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Sentado aquí, en mi trono, reflexiono: ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Cómo ha cambiado todo!
Antes sólo yo tenía trono, pero tuvo que venir Colón a buscarle las cuatro patas al gato y tropezarse con esos indios que hoy con tanto abuso pretenden cobrarme la metida de pata de mis antecesores.
Ahora todos tienen trono y se dan el lujo de depositar las mismas ofrendas que mi majestuosa persona tiene a bien colocar en el mismo. Hay unos que ni riquezas ni títulos tienen y hasta se dan el lujo de derrochar ofrendas mayores que las mías. Maldito estreñimiento.
Qué rabia me dio aquel negro de la verruga que irrespetuosamente dijo al mundo entero, delante de mi sagrada presencia, que él se retiraba para ir a usar el trono, el mismo que minutos antes había yo usado por culpa de las caraotas con huevo que me pusieron en el desayuno.
Ahí estaba, tan sonreído él, diciendo que mientras orinaba en mi trono escuchaba divertido a otro de esos sudacas que estaban sentados en aquella mesa de Cumbre. ¡Tremendo paquete chileno me han metido! Ostias.
Claro que perdí la compostura, cualquiera que haya estado sentado en el trono y llegue otro y se lo orine, mal puede quedarse quieto. "¡Por qué no te callas!" dicen que le dije, pero no, realmente no fue eso. Yo estaba realmente indignado porque el presidentico se jactaba de la meada en mi trono y por ello sólo me quedó preguntarle que "¿por qué no te cagas también hombre?"
Esa es la verdad y cualquier rey habría hecho lo mismo. “¡Mi trono! ¡Mi ofrenda! ¡Igualados hombres!” De paso Zapatero la estaba poniendo, pero no en el trono sino en mis zapatos.
Ahora me entienden. No me importa qué pasa en Venezuela ni en otro lugar del mundo, me interesa mi trono, mi ofrenda y mi, urrrrgggg, estreñimiento hombre. Aquí estoy yo, pensando, pues, reflexionando como cualquier Borbón del mundo, pero seguro estoy de que soy el más Borbón de todos.
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