra un gobierno popular y legítimo que no se plega a sus órdenes.
Pero, ¿qué busca el capital con la cogestión?
- Garantizar la “paz social”, es decir, la ausencia de luchas obreras para
que la patronal pueda efectuar la planificación de los costos y la programación
económica, o como lo planteaba Fedecámaras en su “Carta de Maracaibo”: “FEDECÁMARAS
tiene legítimo interés en un gremialismo laboral bien orientado, fuerte y
organizado, libre de compromisos y ataduras políticas, porque el diálogo entre
los dos grandes interlocutores de la producción, para que sea constructivo
y fecundo, requiere la mayor representatividad, para que así pueda cumplir
y hacer cumplir las respectivas cuotas de obligaciones, sacrificios y esfuerzos
que han contraído, dentro del gran compromiso social, ante la Nación”. El
diálogo, bajo condiciones de la división social del trabajo, seguiría desarrollándose
en ausencia de la clase obrera, “representada” por dirigentes y especialistas
que deciden a espaldas de ella y luego, si hay tiempo, informan lo que aprobaron.
Es curioso también que los dirigentes de FEDECÁMARAS pasaran por alto que
la cúpula de la CTV jamás hizo elecciones que legitimaran su dirección y los
componentes de su aparato eran nombrados por los cogollos de AD y de COPEI.
Pequeños detalles sin importancia.
- Distraer a los obreros de los problemas planteados por las relaciones verticales
en la fábrica, que podrían llevar a la fuerza obrera organizada a disputar
a los patronos el derecho a determinar los ritmos de producción, qué productos
fabricar, el nombramiento de los jefes o capataces y los despidos. Así, las
relaciones capitalistas de producción son preservadas permaneciendo los patronos
con la sartén asida por el mango, es decir, sin que su dominio y propiedad
sobre las máquinas, sobre el trabajo y sobre el producto de éste sean discutidos
y puestos en peligro.
En el caso de PDVSA, si los trabajadores somos accionistas originarios no
se debería plantear conflicto alguno para que nuestras organizaciones de clase
participen tanto en la programación de la producción como en el reparto de
los beneficios, pasando por el conocimiento previo de todos y cada de los
contratos que en ella se hagan.
- Dividir a los obreros dentro y fuera de las fábricas al incorporar a ciertos
trabajadores a la gestión empresarial, con lo que éstos creen romper las barreras
de clase sin darse cuenta (en el mejor de los casos) de su utilización como
coartada ideológica para engañar incautos pues cualquier trabajador aceptado
en la mesa directiva de una empresa capitalista solo hará de figura decorativa
sin posibilidad alguna de tomar decisiones reales, dado que todas las empresas
configuran un circuito de producción y distribución articulado al mercado,
que es monopolizado por los capitalistas y su Estado. Mientras los trabajadores
no tengamos decisión verdadera sobre ese Estado y controlemos el mercado,
no podremos autodeterminarnos política y económicamente. En todo caso, a los
capitalistas les importa poco dar algunas prebendas a determinado grupos de
trabajadores en un área productiva precisa mientras su control sobre el proceso
total de producción se mantenga y reproduzca.
Pensemos en lo que nos sucede ahora mismo en la principal empresa del Estado
venezolano, donde se habla de “una nueva PDVSA” que realmente no se ve pues
muchos de sus gerentes superiores y medios son los mismos que la condujeron
al desastre, a la “chatarrización” programada y al atentado contra el colectivo
nacional, mientras sus “normas y procedimientos” impiden cualquier incidencia
real de los trabajadores en los asuntos importantes.
Son las mismas bases, idénticos marcos organizacionales, igual chantaje tecnocrático
de los abultados curricula, la sacrosanta “experiencia” y el todavía invariable
control sobre las operaciones de comercialización, envueltas en un impenetrable
secreto de iniciados.
- Contribuir a mantener el “secreto de la producción”, o sea la manipulación
de cuentas, el uso de contabilidades dobles, la utilización de falsos índices
de costos y comercialización. De esa manera la clase dominante conserva el
monopolio del saber y continúa legitimando y ocultando las verdaderas relaciones
que nacen en la explotación del trabajo ajeno y se extienden a todas las esferas
de la sociedad, pues la clase que domina en lo material también es dominante
en lo espiritual. Como exponían Marx y Engels (“LA IDEOLOGÍA ALEMANA”): “Las
ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones
materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas
como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la
clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas”.
- Esparcir la idea de la colaboración de clases, es decir, la “innecesaria”
lucha obrera contra la burguesía y su Estado, que así es presentado como algo
natural y eterno, ajeno a la acción humana. La idílica “participación de todos”
sustituye al combate de la clase por su emancipación definitiva y hace creer
a algunos en la posibilidad de ser “socios de su empresa”, de la que espera
cobrar dividendos arrancados a otros obreros. Hoy en Venezuela, como previamente
asentamos, existe una coyuntura favorable para que los trabajadores conquistemos
espacios y consolidemos posiciones estratégicas en función de la construcción
de un país de justicia social.
Pero no debemos caer en el espejismo de “haber tomado el poder”. No. El poder,
como correlación de fuerzas sociales, reside en actores y lugares distintos
incluso al gobierno central, al cual podemos identificar como aliado de los
sectores populares. Pero ello no basta. Mientras el movimiento popular, y
en lugar preponderante los trabajadores, no construya su autonomía política
y organizativa, no habrá cambio posible.
La estrategia de la cogestión está centrada en el logro de aumentar la
productividad del trabajo, cuyo decrecimiento está ubicado en una doble
determinación: la resistencia de los trabajadores y la ley tendencial a la baja
en la tasa de ganancias, condicionada ésta por el propio desarrollo tecnológico.
La composición orgánica del capital (relación entre capital constante y capital
variable) nos dice dónde se afinca la inversión: sin en máquinas, edificios y
materias primas (capital constante) o en la compra de de fuerza de trabajo
(capital variable)
Los saltos en el desarrollo tecnológico obligan a los capitalistas a ponerse
al frente de su rama productiva adquiriendo las maquinarias y equipos más
nuevos, pues con ello ahorran mano de obra y arruinan a quienes no pueden
competir con ellos, profundizándose así la tendencia al monopolio; pero la
contradicción a superar es que las máquinas, por si solas, no producen riquezas,
sino que es la fuerza de trabajo humana la que se auto valoriza al modificar la
materia prima y operar la maquinaria, creando nuevos productos que llevan
consigo el plustrabajo, vale decir la parte de trabajo invertida por el hombre
pero que no se le paga, pues el salario es el precio de costo de la reproducción
del obrero como mercancía.
Sin fuerza de trabajo viva no hay posibilidad de de obtener plusvalía. De
allí la preocupación empresarial por contar con una fuerza laboral tranquila,
dócil y muy productiva, preocupación compartida por los lugartenientes
sindicales que colaboran activamente por la “paz laboral” desde diferentes
perspectivas, unos con poses y lenguajes radicales, otros bueycansadamente, pero
todos dividiendo, desmovilizando y fragmentando la conciencia obrera.
En PDVSA es también discutible el papel y la estructura del sindicato, pero
ese es tema de un trabajo distinto.
De allí la proposición de CONTROL OBRERO, cuyo sentido está indisolublemente
ligado al objetivo de cambio revolucionario del capitalismo, donde el control
obrero busca rebasar la discordancia existente entre las reivindicaciones más
progresistas de la clase obrera, formuladas a nivel sindical, y el propósito
estratégico de acelerar la lucha de clases en su conjunto en función de generar
rápidamente la penetración revolucionaria hacia el control del poder político,
planteando una impugnación global al dominio capitalista y creando situaciones
de DUALIDAD DE PODER que, partiendo de las fábricas, se generalicen y
profundicen a todos los ámbitos de la sociedad.
En tal sentido la única manera de UNIR Y MOVILIZAR a los trabajadores es
ATACANDO EL PODER DE CLASE de los patronos y de su Estado, planteando combates
en las áreas restringidas de su dominio, fundamentalmente aquellas donde reside
la capacidad de decisión y por tanto inasimilables y mortales para el
capitalismo.
Se trata entonces de reivindicar el PODER PERMANENTE del movimiento de los
trabajadores sobre todos los aspectos de la relación de trabajo: salarios,
jornada, contratación, cadencia de ritmos productivos, única forma de que la
clase obrera pueda ejercer un control efectivo sobre la política administrativa
de la empresa y orientarla en el sentido proletario de colectivismo y
solidaridad, pues cuando los trabajadores hagamos del CONTROL OBRERO una línea
política, ese será el comienzo del fin para las relaciones jerárquicas que nacen
en la fábrica y se reproducen en toda la sociedad; es decir, el movimiento
obrero organizado estará también dando un golpe a la división social del
trabajo, madre de la burocracia, reemplazando a los “jefes” por trabajadores
elegidos en asambleas, revocables en todo momento y responsables ante la base y
no ante el patrono o sus aparatos de control.
La clase obrera no podrá superar su estado de división, desmovilización y
defensiva hasta tanto conquiste su AUTONOMÍA POLÍTICA Y ORGANIZATIVA, objetivada
en su proyecto estratégico y sus estructuras autónomas de masas, desde las
cuales establezca políticas de alianzas con otros sectores explotados,
acercamiento a estamentos profesionales y estudiantiles revolucionarios.
Solo así podrá definir un camino realmente proletario, verdaderamente
clasista.
Ángel Cristóbal Colmenares E.
Agosto 31 de 2003